viernes, 5 de junio de 2026

UN EXCELENTE MOTIVO PARA EL SILENCIO. FELICITACIONES AL AUTOR

 

Filosofía

La Erística como arte de la época

¿Por qué hoy tantas discusiones no buscan la verdad, sino destruir al otro? Este texto explica dos trucos muy actuales —el galope de Gish y la ley de Brandolini— para entender cómo las redes, los debates políticos y la cultura del escándalo han convertido la conversación en una batalla de ruido.

calendar_today1 de junio de 2026
acute5 minutos
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Con permiso de la audiencia permítanme que les traiga un par de conceptos bien conocidos por la retórica clásica: el galope de Gish y la ley de Brandolini. El galope de Gish (técnica de debate que consiste en lanzar muchísimos argumentos, afirmaciones o datos en muy poco tiempo, aunque muchos sean falsos, dudosos o superficiales. El nombre viene de Duane Gish, famoso por usar esta estrategia en debates sobre evolución). Esta técnica expresa muy bien la enfermedad cultural a la que aludía en el primer párrafo. Ya casi no se debate, bueno lo que consideraríamos el verdadero debate. Ese que busca la verdad mediante la dialéctica. Decía que el debate se torna en este nuestro siglo en un bombardeo. Una avalancha de datos, frases, titulares, sospechas, memes y medias verdades que cae sobre el interlocutor hasta agotarlo. No nos equivocaremos si afirmamos que la saturación sustituye a la argumentación. Con tanto «scrolear» admitamos que muchos espectadores ni siquiera evalúan la solidez de lo dicho; ¿qué perciben? energía, seguridad, agresividad, arrogancia. Pero nada consistente. Se confunde la velocidad con la inteligencia.

Por otro lado, la ley de Brandolini (formulada por Alberto Brandolini) se puede resumir en que la cantidad de energía necesaria para refutar tonterías es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirlas. Esta ley revela otro drama aún más profundo: que la verdad necesita tiempo y que la mentira «industrializada», no. Construir conocimiento exige paciencia, método, autocrítica y contraste. Destruirlo puede hacerse con una frase ingeniosa. Con tal de que esté disfrazada de verdad, cuela. Hay una asimetría terrible entre la elaboración y la demolición. Un investigador puede dedicar años a un estudio, pero bastan treinta segundos de vídeo para sembrar sospechas sobre él.

La erística convierte al otro en objeto porque ya no interesa escucharlo ni comprender lo que intenta expresar. El objetivo es derrotarlo, humillarlo o, mejor, exhibirlo públicamente. En el fondo, es una forma de poder. Y toda cultura obsesionada con el rendimiento y la imagen termina trasladando esa lógica al lenguaje.

Todo esto tiene consecuencias antropológicas y políticas enormes. Si la sociedad pierde confianza en la posibilidad de distinguir entre verdad y manipulación entonces aparece el cinismo. Ya nadie pregunta «¿es verdad?», sino «¿qué bando lo dice?». El adversario deja de ser alguien equivocado (o no) y pasa a convertirse en enemigo. El debate democrático se degrada de tal forma que se convierte en combate tribal. Y no olvidemos de la dimensión moral. La erística convierte al otro en objeto porque ya no interesa escucharlo ni comprender lo que intenta expresar. El objetivo es derrotarlo, humillarlo o, mejor, exhibirlo públicamente. En el fondo, es una forma de poder. Y toda cultura obsesionada con el rendimiento y la imagen termina trasladando esa lógica al lenguaje.

Por eso el pensamiento crítico auténtico debería ocupar un lugar preeminente en nuestro carácter. Que alcanzase el nivel de virtud. Y, para eso, es necesario admitir que pensar bien implica ralentizarse. Exige soportar la complejidad cuando todo empuja hacia la simplificación. Exige aceptar que algunas cuestiones, las más serias, no caben en un eslogan. Y, por qué no, admitir que reconocer límites, cambiar de opinión a veces y admitir incertidumbres forma parte de nuestra racionalidad como seres humanos. Curiosamente, esas virtudes intelectuales son vistas hoy por muchos como defectos comunicativos.

Quizá uno de los mayores desafíos contemporáneos consista en reconstruir una ecología de la conversación humana. Recuperar espacios donde el silencio, la escucha, la argumentación y el «perder tiempo» no sean signos de debilidad. Tal vez tengamos que rescatar obras como Dialéctica erística de Schopenhauer. Esta obra es un breve tratado sobre el arte de discutir y ganar una disputa, incluso sin tener razón. El autor expone 38 estratagemas para mostrar cómo muchas discusiones se centran más en vencer al adversario que en buscar la verdad. La escribió hacia 1830-1831, en los últimos años de su estancia en Berlín, y se publicó póstumamente. El escrito nace en un contexto de polémica filosófica, especialmente frente al ambiente hegeliano, y su objetivo era sistematizar las artimañas de la discusión para mostrar cómo muchas veces se busca ganar una disputa más que llegar a la verdad. Un buen texto que nos puede ayudar a revelar y desenmascarar los trucos con los que la gente impone su postura en un debate.

Para terminar, lo que quería indicar es que sería urgente entender que cuando una sociedad pierde el amor por la verdad y solo conserva el deseo de imponerse, termina convirtiendo el lenguaje en un campo de batalla permanente. Y de guerras y batallas, ya tenemos suficientes.

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