domingo, 12 de abril de 2026

LA FILOSOFÍA MODERNA Y EL CONCILIO VATICANO II EN FRANCISCO LEOCATA

 (De mi libro "El legado filosófico del P. Francisco Leocata", Agape, Buenos Aires, 2025). 

  1. Filosofía moderna.

 

1.1.            La esencial distinción entre modernidad e iluminismo y la consiguiente re-organización de la filosofía moderna.

Esta distinción es transversal y esencial, como ya hemos comenzado a ver, en toda la obra de Leocata. Tiene algunos lugares clásicos, como los caps. 1 y 11 de Del Iluminismo a nuestros días, el art. Escepticismo y fideísmo en el s. XVII, y, desde luego, su penúltimo libro, La vertiente bifucada, en el cual hay que destacar su cap. I (nuevo), el citado artículo, Una lectura cartesiana (nuevo), D´Alambert y Diderot (nuevo), y sus reflexiones finales. El artículo sobre Descartes es especialmente importante (lo escribe especialmente para esa obra del 2013 y es por ende un artículo de madurez, donde resume y renueva sus enseñanzas sobre Descartes de todos sus años de docencia) a tal punto que le dedicaremos todo un capítulo.

La tesis general, transversal, como dijimos, a toda su obra, es que lo que caracteriza al Iluminismo (ya moderado, ya radical, como veremos) es su voluntad voluntad de inmanencia, esto es, la radical decisión de cerrarse a cualquier camino que conduzca a una visión cristiana sobrenatural del ser humano. La afirmación de Dios creador como causa primera de lo finito, un espíritu humano cuyo fin último sea ese Dios trascendente, una ética que trascienda la vida política inmanente, y todo ello desde una Revelación Cristiana en diálogo con la razón (y por ende una metafísica del actus essendi)  es negada, sospechada o evitada por el iluminismo, que esencialmente no quiere salir de este mundo. (“Este mundo” en tanto negación de un mundo creado). Un mundo no creado, sino auto-explicado en una noción de ciencias naturales como la defensa de la autonomía absoluta del universo y también de una sociedad cerrada a la influencia cultural del Cristianismo (secularización en sentido negativo). En términos de Leocata, en su gran artículo “Dimensión temporal y dimensión trascendente del hombre” (op.cit), “…una actitud postulatoria por lograr una cultura y una sociedad en la que el hombre, independizado de toda promesa de trascendencia, debe comprometerse exclusivamente por su destino temporal, tratar de edificar las condiciones para una vida terrestre, individual y colectiva, más libre, más satisfactoria de sus necesidades, dejando de lado, como resabio de una época mitológica, toda esperanza de una vida en el “más allá”, y también toda creencia en una Revelación con ella ligada” (p. 79).  Pero la modernidad, como tal, no es eso. Autores del Renacimiento como Pico Della Mirándola (que ya veremos); la Segunda Escolástica (ahora lo veremos) y, sobre todo, Descartes, Malebranche, Pascal, Gerdil, Rosmini, son todos pensadores cristianos, que tienen una metafísica que abre a un Dios creador trascendente, a un destino sobrenatural del hombre, y por ende ninguno de ellos pueden ser reducidos al Iluminismo. En todos ellos hay una centralidad del sujeto, una interioridad que es el camino a Dios, que se convierte luego en inter-subjetividad, en nosotros somos, con Husserl. Pero ya tendremos tiempo de ocuparnos de este último. Por ahora volvamos al s. XVII.

Ante todo, es muy importante para Leocata la tesis de la “aurora inconclusa” de Henri De Lubac sobre Picco Della Mirándola[1], donde, junto a Fiscino, hubo una modernidad emanada del Cristianismo, entendida como la afirmación de una dignidad humana como creatura de Dios, tesis con la cual, no de casualidad, coincide M. F. Sciacca[2], (al cual Leocata dedica un importante artículo[3]) continuador en el s. XX de la filosofía cristiana de Rosmini. Esto es: lejos de ser un movimiento “antroprocéntrico” hubo en el humanismo del Renacimiento una filosofía cristiana: “…Sin embargo, la realidad histórica es muy diversa. El resurgimiento humanista del Renacimiento, al cual se tiende con justicia a retrotraer el inicio de la filosofía moderna, debe tanto a las fuentes bíblicas como al pensamiento clásico. Se ha mostrado además como exagerada la tesis acerca del carácter cosmocéntrico de este último. Y, en fin, es sencillamente arbitrario considerar al movimiento iluminista como el heredero legítimo del humanismo bíblico” (Del Iluminismo a nuestros días, p. 434). Y continúa: “…La reciente investigación de H. De Lubac sobre Pico Della Mirándola ha demostrado suficientemente la inspiración cristiana de una fuerte corriente humanista en el Renacimiento, cuyas fuentes más importantes residían en la patrística griega y cuyos ideales tendían a hermanar el mensaje evangélico con lo mejor de la cultura antigua. Lo más significativo del humanismo renacentista no surgió como una reivindicación de la autonomía humana frente a lo divino. Y ni siquiera como oposición al cosmos físico. En muchos de sus defensores significó un proyecto, en parte malogrado, de purificación de la cultura respecto a la sofística de una escolástica decadente, y una búsqueda de un cristianismo más directo y sincero.” (idem) De lo cual extrae Leocata una de las conclusiones centrales de toda su obra: “…Puede decirse así que el humanismo moderno es un ideal que nuestra cultura no ha todavía alcanzado debido a la pseudo-asimilación iluminista” (idem, las itálicas son nuestras).

Pero todo lo contrario sucedió con los escépticos del Renacimiento, quienes, siguiendo a filósofos escépticos griegos, derivaron en los libertinos eruditos, esto es, Cherron, La Mothe Le Voyer, Pierre Bayle, y sobre todo Monataigne, escepticismo contra el cual reaccionan precisamente Descartes y Malebranche. La filosofía cristiana de Descartes y Malebranche es precisamente una reacción cristiana ante ese escepticismo[4] gnoseológico y moral. En esto Leocata sigue los esenciales aportes de Del Noce y Gouthier[5]. Y parte esencial de esa reacción es la intuición del ser como donado, cosa esencial a la idea cristiana de creación: “…no obstante, la respuesta y superación del escepticismo no desemboca como en Descartes en la autoconciencia del cogito, sino en la tesis fundamental de que para pensar cualquier objeto hace falta una intuición al menos implícita de la idea del ser” (“Escepticismo y fideísmo en el giro del s. XVII”, en La vertiente bifurcada, p. 42). Esto en Malebranche. En Descartes, como veremos luego, “…No puede hablarse en rigor de una derivación del ser a partir del pensar, sino de un punto en que el pensar encuentra su verdad en la conciencia de ser” (“Una lectura cartesiana”, en La vertiente bifurcada, p. 64). Lo mismo en Pascal, a quien Leocata dedica dos densos artículos[6], porque su caso es indirecto: la razón humana, en la medida que no salga de un corazón que es el que tiene plena conciencia de su finitud, es capaz de reconocerse a sí misma como apertura al infinito, a pesar del pecado original: “…La concepción inaugurada por Descartes, cualquiera sea la interpretación a que se la someta, da lugar a una relación íntima entre razón e infinitud, razón y absolutez. Para Pascal, en el corazón humano habita un instinto, que es intuición primordial y originaria de los primeros principios y a la vez amor originario hacia el bien. La razón, puede decirse, nace también de ese instinto interior, y se abre hacia la comprensión y el conocimiento del mundo. Fuera del recinto interior, la razón se contrapone a fuerzas complementarias y antagónicas, como son los sentidos, las pasiones, la acción. Debido a todos estos lazos, es imposible que la razón se sienta infinita. Está abierta al infinito, pero radicalmente inserta en una finitud. Uno de los signos paradójicos de esa condición, es que el pensamiento humano se halla situado en medio de la infinitud y de la nada” (“Pascal y la crisis de la razón”, op.cit, p. 61).

Por eso este aspecto de la filosofía moderna puede entenderse como un cartesianismo agustinizado (autores que ponen énfasis en la espiritualidad del alma y en Dios creador, como Arnauld, Merssene, Fanelon) y, por el otro un agustinismo cartesianizado (Malebranche y su influencia en Gerdil y Rosmini, con el caso especial de Pascal)[7].

Por lo tanto, es necesario re-elaborar la lectura de la filosofía moderna[8] como la dicotomía entre racionalismo por un lado, inaugurado por Descartes, y empirismo por el otro, inaugurado por Bacon o Locke, siendo ambas corrientes iluministas. No. La filosofía post-medieval tiene dos vertientes, sí, pero no son esas dos. Por un lado, la modernidad, esto es, una filosofía cristiana, un pensamiento cristiano abierto a la trascendencia, donde se ubican los autores citados recién, y por el otro, el iluminismo, ya radical (libertinos eruditos y Diderot) o moderado (D´Alambert[9]). Autores como Leibniz, Wolff, por un lado, y Locke y Berkeley por el otro, se encontrarían en una posición intermedia, no tan elaborada como la de Kant. Hume es considerado como decididamente iluminista. Leocata dedica un estudio importante a  Hobbes, Locke, Grocio y  Puferndorf en Las ideas ius-filosóficas de la Ilustración (op.cit.)

 

1.2.            Las implicaciones para la noción de “mundo moderno” y el Concilio Vaticano II.

Leocata tuvo plena conciencia de que su re-elaboración de la filosofía moderna tenía claras implicaciones para el Concilio Vaticano II. Pero no relaciona a este último con el agustinismo del s. XVII (del cual sabe, además, que tuvo sus límites en cuanto al diálogo con las ideas de la Ilustración[10]) sino con el Renacimiento, como ya hemos visto, y, en menor medida, con algunas influencias de la filosofía del derecho as Suárez[11]. No nombra a Vitoria o Juan de Mariana y tiene de J. Locke una versión más iluminista[12].

Estas ideas están en el ya citado artículo (no muy conocido pero importantísimo) “Dimensión temporal y dimensión trascendente del hombre”, del 2005. En ese artículo, luego de comentar brevemente la perplejidad de los cristianos en general ante la secularización iluminista, afirma: “…La Iglesia, en el Concilio Vaticano II[13], advirtió que era preciso acusar recibo de esta nueva situación del cristiano en el mundo, e inauguró una nueva actitud de diálogo con el mundo moderno, que implicaba un discernimiento entre las instancias legítimas de la modernidad y la tendencia secularista que pesaba fuertemente sobre la marcha sociopolítica de la humanidad. Replanteó, por tanto, en continuidad con su mejor tradición, el tema de la compatibilidad y complementariedad de la orientación del hombre hacia Dios y la trascendencia, y el compromiso de una sociedad más justa y más humana” (p. 76, las itálicas son nuestras). El párrafo es sorprendentemente similar al ya citado discurso de Benedicto XVI del 2005, sobre la continuidad y reforma del Vaticano II, donde Benedicto XVI insiste con la continuidad de la tradición de la Iglesia en el Vaticano II al mismo tiempo que rescata lo mejor de la modernidad, si bien, volvemos a decir, Leocata no cita a Ratzinger ni a Benedicto XVI y NO es extraño: la tesis de Leocata es la interpretación que se derivaba con naturalidad de todo pensador atento a la tradición de San Agustín, Santo Tomás, San Buenaventura (igual que Ratzinger) en armonía con el humanismo cristiano que ya se respiraba en el Renacimiento y en cualquiera que advirtiera que la dignidad natural del hombre, aunque herida por el pecado, era el punto de unión con un nuevo mundo que dejaba ya el integrismo y el clericalismo de épocas anteriores.

Citemos otros párrafos importantes:

“…Durante el período moderno, es decir el que se inicia aproximadamente con el Renacimiento, la cultura occidental -la que se había formado en la confluencia del Cristianismo con elementos importantes de la cultura antigua- había vivido un proceso de secularización. Este término, difundido especialmente después de la obra del teólogo protestante F. Gogarten, indica que muchas de las áreas de la cultura habían procurado y alcanzado un determinado grado de emancipación respecto a la tutela de la religión, de la teología y de la autoridad eclesiástica. Es lo que Kant había indicado en parte con la expresión “mayoría de edad”” (p. 77).

Y sigue: “…Para no adelantarnos en todos los terrenos, señalemos sólo tres: la filosofía, la ciencia y la vida política. Cada una de estas dimensiones había tenido, durante siglos, una dimensión más estrecha, y en buena parte también subordinada, respecto a la religión, a la teología, a las instituciones de la Iglesia. El mismo desarrollo de la vigorosa cultura cristiana medieval había llevado por distintos caminos a un estado de madurez de los tiempos, mediante el cual el saber humano “natural” -expresado en la filosofía y en las ciencias nuevas- pedía un estatuto más autónomo con respecto a la Fe y las Sagradas Escrituras. Además, la historia de las instituciones políticas, con las ideas filosófico-teológicas que la iban acompañando, y con los importantes cambios sociales, económicos y culturales, preparaba el terreno para una secularización del poder temporal. Y no todo ese proceso era negativo. Baste recordar, por ejemplo, que el mismo Cristianismo -tal como había sido configurado en la era de los Padres de la Iglesia- a diferencia con lo que pasó en otras religiones, había puesto el germen de una cierta secularización, pues reconocía un valor intrínseco a la sabiduría natural humana, apreciaba lo mejor que nos había legado la antigüedad grecorromana en la filosofía, la literatura y el arte, el derecho, aunque veía todos esos elementos como orientados a una verdad superior revelada y a un orden “sobrenatural”” (p. 79, las itálicas y los subrayados son nuestros).

El párrafo no tiene desperdicio. Distingue el laicismo de la laicidad (términos de Pío XII y Benedicto XVI[14]) y se refiere a esta última como un fruto de la madurez del pensamiento medieval. Esto es, la continuidad entre lo medieval y lo moderno, a modo de evolución. E igual que Benedicto XVI, señala cómo el Cristianismo, a diferencia de otras religiones, recoge y asume lo mejor de la sabiduría humana No revelada: “…Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado desde el siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social, desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano. De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de esta vinculación precristiana entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico de la Ilustración, hasta la Declaración de los derechos humanos y hasta nuestra Ley Fundamental Alemana, con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 “los inviolables e inalienables derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo”. (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Alemán del 2011[15], las itálicas son nuestras). El final del párrafo de Leocata es de una esencial importancia teológica: “…aunque veía todos esos elementos como orientados a una verdad superior revelada y a un orden “sobrenatural””. Esto es: la advertencia de Henri De Lubac[16], de no suponer que haya una naturaleza pura que no haya sido elevada, caída y redimida, no implica negar, sino todo lo contrario, una naturaleza humana que, aunque caída, sea capaz de llegar por sí sola a importantes verdades sobre sí misma, el derecho, la ciencia y la política, aunque como dijera Santo Tomás, después de mucho tiempo, por parte de pocos hombres y con mezcla de error. Pero esos pocos hombres, con mucho tiempo y con mezcla de error, fueron -por citar sólo algunos ejemplos- los atomistas, los pitagóricos, Platón, Aristóteles y los estoicos. El Cristianismo no los niega, sino que entra en diálogo con ellos; el Cristianismo no niega lo natural, sino que lo eleva; pero esa elevación mantiene lo rectamente justo a lo cual lo natural ha llegado, y permite, en la madurez del Renacimiento, renovar la noción de dignidad humana (Pico Della Mirándola); renovar la ciencia (el neopitagorismo cristiano medieval y el aristotelismo cristiano medieval[17]) y la filosofía del derecho y la vida social (Segunda Escolástica)[18], y eso permite, a su vez, el despliegue de un mundo moderno que sobre la base del Catolicismo pueda reconocer la libertad religiosa y la legítima autonomía de la vida política y social.

Ya que hemos citado a Henri De Lubac, a Pico Della Mirándola y al Renacimiento, veamos el siguiente párrafo de Leocata: “…El drama del mundo moderno consiste en que lo que podría haberse producido como un proceso no conflictivo, como el inicio de una nueva puesta en continuidad con las etapas anteriores, tal como la pensaron y vislumbraron algunos pensadores del Humanismo y el Renacimiento (aquí Leocata cita a pie de página a la tesis de Henri De Lubac sobre Pico Della Mirándola[19]) terminó de hecho realzándose como una rebelión, como un secularismo (para seguir empleando la mencionada expresión de Gogarten) radicalizado, como una ruptura con la tradición cristiana anterior” (p. 78, las itálicas son nuestras). Observemos aquí la distinción entre modernidad e iluminismo: modernidad, como una continuidad con lo medieval, cortado por esas mismas ideas enfrentadas in-coherentemente con la tradición cristiana anterior (iluminismo). Por eso Leocata no quiere hablar de “modernidad católica”[20] como un proceso histórico realizado, sino que, como ya vimos, afirma que “…Puede decirse así que el humanismo moderno es un ideal que nuestra cultura no ha todavía alcanzado debido a la pseudo-asimilación iluminista” (Del Iluminismo a nuestros días, op.cit., p. 434). Pero, como vimos, ese ideal humanista cristiano ha tenido sin embargo puntos importantes de realización en el rescate renacentista de la dignidad humana y en el mismo Vaticano II citado por Leocata.

¿Por qué decimos “…esas mismas ideas enfrentadas in-coherentemente con la tradición cristiana anterior”? Porque la ciencia es en sí misma un resultado coherente del Cristianismo, lo mismo que la dignidad humana y los derechos naturales de la persona, lo mismo que la laicidad de las instituciones políticas. Lo que hace el iluminismo es suponer que la ciencia, la libertad política y la distinción entre la Iglesia y el poder temporal son resultados de la ruptura con el cristianismo, con lo cual esas ideas y realizaciones se quedan sin su verdadero sustento, se quedan cortadas de su raíz, se secan, se marchitan y se vuelven locas precisamente en el Iluminismo como radical voluntad de inmanencia, proceso histórico que aún no hemos terminado de sufrir y que tal vez atraviesa ahora sus peores momentos.



[1] La vertiente bifurcada, op.cit., p. 34.

[2] “…De la crisis de la escolástica decadente (Sciacca se refiere a los aristotelismos averroístas y alejandrinistas contra los cuales se enfrentaría Galileo) nace el Humanismo con el fin de resolverla. Por lo tanto, el Humanismo se presenta como la tentativa de reacción frente a la escolástica decadente para renovar sobre un nuevo plano la mejor Escolástica y precisamente para reunir fe y ciencia, religión y razón. Pero para el Humanismo el punto de encuentro de estos dos términos inconmensurables no es ni la naturaleza, ni Dios: es el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, el hombre en el que el Verbo se encarnó. En él se da el encuentro de Dios y de la naturaleza. La filosofía humanista es la filosofía del hombre, que no sólo no reniega -como veremos mejor dentro de poco- del Cristianismo, pero ni siquiera de lo mejor de la Escolástica, de la que se puede considerar, en cierto sentido y hasta cierto punto, como el desarrollo y la conclusión” (Sciacca, M.F.: Historia de la Filosofía, Luis Miracle, Barcelona, 1954, cap. XV, p. 262).

[3] “Sciacca, pensador de un tiempo indigente”, op.cit.

[4] Algo similar sostiene García Morente (que no es citado por Leocata) en su Prólogo a Descartes, R.: Discurso del método y Meditaciones metafísicas, Espasa-Calpe, Madrid, 1979.

[5] Citados especialmente en “Escepticismo y fideísmo en el s. XVII”, en La vertiente bifurcada, op.cit.

[6] “Pasión e instinto en B. Pascal”; y ““Pascal y la crisis de la razón”, op.cit.

[7] Estas distinciones las encontramos en los artículos citados de La vertiente bifurcada, op.cit.

[8] Hemos sistematizado cómo quedaría un nuevo esquema de la filosofía moderna a partir de Leocata, en “Una reorganización de la filosofía moderna a partir de Francisco Leocatra”, en nuestro blog del 13-8-23, en https://gzanotti.blogspot.com/2023/08/una-re-organizacion-de-la-historia-de.html

[9] Kant es un caso especial, al cual Leocata le dedica un profundo estudio, como ya dijimos, en “Kant y la fundación de una nueva Ilustración”, en La vertiente bifurcada, op.cit. Por razones de espacio hemos decidido no incluir un capítulo específico sobre las tesis de Leocata sobre Kant, Habermas y la Escuela de Frankfurt, aunque sobre estos últimos el lector podrá advertir las interpretaciones de Leocata en sus artículos sobre Husserl y en el resto de sus obras analizadas, especialmente en el artículo dedicado a La crisis de las ciencias europeas. Sobre Kant, Leocata difiere de la interpretación habitual como crítico de la metafísica, y sugiere una interpretación más moderada de ese tema sobre la base de una relectura de Los prolegómenos a toda metafísica futura. Pero, además, Leocata presta especial atención a la reconstrucción kantiana de los temas metafísicos en su ética, NO como incorporando en su razón práctica lo que había negado en su razón pura, sino como re-construyendo la metafísica desde la ética. Esa es la propia posición de Leocata sobre la metafísica, posición que se advierte progresivamente a lo largo de toda su obra, especialmente, como veremos, en Estudios sobre fenomenología de la praxis y en su última obra sobre filosofía moral.

[10] Ver al respecto “San Agustín y la modernidad”, op.cit.

[11] Ver al respecto “Libertad y ley”, op.cit, y “Conexión entre lo moral y la política de Suárez”, op.cit.

[12] El iluminismo de Locke podría tener una interpretación más moderna, pero Leocata no está de acuerdo con ella. Sobre una lectura moderna más escolástica de Locke, véase Migliore, J.: “John Locke y el problema de la ley natural”, en Libertas (32), 2000.

[13] Leocata cita aquí ciertos párrafos de Gaudium et spes que podríian haber sido perfectamente redactados por él mismo: “… En nuestros días, el género humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino último de las cosas y de la humanidad. El Concilio, testigo y expositor de la fe de todo el Pueblo de Dios congregado por Cristo, no puede dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar con ella acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, quien será el objeto central de las explicaciones que van a seguir”…. “… Para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza. He aquí algunos rasgos fundamentales del mundo moderno” (puntos 3 y 4).

[14] Pío XII lo dice en Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santità Pio XII, XX, Ventesimo anno di Pontificato, 2 marzo - 9 ottobre 1958, https://w2.vatican.va/content/pius-xii/it/speeches/1958/documents/hf_p-xii_spe_19580323_marchigiani.html ; Benedicto XVI en el Discurso del 12-9-2008 al Palacio de Elíseo, en https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2008/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20080912_parigi-elysee.html

[16] De Lubac, H.: El misterio de lo sobrenatural, Ediciones Encuentro, Madrid, 1991.

[17] Ver al respecto Koyré, A.: Del mundo cerrado al universo infinito. Buenos Aires: Siglo XXI, 1979; Estudios galileanos, Buenos Aires: Siglo XXI, 1980; Estudios de historia del pensamiento científico; Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 1988; Pensar la ciencia,  Barcelona: Paidós, 1984.

 

[18] La segunda escolástica como un renacimiento político y económico del Catolicismo dentro de la Modernidad ha sido tocado por muchos autores (Schumpeter, Grice-Hutchison, Hayek, De Roover, Kauder, Rothbard, Novak, Liggio, Chafuen, Termes) pero no es ese el enfoque de Leocata para la modernidad.

[19] L´alba incompiuta del Rinascimento, Pico Della Mirándola, Milán, Jaca Book, 1977, citado por Leocata en “Dimensión temporal y dimensión trascendente del hombre”, op.cit, p. 79.

[20] “El debate sobre ilustración y modernidad”, en La vertiente bifurcada, op.cit. p. 27.

domingo, 5 de abril de 2026

SERVICIO FÚNEBRE




 -          Buenas noches... ¿esta es una funeraria, no?

-          Sí, ¿en qué lo puedo ayudar?

-          Me acabo de morir y venía a hacer los trámites.

-          ¡Uy no!!!! Pero, cuánto lo lamento…………. Pero, ¿qué hace usted aquí? ¿No tiene nadie que lo ayude?

-          Si, puede ser, pero están aún todos muy conmocionados, no les quiero dar más trabajo.

-          Bueno, pero yo le diría que….. Bueno, usted ya no tiene que hacer nada……….

-          Siempre se puede hacer un esfuercito.

-          Y cuénteme, ¿qué le pasó?

-          Choqué con Hegel.

-          ¡Uy no!!!!!!!!!!!!!!!! Debe haber sido terrible…………

-          Logré esquivar la antítesis pero luego el dam espíritu absoluto me entró por el parabrisas.

-          Bueno, en fin, espero que ya haya pasado todo………….

-          Si, fue físico en su momento pero ya estamos en la etapa metafísica.

-          Metafísica seguro, pero aún así aquí se vino.

-          Ya le digo, quiero facilitar un poco las cosas.

-          Bueno, ¿quiere pasar a ver el cajón?

-          Ok.

-          ¿Puede bajar las escaleras?

-          Creo que sí.

-          ¿Este le parece bien?

-          ¿Es de madera no?

-          Si.

-          Con esto basta.

-          ¿Y qué le parece esta cruz?

-          Nunca discutí las cruces. Todo bien.

-          Bueno, ahora necesitaría alguna documentación.

-          Uy quedó toda en el hospital. Mire, cuando vuelva a la morgue, seguro después viene algún familiar por mí. Yo le voy a decir que usted fue muy amable.

-          ¿Y cómo se vuelve?

-          Camino. No sé por qué pero hoy me siento muy liviano.

-          Bueno, le reitero, un gusto conocerlo y mi más sentido pésame.

-          Gracias. Rece por mí.

-          Bueno, ya no le puede pasar nada más…………

-          Cómo que no, aún me espera el juicio particular.

-          Ah cierto!!!!!!!!!!!!!!!!!! Bueno, en fin, espero que…..

-          Yo también. Alguna preocupación tengo.

-          Pero no parece ser usted una mala persona.

-          No sé, he tenido malos pensamientos. Una vez casi me hago marxista.

-          Bueno, ok, ok, rezaremos.

-          Bueno. Ha sido un gusto.

-          Lo mismo. Que tenga un buen día.

-          Gracias. Tengo infinitos días por delante………….

jueves, 2 de abril de 2026

Y LOS SUYOS NO LO RECIBIERON: UN ANÁLISIS DEL MAGISTERIO FILOSÓFICO-POLÍTICO DE BENEDICTO XVI

 


Unión Editorial ha tenido la generosidad de publicar mi libro sobre Benedicto XVI cuyo título es el título de esta entrada.

El libro sale justo cuando León XIV se encuentra tensionado por dos posiciones extremas: la de la FSSPX y el camino sinodal alemán que quiere vaciar al Catolicismo de todo contenido "católico".

Benedicto XVI es precisamente la superación de esa dialéctica, y por ello es urgente recuperar a su Magisterio del olvido en el cual estos años lo han sumergido. 

Ofrecemos el prefacio del libro.

-------------------------------------------------

No es la intención de este libro ser un estudio académico más sobre el pensamiento de Joseph Ratzinger y-o Benedicto XVI. Abundan hoy cientos y cientos de artículos especializados en la materia, escritos en general por autores jóvenes, siendo ello, además, un buen signo de la recuperación del pensamiento católico y de la importancia que en el futuro seguirá teniendo el pensamiento de este gran teólogo y pontífice.

La intención de este libro es otra: exponer el Magisterio de Benedicto XVI en temas políticos, y demostrar al mismo tiempo que es hasta ahora la más lograda superación del conflicto entre el Magisterio pre-conciliar y conciliar al respecto y, por eso mismo, la más acabada síntesis, hasta ahora, entre Catolicismo y Modernidad dentro del Magisterio. En cierta medida este libro es una continuación de lo expuesto en el cap. seis de nuestro libro Judeo-Cristianismo, Civilización Occidental y Libertad.[1]

Esto nos obliga, sin embargo, a hacer una aclaración fundamental, que hicimos en ese mismo capítulo. Contrariamente a otros católicos, nunca hemos supuesto que hubiera un único sistema social y político que se desprendiera directamente de las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Menos aún lo supuso Joseph Ratzinger. Por lo tanto, cuando nos referimos a su magisterio “político”, nos referimos a la noción de “acompañamiento” que el Magisterio hace de ciertas circunstancias políticas nuevas por las que la Iglesia tiene que transitar. No las “clericaliza”, no las declara “católicas”, no las convierte en “el” sistema político de la Iglesia y menos aún en “el” partido político “católico”. Pero sí puede señalar su no-contradicción con lo esencial de la Fe, y eso, ya señalando lisa y llanamente su esencial opinabilidad, ya situando esa circunstancia en bases teoréticas que tengan una esencial relación con la Fe. Esa nueva circunstancia es la Modernidad y eso es estrictamente lo que Benedicto XVI ha hecho mejor que cualquier otro pontífice hasta ahora.

Por ende, como resultado necesario de lo anterior, intentaremos una vez más, esta vez de la mano de Benedicto XVI, poner luz en la auténtica interpretación del Vaticano II, que fue uno de los objetivos de su pontificado, junto con la armonía entre la razón y la fe. Esta cuestión, en estos momentos, es más importante que nunca. Actualmente muchos tradicionalistas, que mantenían un diálogo, difícil pero diálogo al fin, con Benedicto XVI, han radicalizado su posición y han afirmado y afirman resueltamente que todas las tensiones doctrinales de la Iglesia son el fruto directo del Vaticano II. Benedicto XVI afrontó el problema desde el primer año de su pontificado en su esencial discurso del 22 de Diciembre del 2005[2]. Ello no solucionó el debate, pero ese discurso se convirtió en un horizonte a partir del cual se podía discutir con altura la cuestión. Pero luego de la renuncia de Benedicto XVI, todo ello no sólo quedó en suspenso, sino que empeoró. Nuestro objetivo es colaborar a encontrar nuevamente un punto en común donde el Vaticano II sea visto en continuidad con lo esencial, aunque con reformas en lo contingente. O sea, revivir nuevamente uno de los principales objetivos del pontificado de Benedicto XVI.

Dicho esto, por supuesto, sólo nos queda rezar y encomendar nuestra esperanza -la esperanza que salva, a la cual Benedicto XVI le dedicó toda una encíclica[3]- a un futuro que está en las manos de Dios.

 

Buenos Aires, Octubre de 2025.



[1] Instituto Acton, Buenos Aires, 2018.

[2] Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los Cardenales, Arzobispos, Obispos y Prelados de la Curia Romana del Jueves 22 de Diciembre de 2005, https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2005/december/documents/hf_ben_xvi_spe_20051222_roman-curia.html

domingo, 22 de marzo de 2026

LA CONSULTORÍA POLÍTICA NO ESTÁ DE ADORNI

 "No ahorres en consultoría", dice permanentemente Mauricio Vázquez, uno de los mejores especialistas en consultoría política del país.

Ese rubro nunca fue santo de mi devoción. Porque, cuando no hay ser auténtico ni verdadera vocación de servicio al bien común, la consultoría se transforma en meros consejos de conveniencia para psicópatas dispuestos a cualquier cosa.

Pero cuando se es una persona normal, bienintencionada, con auténtica vocación de servicio, la consultoría es indispensable. Porque hay complejos fenómenos de comunicación política que sencillamente la mayoría de nosotros NO sabe, y caemos con frecuencia en la soberbia de pensar que, por saber mucho de Mises, Hayek o Marte, vamos a poder enfrentarnos a infinitas variables de la percepción política. Y dije percepción, porque en política rige Berkeley (busquen). Esse est percipi, en política sí. 

Esa soberbia se conjuga con una ingenuidad total. Que se manifiesta en varias formas. 

a) La suposición de que la opinión pública NO creerá las "operaciones mediáticas" del adversario político. Claro que sí, en general. El doble estándar es el arma más utilizada por el adversario. Claro que el opositor va a criticar aquello mismo que él hizo en su momento, y claro que la mayoría de las personas ni se van a acordar del asunto. Es injusto, pero es así.

b) La ingenuidad de NO anticipar la jugada del adversario. Hasta yo, que de ajedrez no sé nada, sé (sin ningún esfuerzo) que si me paso la vida diciendo que A, el adversario me caerá por la cabeza mediáticamente si yo llegare a hacer o decir UN milímetro de NO A. Obvio. No hay que ser Einstein para darse cuenta. 

c) Suponer que estás blindado. No, y sobre todo si estás a favor de políticas de transformación impopulares. Por más que hayas tenido éxito electoral momentáneo, el adversario está esperando, agazapado, paciente, el momento de su venganza. Y la ejercerá. Tarde o temprano, la ejercerá, sobre todo ante el desgaste natural que el tiempo produce en la política. 

d) Suponer que no tienes que consultar a nadie. No comments. 

e) Suponer que no vas a caer en tentaciones mínimas que forman parte de la "sensualidad del poder". 

Es lamentable, porque si verdaderamente estás convencido de la importancia de ciertas ideas y transformaciones, estos errores no deberían cometerse........................................



domingo, 15 de marzo de 2026

EN DEFENSA DE LA LIBERTAD EDUCATIVA

Imaginemos que existiera un Ministerio Nacional de Zapatos. Habría una única manera de producir zapatos. Por supuesto, se permitiría que los privados lo hagan también, siempre que estén “adscriptos al sistema oficial”, con los consiguientes controles e inspecciones. Su libertad para producir zapatos, de otra manera, sería mínima.

¿Cuál sería el resultado? Obviamente, una total ineficiencia, como todo monopolio estatal. La imposibilidad de cálculo económico en el socialismo se aplicaría límpidamente al caso, a pesar de que los estatistas de todos los partidos sigan reclamando el derecho a los zapatos, la igualdad de oportunidades para usar zapatos, y todos los slogans que no han podido refutar nunca la ineficiencia intrínseca de toda planificación central, que deja a todos descalzos.

Lo mismo ocurre con la educación. Todo sistema educativo nacional se enfrenta con la misma dificultad. En la educación, de lo que se trata es de incrementar el conocimiento. Pero de igual modo que un ministro de zapatos no es el medio para hacer mejores zapatos, un sistema central de educación no es el medio para incrementar el conocimiento. Al contrario, ahora que se habla tanto de diversidad y de la decisión propia, es cuestión de tomar conciencia de que la diversidad de propuestas educativas, en libre competencia, es el medio para mejorar permanentemente el conocimiento, las habilidades, y la diversidad de ofertas en un mundo cambiante. La diversidad de modelos educativos no es caos, al contrario, es abrirse a la diversidad cultural.

Los planificadores centrales de la educación nunca reconocerán que su plan es uno más entre todos, falible como todo lo humano. Un sistema educativo diverso y plural no elimina la falibilidad, pero minimiza sus efectos. ¿Qué carreras tendrán éxito, las tradicionales o las que favorezcan una mente crítica e interdisciplinar? La burocracia estatal siempre llegará tarde.  ¿Por qué impedir que nuevos métodos pedagógicos compitan libremente en el mercado si pueden lograr iguales o mejores resultados que el sistema oficial? Las empresas ya están contratando a las mejores mentes aunque no tengan un título universitario “oficial”. ¿Por qué no admitimos que la libertad educativa es, ya, ese mercado libre que las empresas y universidades innovadoras están utilizando?   Volviendo al ejemplo inicial, ¿por qué impedir que la gente use zapatos provistos fuera del sistema nacional, cuando sus resultados superan con creces al cuero malgastado y las medidas mal tomadas?

Alguien me dirá: no se trata de zapatos, sino de personas. Peor aún. Porque un zapato no tiene derecho a la libertad de enseñanza. Un ser humano sí. La libertad no se basa en impedir el error, sino en que la verdad no puede ser impuesta por la fuerza. En una sociedad libre, los contenidos culturales deben ser decididos por el libre intercambio de ideas, y no por la fuerza, bajo la coacción de quienes se crean libres de la falibilidad. Incluso las religiones que sostienen que la revelación de Dios es infalible aceptan el derecho a la libertad religiosa. Esto último es importante porque la educación también educa en valores, sí, pero no impuestos por la fuerza.

Parece casi imposible llevar a cabo todo esto en una Argentina acostumbrada a más de 100 años de planificación central en la educación. Pero al menos ahora se está discutiendo. Al menos ahora el debate está instalado. Eso ya es mucho en una Argentina de elefantes blancos intocables.