domingo, 18 de octubre de 2026

LA PROPUESTA DE ALEJANDRO SALA SOBRE LOS VOUCHERS

 Hacia la revolución de los vouchers

Por Alejandro Sala

 

La puesta en marcha del sistema de vouchers educativos es extremadamente difícil porque se trata de una iniciativa que choca con una fuerte oposición derivada, principalmente, de que está muy extendida una ideología que considera a la educación prestada por el estado como un principio no negociable. Suele decirse que la educación es una “función indelegable” del estado. No se explica por qué deba ser así, aunque se presume sobreentendido que esa es la garantía de que nadie dejará de recibir la educación necesaria para poder integrarse apropiadamente a la sociedad.

 

Este preconcepto explica en buena medida la oposición a los vouchers educativos. Por supuesto que es un razonamiento falso porque si los vouchers estuvieran al alcance de todos los alumnos, nadie dejaría de recibir la educación que le corresponda. Pero, aunque sea un error analítico, lo cierto es que esa ideología tiene efecto operativo y dificulta la puesta en marcha de un sistema de vouchers. Nuestro problema, en consecuencia, es cómo actuar con el propósito de neutralizar esa oposición. Necesitamos elaborar una estrategia, un plan de acción, una metodología apta para gestionar la dificultad.

 

Es necesario asumir que la ejecución de un plan para implementar un programa de vouchers constituye un problema de enorme magnitud y complejidad. Entre muchas otras cuestiones, hay que asumir que habrá que resolver en primer término el alcance inicial del programa porque resulta inverosímil que se pueda instrumentar de manera inmediata en todo el sistema educativo. Cualquier plan de reforma debe contemplar la situación actual tal como es y operar a partir de ella, para promover un proceso de cambio que, por la dimensión del proyecto, no puede sino avanzar de manera gradual.

 

Un buen criterio para comenzar a avanzar en la ejecución de la transición hacia un sistema de vouchers sería, en el primer año, determinar un número limitado de cupos, que serían asignados a quienes deseen aprovecharlos para que se inscriban en escuelas que elijan acoger a esos alumnos. Esto significa que, en el comienzo, el sistema de vouchers debería ser optativo tanto para los alumnos como para las escuelas. Cabe presumir que, si el cupo inicial es limitado pero ofrece la oportunidad de que los alumnos pasen de escuelas estatales a privadas, habrá más demanda que disponibilidad. Para evitar susceptibilidades que puedan dar lugar a que aparezcan acusaciones de favoritismo, la asignación debería ser por riguroso sorteo. Algunos tendrán la suerte de recibir un voucher y otros deberán seguir en las escuelas estatales. A los efectos de generar financiación para los vouchers sin incrementar el gasto total, probablemente sea necesario cerrar algunas escuelas estatales y reubicar a los alumnos en las vacantes que queden disponibles por el pase de los beneficiarios de los vouchers a escuelas privadas.

 

Si esta primera experiencia resultara exitosa, cabría ampliarla al año siguiente y en la medida en que el proceso avance, seguramente cada vez más padres y más escuelas privadas solicitarían acogerse al sistema de vouchers, de modo que la escolaridad privada iría gradualmente suplantando a la estatal. El estado no dejaría de asistir a quienes necesiten apoyo económico para financiar la educación de los niños pero probablemente lo haría a menor costo porque el gasto por alumno sería menor en un sistema de vouchers que en el elefantiásico y burocratizado sistema estatal actualmente vigente. En ningún caso la aceptación del sistema de vouchers debería ser obligatoria pero la magnitud del sistema estatal seguramente se reduciría mucho porque es imaginable que un muy amplio porcentaje de padres preferirán que sus hijos concurran a escuelas privadas antes que estatales.

 

La aplicación de esta estrategia donde el gradualismo se combina con la opcionalidad tendrá, presumiblemente, el efecto de que debilitará mucho la posición de los adversarios ideológicos del sistema de vouchers porque se hace muy difícil oponerse a que la gente que no puede pagar una escuela privada encuentre la oportunidad de ingresar en ella, siempre que lo desee. Es esencial que -al menos, al principio- la adhesión al sistema de vouchers sea optativa para que nadie pueda afirmar que se está privatizando compulsivamente la educación. Nadie debe estar obligado a salir de la escuela estatal. Quien lo haga, será por su propia voluntad. De ese modo, los argumentos de los defensores a ultranza de la educación estatal quedarán neutralizados.

 

La conversión del actual sistema educativo estatal a un programa de vouchers con eje en la escolaridad privada sería un cambio tan revolucionario que resulta previsible que despierte recelos, oposiciones, críticas y objeciones. Es entendible que así sea. No se trata solo de un cambio de método de financiación, sino que implica, mucho más allá de eso, un replanteo de la relación de toda la sociedad con el sistema educativo. No involucra solamente un problema técnico, burocrático o financiero. Hay profundos contenidos emocionales involucrados. Si aspiramos a que los vouchers prosperen, debemos comprender y hacernos cargo de esa variable, que es seguramente la más importante y, por sí sola, exigirá la elaboración de un plan específico para resolver ese aspecto de la cuestión. Pero ese es un tema que excede el alcance estas líneas y debería ser abordado en otro texto. 

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