domingo, 14 de junio de 2026

RACIONALIDAD ALGORÍTMICA, RACIONALIDAD COMO CREACIÓN E INTELIGENCIA ARTIFICIAL

 Ponencia presentada en las XXIII Jornadas de Pensamiento Filosófico de la Fundación para el Estudio del Pensamiento Argentino e Iberoamericano -FEPAI.

12 de Junio del 2026.

Resumen: en la siguiente ponencia se intentará demostrar que la opción entre paradigma dominante y paradigma alternativo, según la historia de la ciencia de Thomas Kuhn, implica un acto de libertad y creatividad, irreductible a la sola razón algorítmica que es propia de la inteligencia artificial. Se establecerá también una analogía con las demostraciones del libre albedrío en Santo Tomás de Aquino. La conclusión es que si la IA no puede reemplazar la creatividad del científico en las ciencias naturales, mucho menos en todo lo demás.

1.      Racionalidad algorítmica según Thomas Kuhn.

Se está debatiendo ad infinitum el tema de la inteligencia artificial, o mejor dicho las diversas versiones de los CHAT GPT, y los artículos y ensayos al respecto se multiplican a una velocidad imposible de seguir, desde perspectivas diversas en un contexto totalmente interdisciplinario.

Hacer algún aporte digno de debatir, en ese panorama, parece imposible, pero lo intentaremos porque tenemos la esperanza de que la filosofía de la ciencia de Thomas Kuhn pueda tener algo que decirnos.

En 1973 Kuhn dicta una conferencia que luego deviene uno de sus artículos más clásicos: “Objetividad, juicios de valor y elección de teoría”. [1] La “elección de teoría” es algo esencial en el momento de la crisis, en el momento en el cual los científicos tienen que elegir entre el paradigma dominante y el paradigma alternativo. Kuhn da a ese momento de la elección una importancia decisiva, y se extraña de que los filósofos de la ciencia habitualmente no le hayan prestado suficiente atención: “…Comenzaré preguntando cómo es que los filósofos de la ciencia han descuidado durante tanto tiempo elementos subjetivos que intervienen regularmente en las elecciones reales de teoría, las que hacen los científicos en forma individual. ¿Por qué estos elementos les parecen tan sólo un índice de debilidad humana y no de la naturaleza misma del conocimiento científico?” (las itálicas son nuestras)[2].

¿Por qué habla Kuhn de elementos subjetivos? Porque la filosofía de la ciencia anterior a él ha buscado siempre una especie de formula algorítmica que nos permita llegar a la teoría científica correcta, fórmula que resumiría el método científico. Los métodos experimentales de Mill, las fórmulas de la probabilidad en el inductivismo moderado de filósofos como Nagel y Hempel[3], y hasta la insistencia en el modus tollendo tollens del Popper del 34[4], serían ejemplos de una racionalidad basada en reglas de la lógica y de la matemática. Por supuesto, se podría decir que muchos de ellos aceptan los límites de esa racionalidad, pero en una actitud de “espera” hacia el encuentro de una mejor fórmula: “…Desde luego, -aclara Kuhn- una manera de responder esa pregunta consiste en decir que pocos filósofos se han atrevido a proclamar que poseen una lista completa de criterios o bien una lista bien articulada. Por algún tiempo, entonces, siguen esperando razonablemente que con nuevas investigaciones se eliminarán las imperfecciones residuales y se producirá un algoritmo para prescribir la elección racional y unánime”[5]. Prestemos atención a la palabra “algoritmo”. Porque una fórmula lógico-matemática es, obviamente una deducción. Y en la deducción, como todos sabemos, la conclusión se sigue necesariamente de las premisas. Pero Kuhn estaba hablando de las elecciones de teoría, y una elección, una opción, no es una deducción. En los momentos de crisis, el científico se encuentra con dos paradigmas, uno dominante, otro alternativo, ninguno de los cuales le da razones suficientemente conclusivas para evitar, precisamente, la elección. Copérnico se enfrentaba a dos paradigmas: el ptolemaico y el nuevo que él, sin darse cuenta, estaba formulando. Los dos tenían los cinco criterios de una buena teoría afirmados por Kuhn en este mismo ensayo (precisión, coherencia, amplitud, simplicidad, fecundidad); los dos tenían solidez teórica y capacidad predictiva, pero ambos tenían sus anomalías y problemas tal que ningún científico podía decir “es necesariamente por aquí”. Por eso hay que hacer siempre una “elección” de teoría, porque la opción libre es lo que cubre el hiato entre una premisa y una conclusión en un razonamiento no necesario, no deductivo. Lo que está diciendo Kuhn es algo todavía hoy sorprendente: los grandes cambios de teoría son fruto de decisiones libres de los científicos, no de fórmulas deductivas necesarias. Popper ya lo había dicho, y Kuhn nunca se opuso: las teorías son conjeturas, no son la totalidad de lo real, y esa diferencia entre lo limitado de la teoría y la infinitud de lo desconocido es lo que convierte a una teoría en algo siempre provisorio cuya aceptación libre viene dado muy humildemente por una no contradicción hasta el momento, que Popper llamó corroboración.

2.      La analogía entre el libre albedrío y la elección de teorías.

Curiosamente, esta estructura de un razonamiento no necesario fue la clave de la defensa del libro albedrío en Santo Tomás. Lo defiende, precisamente, como el “libre juicio de la razón”, lo cual tiene mucho que ver con el razonamiento prudencial según Aristóteles. Citemos el párrafo completo por una cuestión de contexto: “…En el hombre hay libre albedrío. De no ser así, inútiles serían los consejos, las exhortaciones, los preceptos, las prohibiciones, los premios y los castigos. Para demostrarlo, hay que tener presente que hay seres que obran sin juicio previo alguno. Ejemplo: una piedra que cae de arriba; todos los seres carentes de razón. Otros obran con un juicio previo, pero no libre. Ejemplo: Los animales; la oveja que ve venir al lobo juzga que debe huir de él, pero lo hace con un juicio natural y no libre, ya que no juzga analíticamente, sino con instinto natural. Así son los juicios de todos los animales. En cambio, el hombre obra con juicio, puesto que, por su facultad cognoscitiva, juzga sobre lo que debe evitar o buscar. Como quiera que este juicio no proviene del instinto natural ante un caso concreto, sino de un análisis racional, se concluye que obra por un juicio libre, pudiendo decidirse por distintas cosas. Cuando se trata de algo contingente, la razón puede tomar direcciones contrarias. Esto es comprobable en los silogismos dialécticos y en las argumentaciones retóricas. Ahora bien, las acciones particulares son contingentes, y, por lo tanto, el juicio de la razón sobre ellas puede seguir diversas direcciones, sin estar determinado a una sola. Por lo tanto, es necesario que el hombre tenga libre albedrío, por lo mismo que es racional” (I, Q, 83, c)[6]. El lector dirá: ¿cuál es la relación con la filosofía de la ciencia? Que en ese caso, “las teorías con contingentes”; “los paradigmas son contingentes”: la contingencia refiere a la no necesidad de la teoría, a su limitación intrínseca por ser creaciones libres y provisorias de la inteligencia humana ante la infinitud de lo real. Ante esas creaciones libres, no puede haber una deducción que necesariamente obligue, aunque en los paradigmas dominantes puede haber una plena coherencia interna dentro de su dominio (como la mecánica mewtoniana).

Precisamente el otro texto de Santo Tomás sobre el libre albedrío toca también el tema de la contingencia: “… si se propone a la voluntad un objeto que sea universalmente bueno y bajo todas las consideraciones, necesariamente la voluntad tenderá a él si quiere algo, pues no podrá querer otra cosa. Pero si se le propone un objeto que no sea bueno bajo todas las consideraciones, la voluntad no se verá arrastrada por necesidad. Y, porque el defecto de cualquier bien tiene razón de no bien, sólo el bien que es perfecto y no le falta nada, es el bien que la voluntad no puede no querer, y éste es la bienaventuranza. Todos los demás bienes particulares, por cuanto les falta algo de bien, pueden ser considerados como no bienes y, desde esta perspectiva, pueden ser rechazados o aceptados por la voluntad, que puede dirigirse a una misma cosa según diversas consideraciones” (I-II, Q. 10 a. 2c, las itálicas son nuestras). La analogía sería la siguiente: si se propone a la inteligencia una teoría que sea universalmente verdadera  bajo todas las consideraciones, necesariamente la inteligencia tenderá a ella;  pero si se le propone una teoría que no sea verdadera bajo todas las consideraciones, la inteligencia no se verá arrastrada por necesidad. Que es precisamente el caso de los paradigmas dominantes y alternativos.

3.      Conclusiones para la inteligencia artificial.

Por lo tanto, como hemos visto, deducción no es elección. En la deducción podríamos tener algoritmos pero en las elecciones libres no. Y lo que estamos viendo es, nada más ni nada menos, que la dinámica de la ciencia implica elecciones libres de los científicos. Por eso la ciencias es provisoria y corregible.

Ahora bien, cuando un paradigma es dominante, da la ilusión de lo contrario. El paradigma, como de vuelta lo ha explicado Kuhn, tiene su puzzle solving[7], su solución habitual de problemas, donde el científico es “enseñado” desde el principio a copiar y repetir al paradigma, y repetir sus fórmulas. Entonces parece que todo encaja y los científicos tienen el peligro de robotizarse: hacen todo según los protocolos del paradigma.

Pero cuando se acumulan las anomalías y, en términos de Lakatos, el paradigma comienza a ser entre teórica y empíricamente regresivo[8], llega la crisis. La crisis es del paradigma, claro, pero también de los científicos que se habían aferrado al paradigma y habían robotizado su profesión. Les falta creatividad intelectual, porque la estabilidad del paradigma dominante anterior no los acostumbró a las alternativas.

Es aquí donde nos damos cuenta, entonces, que la inteligencia artificial nunca podrá reemplazar al genio creador en la ciencia, cosa que se podría aplicar a todo lo humano. Si la inteligencia artificial trabaja con algoritmos, calcula, deduce, no crea. Puede ser una gran ayuda, pero al margen de creatividad de lo humano, no lo podrá reemplazar.

Esto puede ser una buena noticia, pero una mala, también, al advertir que los humanos, mucho antes del 2023, ya nos habíamos robotizado en muchos aspectos, fruto de una cultura que había privilegiado una racionalidad solamente algorítmica, meramente instrumental, como “la” racionalidad[9], sin advertir que el punto más alto de la inteligencia humana es la creación, a partir de la interpretación (hermenéutica) de circunstancias complejas cuya apreciación va siempre más allá de lo que un sistema cerrado en sí mismo pueda considerar.

Kuhn lo advirtió, en 1973, sólo para la ciencia. Pero si es así en la ciencia, no es difícil comparar con todo lo demás y llegar a las conclusiones correspondientes. Que no sé si serán necesarias o no: dejemos abierta la cuestión.

 

 

 

 



[1] “Objetividad, juicios de valor y elección de teoría”, en La tensión esencial; FCE, 1996. No somos los únicos que consideramos que este artículo es esencial para una correcta interpretación de la obra de Kuhn. Ver al respecto H. Sankey, “Scientific Method”, en The Routledge Companion to Philosophy of Science, edited by S. Psillos and M.Curd, London and New York, Routledge, 2008.

 

[2] Ob. cit., p. 349.

[3] De estos autores, ver Hempel, C.: La explicación científica, Paidós, Barcelona, 2005; y Nagel, E.: La estructura de la ciencia, Paidós, Barcelona, 2006.

[4] Popper, K.: La lógica de la investigación cientifica, Tecnos, Madrid, 1985.

[5] Op.cit., p. 350.

[6] Estamos utilizando esta versión bilingüe on line: https://tomasdeaquino.org/suma-teologica/I_q83.htm; ver también la versión de Marietti, 1952.

[7]  Kuhn, T.S.: La estructura de las revoluciones científicas, FCE, 1971.

 

[8]  Lakatos, I.: La metodología de los programas de investigación científica, Alianza Ed., Madrid, 1989.

 

[9] Sobre la crítica a la sola racionalidad instrumental, ver Husserl, E.: The Crisis of European Sciences; Northwestern University Press, 1970; sobre este libro de Husserl, veo Leocata, F.: “La racionalidad moderna y la fenomenología de Husserl”: Sapientia 58 (2003) 245-301.

viernes, 5 de junio de 2026

UN EXCELENTE MOTIVO PARA EL SILENCIO. FELICITACIONES AL AUTOR

 

Filosofía

La Erística como arte de la época

¿Por qué hoy tantas discusiones no buscan la verdad, sino destruir al otro? Este texto explica dos trucos muy actuales —el galope de Gish y la ley de Brandolini— para entender cómo las redes, los debates políticos y la cultura del escándalo han convertido la conversación en una batalla de ruido.

calendar_today1 de junio de 2026
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Con permiso de la audiencia permítanme que les traiga un par de conceptos bien conocidos por la retórica clásica: el galope de Gish y la ley de Brandolini. El galope de Gish (técnica de debate que consiste en lanzar muchísimos argumentos, afirmaciones o datos en muy poco tiempo, aunque muchos sean falsos, dudosos o superficiales. El nombre viene de Duane Gish, famoso por usar esta estrategia en debates sobre evolución). Esta técnica expresa muy bien la enfermedad cultural a la que aludía en el primer párrafo. Ya casi no se debate, bueno lo que consideraríamos el verdadero debate. Ese que busca la verdad mediante la dialéctica. Decía que el debate se torna en este nuestro siglo en un bombardeo. Una avalancha de datos, frases, titulares, sospechas, memes y medias verdades que cae sobre el interlocutor hasta agotarlo. No nos equivocaremos si afirmamos que la saturación sustituye a la argumentación. Con tanto «scrolear» admitamos que muchos espectadores ni siquiera evalúan la solidez de lo dicho; ¿qué perciben? energía, seguridad, agresividad, arrogancia. Pero nada consistente. Se confunde la velocidad con la inteligencia.

Por otro lado, la ley de Brandolini (formulada por Alberto Brandolini) se puede resumir en que la cantidad de energía necesaria para refutar tonterías es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirlas. Esta ley revela otro drama aún más profundo: que la verdad necesita tiempo y que la mentira «industrializada», no. Construir conocimiento exige paciencia, método, autocrítica y contraste. Destruirlo puede hacerse con una frase ingeniosa. Con tal de que esté disfrazada de verdad, cuela. Hay una asimetría terrible entre la elaboración y la demolición. Un investigador puede dedicar años a un estudio, pero bastan treinta segundos de vídeo para sembrar sospechas sobre él.

La erística convierte al otro en objeto porque ya no interesa escucharlo ni comprender lo que intenta expresar. El objetivo es derrotarlo, humillarlo o, mejor, exhibirlo públicamente. En el fondo, es una forma de poder. Y toda cultura obsesionada con el rendimiento y la imagen termina trasladando esa lógica al lenguaje.

Todo esto tiene consecuencias antropológicas y políticas enormes. Si la sociedad pierde confianza en la posibilidad de distinguir entre verdad y manipulación entonces aparece el cinismo. Ya nadie pregunta «¿es verdad?», sino «¿qué bando lo dice?». El adversario deja de ser alguien equivocado (o no) y pasa a convertirse en enemigo. El debate democrático se degrada de tal forma que se convierte en combate tribal. Y no olvidemos de la dimensión moral. La erística convierte al otro en objeto porque ya no interesa escucharlo ni comprender lo que intenta expresar. El objetivo es derrotarlo, humillarlo o, mejor, exhibirlo públicamente. En el fondo, es una forma de poder. Y toda cultura obsesionada con el rendimiento y la imagen termina trasladando esa lógica al lenguaje.

Por eso el pensamiento crítico auténtico debería ocupar un lugar preeminente en nuestro carácter. Que alcanzase el nivel de virtud. Y, para eso, es necesario admitir que pensar bien implica ralentizarse. Exige soportar la complejidad cuando todo empuja hacia la simplificación. Exige aceptar que algunas cuestiones, las más serias, no caben en un eslogan. Y, por qué no, admitir que reconocer límites, cambiar de opinión a veces y admitir incertidumbres forma parte de nuestra racionalidad como seres humanos. Curiosamente, esas virtudes intelectuales son vistas hoy por muchos como defectos comunicativos.

Quizá uno de los mayores desafíos contemporáneos consista en reconstruir una ecología de la conversación humana. Recuperar espacios donde el silencio, la escucha, la argumentación y el «perder tiempo» no sean signos de debilidad. Tal vez tengamos que rescatar obras como Dialéctica erística de Schopenhauer. Esta obra es un breve tratado sobre el arte de discutir y ganar una disputa, incluso sin tener razón. El autor expone 38 estratagemas para mostrar cómo muchas discusiones se centran más en vencer al adversario que en buscar la verdad. La escribió hacia 1830-1831, en los últimos años de su estancia en Berlín, y se publicó póstumamente. El escrito nace en un contexto de polémica filosófica, especialmente frente al ambiente hegeliano, y su objetivo era sistematizar las artimañas de la discusión para mostrar cómo muchas veces se busca ganar una disputa más que llegar a la verdad. Un buen texto que nos puede ayudar a revelar y desenmascarar los trucos con los que la gente impone su postura en un debate.

Para terminar, lo que quería indicar es que sería urgente entender que cuando una sociedad pierde el amor por la verdad y solo conserva el deseo de imponerse, termina convirtiendo el lenguaje en un campo de batalla permanente. Y de guerras y batallas, ya tenemos suficientes.

domingo, 31 de mayo de 2026