Como hemos dicho tantas veces, el panorama político después del 91 se ha complicado tanto, en cuanto a las ideas de fondo, que nunca estarán de más ciertas aclaraciones conceptuales, que al menos puedan ser motivo de reflexión para las generaciones más jóvenes. (https://gzanotti.blogspot.com/2024/07/la-extrema-derecha-algunas-distinciones.html)
Como ya dijimos otra vez, (https://institutoacton.org/2021/02/11/globalizacion-y-globalizacion/) después
de 1991 el fenómeno de la globalización se complicó. Lejos estuvo de ser la
expansión universal del libre comercio. Lo que sucedió fue la expansión de un
gobierno mundial de tendencias estatistas, con organismos internacionales que
se convirtieron en verdaderos soviets (especialmente la OMS, la UNESCO, los
organismos dedicados al cambio climático, etc), cosa que los libertarios
veníamos advirtiendo hace mucho pero que llegó al paroxismo del “Camino de
servidumbre” (Hayek tuvo toda la razón) durante la crisis del bicho19 (o lo que
haya sido) en el 2020.
Volvemos a reiterar: ante ello se
produjeron fundamentalmente dos tipos de reacciones. Una, libertaria, muy
minoritaria, donde ese imperio intergaláctico de las Naciones Unidas se
rechazaba por su estatismo y su violación de las libertades individuales. Otra,
más extendida, de tipo nacionalista, donde diversos nacionalismos regionales,
algunos religiosos y otros no tanto, reclamaban la soberanía nacional contra la
UN. Obviamente esta última reacción no era libertaria ni liberal, pero defendía
algunas cosas como propiedad privada o libertad religiosa en la medida en que eran
los medios para oponerse al nuevo soviet.
Por eso, en la praxis, se
produjeron alianzas, espontáneas, no pensadas (NO el orden espontáneo hayekiano
precisamente) entre ambas tendencias, pero la tendencia nacionalista prevaleció
en muchos casos y la posición de muchos libertarios y liberales clásicos quedó
muy muy difícil en cuanto a sus apoyos condicionales a tal o cual movimiento
político en un mundo gris, donde muchas veces hay que elegir entre mal menor y
mal mayor.
En estos momentos, el panorama es más confuso que nunca, porque ante la opinión pública mundial se está asociando directamente el movimiento libertario con un paradigma de centro derecha que se va convirtiendo paulatinamente en dominante. Ese paradigma tiene sobre todo las
siguientes características: a) defender la ciudadanía nacional contra el
inmigrante extranjero, y ni qué hablar contra el inmigrante ilegal; b) un
relativo desprecio por el debido proceso, sobre todo por el incremento de la
delincuencia de inmigrantes ilegales y de narco-traficantes; c) un cierto
enfrentamiento con la prensa y los medios de comunicación en general; d) un uso
político de la religión.
Volvemos a reiterar, los cuatro
casos son perfectamente entendibles (entender NO es igual a estar de acuerdo)
como reacciones contra graves errores de la izquierda (o sea, el colectivismo de
siempre con nuevos rostros). Esos errores (desde un punto de vista libertario)
son: a), una visión post-moderna de la inmigración, donde los que emigran son
colectivos, no individuos, que pretenden violar el Estado de Derecho liberal
clásico del lugar al cual emigran; b) una progresiva des-penalización de las
violaciones a la vida, libertad y propiedad, bajo el argumento de que los
delincuentes son víctimas estructurales de las injusticias del capitalismo; c)
la “colusión” entre ciertos medios internacionales tradicionales, y los dueños
de las redes sociales, con los gobiernos, violando la libertad de expresión de
los que se opongan a la visión de la izquierda, reclamando un “derecho a la
información” que debe ser custodiado por el Estado; d) la negación de los
fundamentos judeo-cristianos de la civilización occidental.
Pero ante esos cuatro errores, los
dirigentes de centro-derecha han respondido con otros cuatro errores que
retroalimentan a la izquierda: a) la persecución violatoria del debido proceso
de todo inmigrante ilegal, con fuerzas policiales muy poco profesionales y sin
mayor conciencia jurídica de lo que hacen; b) la negación lisa y llana del
debido proceso, negándoselo a los delincuentes, afirmando que estos últimos no
tienen derechos, bajo slogans como “meter bala” y graves impresiones jurídicas
por el estilo; c) los ataques y los insultos a los medios que no piensen como
el gobierno de turno, incluso con intentos de hacer lo mismo que la izquierda
hacía con ellos cuando no eran gobierno; d) una fusión entre un determinado
gobierno y una especie de mandato religioso legitimante del gobierno de
centro-derecha en cuestión.
Desde luego, nada de esto es
libertario (o liberal clásico; no entramos en este artículo en el debate sobre
el anarcocapitalismo). Y ahora explicaremos por qué. En cada caso
distinguiremos: a) la posición libertaria “en sí misma”, b) su posible
adaptación a las circunstancias actuales; c) lo que definitivamente NO se
debería hacer ni siquiera como alianza transitoria.
1.
Inmigración.
1.a. El
ideal.
El liberalismo no es un ideal de nación, sino, sobre todo, de un gobierno limitado que garantice (ya conocemos el debate con el anarcocapitalismo………) las libertades individuales (vida, libertad, propiedad). Por eso es importante la
distinción que Mises hace entre Nación y Estado. Lo ideal es que un Estado
liberal clásico abarque diversas naciones, y que las libertades individuales
actúen como catalizador y sistema circulatorio entre los diversos ideales
nacionales y que, por ende, sean admitidos a formar parte de este Estado
liberal cualquier individuo que respeta el pacto constitucional originario y
por ende las libertades, más allá de su raza, nación o religión.
1.b. El
problema actual.
Pero
actualmente la visión post-moderna de la inmigración, como hemos dicho, al
defender que ciertos colectivos pueden emigrar independientemente de su respeto
al Estado de Derecho, han favorecido una verdadera invasión de personas que
destruyen al Estado de Derecho reclamando un curioso derecho para hacerlo. Ante
esta situación, pedir una visa a personas que vengan de regiones obviamente
sospechosas de terrorismo o de narco-terrorismo (dejando de lado por un momento
la solución de fondo al tema de la droga); o deportar delincuentes, no es
inadmisible aunque son opciones prudenciales opinables. (https://gzanotti.blogspot.com/2024/04/liberalismo-clasico-versus.html ). Pero (c) el libertario
debe saber que los individuos son ante todo individuos y que el sujeto de
derechos es cada individuo antes (ontológicamente) que su pertenencia a una nación, raza o
religión, (https://gzanotti.blogspot.com/2026/02/la-argentina-necesita-integrar-no.html) y por ende nadie debe ser perseguido porque no pertenezca a esos tres
ejes. Una cosa es alguien a quien por un momento le falta un documento, y otra cosa es un criminal. Y menos aún el libertario debe consentir una fuerza
policial que esté autorizada a requisar y arrestar más allá del debido proceso
correspondiente.
2.
El
debido proceso.
2.a. El ideal.
El debido proceso es uno de los
frutos más preciados del Estado de Derecho liberal clásico. Resulta preocupante
su desprecio por parte de personas que se digan liberales. Por más furia y
pasiones encendidas que despierten los asesinos; por más películas o casos
reales que hayamos visto sobre justicia por la propia mano; por más
circunstancias atenuantes que pueda haber en los casos de venganza, nunca se
debe olvidar que el debido proceso es el límite entre el totalitarismo y la
libertad. Es falso que el delincuente no tenga derechos: precisamente, tiene
derecho al debido proceso. Y es muy grave que asesores muy cercanos a
presidentes, muy jovencitos, aparezcan en las redes diciendo que el delincuente
no tiene derechos, y más grave aún que lo hagan en nombre del liberalismo,
contribuyendo con ello a un acentuado desprestigio internacional de un ideario
tan noble. La corrupción de lo mejor es lo peor.
Hay dos cosas que no se
contraponen. Es verdad (b) que hay circunstancias sociales que
predisponen a la delincuencia. Es verdad que el subdesarrollo, las familias
disfuncionales, etc., favorecen la delincuencia, pero eso no se contrapone en
absoluto a un sistema judicial que sea efectivo en la defensa de los
ciudadanos inocentes. Para eso se necesitan fuerzas policiales especializadas,
no gestapos improvisadas, y un sistema judicial eficiente y honesto. Esas son
las reformas que hay que encarar (c), en vez de poner a gobiernos y policías
por encima de la ley. Es penoso que personas que digan estar formadas en el
liberalismo pongan como ejemplos casos políticos que son obviamente pan para
hoy y hambre para mañana. Las dictaduras y/o los “hombres fuertes” pueden durar
décadas, pero sin instituciones, no tienen otra salida que la vuelta al caos
anterior. Personas que dicen haber estudiado a Hayek deberían saberlo.
3.
La
libertad de prensa.
3.a. El
ideal.
La
democracia constitucional pre-supone el disenso sobre los modos de
administración de la cosa pública. El consenso sobre el pacto constitucional
originario (https://www.researchgate.net/publication/399146034_LA_TESIS_NO-CONTRATUALISTA_DE_UN_PACTO_CONSTITUCIONAL_ORIGINARIO) presupone a su vez el disenso sobre los modos de administración. Por
ende, en una democracia madura, desarrollada, los diversos partidos son
adversarios pero no enemigos, y el poder ejecutivo debe tomarse como parte de
su función recibir críticas a su gestión, que debe responder con altura, sin
insultos y menos aún llamando a la censura del “disidente”.
3.b. La
circunstancia actual.
Es verdad a
su vez que ese pacto constitucional se ha perdido en la mayor parte; es verdad
que estamos en democracia de facciones en vez de democracias republicanas (https://www.amazon.com/desarrollo-pol%C3%ADtico-asignatura-pendiente-argentinos-ebook/dp/B007KDEHZE) , y
sobre todo, es verdad que medios tradicionales y big-tech se han aliado con los
poderes de turno para violar la libertad de expresión. Pero (c) eso no autoriza
a un libertario, si verdaderamente es tal, a convertirse en autoritario, pero
del otro lado. Un presidente, si es libertario y no un nacionalista populista,
debe aprovechar las conferencias de prensa como verdaderos espacios de
educación del ciudadano y de respuestas a la izquierda donde, con altura, se
explique y se enseñe el ideal libertario. Y sobre todo, no debe caer en la
trampa que está implicada en el supuesto derecho a la información, que lo que
hace es justificar la censura previa de los gobiernos para garantizar la
“información verdadera” al ciudadano. (https://gzanotti.blogspot.com/2026/02/la-oficina-de-respuesta-oficial-un.html); (https://gzanotti.blogspot.com/2022/05/la-informacion-como-arma-totalitaria.html). En una sociedad libre, lo que hay es
libertad de expresión, y ese libre debate es el lugar donde se discute,
precisamente, si algo es verdadero o falso. Y si un presidente es víctima de
una calumnia, puede, como ciudadano, recurrir al delito de calumnias e injurias,
pero ese es un terreno resbaladizo habitualmente utilizado por gobiernos
autoritarios para callar al disidente. Lo que está en juego en esos casos es la
autoridad moral de quien denuncia y del denunciado. Y la autoridad moral es un
capital político que los libertarios, sobre todo, tendrían que cultivar.
Derecha y algunos liberales son muy ingenuos, habitualmente, sobre lo que va a
decir la izquierda. Por supuesto que, por ejemplo, la izquierda hará un escándalo por un policía corrupto (lo cual está bien en sí mismo, más allá de quién lo diga) y no por un ciudadano asesinado. Para frenar esos dobles
estándares están las conferencias de prensa bien utilizadas, a las cuales
algunos ni siquiera están dispuestos a prestarse. Es preferible un nacionalista
que nunca reclame haber sido libertario que un autoritario que reclame ser
libertario.
4.
Religión
y política.
4.a. El ideal.
Es verdad que el Estado de Derecho liberal
clásico, occidental, tiene bases judeo-cristianas. Benedicto XVI (que era un
liberal clásico) lo explicó muy bien en sus discursos al parlamento inglés y
alemán (https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2010/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20100917_societa-civile.html; https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2011/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20110922_reichstag-berlin.html). Es verdad, a su vez, que hay que distinguir entre laicismo y laicidad (https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2006/december/documents/hf_ben_xvi_spe_20061209_giuristi-cattolici.html). La laicidad es la correcta distinción de esferas entre lo religioso y lo
político. Lo político, como explicaron M. Novak y J. Maritain, es el marco
político y jurídico (el orden constitucional, por ejemplo); lo religioso forma
parte del marco moral-cultural que da origen al marco político pero que no se
confunde con él. Laicismo, en cambio, es la negación de toda influencia de lo
religioso en lo político. Decimos influencia, no confusión de roles. Influencia
que han reconocido grandes autores liberales clásicos como Lord Acton,
Tocqueville y Hayek (y NO de casualidad Hayek quiso llamar “Sociedad
Acton-Tocqueville” a lo que después fue la Mont Pelerin Society).
4.b. La
actual circunstancia.
Es verdad que la globalización estatista, la colusión entre las big-tech y los gobiernos, y la agenda de los gobiernos de izquierda han violado la libertad religiosa y perseguido a todos los creyentes que se oponían a esa agenda y reclamaban educar a sus hijos en su fe, como sus derechos a la libertad religiosa y a la educación les garantizaban. Es verdad que, ante eso, son necesarias reformas jurídicas para “volver” la situación a las libertades de asociación, de enseñanza, de expresión y de religión.
Pero (c) el
libertario debería saber que esas libertades corresponden a todos, creyentes y
no creyentes, por igual. Que no son libertades que se deben exigir por ser
religioso, sino por ser persona. Y, sobre todo: el libertario, si tiene fe, no
debe confundir la influencia del judeo-cristianismo sobre Occidente con su
propio gobierno. Una cosa es que el judeo-cristianismo haya dado origen a la
civilización occidental. Muy bien. Pero otra cosa es que la propia fe sea
utilizada como criterio legitimador del propio gobierno. Un gobierno
determinado, una determinada administración, no tiene ningún apoyo divino y es
una cosa humana y falible como cualquier otra instancia de gobierno no-sacral,
no-eclesial. Si un presidente creyente cree que sus propias políticas tienen el
apoyo de Dios, está muy confundido, y viola con eso las bases sanamente
laicales y seculares de la democracia constitucional que dice defender. Un
presidente libertario, aunque creyente, debe tener costumbres seculares. No
debe andar proclamando su fe en todo acto de gobierno ni debe firmar sus
decretos con el Credo niceno-constantinopolitano. Debe hablar y comportarse de
tal modo que quede claro que es un ser humano tan falible como todos, que no
recibe mensajes de Dios, que NO es un nuevo mesías ni que habla en nombre de
tal o cual Iglesia, por más que proclame públicamente la importancia del
judeo-cristianismo sobre la civilización occidental. Que, obviamente, no es lo
mismo que una influencia sobre su propio gobierno.
5.
Conclusión
final. Infinitas cosas más podrían aclararse. Pero no espero nada de los
políticos actuales. Sólo espero que las nuevas generaciones sean más lúcidas.
Para ellas escribimos.
