domingo, 19 de septiembre de 2021

LA NATURALEZA HUMANA Y UN PECULIAR VIAJE ESPACIAL





La película Voyagers (https://www.filmaffinity.com/ar/film372280.html), disparatadamente traducida al Español como Instintos ocultos (no comments…) nos muestra otra vez los vericuetos de ese misterio que somos bajo ciertas circunstancias especiales. Ya en Aniara, reciente película del 2018, habíamos comentado lo que puede pasar en un gran crucero espacial cuando de los entretenimientos pasamos a la búsqueda del sentido…. (https://gzanotti.blogspot.com/2021/04/aniara.html).

Esta vez parece que fue al revés. De vuelta, La Tierra a punto de su agotamiento, y un viaje espacial hacia otro planeta para poblarlo. El viaje dura unos 80 años. Pero esta vez tratan de planificarlo bien. Se hace nacer a una serie de niños en una simulación de una gran nave espacial para que no extrañen nada y estén claramente habituados a ese entorno. Los niños, cuando jóvenes, tendrían hijos mediante fecundación in vitrio, éstos, a su vez, hijos, y así sería la tercer generación la que llegaría al planeta anhelado. Uno de los adalides del proyecto, Richard, viajará con ellos, para protegerlos, sabiendo que es un viaje de ida solamente.

Las relaciones sexuales, enamoramientos y contactos están prohibidos. Para ello se les proporciona a los niños una sustancia azul, una toxina, que cuando adolescentes impedirá el desarrollo de su libido y demás pulsiones para que todo esté tranquilo y en orden.

Pero dos de ellos, dos varones, descubren que están siendo drogados de ese modo. Dejan de tomar el “blue”. Al principio, sólo travesuras menores. Corren, juegan a que se golpean, comienzan a mirar a las chicas. Luego comienzan a cuestionar a Richard. ¿Por qué nos drogaste? Para que seas bueno. ¿Y por qué tengo que ser bueno? ¿Qué sentido tiene esta obligada obligación? ¿Por qué?

De repente Richard muere en un accidente cuando trata de arreglar algo de la nave. Se quedan sin comandante, sin jefe, sin líder, como se lo quiera llamar. Sin el vigilante-protector. Surgen las disputas de poder. Pero deciden votar. Eligen a Christopher, uno de los dos varones que dejó de tomar el blue. Christopher trata de ser tranquilo y racional. El otro era Zach. Zach era más rebelde. De niño, antes de partir, había dicho una noche, antes de dormir: “tengo miedo”.

Zach acepta a regañadientes la elección.

Ambos revelan a los demás sobre la droga y todos dejan de tomarla. Casi todos comienzan a correr, a tocarse, a pelearse.

Sela, una chica con vocación de interioridad, trata de mantener su orden interno. Le es difícil. Ve lo que pasa y se asusta. Christopher y Zach se pelean por ella. Zach pierde. Desafía la autoridad de Christopher. Lo desafía en público. Niega su autoridad. Surgen dos grupos.

Zach inventa algo muy interesante: hay un alien del cual hay que defenderse, y él será quien se encargue de proteger a todos. Zach da visos de razonabilidad a su teoría. Muchos le creen. No los aliados de Christopher. Pero se van quedando solos.

De repente Christopher descubre que Zach ha asesinado a Richard. Muestra la prueba a todos. Zach lo reconoce, pero explica su acción dentro de la teoría del alien. Lo que pasa es que el alien había penetrado en Richard. Muerto este, ahora puede estar en cualquiera. Todos comienzan a desconfiar el uno del otro. Surge la sospecha colectiva de quién puede estar “infectado”. Pero Zach es el que los va a proteger del alien. Muy interesante. La película es del 2021.

Uno de ellos es acusado de ser el alien. Trata de huir. Pero lo alcanzan y lo matan.

Sela y otros dicen que no puede ser que Zach y su grupo sean así. Que no es esa su naturaleza. Pero alguno se pregunta si no es así. ¿Era esa su real naturaleza, que había estado oculta por la toxina tranquilizante? ¿Esa es la naturaleza humana? ¿La guerra, la discordia, la desconfianza, el asesinato?

De repente los dos grupos descubren que había un compartimento secreto lleno de armas (tal vez para la tercera generación). Ambos luchan por el dominio de las armas. El grupo de Zach gana temporariamente. Zach impone su régimen con armas letales en la mano.

Pero de repente una de las chicas, la más apegada a las reglas, llama a todos a la racionalidad. No era una líder carismática. No era atractiva. Pero dice: ¿no podemos tener normas, estar de acuerdo con ellas y convivir?

Interesante. Aparece el liberalismo clásico. Alguien sugiere el pacto de Locke.

La respuesta de uno de los partidarios de Zach es terminante. La mira con odio, y arma en mano, dispara y la mata. La muerte es inmediata y sangrienta. Varios se quedan conmocionados y dubitativos, pero Zach no: toma el arma y dice “esto muestra lo que puedo hacer”, y amenaza a Sela y Christopher, a quienes comienza a perseguir por toda la nave. Finalmente llegan los tres a una de las esclusas que separa la nave del espacio exterior. Hay una lucha terrible y finalmente Zach muere.

A partir de allí todo se calma. Todos aceptan el liderazgo natural de Sela y Chirsopher y a pesar de que no siguen tomando el blue, se tranquilizan. Y todo vuelve al plan original. Tienen sus hijos, ya de modo natural, y finalmente los nietos llegan al planeta.

Pero ese final feliz, ¿por qué?

Los guionistas no lo aclaran.

¿Por qué debían cesar los conflictos?

Freud estaría muy extrañado de ese final.

Muchos critican su pesimismo, pero, ¿estaba tan equivocado?

¿No se llama, todo lo que sucede, pecado original?

Y el liberalismo clásico duró muy poco.

¿Y no es eso lo que ha sucedido?

Hay quienes decimos que ese pacto racional es un fruto del Judeo-Cristianismo, casualmente la redención del pecado original.

¿Es tan incoherente?

Pero una redención individual. Una Iglesia. No una sociedad secular.

En una sociedad secular, ¿qué impediría que aparezca otro Zach, si incluso surgen en los conventos?

¿Qué diferencia hay entre estos chicos, la nave, y la historia de la humanidad?

¿Tenemos que dejar de predicar el pacto racional y sus ventajas?

No, pero siempre podemos terminar como Phoebe, la asesinada por el partidario de Zach.

Y no olvidemos lo que Zach había dicho desde niño:

“Tengo miedo”. 

domingo, 12 de septiembre de 2021

SANTO TOMÁS Y EL MÉTODO HIPOTÉTICO-DEDUCTIVO

 (De mi libro Judeo-Cristianismo, Civilización Occidental y Libertad).

 Aunque Santo Tomás no haya hecho adelantar al paradigma científico de su tiempo, el sistema Ptolemaico, deja abierta la puerta “a otras posiciones” que logren explicar “las apariencias de los cielos”. O sea, un adelanto del método hipotético-deductivo explicado por Hempel y Popper.

          Un texto habitualmente olvidado es In Boethium De Trinitate, Q. 6a a. 1, donde Santo Tomás se pregunta si está bien la clasificación aristotélica de las ciencias especulativas en Filosofía Primera, Matemáticas y Física. Cuando llega a la Física, hace una sorprendente distinción, entre preguntas que la Física (de Aristóteles, o sea, la Física para su tiempo, unida al paradigma ptolemaico) puede contestar deductivamente a partir de primeros principios, y por ende con certeza, y otras que no. Las primeras corresponden a las conclusiones de lo que hoy los tomistas cultivan como la Filosofía de la Naturaleza de Santo Tomás, o sea sus comentarios a nociones aristotélicas como materia y forma, cuerpo, movimiento, espacio (como cantidad del cuerpo), etc., que por supuesto están comprendidas desde su perspectiva cristiana. En las segundas (y ahora citemos directamente a Santo Tomás) “… la inquisición (pregunta) de la razón no puede llegar al término antedicho sino que permanece en ella; por ej. cuando se pregunta y queda en suspenso a distintas respuestas, lo cual acontece cuando se procede por razones probables que producen por sí opinión o creencia, pero no ciencia[1]”.

Por supuesto, esto no implica que Santo Tomás se haya introducido en los debates actuales sobre la probabilidad[2], pero sí que advierte que a veces la razón humana no puede responder con certeza a ciertas preguntas, y que si responde son explicaciones no necesarias que quedan abiertas a otras explicaciones. Me dirán: pero dice que ello es opinión, no ciencia. Si, ello es conforme al uso griego habitual de “episteme” como conocimiento riguroso, “pero” lo más sorprendente es el ejemplo que da de un razonamiento así, donde menos lo esperaríamos. Está comenzando Santo Tomás el tratamiento de la Trinidad en la Suma Teológica, y se hace a sí mismo –como es habitual en el método escolástico de las sumas– una objeción: por qué otros pueblos han imaginado cosas parecidas a la Trinidad. A ello contesta que los seres humanos pueden a veces imaginar ciertas cosas, que no son necesarias, por supuesto, ni reveladas, por el otro lado. ¿Y cuál es el ejemplo? Un aspecto importante del paradigma astronómico de la época, el ptolemaico, que era un paradigma científico en términos de Kuhn. Veámoslo: “…Existen dos clases de argumentación: una, para probar suficiente y radicalmente una aserción cualquiera, como en las ciencias naturales se prueba que el movimiento del cielo es uniforme en su curso; y otra, para justificar, no un fundamento, sino la legítima deducción de las consecuencias o efectos en íntima conexión con una base (positae ) ya admitida de antemano. Así en la astrología se da por sentada la teoría de las excéntricas y de los epiciclos, porque por ella se explican algunos de los fenómenos sensibles (salvari apparentia sensiblia) que se observan en los movimientos de los cuerpos celestes: mas este género de argumentación no es satisfactoriamente demostrativo; porque a una hipótesis (positione) se pudiera sustituir otra, que explicase acaso igualmente la razón de tales hechos” (facta salvari potest).[3]

Observemos: “…otra, (o sea, otro tipo de argumentación) para justificar, no un fundamento (no algo con certeza tipo primeros principios), sino la legítima deducción de las consecuencias o efectos (deducción a partir de una hipótesis) en íntima conexión con una base (positae) (o sea una hipótesis) ya admitida de antemano (o sea a priori).”

Y el ejemplo es (nuestro comentario irá en negrita): “…Así en la astrología (la astrología y la astronomía no se distinguieron sino hasta Kepler inclusive) se da por sentada la teoría de las excéntricas y de los epiciclos, (los epiciclos eran lo que hoy llamamos una hipótesis ad hoc para explicar la retrogradación de los planetas en el sistema ptolemaico) porque por ella se explican algunos de los fenómenos sensibles (o sea, con esa hipótesis ad hoc se explica el aludido movimiento observado, que para Santo Tomás es como aparecen los cielos, pero no la certeza de cómo son) (salvari apparentia sensiblia) que se observan en los movimientos de los cuerpos celestes: mas este género de argumentación no es satisfactoriamente demostrativo; porque a una hipótesis (positione) se pudiera sustituir otra, que explicase acaso igualmente la razón de tales hechos” (o sea, una determinada hipótesis se puede sustituir por otra mejor: de hecho ESO es lo que hizo Copérnico cuando retomó la hipótesis de Aristarco para explicar mejor la retrogradación de los planetas) (facta salvari potest).

Por lo tanto, el ejemplo que da Santo Tomás del método hipotético deductivo no sólo corresponde al principal paradigma científico de la época, sino que incluso corresponde a lo que hubiera permitido dejar como perfectamente opinable la tesis de Copérnico como también la de Ptolomeo, lo cual hubiera sido muy útil en el conflicto con Galileo (Santo Tomás, contrariamente a Andreas Ossiander, no consideraba “otras hipótesis” –como la posterior de Copérnico– como una mera hipótesis matemática). Por lo demás, cuando dice “opinión y no ciencia” ello es totalmente compatible con Popper, para el cual la ciencia no es certeza, sino doxa.[4] Eso sí: una doxa cuyo método es conjeturas y refutaciones. O sea, la cuestión no pasa en Popper por la distinción entre certeza y doxa, sino por una doxa metódica y otra que no. Por ende si Santo Tomás ha descubierto una doxa dentro del paradigma científico de su tiempo, ello es un signo de acercamiento con la noción actual de ciencia en Hempel y en Popper con el método hipotético-deductivo.


 

 



[1] La traducción es de Celina A. Lértora Mendoza en Tomás de Aquino, Teoría de la ciencia, Buenos Aires, Ediciones del Rey, 1991.

[2] Sobre esta cuestión, dice Celina Lértora Mendoza (op. cit.): “Por su parte “probabilis” también presenta problemas (Cfr. Th. Deman “Notes de lexicographie philosiophique médiéval: Probabilis”, Rev. Science. Phil. Et Theol, 1933, pp. 260-290). Según las acepciones del Glossarium Du Cange (T.V., in voce), significa: 1) rectus – bonus – approbatus; 2) praestans-insignis; 3) habilis-idoneus; 4) probus-legitimus. En el s. XIII, reciben ese nombre los sabios y sus doctrinas (p. 261). Santo Tomás lo usa habitualmente como opuesto a “demostrativo” aunque este uso no es general en su tiempo, salvo cuando se hace referencia a la correspondiente modalidad aristotélica. En un sentido más amplio, también lo usa como sinónimo de contingente, y como tal, es lo que escapa a la legalidad científica (p. 267). En cambio, Kildwardby llama “scientia probabilis”, la que procede por pruebas racionales (cfr. De Ordo Scientia, cap. 2) y en ese sentido se acerca en parte al uso tomista de “probabilis” como hipótesis que da razón de ciertos hechos, como la teoría de los epiciclos (p. 275). En resumen, el uso medieval del vocablo no es contante, pero en sentido general su significación implica la convicción de que todo no es igualmente cognoscible, y está vinculado a una concepción del método científico: la verdad es necesaria, pero puede conocerse por varias vías, algunas de las cuales pudieron comenzar como probables. No es que tal cosa sea probable, sino que se opina tal cosa con probabilidad (p. 287-290). Nota al pie nº 50, p. 41.

[3] Tomás de Aquino, I, q. 32, a. 1 ad 2.

[4] Popper, K., The World of Parmenides, op. cit.

domingo, 5 de septiembre de 2021

EL OLVIDADO DISCURSO DE BENEDICTO XVI PARA LA SAPIENZA, de Enero del 2008

(De mi libro Judeo-Cristianismo, Civilización Occidental y Libertad, Instituto Acton, 2018). 




 El discurso de Enero a 2008 a La Sapienza[1] no sólo no pudo ser dirigido a sus muy tolerantes profesores, que impidieron la visita de Benedicto XVI, sino que además tampoco fue escuchado en absoluto por católicos encerrados en sus pequeños paradigmas ideológicos de izquierda y derecha.

Este discurso es el paso de la potencia al acto de esa nueva interpretación de Santo Tomás que propuse y de cómo presentarlo al mundo moderno, algo que Benedicto XVI prosiguió haciendo en todo su pontificado bajo oídos sordos de la Iglesia y el mundo, que no están en condiciones de entenderlo.

A pesar de la intolerancia de los “intelectuales” de La Sapienza –sapienza, justamente– el discurso, gracias a Dios, no a ellos, quedó escrito, como un programa de acción que hoy debemos rescatar.

Se pregunta Benedicto XVI, retóricamente, que tiene que ir a hacer un Papa a una universidad, esto es, en nombre de qué razón va a hablar, si supuestamente habla desde una fe sin razón: “…surge inmediatamente la objeción según la cual el Papa, de hecho, no hablaría verdaderamente basándose en la razón ética, sino que sus afirmaciones procederían de la fe y por eso no podría pretender que valgan para quienes no comparten esta fe”.

Pero entonces hay que replantear el tema de la razón: “Deberemos volver más adelante sobre este tema, porque aquí se plantea la cuestión absolutamente fundamental: ¿Qué es la razón? ¿Cómo puede una afirmación sobre todo una norma moral demostrarse “razonable”? En este punto, por el momento, sólo quiero poner de relieve brevemente que John Rawls, aun negando a doctrinas religiosas globales el carácter de la razón “pública”, ve sin embargo en su razón “no pública” al menos una razón que no podría, en nombre de una racionalidad endurecida desde el punto de vista secularista, ser simplemente desconocida por quienes la sostienen”.

O sea, comienza con algo que refuta las injustas acusaciones que se hicieron a Benedicto XVI. Para responder la pregunta comienza citando a John Rawls, algo que los lefebvrianos seguramente no hubieran hecho. Lo elogia, por un lado, recordando que Rawls ve algo de racionalidad en las doctrinas metafísicas que no podrían integrar la razón pública, y recuerda al mismo tiempo esa noción rawlsiana de razón pública: aquella que puede ser un punto en común entre ciudadanos que en metafísica y religión no podrían entenderse.

Pero entonces, va respondiendo lentamente a la acusación de que las posiciones metafísicas y religiosas no podrían formar parte de una razón pública. O sea, de que no son “razones”. Y para ello recuerda nuevamente los inicios del Cristianismo y de la Patrística, donde se da el diálogo entre razón y fe: “…los cristianos de los primeros siglos… Acogieron su fe no de modo positivista, o como una vía de escape para deseos insatisfechos. La comprendieron como la disipación de la niebla de la religión mítica para dejar paso al descubrimiento de aquel Dios que es Razón creadora y al mismo tiempo Razón-Amor. Por eso, el interrogarse de la razón sobre el Dios más grande, así como sobre la verdadera naturaleza y el verdadero sentido del ser humano, no era para ellos una forma problemática de falta de religiosidad, sino que era parte esencial de su modo de ser religiosos. Por consiguiente, no necesitaban resolver o dejar a un lado el interrogante socrático, sino que podían, más aún, debían acogerlo y reconocer como parte de su propia identidad la búsqueda fatigosa de la razón para alcanzar el conocimiento de la verdad íntegra. Así, en el ámbito de la fe cristiana, en el mundo cristiano, podía, más aún, debía nacer la universidad”. (Las itálicas son nuestras).

O sea, las preguntas de la razón son parte esencial de su modo de ser religiosas, esto es, Judeocristianos. Y precisamente por ello, con los siglos, nace la universidad, institución esencial en la historia de Occidente que debe su origen al Cristianismo.

Saltando por un momento al presente, Benedicto XVI hace algo que tampoco ningún “conservador” se habría atrevido a hacer: elogia a Jürgen Habermas: “un salto al presente: es la cuestión de cómo se puede encontrar una normativa jurídica que constituya un ordenamiento de la libertad, de la dignidad humana y de los derechos del hombre. Es la cuestión que nos ocupa hoy en los procesos democráticos de formación de la opinión y que, al mismo tiempo, nos angustia como cuestión de la que depende el futuro de la humanidad. Jürgen Habermas expresa, a mi parecer, un amplio consenso del pensamiento actual cuando dice que la legitimidad de la Constitución de un país, como presupuesto de la legalidad, derivaría de dos fuentes: de la participación política igualitaria de todos los ciudadanos y de la forma razonable en que se resuelven las divergencias políticas. Con respecto a esta "forma razonable", afirma que no puede ser sólo una lucha por mayorías aritméticas, sino que debe caracterizarse como un "proceso de argumentación sensible a la verdad" (wahrheitssensibles Argumentationsverfahren)… Yo considero significativo el hecho de que Habermas hable de la sensibilidad por la verdad como un elemento necesario en el proceso de argumentación política, volviendo a insertar así el concepto de verdad en el debate filosófico y en el político”.

O sea, rescata la idea central de la filosofía del diálogo de Habermas, donde diálogo no es lucha de intereses, o luchas dialécticas entre mayorías y minorías, sino un proceso para alcanzar el entendimiento con el otro. Razón es comprender. No es calcular ni negociar…

Pero entonces vuelve al s. I. “Pero entonces se hace inevitable la pregunta de Pilato: ¿Qué es la verdad? Y ¿cómo se la reconoce? Si para esto se remite a la “razón pública”, como hace Rawls, se plantea necesariamente otra pregunta: ¿qué es razonable? ¿Cómo demuestra una razón que es razón verdadera?”

Y luego de algunas consideraciones sobre la evolución de la universidad como institución, coloca a Santo Tomás como modelo de diálogo entre razón y fe para contestar la pregunta: “… Históricamente, es mérito de santo Tomás de Aquino ante la diferente respuesta de los Padres a causa de su contexto histórico el haber puesto de manifiesto la autonomía de la filosofía y, con ello, el derecho y la responsabilidad propios de la razón que se interroga basándose en sus propias fuerzas”.

Pero esto podría ser leído como un racionalismo en Santo Tomás. Para despejar esa duda, Benedictino XVI presenta su relación entre razón y fe como la de un teólogo, precisamente como lo habíamos interpretado antes: “… Yo diría que la idea de santo Tomás sobre la relación entre la filosofía y la teología podría expresarse en la fórmula que encontró el concilio de Calcedonia para la cristología: la filosofía y la teología deben relacionarse entre sí “sin confusión y sin separación”. “Sin confusión” quiere decir que cada una de las dos debe conservar su identidad propia. La filosofía debe seguir siendo verdaderamente una búsqueda de la razón con su propia libertad y su propia responsabilidad; debe ver sus límites y precisamente así también su grandeza y amplitud. La teología debe seguir sacando de un tesoro de conocimiento que ella misma no ha inventado, que siempre la supera y que, al no ser totalmente agotable mediante la reflexión, precisamente por eso siempre suscita de nuevo el pensamiento. Junto con el “sin confusión” está también el “sin separación”: la filosofía no vuelve a comenzar cada vez desde el punto cero del sujeto pensante de modo aislado, sino que se inserta en el gran diálogo de la sabiduría histórica, que acoge y desarrolla una y otra vez de forma crítica y a la vez dócil; pero tampoco debe cerrarse ante lo que las religiones, y en particular la fe cristiana, han recibido y dado a la humanidad como indicación del camino” (Las itálicas son nuestras).

Esto es, el “sin separación” implica que la razón razona en Santo Tomás asumida desde la Gracia y elevada desde la Gracia. Y por ello puede ser al mismo tiempo Fe (por la Gracia de la Fe) y razón, con algo esencial a la razón: su capacidad de comunicarse con los demás y por ende ser “pública”: “es verdad que la historia de los santos, la historia del humanismo desarrollado sobre la base de la fe cristiana, demuestra la verdad de esta fe en su núcleo esencial, convirtiéndola así también en una instancia para la razón pública. Ciertamente, mucho de lo que dicen la teología y la fe sólo se puede hacer propio dentro de la fe y, por tanto, no puede presentarse como exigencia para aquellos a quienes esta fe sigue siendo inaccesible. Al mismo tiempo, sin embargo, es verdad que el mensaje de la fe cristiana nunca es solamente una “comprehensive religious doctrine” en el sentido de John Rawls, sino una fuerza purificadora para la razón misma, que la ayuda a ser más ella misma. El mensaje cristiano, en virtud de su origen, debería ser siempre un estímulo hacia la verdad y, así, una fuerza contra la presión del poder y de los intereses”.

O sea, la Fe no es sólo una Fe exclusiva para los que creen en los dogmas, sino una fuerza purificadora de la razón misma, esto es, la eleva hasta sus potencialidades máximas convirtiéndola así en una sensibilidad especial para el diálogo con los demás. O sea, una “razón pública cristiana”, un conjunto de sensibilidades cristianas para ciertos temas que son relevantes para todo ciudadano habitante de la ciudad temporal con sana laicidad.

Sin esto, el peligro es que “Hoy, el peligro del mundo occidental por hablar sólo de éste es que el hombre, precisamente teniendo en cuenta la grandeza de su saber y de su poder, se rinda ante la cuestión de la verdad”. Y el peligro de que “la filosofía, al no sentirse ya capaz de cumplir su verdadera tarea, degenere en positivismo; que la teología, con su mensaje dirigido a la razón, quede confinada a la esfera privada de un grupo más o menos grande. Sin embargo, si la razón, celosa de su presunta pureza, se hace sorda al gran mensaje que le viene de la fe cristiana y de su sabiduría, se seca como un árbol cuyas raíces no reciben ya las aguas que le dan vida. Pierde la valentía por la verdad y así no se hace más grande, sino más pequeña. Eso, aplicado a nuestra cultura europea, significa: si quiere sólo construirse a sí misma sobre la base del círculo de sus propias argumentaciones y de lo que en el momento la convence, y, preocupada por su laicidad, se aleja de las raíces de las que vive, entonces ya no se hace más razonable y más pura, sino que se descompone y se fragmenta (las itálicas son nuestras).

O sea: la razón no es sólo ciencias naturales, y la fe no es un ámbito de creencias sin ninguna razón, y por ende tan incomunicable e intrascendente como mis gustos para los helados. No: la razón es razón que deriva en metafísica que a su vez dialoga con la fe, y la fe es tan razonable que puede dialogar con todos y en ese sentido es pública, y es entonces la base para el estado laico vitalmente cristiano del que hablaba Maritain. Esas son las raíces de la razón, sin la cual se seca y se queda precisamente como la ve el post-modernismo: como nada, como sólo pequeños relatos incomunicados: “se aleja de las raíces de las que vive, entonces ya no se hace más razonable y más pura, sino que se descompone y se fragmenta”.

¿Qué nos dijo Benedicto XVI en este discurso, que no hemos escuchado en absoluto? Que abandonemos, los creyentes, la táctica (que ya hemos criticado), imposible y peligrosa, de abandonar nuestra fe parta hablar con el mundo, desde una supuesta escolástica basada nada más que en las solas fuerzas de la razón. No, para hablar con el mundo, hay que presentar nuestra fe como es: como una fe razonable, que tiene mucho que decir al no creyente, desde un Santo Tomás teólogo, que tiene mucho para decir como teólogo al no creyente, precisamente porque fue el que más dialogó con una razón que la Gracia asumió, universalizó, y purificó.

Mientras no entendamos este mensaje de Benedicto XVI, seguiremos llorando nuestra ineficacia comunicativa, nuestra tibieza, nuestro temor ante el mundo, del cual debíamos ser sal, y nos convertimos sin embargo en obsoleta curiosidad y molestia.



[1]Véase https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2008/january/documents/hf_ben-xvi_spe_20080117_la-sapienza.html.

domingo, 29 de agosto de 2021

EL ESPIRITU Y LA CONCIENCIA MORAL EN "CORTOCIRCUITO" (De mi libro "Filosofía para los amantes del cine", 1992).

  


Vamos a seguir reflexionando sobre temas de antropología filosófica y ética con una película en cierto modo sorprendente. Digo esto porque, cuando la vi, sólo pensaba pasar en rato distendido, con una película cómica, y nada más. Pero mi espíritu jorobeta de infatigable (¿o insoportable?) profesor de filosofía no pudo evitar advertir los planteos esencialmente filosóficos que se ocultaban en la historia de este simpático robot. Si la viste, ya sabes que me refiero a "Nro. 5"; si no, ahora te cuento.

Newton Crosby es un genial programador y diseñador de robótica que, junto con su ayudante Benjamin, trabaja para empresa Nova, presidida por el Dr. Howard. Newton ha diseñado y programado un tipo de robot sumamente avanzado, con uso esencialmente bélico. La primera escena de la película muestra a cinco de estas unidades realizando una exhibición de sus habilidades. Cada uno de estos robots tiene un número que lo identifica, no un nombre. Tú y yo ya sabemos lo que esto significa.

Después de la exhibición se produce una tormenta. Una descarga eléctrica penetra en una de las unidades, la 5. Algunos ingenieros revisan preocupados. Howard todavía no sabe. Aparentemente, nada ha pasado.

Los 5 robots se dirigen a un salón donde serán exhibidos nuevamente. Todos en fila, ordenadamente. Sin chistar, sin protestar, obedeciendo perfectamente, como lo que sería el ideal del súbdito para un gobernante totalitario. O sea, sin pensar.

Pero el nro. 5 muestra un comportamiento extraño, fuera del programa. Es curioso, mira para todos lados, se distrae.

Entonces pasa lo previsible. Nro. 5 se pierde. Fruto de ciertas casualidades más la imprevisibilidad de los movimientos de Nro. 5. Te podrás imaginar el alboroto que se arma en Nova, la casi desesperación de Howard, y el apuro de ciertas autoridades militares que inmediatamente quieren buscar y si es necesario eliminar al robot perdido, si es que no funciona bien, dada su alta peligrosidad. Está dotado de un láser mortífero, de alto poder destructivo.

¿Por qué dije "si no funciona bien"? Porque Nro. 5 parece haberse "desprogramado". No responde a las órdenes de su programador, Newton, y todo lo que éste obtiene por respuesta es que necesita "datos, información".

En efecto, Nro. 5 parece un niño metálico, dotado de una insaciable curiosidad. Todo le asombra y le sorprende; quiere averiguar la naturaleza de las cosas que lo rodean. Hay allí cierto asombro por el ser. Más que calcular, quiere contemplar.

Por otra serie de cómicas casualidades, Nro. 5 termina su descomunal escape en el camión y puesto ambulante de fast-food de Stephanie Sepck, una chica joven y simpática que no ha tenido suerte con sus novios. Stephanie se confunde al principio y cree que Nro. 5 es un extraterrestre. De este modo, lo invita a pasar a su casa y hacer todas las travesuras que quiera. Nro. 5 rompe cosas como los chicos y devora todos los libros de Stephanie en segundos, además de devorar y almacenar en su memoria todo lo que ve en televisión. Stephanie se queda asombrada de que a su supuesto extraterrestre invitado le gusten tanto los avisos publicitarios.

Ahora es necesario que te relate un diálogo importante. Stephanie se da cuenta finalmente de que se trata de un robot para usos militares, y, medio desilusionada, llama a las autoridades de la zona y se comunica después con Nova. Estos salen inmediatamente buscando a su preciado y preocupante robot. Stephanie le comunica a Nro. 5 que lo vendrán a buscar y, eventualmente, revisar y "desensamblar" para ver qué le ocurre. Nro. 5 recibe despreocupadamente el aviso. Y sigue jugando. Primero con el perro de Stephanie, ante el cual reacciona como un chico asustado. Luego, con una mariposa, que por las enciclopedias que leyó ya puede identificar. En medio de sus juegos, Nro. 5 aplasta a la mariposa. Entonces sucede este sutil diálogo:

"Mariposa desensamblada. Re-ensámblala, Stephanie"

"No puedo. Está muerta"

"¿Muerta?"

"Si. Muerta, y bien muerta".

"Reensámblala, Stephanie, reensámblala!"

"Creo que no entiendes. Cuando estás muerto, estás muerto. La muerte es para siempre".

Entonces Nro. 5 hace un sorprendente descubrimiento:

"Aplastar... muerte... Desensamblar... muerte...

 desensamblar Nro. 5...

No! No desensamblar!!!!!"

Y, gritando atemorizadamente, Nro. 5 escapa velozmente en el camión de Stephanie.

¿Qué ha descubierto Nro. 5? Pues nada más y nada menos que la muerte, y que él puede morir. Ha hecho un descubrimiento existencial básico: ha tomado plena conciencia de la limitación de su existencia. Y lo ha hecho porque, previamente, había tomado conciencia de su propia existencia.

Sigamos a Nro. 5 en su veloz escape. Luego de ensayar sus habilidades como corredor de carreras en camiones expendedores de comida, Nro. 5 termina, junto con Stephanie -quien había logrado subirse a su camión por la parte de atrás- justo al borde de un pequeño precipicio. Allí conversan ambos otra vez. Ella le pregunta de qué tiene miedo. Nro. 5 contesta, con plena lucidez, que tiene miedo de que lo desensamblen y muera. Stephanie contesta, lúcidamente también, que él es una máquina, y que por ende no puede morir ni tener miedo. Y allí Nro. 5 da esta respuesta sorprende, plena de sentido:

"No, Stephanie. Nro. 5 está vivo".

Mientras tanto llega Nova y los militares que quieren destruir, si es necesario, a Nro. 5. Nadie supone, por supuesto, que Nro. 5 está demandando que lo traten como persona. Stephanie trata de explicarlo y defender a su nuevo y metálico amigo. Y entonces Benjamin, el ayudante de Newton -más preocupado por las chicas que por los robots- replica:

"El no es él. Es sólo un conjunto de alambres y mecanismos!".

Nro. 5 es "capturado", pero logra escapar. Vuelve a la casa de Stephanie, con quien inicia toda una serie de movimientos para seguir huyendo de Nova y los militares. Una cosa que después comentaremos: cuando vuelve a lo de Stephanie, descubre a ésta en la bañadera. Stephanie duda si Nro. 5 es sólo un robot o no. Pero, cuando va a levantarse para secarse y vestirse, hace salir a Nro. 5 y se cubre con una toalla. Me preguntarás qué filosofía veo allí. Después te cuento.

En medio de sus desopilantes correrías, Nro. 5 logra atrapar, y secuestrar, en cierto sentido, a Newton, su programador. La intención de Nro. 5 es convencerlo de que está "vivo". El diálogo se prolonga hasta casi al amanecer. Un poco antes, ambos habían sostenido este diálogo:

- Quién es tu programador? -pregunta Newton.

- Yo!

- Desconoces tu programación.

- La programación dice desensamblar. Eso es desmontar. Matar. Nro. 5 no puede.

- ¿Por qué!!??

- Es equivocado. Incorrecto. Newton Crosby, que tiene el grado de doctor, no lo sabe?

- Por supuesto que sé que matar es incorrecto, pero quién te lo dijo? 

- Yo me lo dije!

Después de esta "revelación", cuyas profundas implicaciones filosóficas analizaremos después, Newton se convence de que Nro. 5 "está vivo" cuando éste ríe por un chiste, elemento considerado definitorio por el joven programador, y que es calificado como "respuesta emocional espontánea", que estaría definitivamente fuera de las posibilidades de cualquier programa.

La película termina felizmente, luego de un susto para los espectadores que ya nos hemos encariñado con Nro. 5. En efecto, Nova y los militares lo descubren y capturan a Stephanie y a Newton, mientras parece que Nro. 5 trata de escapar nuevamente, a toda carrera. Pero un helicóptero militar da en el blanco y un certero proyectil destruye totalmente a un robot. Te podrás imaginar que, en ese momento, uno queda estupefacto. Stephanie y Newton lloran la muerte de Nro. 5.

Pero Nro. 5 seguía vivo. Había engañado totalmente a sus captores. Encerrado en el camión de repuestos de su programador,  con esos repuestos había construido una réplica exacta de su modelo. Es esa réplica la que es destruida, no él. Y cuando sus dos amigos están volviendo desconsolados y melancólicos para la ciudad, Nro. 5 reaparece, al salir de su escondite en el camión  de repuestos.

Imagínate la algarabía. Y mientras Stephanie y Newton hablan de su futura vida en el campo, Nro. 5 decide conducir. Antes de eso, hay un detalle final, importante. Nro. 5 no está conforme de que lo llamen así. Y se coloca el mismo un nombre propio. De allí en adelante su nombre será Johnny.

Como ves, esta vez no se trata de una película difícil de relatar; el argumento es sencillo. Se trata de un robot que toma conciencia de sí mismo, que dice estar vivo y se plantean por ende todo tipo de situaciones insólitas que dan lugar para la más sana comicidad. Detrás de eso se presenta, empero, un problema muy de moda, que lleva a su vez a plantearnos nuevamente el tema de la esencia última de la persona.

Lo que está muy de moda es el tema de la inteligencia artificial. Gran parte de la cultura actual da por supuesto que la diferencia entre el hombre y la computadora es una cuestión de tiempo. Para muchos, se tardará algo más en encontrar un computador que iguale totalmente las funciones de la inteligencia humana. Pero se llegará. Detrás de esta concepción está como premisa supuesta una noción de inteligencia que le reduce a la resolución de cálculo (en términos más técnicos, "capacidad algorítmica" y acumulación de datos).

Ahora bien: ¿puede una computadora llegar a comportarse, alguna vez, como el Nro. 5 de la película? Sus guionistas parecen decir que un comportamiento de esa naturaleza implica un salto cualitativo importante. No hacen surgir al Nro. 5 "persona" de un acto especial de programación humana, sino de un "accidente", algo que no dependió de la planificación humana. La descarga eléctrica que da origen al "mal funcionamiento" de Nro. 5 tiene una profunda carga simbólica. De algún modo representa lo que está más allá del control humano. Una interpretación posible es que esa descarga simboliza el acto creador.

Tal vez los guionistas suponen que alguna vez será posible al hombre producir al Nro. 5 "persona"; tal vez no, si es correcta la interpretación anterior. La pregunta que debemos hacernos es: ¿es posible, para la naturaleza de un computador electrónico, tener el comportamiento de Nro. 5? Dicho en otros términos: ¿es posible a un computador electrónico, sea cual fuere su nivel tecnológico, ser persona?

Para resolver esta cuestión, debemos razonar sobre la base de lo que es ser "persona", cuestión en la cual llevamos gran parte del terreno ganado, con los comentarios anteriores.

Ante todo, vamos a observar uno de los primeros aspectos que resaltan en la conducta de Nro. 5, o Johnny, mejor dicho. Una de las primeras cosas que él hace es tomar conciencia de sí mismo. Se da cuenta de la existencia de las demás cosas -por eso mira para todos lados, e investiga- y de la existencia de sí mismo. Otra vez, estamos aquí frente a algo fundamental: una persona puede, por sí y ante sí, decir "soy". Nro. 5 toma conciencia de su propia existencia. Se ve a sí mismo existiendo, y ve a las demás cosas existiendo. Como ya te había comentado, eso está íntimamente relacionado con el significado etimológico de "inteligencia": intus-legit, "leer dentro": de las cosas y de tí mismo, captando que existen y que existen de un modo y de otro.

Johnny mantiene, desde luego, su capacidad de calcular y acumular datos a enorme cantidad y velocidad, pero eso, que lo definía como un robot, ya no le define como "Johnny": una persona, dueña de sí, responsable de sus actos. Ahora, sólo ahora, Nro. 5, que es Johnny, conoce. Antes, sólo acumulaba datos. Y no es lo mismo. Gran parte de nuestra cultura tiende a confundir "información" con conocimiento, y uno y otro son diversos. En los libros de tu biblioteca hay información, pero ellos no conocen. En cambio, eres tú el que conoce, a través de ellos.

Johnny capta su propia existencia, y, al mismo tiempo, advierte lo limitado de su existencia. Percibe que puede morir. No quiero jorobarte más con este tema; simplemente me gustaría que reflexionemos sólo un momento sobre este aspecto: sólo quien es conciente de su propia existencia está abierto al problema de la permanencia o no de su existencia. Esta apertura es una captación propiamente intelectual, esto es, propia de esa capacidad cuya esencia se revela en el "soy". La escena donde Johnny se da cuenta de que, al "desensamblarlo" puede morir, es un excelente ejemplo de esta concomitancia. Por algo algunos colegas han dicho que la nada es cierta condición de posibilidad de la captación del ser; yo te lo había dicho de otro modo cuando te decía que estamos colgados sobre la nada. Ser persona es advertir ese "estar colgado", esa contingencia existencial, y, al mismo tiempo, implica también plantearse la cuestión de si existe o no algo que a su vez no esté colgado, sino que por sí mismo se sostenga y a todas las cosas: el absoluto. Sólo una persona puede plantearse el problema de Dios.

Esta "toma de conciencia de sí mismo" la señalan los guionistas cuando Stephanie le dice a Johnny que él no puede tener miedo de morir, porque es una máquina. La filosofía de Stephanie es correcta. Una máquina no puede tener miedo de morir. Una persona, en cambio, si. Y allí Johnny le contesta: estoy vivo. Esto es, soy una persona.

Ahora bien, no hemos llegado aún al eje central de nuestra argumentación. El ser persona implica, por su propia naturaleza, una naturaleza no material, y en ese sentido espiritual. Toma con cuidado esta última palabra porque nuestra cultura la ha asociado a veces a fenómenos sobrenaturales, de ciertos seres que vienen de quién sabe qué otro mundo cuando los llaman en extrañas reuniones donde todos se sientan alrededor de una mesa. No sólo yo no estoy de acuerdo con eso, sino que tampoco lo espiritual de lo que te hablo tiene algo que ver con eso.

La persona implica que su esencia última es inmaterial porque su acto propio, la inteligencia, no puede reducirse a un "conjunto de alambres y mecanismos". ¿Por qué? Porque ningún elemento corpóreo, de tipo material, puede volver sobre sí mismo, ni puede reflexionar sobre sí mismo. Por ejemplo, ves otras cosas a través de tu ojo, pero no a tus ojos. Puedes tocar otras cosas con la palma de tu mano, pero esa mano no puede tocarse a sí misma. Es inútil que le des "vueltas" al asunto: no encontrarás un solo elemento material que pueda volver sobre sí mismo. En cambio, la inteligencia puede conocerse a sí misma conociendo. Conoce otras cosas, y se conoce a sí misma conociendo. Por eso puedes tener conciencia de ti mismo y decir "yo". Porque esa reflexión de tu inteligencia produce que te captes a ti mismo existiendo. Y eso no lo podrías haber hecho si tu naturaleza fuera sólo corpórea.

Por eso -y en segundo lugar- tu inteligencia te abre a la verdad. Cuando por tu inteligencia dices "existo", sabes, al mismo tiempo y en el mismo acto, que es verdad que existes. La verdad surge reflexivamente en tu inteligencia cuando afirmas algo que corresponde a la realidad, y esa reflexión no podría ser hecha sino fuera por la naturaleza no corpórea de la inteligencia. Si, además, fueras sólo algo material, todo en tí sería el producto de acciones y reacciones físico-químicas. Pero la verdad es irreductible a eso. Una reacción físico-química produce cambios del mismo tipo. En todo caso, una molécula, o la liberación de energía. Pero no la verdad. Una molécula no es verdadera en el sentido que estamos dando al término. Pero sí lo es una proposición que sea adecuada a la realidad.

Y, por último, pero no lo menos importante. Nuestra inteligencia puede conocer -vía demostración- que Dios existe. Y Dios es inmaterial. Y lo material no puede conocer lo inmaterial, porque ningún efecto inmaterial (el conocimiento de lo inmaterial) puede ser causado por una causa material. Luego, la inteligencia es inmaterial.

Por eso, Benjamin tiene razón cuando dice: "él no es él... es sólo un conjunto de alambres y mecanismos". Como ves, Benjamin estaría de acuerdo conmigo, creo. Sabe que un "el", o sea una persona, consciente de sí misma, responsable de sus actos, libre en ese sentido, sujeta a mérito o culpa, no puede ser sólo un conjunto de alambres y mecanismos. Por más refinados que sean esos alambres y mecanismos. Incluso, aunque se trate de algo orgánico. Aún en ese caso sería corpóreo.

Podríamos decir, por lo tanto, que el espíritu es aquella dimensión del ser que toma conciencia de los demás seres y de su propio ser. Más analógicamente, podríamos decir que es aquella dimensión de la existencia transparente a sí misma. Por eso todo espíritu es persona. Y por eso no puede ser material, pues la opacidad de la materia no puede verse a sí misma.

Me dirás que para sostener esto último hay que estar bien seguro sobre qué es la materia, lo cual no es posible porque las conjeturas científicas son muy cambiantes al respecto. Tienes razón en este último punto. La ciencia positiva nunca podrá dilucidar con plena certeza qué es la materia. Pero yo no te estoy proponiendo un análisis científico de la materia, sino una manifestación básica de su naturaleza que emerge ante nuestra conciencia: que lo material -ya masa, ya energía, si quieres que lo diga en términos de física actual- es extenso, medible, cuantificable, registrable en instrumentos, todo lo cual es contradictorio con la naturaleza esencialmente indivisible e inextensa del "soy" propio de la espiritualidad. Por eso, si alguna vez te ponen delante de la computadora más potente del mundo, que se autoprograme, se autocorrija y haga todas las gracias que le pida su dueño, quien seguramente te dirá que le preguntes lo que quieras y ella responderá, entonces hazle esta simple preguntita: ¿eres? Claro, el más simple programa puede decir "if eres, then si". Pero, ¿era esa la respuesta que buscabas?

La película tiene otro momento filosóficamente importante cuando nos muestra que Johnny, por ser persona, se abre a su libertad interior, su responsabilidad -esto es, el responder de sus actos- y a la conciencia moral. Esto es, Johnny toma conciencia de lo que debe y no debe hacer.

La escena donde esto se muestra es aquella donde Newton acusa en cierto sentido a Johnny de desconocer su programación. Entonces Johnny le explica que, efectivamente, no va a seguir aquello para lo que fue programado, que dice "matar". Y él (nunca mejor dicho "él") no va a matar, porque eso "es incorrecto". Y Newton insiste: ¿quién te lo dijo? Y aquí viene la respuesta filosóficamente clave: yo.

Esta rica respuesta tiene diversas posibilidades interpretativas. Puede significar que la persona decide cuáles son los fines de su existencia, y en función de ellos lo que le conviene o no. Sería una moral de tipo subjetivista o relativa. Implicaría que puede haber tantas normas morales como seres humanos haya. La convivencia entre ellos sería como una especie de pacto de no agresión. Al lado de la guerra total, es una salida razonable.

Otra interpretación, con la que estoy de acuerdo, tomaría a la respuesta de Johnny como a la persona que descubre cuál es el fin intrínseco a su naturaleza racional,  y en función de ello distingue sus conductas como adecuadas o no a su naturaleza racional y a la consecución de su fin. "Yo me lo dije" significaría, en este caso: yo he comprendido que matar es malo porque es contradictorio a mi naturaleza racional. O sea que la conciencia del yo es concomitante a la conciencia de lo adecuado o no a nuestra naturaleza. En este sentido, la moral es un descubrimiento de la inteligencia, que advierte una relación medio-fin objetiva entre determinadas conductas y el alcance de nuestro fin último (Dios), seguido por la conciencia moral, que nos dice en cada caso si nuestra acción concreta es adecuada o no a la norma moral universal ("no matar").

Muchos colegas míos opinan que, si Dios entra en juego, el asunto se vuelve religioso y no filosófico, y, además, se trata de una moral "heterónoma", esto es, externa a la propia persona, que ésta recibiría desde arriba y no desde sí misma. Según esta misma opinión, lo adecuado a un sujeto racional es una moral "autónoma" donde la norma moral surge desde la propia persona y no de una imposición externa.

Yo no pienso igual. Me parece que hay allí vanas dialécticas, esto es, vanas contraposiciones. En primer lugar, aunque no debe contraponerse lo religioso a lo filosófico, sí deben distinguirse. Y, en función de esa distinción, ya he afirmado que el Dios que es el fin último del hombre y que es el eje central de su vida moral es el Dios filosóficamente demostrado. Por lo tanto, mi planteo es un planteo filosófico (aunque perfectamente armonizable con la fe monoteísta).

En segundo lugar, la contraposición entre lo externo y lo interno respecto a lo moral se diluye si tenemos en cuenta que las normas morales nos dicen lo adecuado a nuestra naturaleza. Nada más interno a la persona que su naturaleza racional. Esa naturaleza racional ha sido creada por Dios (de El venimos) y tiene como fin último a Dios, porque sólo la Verdad Absoluta puede colmar las ansias de verdad de nuestra razón (a El vamos). Por lo tanto, las normas morales surgen de lo más íntimo de nosotros mismos, lo cual fue creado tal por Dios. En este planteo, las normas morales no son un aparato externo a nosotros mismos. Son una expresión de nuestra propia naturaleza.

Esto explica el carácter más personal de un acto maduro de obediencia. Cuando te hablaba de los robots que caminaban juntitos, en silencio, obedeciendo su programa, te habrá parecido que me burlaba un poco de la obediencia. No, no es así; simplemente estaba contraponiendo la obediencia ciega con la obediencia humana, dictada por un acto de conciencia. No está mal que el ser humano obedezca; al contrario, la docilidad a lo que está bien es una virtud, siempre que tú mismo hayas decidido obedecer. O sea que siempre obedeces en primer lugar a tu conciencia, que es la que te dice qué y a quién obedecer. En este sentido, siempre serás señor de tí mismo, aunque estés obedeciendo a alguien cuya autoridad tu razón haya reconocido como buena. Y, en este sentido, tanto lo moral como la obediencia surgirán de lo más íntimo de tí mismo, y sólo así serás plenamente libre. En este sentido, cada vez que la policía hace falta para que alguien no robe y asesine, es síntoma de un profundo fracaso humano. Un ser humano que haya madurado como persona no necesita de nadie que le diga, bajo coacción, lo que debe hacer. Cumple con su deber por sí mismo, sabiendo que si no lo hace pierde su única y gran esperanza, que es Dios. Y en ese caso, no es Dios el que amenaza con abandonarnos, sino que somos nosotros quienes lo abandonamos.

Ahora bien, hay un "pequeño detalle" que no podemos dejar pasar. El espíritu humano está más allá de la degeneración corporal. Advertimos existencialmente nuestra contingencia con la muerte, pero también advertimos racionalmente que ese "poder no ser" de nuestro espíritu no estaba esencialmente relacionado, en realidad, con el "poder no ser" de sus funciones corporales. Si el espíritu humano tiene una naturaleza no corpórea, en sí mismo no lo afectará la degeneración del cuerpo. Todo lo corpóreo y material es compuesto, y en ese sentido puede des-componerse ("desensamblarse"); el espíritu humano, al ser no-material, es no-compuesto, y en ese sentido no puede des-componerse. Eso se llama simplicidad ontológica. Por supuesto, eso no implica que no pueda no ser, puesto que sigue siendo contingente al participar del ser y por ende existir. Tiene el ser prestado, como cualquier otra cosa, y su causa primera, Dios, podría quitárselo.

Esto fundamenta racionalmente, una vez más, el hecho de que tengamos, vos y yo, un destino trascendente a este mundo, que es Dios. No sólo porque Dios existe y sólo El puede calmar tu deseo de felicidad absoluta y total, y porque ese deseo surge de tu naturaleza espiritual, que como tal desea naturalmente el bien y la verdad, que absolutamente se dan sólo en Dios; sino también porque  tu espíritu, como tal, subsiste a la desaparición de tu cuerpo. Filosóficamente sabemos que hay un Dios que es nuestro fin y que podemos esperar llegar a El, porque nuestra naturaleza no es totalmente corpórea, y la muerte no significará una desaparición total. Ahora bien, de qué modo nuestra naturaleza finita se encontrará con la Infinitud de Dios, es algo que la filosofía no puede, creo yo, responder. La filosofía puede fundamentar racionalmente  parte de nuestra esperanza existencial. Pero hay muchas cosas que no puede saber. Y la filosofía fundamenta también nuestra responsabilidad existencial. Quiero decir: la demostración de que Dios existe y la demostración de la naturaleza no material de nuestro espíritu fundamentan nuestra esperanza; la demostración de que nuestro espíritu tiene libre albedrío, fundamenta nuestra responsabilidad.

Esto nos abre a otra conclusión: si nuestro espíritu es de naturaleza no-corpórea, no puede haber emergido de lo material. El efecto no puede tener una naturaleza contradictoria a la causa. Pero también habíamos dicho que el espíritu, como todas las cosas que existen, esto es, que participan del ser, es contingente, y por ende no puede haberse dado el ser a sí mismo. Luego, es creado por Dios, como todas las cosas que existen, aunque directamente. El huevo que surge del pájaro es creado por Dios, como todas las cosas, pero Dios se vale en ese caso del orden de causas que él mismo ha creado; en este caso, el organismo del pájaro. Pero nuestro espíritu no es producto de nuestro cuerpo como el huevo lo es del pájaro; ni tampoco puede ser efecto de ninguna otra causa material. Es creado directamente por Dios, y no indirectamente a través de otro orden de causas previo.

Como ves, por más que te parezca lo contrario muchas veces, no eres producto de la casualidad, ni tú, ni nadie: Dios te pensó, te quiso y te creó (mejor dicho, te piensa, te quiere y te crea). Y lo que para nosotros es casual (que papá y mamá se encontraron por primera vez en aquella fiesta, etc.) para Dios no lo es.

Esto nos permite entender filosóficamente la famosa cuestión del evolucionismo. Científicamente, muchas conjeturas son posibles en ese ámbito. Biológicamente, el evolucionismo es una conjetura razonable, hasta ahora, sobre cómo se formaron los cuerpos vivientes sobre la tierra. No soy biólogo y por ende llego hasta ahí. No me corresponde evaluar científicamente esa conjetura. Lo que la filosofía puede decirme en cambio con seguridad es que el espíritu no puede ser el fruto de la evolución de la materia, porque su naturaleza excede lo que la materia puede dar. Muchos científicos afirman que la conciencia humana es el último fruto de la larga evolución de la materia, "del polvo de estrellas". Pero las afirmaciones sobre lo que la conciencia humana es pertenece a la filosofía, y no a la ciencia positiva, que se maneja con conjeturas empíricamente refutables (falsables) que no llegan a lo que algo "es". Ahora bien, si los científicos que afirman tal cosa quieren hacerlo en cuanto filósofos, entonces yo estaré respetuosamente en desacuerdo con mis nuevos colegas. Les diré que ninguna argumentación racional puede demostrar que lo esencialmente inmaterial pueda surgir de lo material, y que menos aún pueden afirmarlo mediante alguna prueba de laboratorio. Claro, estos colegas me dirán que el pensamiento es explicable mediante procesos físico-químicos neuronales, con lo cual yo estoy en desacuerdo por las razones ya vistas.

De igual modo que la teoría del big-bang no resuelve el problema de la causa última del universo, por ser tal un problema esencialmente metafísico y no científico-positivo, la teoría de la evolución se mueve en un plano biológico, no filosófico, y por ende no da respuesta a la pregunta por la esencia última del ser humano. Por supuesto, nada de esto contradice lo que ambas teorías puedan conjeturalmente decirnos, en su campo; sólo es cuestión de no utilizarlas en problemas que las exceden. Es, simplemente, cuestión de no pedirle peras al olmo. Lo cual no implica que no puedas comerte una pera abajo de un olmo.

Antes de llegar a nuestra conclusión final, hay una escena de la película que tiene un profundo significado moral-existencial. En el comentario de "Zelig" habíamos hablado de la mirada comunicante; ahora podemos entender mejor que se trata del contacto profundo entre dos espíritus, esto es, una mirada de "tu" a "tu". No de yo a cosa. Ahora bien: recuerda que, cuando Johnny regresa a la casa de Stephanie, ésta se está bañando, y pide a Johnny que se retire para poder vestirse. ¿Es una tontería ese pudor de Stephanie? A veces el pudor nos parece algo tonto, pero tiene un significado existencial profundo. Es una protección natural contra una mirada no-comunicante. Y eso prueba que Stephanie consideraba a Johnny una persona, pues en la persona está la capacidad de mirarte con respeto o como una cosa que se usa y se tira. Y, mientras no haya un compromiso de amor verdadero que excluya la segunda posibilidad, una persona no sabe la situación existencial de la mirada de la otra. Este lenguaje de las miradas es uno de los signos más profundos de las relaciones interpersonales. Por eso el develamiento de nuestra persona a otra, tanto espiritual como físico -la persona humana no es sólo un espíritu- es proporcional al amor sincero que haya entre dos. Y esto, nuevamente, excede las capacidades de lo material. Stephanie no teme que un robot la "vea", porque en realidad no la está viendo. Sólo una persona, en el sentido más profundo del término, "ve". O sea, capta la existencia. Y, otra vez, es esa captación, de sí misma y de las demás existencias, es esa transparencia del ser, lo que caracteriza al espíritu.

Espero, después de todo esto, que compartas conmigo esta feliz noticia: no eres un conjunto de alambres y mecanismos; no eres un primate evolucionado. Eres Juan o Pedro; tienes un nombre. (Por eso Nro. 5 se coloca un nombre: última escena de la película y, como ves, plena de sentido). Con ese nombre Dios te conoce; El te ha creado y te espera. Y tienes, por ende, un deber que cumplir: llegar a Dios y ayudar a los demás para que también lleguen.

No sé qué opinarán los guionistas de la película de todo esto. ¿Plantean una posibilidad que consideran real? Puede Nro. 5 transformarse en "Johnny" después de una enorme descarga eléctrica? Habrás visto que yo opino que, filosóficamente, eso no es posible. Aunque, en nuestra cultura, una gran descarga eléctrica simboliza muchas cosas; tal vez, precisamente, ese acto creador que, como vimos, es el único origen posible de cualquier espíritu.

Y tú, ¿qué opinas? Puedes estar absolutamente en desacuerdo. Muy bien, yo respetaré tu opinión. Te trataré como lo que eres: persona. O sea, como lo que no serías si algunos de mis colegas tuvieran razón.

O tal vez estás totalmente de acuerdo. Por motivos existencialmente más plenos, quizás.  Tal vez alguna vez miraste con amor sincero a dos ojos que te miraron igual. Allí captaste que ambos eran personas, que eran dos que eran uno, y que su mirada comunicante no moriría jamás.

sábado, 21 de agosto de 2021

EL PERDON Y EL SENTIDO DE LA VIDA EN "ANA Y SUS HERMANAS" (De mi libro "Filosofía para los amantes del cine", de 1992).

 


Volvemos a Woody. Esta vez, con una de sus más típicas creaciones: "Ana y sus hermanas". La película gira en torno a diversos episodios de la vida de Ana, Lee y Holly, (las tres hermanas) a las cuales podríamos agregar un cuarto personaje, el mismo Woody, siempre profundo y desopilante, quien toma en la película el nombre de Michey Sachs.

Será difícil realizar una síntesis de la película, pues ésta va narrando diversas historias, que afectan a cada uno de los personajes, en forma paralela. De todos modos, debemos intentar destacar algunos de los elementos centrales de dichas historias, dado que, como habitualmente hacemos, después será el material de nuestra reflexión filosófica.

Se podría decir que hay dos ejes narrativos en torno a los que los demás personajes van apareciendo. Uno es la historia de Eliot y Lee, otro, la historia de Michey Sachs, a quien diremos Woody de aquí en adelante. Cuando nos refiramos a Woody en cuando guionista y director, diremos su apellido.

Ambiente: una familia neoyorquina de ingresos normales, judía. Contemporánea. Ana (Hannah) estuvo casada con Woody, pero después se separaron y ahora vive con Eliot. A este lo veremos en la primera escena, en una reunión familiar del día de Acción de Gracias, mirando nostálgicamente a Lee. Lee vive con Frederick, un intelectual, mayor que ella, introvertido y no muy sociable, cuyo única relación afectiva es Lee. Pero Eliot está, parece, profundamente enamorado de Lee. Trata de sacar de su mente ese amor por la hermana de quien ahora es su esposa, pero no puede. Trata de sublimarlo hablando de literatura y poesía, pero el intento es vano, porque encontrará en la poesía su medio para expresar ese amor. En escenas llenas de un humor dulce y comprensivo de los desvelos humanos, Woody Allen va describiendo risueñamente las peripecias de esta relación. Eliot finge la casualidad en un encuentro callejero con Lee, a quien logra invitar a una vieja librería neoyorquina para compartir su gusto común por la literatura inglesa y norteamericana. Alli, Eliot le regala un libro de poemas de E. Cummings, señalándole especialmente una poesía. Esta decía así:

"Tu delicada mirada

me descubre fácilmente

aunque me he cerrado, como dedos,

tú me abres siempre,

pétalo por pétalo,

tal como la primavera abre

(tocándola hábil y...

misteriosamente)

su primera rosa

(no sé qué hay en tí que

abre y cierra

sólo algo en mi comprende que

la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas)

nadie, ni siquiera la lluvia

tiene manos tan suaves"

Bueno! Lee, que ya estaba dubitativa, queda definitivamente "tocada" por esta vehemente expresión de afecto de Eliot, a través del viejo arte literario. Pero no sabe qué hacer. Es el marido de su hermana!

Pero el proceso se había iniciado, y era ya difícil frenarlo. Vuelven a encontrarse nuevamente en una frustrada venta de cuadros de Frederick. Mientras éste se pelea con su eventual comprador, Eliot pregunta a Lee sobre el poema, pero Lee sigue dando respuestas evasivas. Eliot se ordena a sí mismo proceder con calma. Pero, como tantas veces sucede en la vida humana, hace absolutamente lo contrario de lo que su razón le dicta. Intempestivamente, besa a Lee, segundos antes de que aparezca Friederick tras concluir la discusión con su frustrado comprador. Lee no tiene tiempo de hacer o decir algo. Eliot está a punto de infartarse, figuradamente dicho. La escena está magníficamente actuada. Eliot sale a caminar, diciendo que necesita aire... Y en verdad lo necesitaba! Trata de encontrar una cabina telefónica, pero Lee se le adelanta. Conversan sobre la cuestión, apurada y nerviosamente. Lee insiste sobre la gravedad del problema. Pero Eliot insiste con una pregunta: si su deseada cuñada siente algo parecido. Ella no dice que no. Eliot está feliz. "Tengo mi respuesta!", exclama.

Ahora vamos a dejar por un momento a nuestra singular pareja para dirigirnos a otro eje narrativo más singular todavía: Woody.

Woody es guionista de programas cómicos para televisión. Lo veremos casi correr por los pasillos de un canal noeyorquino mientras discute sobre un diálogo que en unos minutos debía salir al aire. Así, en medio de semejante y contínua paz oriental (...) transcurre su vida. Vida que, en lo personal, había tenido serias dificultades. Había estado casado con Ana, pero esa relación hizo crisis debido a la esterilidad de Woody. En una increíble escena, ambos piden esperma prestado a un matrimonio amigo. La solución adoptada no soluciona la crisis de la pareja. Woody había intentado salir después con otra de las hermanas de Ana, Holly, de quien hablaremos con más detalle después. Por ahora, digamos que esa relación tampoco funcionó. Uno amaba el jazz, la otra el rock; uno odiaba el rock, la otra el jazz. No encontraron un punto en común.

Ahora, Woody tiene otro problema: se enfrenta una vez más con su hipocondría galopante. Cree tener un tumor en el cerebro. Se somete a todo tipo de análisis, que Woody Allen caricaturiza con su estilo inconfundible. Los primeros análisis no son alentadores. Woody desespera. Trata de tranquilizarse. "Nada te va a pasar", se dice a sí mismo. "Estás en medio de New York, tu ciudad". Pero, obviamente, eso no tranquiliza a su torturado espíritu. La idea de la muerte lo aterra. (Nada raro, no?). La idea de su muerte lo aterra (como Unamuno aclararía).

Finalmente, los análisis dan bien. Nada tiene. Woody sale saltando y bailando de la clínica. Corre por las calles de su ciudad, festejando que no va a morir. Pero repentinamente se detiene. No va a morir, en efecto, pero... Por ahora no va a morir. Y, entonces, la muerte, como problema a enfrentar, se instala en su mente. Había mandado esa cuestión "al fondo de su mente", pero, ahora, necesita respuestas. La muerte, inexorable presencia, temido límite de nuestra existencia, inexorable y dramática mostración de nuestra finitud, golpea al espíritu de Woody, que necesita una respuesta, que quiere saber si todo acaba con la muerte o no. Clásico y constante problema de la vida de toda persona, es también clásico problema de la filosofía, cuyos temas son concomitantes con los más esenciales de la vida humana.

A partir de aquí, Woody comienza su frenética búsqueda. Vanamente intenta un primer diálogo con una compañera de trabajo, que concluye en una inútil y heterodoxa recomendación de escapismo. Pero Woody no quiere posponer el problema, porque sabe que eso no lo soluciona. Así, lo veremos salir de una biblioteca, decepcionado por las respuestas filosóficas de algunos de mis colegas. Trata entonces de saciar su sed en las fuentes de la religión. Habla primero con un representante de los Hare Krishna; después, con un sacerdote católico. Ambos le dan libros y no fuerzan su decisión. Lo más curioso es la discusión con sus padres. Recordemos que Woody es judío de raza. Woody parece anunciarles algún tipo de curiosidad y/o entusiasmo por el catolicismo romano. Escucharemos llorar y agarrarse la cabeza a la madre, mientras que su padre exclama: por que no tu propia religión? O, en todo caso... el budismo!

Pero Woody no se conforma. Inquiere a su padre por el sentido del mal. Por qué el mal en el mundo? Inquiere también por la inmortalidad. Qué sucede con la muerte? Todo acaba? Su padre no le da respuestas. Woody no encuentra eco de sus preocupaciones en su familia. La vigorosa fe del judaísmo parecía haberse debilitado en ellos.

Mientras tanto, qué había pasado con Eliot, Lee y su amor casi imposible? Pues que intentan hacerlo posible por un tiempo. Inician una secreta y hotelera relación. Friederick se da cuenta, y después de una amarga discusión, donde éste se reencuentra con su soledad, Lee decide cortar con él. Eliot piensa confesarse con Ana, pero no lo logra. Su relación con su esposa es difícil y distante; ella advierte que algo pasa, pero no sospecha que haya otra mujer. Mientras tanto, Eliot se confiesa con un psicoanalista, al cual expresa su sentimiento de culpa. Al cabo de un año, la relación entre Lee y Eliot se hace también cada vez más difícil. Lee conoce a un profesor de Literatura y decide cortar con Elliot. Este tiene esa noche otra discusión con Ana, a la cual reprocha una especie de sobreprotección. Veremos este detalle después. Pero esa misma noche, Elliot se reencuentra con Ana, quien, al acostarse junto a su esposo, llora y exclama que todo está muy oscuro. Elliot le dice que la ama, y no le miente. Y se abrazan.

Supondrás que ahora volveremos a Woody. No, no por ahora. Antes, debemos prestar atención a un torturado personaje: Holly, de quien algo ya habíamos dicho en ocasión de Woody. Holly se presenta ante nuestros ojos como la imagen del fracaso. Sus trabajos son inestables; sus parejas, también; intenta cantar, escribir, pero no lo logra; y, además, de vez en cuando, calma sus angustias con algo de cocaína (como otros con la nicotina). La veremos montar, junto con su amiga April, una empresa de servicios de comida; allí conocen juntas a un arquitecto, David, quien las invita a recorrer la ciudad (escena en la cual Woody Allen despliega, fílmicamente, las maravillas edilicias de New York). Las veremos a ambas competir por el afecto de ese hombre, y  veremos a la pobre Holly totalmente vencida en esa competencia. Veremos también a Holly intentar probar suerte con el canto; tiene una audición; April también canta en la misma audición. April es la que triunfa. No comments!

Pero la búsqueda de la felicidad es, en el ser humano, afortunadamente insaciable. Holly intenta una vez más. Pide a Ana un préstamo para poder dedicarse a escribir una novela.

Tiempo después, Holly y Woody se encuentran mirando libros en una librería. Se saludan con afecto. Recuerdan sus viejas salidas y peleas, pero risueñamente y sin rencores. Holly cuenta a Woody lo que está haciendo, y lo invita a leer sus originales. Woody acepta. Y queda encantado. Elogia intensamente el libro de Holly. Esta no lo puede creer. Está feliz. Y la relación entre ambos renace.

Entonces Woody le cuenta a su reencontrada amiga la historia de su búsqueda por la verdad más profunda del ser humano. (Como vemos, volvemos ahora a Woody). Esta parte es una de las más significativas filosóficamente.

Woody se encontraba ya casi desesperado por el fracaso de su búsqueda existencial. En términos más elaborados, la angustia existencial de Woody había llegado al límite. Esa angustia existencial, la angustia por el sentido último de la propia existencia, se produce cuando el ser humano asume total y absolutamente, sin ambigüedades, la conciencia de su propia finitud al mismo tiempo que no ve salida alguna al acabamiento total que esa finitud sola, sin Dios que la sostenga, implica. Habíamos dicho en los comentarios anteriores que la vida humana, finita y contingente, se encuentra sostenida por una especie de soga, que es el contínuo acto de Dios causando nuestro ser, sin el cual caeríamos en la nada. La angustia existencial es la sensación de estar cayendo en esa nada, cuando por algún motivo no vemos al Dios absoluto que nos sostiene.

Qué hace Woody en esa circunstancia? Intenta suicidarse. Pero, por supuesto, con el humor que sólo Woody Allen sabe poner en esos momentos. Woody, murmurando frases de auténtica desesperanza, coloca un fusil en su cabeza. Todavía, empero, no se ha decidido a disparar. Repentinamente, el fusil se dispara, con el tiro desviado. Un espejo recibe el balazo y se rompe en mil pedazos. Los vecinos comienzan a tocar el timbre. Woody trata de responder, aturullada y desordenamente, que no es nada. Entonces sale de su departamento, a caminar, o a correr, o a lo que fuere; en realidad, sale, no sabe a qué, sumido en la más absoluta confusión. Como una salida, esta vez más inofensiva para sí mismo, entra a un cine, sin siquiera averiguar de qué película se trataba. Lentamente Woody va descubriendo de qué se trata. Era una película cómica, norteamericana, de la década del 30. Absolutamente cómica, ingenua, inocente, e intrascendente en el sentido filosófico del término, esto es, un humor que no se plantea los problemas que preocupan a Woody. Más o menos, como distraerse viendo a los Tres Chiflados.

Entonces Woody encuentra una salida. No una respuesta, pero sí una especie de escape a la pregunta, una especie de escape permanente, una especie de narcótico para su angustia. Ve a todos en la película, divirtiéndose, y entonces llega a esta fórmula: "divertirse mientras tanto". No puede solucionar el sentido último de la vida; no pudo averiguar si hay algo después; pero, mientras tanto, no le sirve angustiarse; mejor olvidar el tema y divertirse, sin hacer mal a nadie, lo que se pueda, hasta que el inevitable final llegue. Como vemos, no es un escape autodestructivo, pues el asunto es estar vivo para poder reir. Woody optó por la salida "cómico-existencial". Esto es importantísimo, y volveremos a esto más adelante.

Antes de pasar a comentarios generales, nos ha quedado en el tintero alguien de quien podríamos decir lo habitual: que no por última es la menos importante. Se trata de Ana. Ana, en medio de los desvelos de Holly y de Woody, en medio del comportamiento extraño de su marido y su hermana Lee, y en medio de las peleas y problemas de sus padres, angustiados por la juventud perdida y viejos en su vejez, trata de adoptar una actitud componedora, conciliatoria y protectora. Pero logra poco. No lo logra con Holly, a quien trata de anunciar el irrealismo de muchos de sus propósitos. En una memorable escena, donde las tres hermanas se encuentran a almorzar, como es su costumbre, Ana y Holly comienzan a discutir, y Lee, que en ese momento está en medio del problema con Elliot, comienza a llorar, y trata de descargar su angustia y su sentimiento de culpa defendiendo a Ana. Pero Ana entiende poco qué es lo que está ocurriendo. Riñe, como dijimos, con Elliot, sin entender, tampoco, qué está ocurriendo. En la fiesta de Acción de Gracias donde Elliot corta con Lee (o, mejor dicho, al revés), Ana se entera de que la línea argumental de la novela de Holly tiene mucho de su relación con Elliot. Sin sospechar que la fuente de transmisión de información es Elliot-Lee-Holly, Ana inquiere a Elliot con quién estuvo comentando sus cuestiones personales. Elliot no contesta, pero recrimina a Ana su sobreprotección y su supuesta falta de conciencia de los problemas, no sólo de los demás, sino también de sí misma. Ana queda muy confundida. Es allí cuando, al acostarse junto a Elliot al final de esa noche, expresa su angustia. Y es allí cuando se reconcilian.

El relato de Woody Allen termina con una tercera fiesta de Acción de Gracias. Allí veremos a Lee casada con su profesor de literatura. Veremos a Elliot, mirando a Lee, pero esta vez con otra expresión, más calma y tal vez más sabia, diciéndose a sí mismo cuánto amaba y ama a Ana, mucho más de lo que él mismo imaginaba. Y veremos a Woody y Holly, casados. El último diálogo que escucharemos es un digno final de Woody Allen. Woody abraza a Holly y le expresa lo maravillado que está por ese amor que los une. Holly sonríe, embelesada. Y, mirándolo a los ojos, le dice algo importante.

"Querido, estoy embarazada"

THE END!

De la película, claro, no de nuestro comentario, que en alguna medida ya se insinuó.

Antes que nada, una aclaración. No intentaremos profundizar en los detalles psicológicos de cada uno de los personajes; dejamos ese interesantísimo trabajo, no porque no nos interese, sino porque no queremos invadir otros terrenos profesionales para los cuales no estamos preparados. Pero, obviamente, la psicología y la filosofía están relacionadas, y por lo tanto tocaremos cuestiones psicológicas en la medida que sean pertinentes a esa relación.

Hay dos aspectos que queremos destacar. Uno, filosófico-moral; otro, de antropología filosófica, más filosófico-existencial.

A lo largo de todo el relato hemos visto una serie de desvelos humanos, de anhelos, de sentimientos encontrados, de frustraciones, de angustias. La hemos visto a Lee dudando frente al amor de tres hombres; lo hemos visto a Elliot luchando contra un sentimiento que no puede refrenar, compitiendo con otro sentimiento hacia Ana, también profundo, aunque distinto; la hemos visto a Holly, luchando casi desesperadamente por algo de paz; lo hemos visto a Woody, corriendo atrás del remolino de su existencia, torturado frente al miedo por su muerte, angustiado, buscando la respuesta a la pregunta más profunda, y escapando por medio de la risa. Y la hemos visto a Ana, tratando de mantenerse equilibrada y pacífica, pero encontrándose también con sus propios desvelos, calmados sólo por el amor de Elliot, quien encontró en Ana algo más esencial que la belleza de su hermana Lee.

Todo esto, como dijimos, sería fascinante para ciertos análisis psicológicos específicos que no son nuestro oficio. Lo que a nosotros nos corresponde destacar es, en este caso, una cuestión filosófico-moral. En efecto, seguramente te habrás visto tentado a juzgar, de algún modo, la conducta de algunos de los personajes que entran en escena. Está bien o está mal lo que hizo Elliot, junto con Lee? ¿Hace bien Holly en calmar sus angustias con cocaína? ¿Hizo bien Woody en intentar pegarse un tiro? Y, así, podríamos seguir preguntándonos muchas cosas, cuya respuesta implicaría un juicio sobre la persona de cada uno de los personajes que aparecen en el relato.

Es la oportunidad para que reflexionemos sobre una distinción muy importante. Una cosa es el juicio moral sobre una norma, objetivamente considerada y en abstracto, y otra cosa es el juicio sobre la conciencia subjetiva de una persona, considerada en concreto. Son dos cuestiones distintas, aunque relacionadas. Veamos un ejemplo.

Para que tú y yo no discutamos mucho, buscaré un ejemplo sobre el cual, al parecer, quizás estemos de acuerdo, en la medida que no entremos en detalles. Digamos que matar a otro persona, excepto defensa propia proporcionada, está moralmente mal. Sobre eso, al menos, estoy seguro. Ahora vamos a suponer que alguien, digamos Juan, mata, no entrando en juego la excepción aludida. Entonces podremos decir que lo que Juan hizo está moralmente mal. Pero de allí a decir "Juan es malo", o algo parecido, hay un gran paso. ¿Por qué? Porque para decir eso, deberíamos conocer integralmente el conjunto total de circunstancias que rodean toda la historia personal de Juan; deberíamos conocer con certeza qué hay en lo más íntimo de su conciencia, para saber si lo hizo con total frialdad y malicia, o no; deberíamos conocer con certeza total el grado de su salud psíquica; deberíamos conocer con certeza los detalles de su formación moral, para saber en qué medida hay en su conduca negligencia o error insalvable. Ahora bien, piensa tranquilo, ponte la mano en el corazón. ¿De quién sabes, con plena certeza, todo eso? Te diré: sólo Juan puede tener una idea aproximada de todo eso; nosotros, conjeturas; y, plena certeza, absoluta y total plena certeza, sólo Dios.

Este es el fundamento de que no debamos juzgar a los demás, en la medida que "juzgar" implique realizar un juicio sobre la conciencia subjetiva de la otra persona. En cambio, sí podemos juzgar su conducta; podemos decir que su conducta no esta bien, en la medida que su conducta sea un caso particular de una conducta que, en abstracto, sabemos que es incorrecta moralmente. Pero no podemos juzgar con certeza su conciencia, porque ese juicio sólo lo puede hacer Dios.

En este sentido, hay algunas aclaraciones que hacer. Tal vez estés pensando que lo moralmente bueno o malo es subjetivo y/o relativo, y que yo estoy partiendo de presuponer lo contrario. Es cierto que estoy partiendo de lo contrario; es cierto que considero que la razón humana puede, aunque con dificultad, determinar lo que moralmente está bien o mal; pero, como ya hemos comentado en ocasión de las películas anteriores, no parto de ello como de un postulado sin demostrar, sino como una conclusión demostrada a partir de la existencia de Dios. Porque el bien moral no es más que el camino, conforme a tu naturaleza humana, que te dice por dónde llegar a tu fin último, que es Dios, fin último que, como hemos visto también, no puedes no querer, aunque muchas veces no lo identifiques con Dios: en tu deseo más profundo de felicidad total y absoluta está la búsqueda del absoluto que es Dios.

Si Dios no existiera, es cierto que tú mismo fijarías el fin de tu existencia, pero, dado que existe, El es el fin último objetivo a tu naturaleza, y de allí se desprende que hay ciertas conductas objetivamente incompatibles con el perfeccionamiento de tu naturaleza. Por lo tanto, hay normas morales objetivas.

Pero, por el mismo motivo, Dios es el único que puede juzgar la conciencia del prójimo. Es aparentemente paradójico que, aunque muchas personas duden de que Dios exista, sin embargo juzgan y condenan permanentemente a su prójimo. Es realmente paradójico que quienes saben o creen que Dios existe juzguen la conciencia de su prójimo, ocupando un lugar que sólo Dios puede ocupar, porque sólo El tiene el infinito conocer y la infinita justicia. Y, podríamos suponer, dado que es el Bien infinito, su misericordia, posiblemente, también sea infinita.

La película de Woody Allen que estamos comentando sugiere una cuestión que tiene mucho que ver con todo lo que acabamos de mencionar, que tal vez te suene algo abstracta, pero que no te imaginas lo presente que está, de manera constante, en nuestra vida cotidiana. Se trata de la comprensión, la comprensión profunda hacia nuestro prójimo, y también, por qué no, la actitud de perdón. Este último -el perdón- está ahora apenas insinuado, pero será enfáticamente tratado en otra obra de Woody Allen que comentaremos hacia el final.

En ningún momento Woody Allen se ríe despectivamente de sus personajes; en ningún momento los desprecia y/o los condena. Sólo en una oportunidad lo hemos visto casi destruir a un personaje -hablaremos de ello más adelante-, pero no en esta película, mucho menos en esta película. Lo que hace es, sencillamente, mostrarnos tal cual somos, con pleno respeto y consideración. Muestra nuestras angustias, nuestros desvelos, nuestra permanente búsqueda de felicidad, tantas veces frustrada. Muestra, también, nuestros errores, nuestras faltas, graves muchas de ellas. Pero no condena. 

 ¿Qué hay detrás de ello? Algunos verán un cierto relativismo moral, esto es, que nada es objetivamente bueno o malo, lo cual, por cierto, no es nuestra posición. Es una interpretación no imposible, pero poco probable, sobre todo teniendo en cuenta la evolución de las películas posteriores de Woody Allen. Lo que yo veo es una actitud de  comprensión y consiguiente perdón, lo cual es incompatible con el relativismo moral. Trataré de explicarte mi opinión.

La actitud de comprensión y perdón es una norma moral que te estoy proponiendo, basada en las consideraciones anteriores. Comprender a una persona significa tratar de tener en cuenta todo el conjunto de circunstancias que puede influir en su conducta. "Tener en cuenta" implica saber que existen, aunque, precisamente, no podemos conocerlas todas. Justamente por ello, la conducta humana tiene motivaciones subjetivas sumamente complejas, tales que nos impiden abrir juicio certero sobre la culpabilidad y/o malicia de alguien. Eso sólo Dios puede hacerlo. Entonces, debemos siempre tratar de comprender. Claro, esto sería tal vez fácil en caso de que consideremos que no hay bien y mal, o Dios al que rendir cuentas, pero lo valioso moralmente es hacerlo cuando estamos seguros de que tal o cual conducta no es correcta. Porque, en ese caso, y como ya te dije, podemos juzgar la conducta como tal, pero no la conciencia interna de quien se conduce de ese modo. Y, al mismo tiempo, eso nos abre a la actitud de perdón. Esto es, tener nuestros brazos abiertos para olvidar, para recibir en nuestro corazón otra vez a quien nos hizo daño e hizo algo incorrecto, precisamente para ayudarlo a perseverar en el bien. Esto no implica que el otro deba hacer un anuncio explícito de su cambio de conducta. Implica, más que un acto formal de perdón, una actitud permanente de perdón, lo cual es distinto. Esto es, estar permanentemente abiertos y alertas a la más mínima señal de que la otra persona está demandando nuestro afecto; es estar permanentemente alertas al más mínimo bien que le podamos hacer. Pero no hablo de la persona que queremos entrañablemente, sino también y, en este caso, sobre todo, de la persona cuya conducta es mala y perjudicial. Porque esa actitud de nuestra parte es lo único que puede ayudarla a cambiar. Podemos declararle la guerra, pero en la guerra alguien muere. Y la moral que te propongo no es para matar a nadie, sino para revivir y reencontrar lo perdido.

Y el perdón que te propongo es útil para la otra persona aún en caso de que supieras que esa persona, y no sólo su conducta, es mala. Porque se trata, justamente, de ayudarla a cambiar.

Nada de lo que te propongo implica no defenderse o no tratar de corregir al otro. Puedes defenderte sin contradecir esa actitud de perdón. Algunas prácticas orientales tienen mucha sabiduría en esto. El Aikido, la más ética y pacífica de las artes marciales japonesas, no detiene el golpe, sino que lo deja pasar, lo desvía y lo neutraliza. Creo que nosotros debemos hacer lo mismo en nuestra vida. Una cosa es que debas distanciarte circunstancialmente de alguien, para que no te dañe; otra cosa es que, con odio y rencor, incompatibles con el progreso de tu espíritu, intentes destruírlo. Son dos actitudes absolutamente distintas.

Tampoco implica que no puedas señalar oportunamente una falta a alguien, a ese alguien en persona, si esa persona te lo permite. Esto es: siempre que adviertas que "tienes pista" para poder aterrizar. Para esto, la amistad sincera es esencial. Pero, justamente, nunca te "autorizarán" a hacer esto si tu actitud no ha sido la de comprensión y perdón anteriormente referida.

Esto último que hemos dicho es importante porque de lo contrario puede confundirse a la comprensión de la que estamos hablando con una actitud de despreocupación por la mala conducta, ajena o propia. No, de ningún modo se trata de eso. No se trata de que no debemos corregir a la conciencia equivocada. Se trata simplemente de que no debemos entrar en la conciencia de otro sin permiso. O, con términos más exactos: sin prudencia.

No sé si estarás de acuerdo conmigo o no. Pero, aún en el caso de que estés de acuerdo, es interesante reflexionar sobre lo difícil que es para nuestro duro corazón hacer todo esto. Constantemente estamos murmurando, condenando, insultando, "mandando al infierno" a los demás. Por eso, lo interesante es advertir que podemos reflexionar tranquilamente sobre estos temas al ver, desde afuera, una película como Ana y sus hermanas. Sentados en la butaca del cine, nos reímos, pensamos, comprendemos, y hasta podemos encariñarnos con los personajes aún cuando no coincidamos con algunas de sus conductas. Precisamente, porque se trata de una historia que no nos afecta personalmente. Ahora bien, lo que Woody Allen ha hecho es retratar un conjunto de dramas y problemas que pueden ser los de cualquiera de nosotros. Y, en ese caso, ¿qué actitud adoptaremos? Si tú fueras hermana o hermano de Ana y te enteraras de que tu hermana Lee se acostó con  tu cuñado, qué harías?

No te creas que tengo la respuesta exacta; no te creas que yo sé perfectamente lo que haría. Sé que acostarse con quien no sea tu cónyuge es malo moralmente; sé también que no debo juzgar sobre la culpabilidad de nadie, y lo que quiero transmitirte es precisamente el desafío permanente que ello nos plantea. El desafío de vivir, en nuestra existencia cotidiana, la comprensión, el perdón, y, al mismo tiempo, la no complicidad con el mal. No es fácil. Pero es lo que debe hacerse. A veces fallaremos. Pero la filosofía moral tiene la peculiaridad de que plantea a nuestra vida desafíos y exigencias concretas. Las normas morales son, como tales, universales y abstractas; cada acción humana libre es, empero, singular y concreta. Y en esa singularidad es donde debemos plasmar vitalmente la universalidad de nuestros planteos. La virtud que facilita esa concreción es la prudencia. Ser prudente no es ser timorato, como a veces cierto uso coloquial ha deformado el contenido del término. Es hacer lo bueno en el momento preciso. Lo cual incluye tanto no actuar como dar un golpe sobre la mesa y decir "no!". En fin, también se puede decir `no' sin golpear la mesa.

Hemos reflexionado suficientemente sobre este punto. Ha sido uno de los más difíciles, vitalmente, hasta ahora, pero justamente por ello conviene dejarlo sedimentar por sí solo. Creo que es conveniente pasar ahora al segundo eje de reflexión que quería proponerte. Se trata de la búsqueda de Woody por el sentido de su existencia, y la solución que adopta.

Hemos reflexionado ya sobre el sentido de la existencia humana, y no quiero insistirte sobre ese punto. Hay algunos otros aspectos que destacar en esta oportunidad.

En primer lugar, fíjate que Woody asume plenamente el problema. Lo encara de frente, no le huye. Eso es positivo. Es positivo sencillamente porque es asumir una parte importante del punto de partida del problema existencial humano: somos limitados, mortales, estamos como colgados sobre la nada. No me malinterpretes. No te digo que debas estar todo el tiempo pensando en esto. No. No se trata de un determinado momento, no se trata de un horario, no se trata de decir "hoy ya he pensado sobre el sentido de mi vida, ahora puedo ver la televisión" (bueno, por ahí pescás una película de Woody Allen y...). Se trata de un momento más existencial, no relacionado con el reloj. Se trata de que llegue a tu vida un instante existencial en el cual, para madurar, te hayas planteado a fondo cuál es su sentido último. Allí tu existencia se vuelve sobre sí misma, se interroga a sí misma, y evita la "alienación" constante de estar pasando a través de sí misma como a través del cristal de un anteojo. Si este momento no llega, tú jamás te verás como lo que manifiesta más intensamente tu esencia limitada. Esto es, vivirás en el olvido permanente de que vas a morir. Tal vez en este momento me estés diciendo de todo. Si, te comprendo, yo me rebelo humanamente frente a la muerte, igual que vos. Pero vivir en el olvido de que vas a morir es, salvando las distancias, como vivir creyendo en los Reyes Magos.

Una vez que se asume el problema, hay dos salidas. Una, positiva, que es encontrar precisamente en el hecho de nuestra contingencia (manifestada existencialmente en nuestra mortalidad) la premisa para demostrar que Dios existe y encontrar en El la esperanza y el sentido último de nuestra vida. Es la vía que te he propuesto, filosóficamente, aunque también se puede llegar a Dios por vía religiosa. Ambas vías son complementarias, pero sobre eso hablaremos más adelante. Otra salida es negativa, y tendría varias subdivisiones. Puedes asumir la angustia de que no puedes solucionar el problema y vivir en ella de modo permanente (como Frank, en la película anterior), aunque hay que ver si la psiquis humana soporta eso de modo permanente; en realidad, esa angustia existencial permanente es enfermante y para amortiguar su dolor el ser humano recurre a todo tipo de escapismos y narcóticos, de toda gama, desde los más peligrosos (la droga, por ejemplo) hasta otros más de largo plazo (el endiosamiento de cosas en sí mismas buenas que "pateen" el problema permanentemente para adelante; por ejemplo, "sumergirse" en el propio trabajo).

Ahora bien, la salida asumida por Woody en la película es un escapismo muy particular; se trata de la salida "cómico-existencial" al problema, como la hemos llamado. Woody Allen es directo. El problema está planteado con tal magnitud, que lo que nos dice es: si no lo resuelves, o te pegas un tiro o te matas de la risa. Y Woody opta por lo segundo. No sabemos si Woody Allen. Es más, conjeturamos que está encontrando la salida positiva. Pero el Woody de Ana y sus hermanas pasa por las dos fases de la salida negativa: o llegas al colmo de la angustia, o te ensordeces totalmente ante ella con la risa. Es una salida habitual. Muchos filósofos la han utilizado. Hay muchos escépticos absolutos que son maestros de la ironía y el humor. Son coherentes: o lloran o lo toman todo a broma. Lo segundo permite una mayor supervivencia.

"Pasa por esta vida sin sentido lo más divertido que puedas". Es una salida absolutamente comprensible para evitar el dolor. Pero, claro, no es solución. Sólo es anestesia. E ilusoria. No podrás reírte siempre. Y el Woody de la película, en el fondo de su corazón, lo sabe.

Yo no te propongo que no te rías. Al contrario, saber qué es tu fin último, y fundar en ello tu esperanza más profunda, es motivo de una alegría paralelamente más profunda. Una alegría y una sonrisa que surgen de lo más profundo de tu espíritu, totalmente compatible con tu risa mientras ves a Los Tres Chiflados, cuando contás un chiste en una reunión de amigos, y cuando contemplás, sereno, la caída del sol. Una alegría que se convierte en tu fuerza secreta cuando sufres, cuando lloras, cuando los problemas de este mundo parecen vencer tus resistencias. Es la esperanza que te mantiene firme ante la muerte, frente a la cual nuestra humanidad grita de manera permanente. Es la señal de que hemos tomado la mano de Dios.

Pero tú no tienes ni siquiera que elevar tu brazo. Es Dios quien te toma de la mano. Tú, simplemente, no le digas que no.