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domingo, 3 de mayo de 2026
domingo, 26 de abril de 2026
SOBRE EL INTEGRISMO
(Ensayo publicado en Boletín de Teología FEPAI, Año 38, N. 76, 2º semestre 2022).
1. Introducción.
A lo largo de los milenios, las religiones politeístas de las religiones antiguas eran un sistema cultural completo, “integral” donde el sistema social era también el resultante de la adoración a los dioses(1) . En sus mitologías se conjugaban, como si fueran una sola cosa, tres aspectos que hoy consideramos distintos: lo religioso, lo político y lo científico(2). El rey-dios era al mismo tiempo sumo sacerdote y sumo gobernante, y consultaba su destino al oráculo y sus escribas, para lo cual estos últimos utilizaban lo que hoy llamamos geometría, matemáticas y astronomía, a veces muy avanzadas. Pero era todo una sola cosa, de tal modo que si se ponía en tela de juicio uno de los tres aspectos, tambaleaba todo. Por eso la libre crítica en política y en ciencia era incompatible con la estabilidad del mito. Con lo social sucedía lo mismo. Las normas sociales, entre las cuales estaban las políticas y jurídicas, dependían de la narrativa del mito. Incluso en el antiguo Israel el libro del Levítico cumplió esa función. No fue sino hasta el advenimiento del Cristianismo cuando sus primeros pensadores entraron en diálogo con fuentes del Derecho y la Filosofía que habían provenido de los esfuerzos de la sola razón, lo cual implica todo lo contrario del Integrismo. Pero a eso volveremos después.
2. El Integrismo hoy y su problema hermenéutico fundamental.
Aún hoy subsisten lecturas del Islam y del Cristianismo según las cuales, aunque lo divino no se confunda con lo humano, la Revelación jugaría un papel esencial en la legitimación del gobernante temporal y también en la legitimidad del orden jurídico. El problema fundamental de esos integrismos es hermenéutico, o sea, un problema de interpretación. Esto es, la ignorancia, la falta de la toma de conciencia de las “mediaciones hermenéuticas” que son necesarias para afirmar juicios singulares, prudenciales, en materia social, ante las cuales NO son suficientes las fuentes habituales de la Revelación (en el Cristianismo, al menos, ellas son: Las Escrituras, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia). Esas mediaciones son:
a) El estado de determinadas ciencias sociales en determinada circunstancia histórica Aunque a partir de los 60 es habitual que los teólogos católicos admitan sin problema la autonomía relativa de las ciencias naturales (3) , no les ha sido tan fácil con las sociales. Ello es así porque la ética da la impresión de que la ética social fundamental abarca lo esencial de lo social, dejando todo lo demás a detalles meramente técnicos de administradores y abogados. Y ello, a su vez, porque no han tenido suficiente contacto con la tradición del orden social espontáneo, donde el objeto de las ciencias sociales son las consecuencias NO intentadas de las interacciones sociales (4), las cuales no entran directamente en el famoso trípode del objeto, fin y circunstancia del acto moral. Que yo piense que el dólar va a subir no es ninguna mala intención. Ahora bien, cuando yo y varios millones más pensamos eso, demandamos más dólares y el precio del dólar aumenta. Eso es lo que se llama una consecuencia no intentada, tema que escapa al ámbito específico de la ética social fundamental. Eso es la autonomía relativa de la economía, del derecho y la economía, de la ciencia política, ámbito que por lo demás fue adelantado por los escolásticos del s. XVI, que no de casualidad hablaron por primera vez de la des-clericalización del sistema político.
b) La evaluación de una determinada circunstancia histórica a la luz de lo anterior Por lo tanto, la ética social fundamental no es el único elemento de juicio para juzgar una época histórica: hay que recurrir al aporte de esas ciencias sociales que tienen esa autonomía relativa. Hoy podemos mirar con buenos ojos a la democracia ateniense como una evolución de la libertad política, pero porque HOY tenemos desarrollados ciertos elementos de ciencia política que derivan del constitucionalismo de los EEUU, que no depende de la Revelación ni la contradice.
c) La aplicación prudencial de (a) y (b). Pero como ha explicado muy bien John Finnis (5) se ha perdido conciencia de que la mayor parte de temas sociales son cuestiones prudenciales, donde la conclusión se obtiene de dos premisas. Una general, sí, que puede entrar más en contacto con una ética social en diálogo con lo religioso; una segunda, singular, donde se afirma que tal cosa singular encaja o no con lo universal, y la conclusión (“no matarás, 1, esto es matar, 2, por ende no debo hacer esto, 3). La segunda premisa depende de un juicio de conciencia singular que puede errar aunque la premisa mayor universal sea verdadera. Y, además, la premisa mayor universal puede estar dentro de la autonomía relativa de las ciencias sociales y ser por ende falible también.
3. Un ejemplo
Supongamos que una conferencia episcopal dijera “faltan instituciones democráticas estables en América Latina”. De más está decir que yo coincidiría con ese juicio evaluativo. Pero para hacer ese juicio, hace falta toda una teoría constitucional que NO deriva, ni tampoco contradice, de las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Esa teoría constitucional es fruto de una larga tradición de autores y temas importantísimos y a la vez opinables en relación a lo religioso: Tocqueville, Montesquieu, El Federalista, etc. Pero además, hay que aplicarla a la circunstancian específica histórica de América Latina, donde entran un sinfín de temas históricos opinables en relación a lo religioso. Los sistemas jurídicos coloniales, la interacción con las nuevas ideas que venían de Francia y EEUU, las guerras de independencia, etc. Como si ello fuera poco, esa aplicación en sí misma puede estar mal hecha. Y además, todo ello es necesario para diagnosticar por un lago y para proponer políticas concretas, por el otro. Querer hacer depender todo ello de modo directo de una religión revelada es ignorar todas esas mediaciones hermenéuticas fundamentales.
4. Clericalismo e integrismo.
No son lo mismo. El clericalismo no ignora la diferencia entre Dios y el hombre, entre lo político y lo religioso. Sabe que “el príncipe” NO es Dios y que deberá dar cuenta de sus pecados a Dios. Pero la legitimidad política del gobierno del príncipe depende de un acto performativo (declarar, coronar) por parte del “sumo sacerdote” (tipo ideal weberiano en la que puede entrar tanto un pontífice romano como el sumo sacerdote del Sanedrín), que “unge” al príncipe de su poder. Ello también fue un modo de ignorar la legítima autonomía de lo temporal. El primero que dentro de la religión católica cortó con ello fue nada menos que Francisco de Vitoria (6) , cuando afirma que los reinos pre-colombinos pueden ser “buenos” aunque no hayan sido legitimados por el Papa. Un avance notable en su momento, que llega a un punto de inflexión clave con la defensa de Juan Pablo II de las normas procedimentales del sistema democrático como intrínsecamente legitimas (7)
5. Una frase importantísima de Benedicto XVI.
En su discurso al Parlamento Alemán, en el 2011(8) , Benedicto XVI afirmó algo que es un digno cierre a esta crítica al integrismo religioso. En contexto del diálogo, precisamente, entre razón y fe, para ver, nada más ni nada menos, “lo que es justo”, afirmó:
“…En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados de modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado desde el siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social, desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano. De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de esta vinculación precristiana entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico de la Ilustración, hasta la Declaración de los derechos humanos y hasta nuestra Ley Fundamental Alemana, con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 “los inviolables e inalienables derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo”
Observemos que, primero, Benedicto XVI define perfectamente al integrismo: “…En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados de modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres”. Y a continuación (lo habíamos comenzado a decir al principio y lo habíamos dejado para el final) explica que el Cristianismo es todo lo contrario: “…Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios”. Y luego cita las fuentes del diálogo razón-fe en materia del Derecho, de igual modo que sucedió en Grecia con la filosofía de Platón y Aristóteles:
“…En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social, desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano”.
6. Conclusión
El integrismo es un error religioso que puede ser criticado desde lo mejor de las religiones monoteístas occidentales. Judaísmo y Cristianismo ya han atravesado su proceso histórico de des-clericalización. Esperemos que venga ahora el tiempo del Islam, que tiene todos los recursos intrínsecos para lograrlo.
———————————————————
(1) J. Ratzinger, Introducción al Cristianismo, Salamanca, Sígueme, 2001.
(2) G. Zanotti, JudeoCristianismo, Civilización Occidental y Libertad; Instituto Acton, Buenos Aires, 2018.
(3) Vaticano II, Gaudium et spes.
(4) Ver sobre ese tema Hayek, F. A. von: Hayek, F. A., Derecho, Legislación y Libertad, 3 vols. Madrid, Unión Editorial, 1979; Individualism and Economic Order, Cambridge, Cambridge University Press, Midway Reprint, 1980; Los fundamentos de la Libertad, Madrid, Unión Editorial, 1975; Nuevos estudios en filosofía, política, economía, e historia de las ideas, Buenos Aires, Eudeba, 1981; Precios y producción (1931), Madrid, Unión Editorial, 1996.
(5) G. Ver Zanotti, “John Finnis y su análisis de lo opinable en el Magisterio social”, en https://institutoacton.org/2022/07/11/john-finnis-y-su-analisis-de-lo-opinabledentro-del-magisterio-social-gabriel-zanotti/.
(6) M. F. Fazio, Francisco de Vitoria, Cristianismo y modernidad, Buenos Aires, Ediciones Ciudad Argentina, 1998
(7) Juan Pablo II, enc. Centesimus annus, 1991.
(8) Ver https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2011/ september/documents/hf_ben-xvi_spe_20110922_reichstag-berlin.html.
jueves, 16 de abril de 2026
EL PONTÍFICE DE LA IGLESIA CATÓLICA Y LOS DIVERSOS GRADOS DE CERTIDUMBRE TEOLÓGICA CUANDO HABLA DE CUESTIONES SOCIALES
Cap. VII punto 3 de mi libro "JudeoCristianismo, Civiliación Occidental y Libertad" (2018).
3. La recuperación de lo opinable
Ha sido evidente que a lo
largo de todo este libro hemos tratado de aclarar qué cosas son opinables en
relación a la Fe y por eso, cuando algunas intervenciones especiales del
Magisterio se inclinaban por un tema opinable que nos favorecía, hemos aplicado
la categoría de “acompañamiento” para respetar la libertad de opinión del
católico. Ya nos hemos referido a ello y en ese sentido no habría más nada que
agregar.
Sin embargo, si estamos hablando de la recuperación del laicado, este es
uno de los temas más graves desde fines del s. XIX hasta este mismo año (2018)
y lo seguirá siendo, temo, muchos años más, y constituye uno de los problemas
más graves de la Iglesia.
3.1. El tema en sí mismo
La cuestión en sí misma no debería presentar ningún problema. Es obvio que
“…Lo sobrenatural no debe ser concebido como una entidad o un espacio que
comienza donde termina lo natural “, pero ello implica justamente que el ámbito
de las realidades temporales debe ser
fermentado directamente por los
laicos e indirectamente por la
jerarquía a través del magisterio que le es propio (me refiero a obispos y al
Pontífice). Es obvio también que aunque lo natural sea elevado por la Gracia,
ello no borra la distinción entre lo sacro, en tanto el ámbito propio de los
sacramentos, y lo no sacro, donde puede haber sacramentales pero según las
disposiciones internas de los que los reciban.
En ese sentido, puede haber, a lo largo de los siglos, una enseñanza social
de la Iglesia en tanto a:
a)
Los
preceptos primarios de la ley natural que tengan que ver con temas sociales
(como por ejemplo el aborto)
b)
Los
preceptos secundarios de la ley natural en sí mismos, donde se encuentran los
grandes principios de ética social (dignidad humana, respeto a sus derechos,
bien común, función social de la propiedad, subsidiariedad, etc.) con máxima
universalidad, sin tener en cuenta las circunstancias históricas concretas.
El magisterio actual ha aclarado bastante sus propios niveles de autoridad
sobre todo en la Veritatis splendor[1] y Sobre la vocación eclesial del teólogo[2].
Tanto a como b pueden ser señalados por el magisterio ya sea positivamente (afirmando
esos grandes principios) o negativamente, cuando advierte o condena sistemas
sociales contradictorios con ellos (como fueron las advertencias contra los
estados y legislaciones laicistas del s. XIX, o las condenas contra los
totalitarismos en el s. XX).
Ahora bien, hay otras cuestiones sociales que no se desprenden directamente de a y b. ESE es el ámbito
“opinable en relación a la Fe”: opinable no
porque no pueda haber ciencias o
filosofía social sobre ellos, sino porque esas ciencias y-o filosofías sociales
corresponden a los laicos y no se
desprenden directamente de las
Sagradas Escrituras, la Tradición o el Magisterio de la Iglesia.
A partir de lo anterior se desprende deductivamente que esos ámbitos
opinables son:
a)
El
estado de determinadas ciencias o conocimientos sociales en una determinada
etapa de la evolución histórica;
b)
la
evaluación de una determinada circunstancia histórica a partir de a,
c)
la
aplicación prudencial de los principios universales a una situación histórica
específica, a la luz de a y b.
Ejemplo: nuestros conocimientos actuales sobre democracia constitucional
(a); el diagnóstico de la falta de instituciones republicanas en América Latina
(b); las propuestas de reforma institucional para América Latina (c).
Todo lo cual muestra toda la hermenéutica
implícita cada vez que hablamos de estos tres niveles en los temas
sociales, y por ende la ingenuidad positivista de recurrir a “facts” para estas cuestiones.
3.2. ¿Señaló el Magisterio este ámbito de opinabilidad?
Por un lado, si. Los
textos son relativamente claros:
a)
León
XIII, Cum multa, 1882: “... también
hay que huir de la equivocada opinión de los que mezclan y como identifican la
religión con un determinado partido político, hasta el punto de tener poco
menos que por disidentes del catolicismo a los que pertenecen a otro partido. Porque
esto equivale a introducir erróneamente las divisiones políticas en el sagrado
campo de la religión, querer romper la concordia fraterna y abrir la puerta a
una peligrosa multitud de inconvenientes”.
b)
León
XIII, Immortale Dei, 1885: “Pero si
se trata de cuestiones meramente políticas, del mejor régimen político, de tal
o cual forma de constitución política, está permitida en estos casos una
honesta diversidad de opiniones”.
c)
León
XIII, Sapientiae christianae, 1890:
“La Iglesia, defensora de sus derechos y respetuosa de los derechos ajenos,
juzga que no es competencia suya la declaración de la mejor forma de gobierno
ni el establecimiento de las instituciones rectoras de la vida política de los
pueblos cristianos”…. “...querer complicar a la Iglesia en querellas de
política partidista o pretender tenerla como auxiliar para vencer a los
adversarios políticos, es una conducta que constituye un abuso muy grave de la
religión”.
d)
León
XIII, Au milieu des sollicitudes,
1891: “En este orden especulativo de ideas, los católicos, como cualquier otro
ciudadano, disfrutan de plena libertad para preferir una u otra forma de
gobierno, precisamente porque ninguna de ellas se opone por sí misma a las
exigencias de la sana razón o a los dogmas de la doctrina católica”.
e)
Pío
XII, Grazie, 1940: “Entre los
opuestos sistemas, vinculados a los tiempos y dependientes de éstos, la Iglesia
no puede ser llamada a declararse partidaria de una tendencia más que de otra.
En el ámbito del valor universal de la ley divina, cuya autoridad tiene fuerza
no sólo para los individuos, sino también para los pueblos, hay amplio campo y
libertad de movimiento para las más variadas formas de concepción políticas;
mientras que la práctica afirmación de un sistema político o de otro depende en
amplia medida, y a veces decisiva, de circunstancias y de causas que, en sí
mismas consideradas, son extrañas al fin y a la actividad de la Iglesia”.
f)
Vaticano
II, Gaudium et spes, 1965: “Muchas
veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en
ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como
sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no
menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos
de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos
tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan
todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a
favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz
mutuamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud
primordial pro el bien común”.
g)
Juan
Pablo II, Centesimus annus, 1991: “Es
superfluo subrayar que la consideración atenta del curso de los
acontecimientos, para discernir las nuevas exigencias de la evangelización,
forma parte del deber de los pastores. Tal examen sin embargo no pretende dar
juicios definitivos, ya que de por sí no atañe al ámbito específico del
Magisterio”.
Podríamos citar algunos textos más, pero, como vemos, la noción en sí misma
de lo opinable es clara.
3.3. Pero por el otro lado...
Pero, sin embargo, habitualmente las cosas no han sido
tan claras. Los textos pontificios sobre temas sociales están inexorablemente
adheridos a las circunstancias históricas, a su interpretación según criterios
de la época y a recomendaciones y aplicaciones en sí mismas prudenciales. Nadie pide que no sea así, el problema
es que los pontífices no se han caracterizado por aclararlo bien. Y no
porque “se descuenten los principios hermenéuticos de interpretación
teológica”. Hemos visto que, comenzando por el tema político, Gregorio XVI y
Pío IX unieron indiscerniblemente a
la recta condena de los estados
laicistas con el intrínsecamente
contingente régimen de ciudadanía = bautismo, que tantos problemas trajo
para la posterior declaración de libertad religiosa. Hemos visto cómo ello fue
aprovechado por los católicos que apoyaron a Mussolini (comenzando por Pío XI)
y Franco, que tuvieron el atrevimiento de presentar eso como “doctrina social de la Iglesia”. Hemos visto cómo ese
error comenzó a remontarse desde Pío XII en adelante, cómo este último tuvo que
“acompañar” al surgimiento de las democracias cristianas de la post-guerra
europea precisamente porque desde ese error se pretendía condenar por hereje al
que pensara lo contrario. Hemos visto que el mismo, clerical e integrista error
siguió en Lefebvre y pasa luego, de peor modo, a la horrorosa mezcolanza que
hacen los teólogos de la liberación entre el comunismo de los medios modernos
de producción y el “pueblo de Dios”. Hemos visto cómo Benedicto XVI tiene que
salir a aclarar qué es lo contingente y qué es lo esencial, y cómo tuvo que
“acompañar” nuevamente a los elementos más contingentes de la modernidad
católica, para ver si la institucionalidad republicana penetraba en la mente de
los integristas católicos de derecha o
izquierda, y hemos visto que casi nadie lo escuchó ni lo entendió. Y todo eso por no haber distinguido en su
momento lo opinable de lo que no lo era.
En el plano económico, temas que
son intrínsecamente opinables en relación a la Fe, han pasado a ser parte de
una especie de pensamiento único que todo católico debería aceptar so pena de
ser un mal católico entre aquellos que recitan de memoria las encíclicas. La leyenda negra de la Revolución Industrial, desde
León XIII en adelante; el capitalismo liberal como el imperialismo
internacional del dinero, desde Pío XI en adelante; un programa casi completo
de política económica, en la última parte de la Mater et magistra de Juan XXIII; la redistribución de ingresos y
la llamada justicia social, desde Pío XI en adelante; la teoría del deterioro
de los términos de intercambio, desde Pablo VI en adelante, y así… hasta hoy. Para colmo gran parte de esas encíclicas son
redactadas por asesores que así convierten sus
personales opiniones (que deberían haber sido debatidas académicamente) en
“Doctrina social de la Iglesia”. La situación no se solucionó porque San Juan Pablo II haya hablado de economía
de mercado en la Centesimus annus:
era obvio que fue un párrafo incrustado por un asesor desde fuera del
pensamiento real de Karol Wojtyla, que, por ende, ni él se lo creyó. Y además
tampoco la solución pasaba porque entonces la economía de mercado pasara a ser,
sin distinciones, otro tema opinable convertido en no opinable…
El problema NO consiste en que un
católico considere que todas esas cosas son verdaderas. El problema es que
desde los pontífices para abajo, sin casi distinciones y aclaraciones, se
consideran parte de la cosmovisión católica de la vida. O sea, el problema NO
consiste en que un católico, sea el pontífice o Juan católico de los Palotes,
opine así, el problema es que lo piense como cuasi-dogma social. Ese es el problema.
3.4. ¿Por qué? Diagnóstico
¿Pero por qué ha sucedido esto? Fundamentalmente
por dos razones.
Primera: en el plano político y económico, los pontífices no han dejado de gobernar. Fueron casi
17 siglos de clericalismo. La desaparición forzada de los estados pontificios
los dejó sin territorios pero sí con el arma moral de la conciencia de los
católicos. Y abusando de su autoridad pontificia –un problema previsto por Lord
Acton– no sólo condenaron rectamente lo que tenían que condenar, sino que
además cada uno de ellos propuso su “plan de gobierno” en encíclicas que
comenzaron a llamarse “Doctrina social de la Iglesia”. Cuidado, no digo que
ello no haya sido históricamente comprensible o que en esos “gobiernos” no haya
habido cosas buenas aunque opinables. Lo que digo es que, al excederse de los
tres temas señalados como no opinables, “gobernaban” en lo contingente, según
visiones también contingentes, y lo peor es que su territorio era el mundo
entero.
En un mundo paralelo imaginario, los pontífices deben tener la “denuncia
profética” de la injusticia a nivel social, rechazando lo que sea
contradictorio con la Fe y la moral católicas, pero las cuestiones afirmativas
–qué sistema social seguir, qué hacer in concreto- deben ser dejadas a los
laicos, que, por ende, tendrían opiniones diferentes entre ellos, ninguna
“oficialmente católica”. Pero no: los pontífices, hasta hoy, hablaron y hablan
sencillamente de todo y prácticamente presentan todo ello como obligatorio para
el laico. Y no como la filosofía, que habla “de todo” pero desde las causas
últimas y los primeros principios. Hablan de todo en cuanto concreto: opciones
concretas, interpretaciones concretas, de política y economía, desde los
sistemas concretos de redistribución de ingresos, pasando por la política
exterior, monetaria, fiscal, agrícola, industrial, cambio climático, medio
ambiente, seguridad, etc. Hasta hoy. El famoso “Compendio de Doctrina Social de
la Iglesia” (op.cit.) es un buen
ejemplo: prácticamente no hay tema que no esté allí contemplado, y entregado al
laico como “tome, esto es lo que tiene que pensar y decir”.
La segunda razón es el radical
desconocimiento del ámbito propio de la ciencia económica, esto es, las
consecuencias no intentadas de las acciones humanas. Casi todos los documentos
pontificios están escritos desde el paradigma de que si hubiera gobiernos
cristianos, y por ende “buenos”, ellos redistribuirían la riqueza, que se da por supuesta; ellos
implantarían la justicia con diversas medidas intervencionistas cuyas consecuencias no intentadas no se
advierten. El mal social proviene de personas malas, no católicas, que
defienden la maldad de un sistema liberal que sólo puede ser defendido desde el
horizonte de la defensa de los intereses del capital.
Con ello, ¿qué lugar queda para la economía como ciencia? Ninguna, excepto
la del contador que hace las cuentas para el obispo. Como mucho, un laico sabrá
de diversos “tecnicismos”, pero las grandes líneas de gobierno ya están
planteadas porque, frente al paradigma anterior, no hay economía como ciencia
sino más bien gobiernos buenos, que harán caso a las encíclicas, o gobiernos
malos, que no. Y punto.
Pero la realidad de la escasez no es así. Como hemos visto cuando
analizamos a los escolásticos, las medidas supuestamente “buenas” de los
gobiernos tienen consecuencias no
intentadas por el “buen” gobernante. Los precios máximos producen escasez; los
mínimos, sobrantes; los salarios mínimos producen desocupación; el control de
la tasa de interés, crisis cíclica; el control de alquileres, faltante de
vivienda; las tarifas arancelarias, monopolios legales e ineficiencia, la
emisión de moneda, inflación, y la socialización de los medios de producción,
imposibilidad de cálculo económico. Siempre
es así pero siempre se vuelven a hacer las mismas cosas suponiendo que alguna
vez un gobernante “más bueno”, “más lector del magisterio”, lo va a hacer “bien”.
Y el que piense lo contrario desconoce o desobedece a “la doctrina social de la
Iglesia”; por ende es un mal católico y un manto de silencio lo cubre en
ambientes eclesiales, como un cadáver al cual se le cubre caritativamente el
cuerpo.
Mientras no se tenga conciencia
de esto, los pontífices seguirán hablando
como si la economía dependiera de las solas y bienintencionadas órdenes de los
gobernantes cristianos, escritas por ellas en sus encíclicas sociales.
3.5. ¿Cuáles son las consecuencias de todo esto?
Son desastrosas, por supuesto. Comencemos por la primera: la
des-autorización del magisterio pontificio.
De igual modo que, a mayor emisión de oferta monetaria, menor valor de la
moneda, a mayor cantidad de temas tratados, menor valor. O sea, se ha producido
una inflación de magisterio pontificio en temas sociales[3],
en cosas totalmente contingentes, que deberían ser tratadas por los laicos. Con
lo cual se ha violado el principio de subsidiariedad en la Iglesia: el
pontífice no debe hacer lo que los obispos pueden hacer, y los obispos no deben
hacer lo que corresponde a los laicos. La invasión directa de la autoridad del pontífice en temas laicales implica que
el pontífice se introduce cada vez más en lo más concreto, donde ha más
posibilidad de error[4]. De igual
modo que los preceptos secundarios de la ley natural demandan una premisa
adicional que no está contenida en los preceptos primarios, mucho más cuando de
los primarios y secundarios se pasa a cuestiones políticas y económicas
irremisiblemente históricas y prudenciales.
Ante esta inflación de magisterio pontificio, se produce un efecto
boomerang. Es imposible una estadística, pero algunos –ya jerarquía o laicos–
no tienen idea de lo que ocurre ni les interesa. Otros, guiados por un sano
respeto al magisterio, repiten todo, desde la Inmaculada Concepción hasta la
última coma de la entrevista del Papa en el avión sobre las marcas dentífricas.
Eso produce un caos total, porque los laicos, inconscientemente, van adaptando
una multitud cuasi-infinita de párrafos pontificios a su ideología opinable
concreta, y van armando una Doctrina Social de la Iglesia a la carta que luego
además se echan los unos a los otros con acusaciones mutuas de infidelidad al
magisterio. Ante este caos, muchos finalmente optan por decir lo que quieren
ante un magisterio que en el fondo se ha metido en lo que no le corresponde.
Otros, finalmente, en silencio,
obedecen al magisterio en sus ámbitos específicos y mantienen en reserva mental
(y en silencio) su posición en temas opinables.
Lo que ha sucedido también es el avance de teologías de avanzada en temas
sociales y dogmáticos. Esto ya fue visto por Pío XII, en su famosa Humani generis, con el intento de
frenarlo[5]. Pero no pudo.
Esas teologías habitualmente desobedecen al Magisterio en todo lo que sea fe y
costumbres pero lo siguen cada vez que el Magisterio avanza en temas sociales
más para la izquierda. Así, en los 60’ y los 70’, los teólogos de la liberación
proclamaban exultantes a la Populorum
progressio mientras ocultaban y silenciaban a la Humanae vitae y al Credo del
Pueblo de Dios. Y así sucesivamente. Y con ello se ha producido una especie
de consenso, un casi pensamiento único en la Iglesia, ante el cual, si eres un
teólogo o pensador católico “de avanzada”, dices absolutamente lo que quieres
en temas de Fe y costumbres, pero en cambio sigues a pie de juntillas el plan
más estatista establecido en la Populorum
progressio, en las Conferencias episcopales latinoamericanas y en las
primeras dos encíclicas sociales de Juan Pablo II[6].
Eso sí: sobre esto, entonces, ya no hay
libertad de opinión. Si no sigues al los nuevos dogmas estatistas, entonces sí
que estás excomulgado. O sea, en lo opinable, pensamiento único; en Fe y
costumbres, lo que quieras.
Todo esto es un caos, del cual no se ha salido en absoluto. El laicado, ante esto, ha quedado, o
totalmente indiferente, con lo cual lo que digan los pontífices en temas de Fe
y costumbres ya no importa, o totalmente clerical, integrista y dividido. Cada
grupo se ha armado su propia versión de la Doctrina Social de la Iglesia, sin
conciencia de lo opinable, cortando y pegando los párrafos que les convienen
–porque la cantidad de párrafos en los asuntos contingentes es tan amplia que
da para ello– y acusando al otro grupo de infidelidad a la Iglesia.
La corrección de todo esto va a tardar mucho. Pero los laicos no deberían pedir a los pontífices expedirse en temas
contingentes, ni estos últimos deberían hablar sobre esos temas. La
cuestión ya no pasa por interpretar lo que dijo Pablo VI sobre comercio
internacional: la cuestión pasa por reconocer que sencillamente no debería haber dicho nada. La cuestión
ya no pasa por interpretar los párrafos de Juan XXIII sobre industria, comercio
e impuestos: la cuestión es que no
debería haber dicho sencillamente de eso, igual que San Josemaría Escrivá
de Balaguer, que nunca invadía los ámbitos propios de los laicos.
La solución del famoso tema de la economía de mercado no pasa, por ende,
por tener un Papa que bendiga y eche agua bendita a las teorías del mercado. La
cuestión pasa por callar y dejar actuar y pensar a los laicos. Establecidos
principios muy generales como propiedad y subsidiariedad, hasta dónde llega la acción del estado es materia de libre discusión
entre los laicos. Si un laico basado en Keynes está de acuerdo con una
política monetaria activa y yo, basado en Mises, estoy de acuerdo con el Patrón
Oro, la solución del problema no pasa porque venga un Papa “aurífero”. Yo no necesito que el Papa se pronuncie en
ese tema. En ese tema, y en la mayor parte de los termas, que se calle y que
deje actuar a los laicos. Así de simple. Y cuando los laicos opinen, que no
tengan párrafos diversos del magisterio para sacralizar, clericalizar su
posición y echársela por la cabeza al laico que piensa diferente.
Así, cuando Roma hable, será importante. Así, cuando Roma hable, será
porque verdaderamente hay que confirmar en la Fe. Así, cuando haya un concilio
ecuménico o una encíclica, será sobre temas de Fe y no sobre cuántos impuestos
haya que cobrar o cuántas empresas haya que estatizar o privatizar. Pueden los
pontífices “acompañar” a una cuestión temporal legítima, si –como sucedió y
sucede– un pontífice anterior y/o los laicos la hubieran convertido en una
herejía, para dejar lugar a la libertad de los laicos en ese tema. Exactamente
como tuvo que hacer Pío XII con la democracia constitucional. Pero ese
“acompañamiento” debería ser la excepción y no la regla.
Para que todo esto pase de la potencia al acto, se necesitan nuevas
generaciones, formadas en todo esto, capaces de hacer y vivir estas
distinciones. No sabemos cuándo y cómo puedo ello ocurrir. Los tiempos de la
Iglesia son de Dios. Humanamente, un cambio así de hábitos intelectuales puede
tardar cientos de años.
[1]
http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html.
[2]http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19900524_theologian-vocation_sp.html.
[3]
Como hemos denunciado en nuestro artículo La
devaluación del magisterio pontificio, op.
cit.
[4] Santo Tomás explica perfectamente el grado de
falibilidad mayor a medida que vamos
descendiendo en las circunstancias concretas de una conclusión
moral-prudencial: “…Por tanto, es manifiesto
que, en lo tocante a los principios comunes de la razón, tanto especulativa
como práctica, la verdad o rectitud es la misma en todos, e igualmente conocida
por todos. Mas si hablamos de las conclusiones particulares de la razón especulativa,
la verdad es la misma para todos los hombres, pero no todos la conocen igualmente.
Así, por ejemplo, que los ángulos del triángulo son iguales a dos rectos es
verdadero para todos por igual; pero es una verdad que no todos conocen. Si se
trata, en cambio, de las conclusiones particulares de la razón práctica, la
verdad o rectitud ni es la misma en todos ni en aquellos en que es la misma es
igualmente conocida. Así, todos consideran como recto y verdadero el obrar de
acuerdo con la razón. Mas de este principio se sigue como conclusión particular
que un depósito debe ser devuelto a su dueño. Lo cual es, ciertamente,
verdadero en la mayoría de los casos; pero en alguna ocasión puede suceder que
sea perjudicial y, por consiguiente, contrario a la razón devolver el depósito;
por ejemplo, a quien lo reclama para atacar a la patria. Y esto ocurre tanto
más fácilmente cuanto más se desciende a situaciones particulares, como cuando
se establece que los depósitos han de ser devueltos con tales cauciones o
siguiendo tales formalidades; pues cuantas más condiciones se añaden tanto
mayor es el riesgo de que sea inconveniente o el devolver o el retener el
depósito” (Suma Teológica, I-II, q.
94 a. 4 c).
[5]Véase:
http://w2.vatican.va/content/pius-xii/es/encyclicals/documents/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html.
[6]
Nos referimos a Laborem exercens y Sollicitudo rei sociales. Cuando salió Centesimus annus, oh casualidad, los
ultra pro-Juan Pablo II callaron repentinamente…
domingo, 12 de abril de 2026
LA FILOSOFÍA MODERNA Y EL CONCILIO VATICANO II EN FRANCISCO LEOCATA
(De mi libro "El legado filosófico del P. Francisco Leocata", Agape, Buenos Aires, 2025).
- Filosofía moderna.
1.1.
La
esencial distinción entre modernidad e iluminismo y la consiguiente
re-organización de la filosofía moderna.
Esta distinción
es transversal y esencial, como ya hemos comenzado a ver, en toda la obra de
Leocata. Tiene algunos lugares clásicos, como los caps. 1 y 11 de Del
Iluminismo a nuestros días, el art. Escepticismo y fideísmo en el s.
XVII, y, desde luego, su penúltimo libro, La vertiente bifucada, en
el cual hay que destacar su cap. I (nuevo), el citado artículo, Una lectura
cartesiana (nuevo), D´Alambert y Diderot (nuevo), y sus reflexiones
finales. El artículo sobre Descartes es especialmente importante (lo
escribe especialmente para esa obra del 2013 y es por ende un artículo de
madurez, donde resume y renueva sus enseñanzas sobre Descartes de todos sus
años de docencia) a tal punto que le dedicaremos todo un capítulo.
La tesis
general, transversal, como dijimos, a toda su obra, es que lo que caracteriza
al Iluminismo (ya moderado, ya radical, como veremos) es su voluntad voluntad
de inmanencia, esto es, la radical decisión de cerrarse a cualquier camino que
conduzca a una visión cristiana sobrenatural del ser humano. La afirmación de
Dios creador como causa primera de lo finito, un espíritu humano cuyo fin
último sea ese Dios trascendente, una ética que trascienda la vida política
inmanente, y todo ello desde una Revelación Cristiana en diálogo con la razón
(y por ende una metafísica del actus essendi) es negada, sospechada o evitada por el
iluminismo, que esencialmente no quiere salir de este mundo. (“Este mundo” en
tanto negación de un mundo creado). Un mundo no creado, sino auto-explicado en
una noción de ciencias naturales como la defensa de la autonomía absoluta del
universo y también de una sociedad cerrada a la influencia cultural del
Cristianismo (secularización en sentido negativo). En términos de Leocata, en
su gran artículo “Dimensión temporal y dimensión trascendente del hombre”
(op.cit), “…una actitud postulatoria por lograr una cultura y una sociedad en
la que el hombre, independizado de toda promesa de trascendencia, debe
comprometerse exclusivamente por su destino temporal, tratar de edificar las
condiciones para una vida terrestre, individual y colectiva, más libre, más
satisfactoria de sus necesidades, dejando de lado, como resabio de una época
mitológica, toda esperanza de una vida en el “más allá”, y también toda
creencia en una Revelación con ella ligada” (p. 79). Pero la modernidad, como tal, no es eso.
Autores del Renacimiento como Pico Della Mirándola (que ya veremos); la Segunda
Escolástica (ahora lo veremos) y, sobre todo, Descartes, Malebranche, Pascal,
Gerdil, Rosmini, son todos pensadores cristianos, que tienen una metafísica que
abre a un Dios creador trascendente, a un destino sobrenatural del hombre, y
por ende ninguno de ellos pueden ser reducidos al Iluminismo. En todos ellos
hay una centralidad del sujeto, una interioridad que es el camino a Dios, que
se convierte luego en inter-subjetividad, en nosotros somos, con
Husserl. Pero ya tendremos tiempo de ocuparnos de este último. Por ahora
volvamos al s. XVII.
Ante
todo, es muy importante para Leocata la tesis de la “aurora inconclusa” de
Henri De Lubac sobre Picco Della Mirándola[1], donde, junto a Fiscino,
hubo una modernidad emanada del Cristianismo, entendida como la afirmación de
una dignidad humana como creatura de Dios, tesis con la cual, no de casualidad,
coincide M. F. Sciacca[2], (al
cual Leocata dedica un importante artículo[3]) continuador en el s. XX de
la filosofía cristiana de Rosmini. Esto es: lejos de ser un movimiento
“antroprocéntrico” hubo en el humanismo del Renacimiento una filosofía
cristiana: “…Sin embargo, la realidad histórica es muy diversa. El
resurgimiento humanista del Renacimiento, al cual se tiende con justicia a
retrotraer el inicio de la filosofía moderna, debe tanto a las fuentes
bíblicas como al pensamiento clásico. Se ha mostrado además como exagerada la
tesis acerca del carácter cosmocéntrico de este último. Y, en fin, es
sencillamente arbitrario considerar al movimiento iluminista como el heredero legítimo
del humanismo bíblico” (Del Iluminismo a nuestros días, p. 434). Y
continúa: “…La reciente investigación de H. De Lubac sobre Pico Della Mirándola
ha demostrado suficientemente la inspiración cristiana de una fuerte corriente
humanista en el Renacimiento, cuyas fuentes más importantes residían en la
patrística griega y cuyos ideales tendían a hermanar el mensaje evangélico con
lo mejor de la cultura antigua. Lo más significativo del humanismo
renacentista no surgió como una reivindicación de la autonomía humana frente a
lo divino. Y ni siquiera como oposición al cosmos físico. En muchos de sus
defensores significó un proyecto, en parte malogrado, de purificación de la
cultura respecto a la sofística de una escolástica decadente, y una búsqueda de
un cristianismo más directo y sincero.” (idem) De lo cual extrae Leocata una de
las conclusiones centrales de toda su obra: “…Puede decirse así que el
humanismo moderno es un ideal que nuestra cultura no ha todavía alcanzado
debido a la pseudo-asimilación iluminista” (idem, las itálicas son nuestras).
Pero todo
lo contrario sucedió con los escépticos del Renacimiento, quienes, siguiendo a
filósofos escépticos griegos, derivaron en los libertinos eruditos, esto es,
Cherron, La Mothe Le Voyer, Pierre Bayle, y sobre todo Monataigne, escepticismo
contra el cual reaccionan precisamente Descartes y Malebranche. La filosofía
cristiana de Descartes y Malebranche es precisamente una reacción cristiana
ante ese escepticismo[4]
gnoseológico y moral. En esto Leocata sigue los esenciales aportes de Del Noce
y Gouthier[5]. Y
parte esencial de esa reacción es la intuición del ser como donado, cosa
esencial a la idea cristiana de creación: “…no obstante, la respuesta y
superación del escepticismo no desemboca como en Descartes en la autoconciencia
del cogito, sino en la tesis fundamental de que para pensar cualquier objeto
hace falta una intuición al menos implícita de la idea del ser” (“Escepticismo
y fideísmo en el giro del s. XVII”, en La vertiente bifurcada, p. 42).
Esto en Malebranche. En Descartes, como veremos luego, “…No puede hablarse en
rigor de una derivación del ser a partir del pensar, sino de un punto en que el
pensar encuentra su verdad en la conciencia de ser” (“Una lectura cartesiana”,
en La vertiente bifurcada, p. 64). Lo mismo en Pascal, a quien Leocata
dedica dos densos artículos[6], porque
su caso es indirecto: la razón humana, en la medida que no salga de un corazón
que es el que tiene plena conciencia de su finitud, es capaz de reconocerse a
sí misma como apertura al infinito, a pesar del pecado original: “…La
concepción inaugurada por Descartes, cualquiera sea la interpretación a que se
la someta, da lugar a una relación íntima entre razón e infinitud, razón y
absolutez. Para Pascal, en el corazón humano habita un instinto, que es
intuición primordial y originaria de los primeros principios y a la vez amor
originario hacia el bien. La razón, puede decirse, nace también de ese instinto
interior, y se abre hacia la comprensión y el conocimiento del mundo. Fuera del
recinto interior, la razón se contrapone a fuerzas complementarias y
antagónicas, como son los sentidos, las pasiones, la acción. Debido a todos
estos lazos, es imposible que la razón se sienta infinita. Está abierta al
infinito, pero radicalmente inserta en una finitud. Uno de los signos
paradójicos de esa condición, es que el pensamiento humano se halla situado en
medio de la infinitud y de la nada” (“Pascal y la crisis de la razón”, op.cit,
p. 61).
Por eso
este aspecto de la filosofía moderna puede entenderse como un cartesianismo
agustinizado (autores que ponen énfasis en la espiritualidad del alma y en Dios
creador, como Arnauld, Merssene, Fanelon) y, por el otro un agustinismo
cartesianizado (Malebranche y su influencia en Gerdil y Rosmini, con el caso
especial de Pascal)[7].
Por lo
tanto, es necesario re-elaborar la lectura de la filosofía moderna[8] como la
dicotomía entre racionalismo por un lado, inaugurado por Descartes, y empirismo
por el otro, inaugurado por Bacon o Locke, siendo ambas corrientes iluministas.
No. La filosofía post-medieval tiene dos vertientes, sí, pero no son esas dos.
Por un lado, la modernidad, esto es, una filosofía cristiana, un pensamiento
cristiano abierto a la trascendencia, donde se ubican los autores citados
recién, y por el otro, el iluminismo, ya radical (libertinos eruditos y
Diderot) o moderado (D´Alambert[9]).
Autores como Leibniz, Wolff, por un lado, y Locke y Berkeley por el otro, se encontrarían
en una posición intermedia, no tan elaborada como la de Kant. Hume es
considerado como decididamente iluminista. Leocata dedica un estudio importante
a Hobbes, Locke, Grocio y Puferndorf en Las ideas ius-filosóficas de
la Ilustración (op.cit.)
1.2.
Las
implicaciones para la noción de “mundo moderno” y el Concilio Vaticano II.
Leocata
tuvo plena conciencia de que su re-elaboración de la filosofía moderna tenía
claras implicaciones para el Concilio Vaticano II. Pero no relaciona a este
último con el agustinismo del s. XVII (del cual sabe, además, que tuvo sus
límites en cuanto al diálogo con las ideas de la Ilustración[10]) sino
con el Renacimiento, como ya hemos visto, y, en menor medida, con algunas
influencias de la filosofía del derecho as Suárez[11]. No nombra a Vitoria o Juan
de Mariana y tiene de J. Locke una versión más iluminista[12].
Estas
ideas están en el ya citado artículo (no muy conocido pero importantísimo)
“Dimensión temporal y dimensión trascendente del hombre”, del 2005. En ese
artículo, luego de comentar brevemente la perplejidad de los cristianos en
general ante la secularización iluminista, afirma: “…La Iglesia, en el Concilio
Vaticano II[13],
advirtió que era preciso acusar recibo de esta nueva situación del cristiano en
el mundo, e inauguró una nueva actitud de diálogo con el mundo moderno, que
implicaba un discernimiento entre las instancias legítimas de la modernidad y
la tendencia secularista que pesaba fuertemente sobre la marcha sociopolítica
de la humanidad. Replanteó, por tanto, en continuidad con su mejor
tradición, el tema de la compatibilidad y complementariedad de la
orientación del hombre hacia Dios y la trascendencia, y el compromiso de una
sociedad más justa y más humana” (p. 76, las itálicas son nuestras). El párrafo
es sorprendentemente similar al ya citado discurso de Benedicto XVI del 2005,
sobre la continuidad y reforma del Vaticano II, donde Benedicto XVI insiste con
la continuidad de la tradición de la Iglesia en el Vaticano II al mismo tiempo
que rescata lo mejor de la modernidad, si bien, volvemos a decir, Leocata no
cita a Ratzinger ni a Benedicto XVI y NO es extraño: la tesis de Leocata es la
interpretación que se derivaba con naturalidad de todo pensador atento a la
tradición de San Agustín, Santo Tomás, San Buenaventura (igual que Ratzinger)
en armonía con el humanismo cristiano que ya se respiraba en el Renacimiento y
en cualquiera que advirtiera que la dignidad natural del hombre, aunque
herida por el pecado, era el punto de unión con un nuevo mundo que dejaba
ya el integrismo y el clericalismo de épocas anteriores.
Citemos
otros párrafos importantes:
“…Durante
el período moderno, es decir el que se inicia aproximadamente con el
Renacimiento, la cultura occidental -la que se había formado en la confluencia
del Cristianismo con elementos importantes de la cultura antigua- había vivido
un proceso de secularización. Este término, difundido especialmente
después de la obra del teólogo protestante F. Gogarten, indica que muchas de
las áreas de la cultura habían procurado y alcanzado un determinado grado de
emancipación respecto a la tutela de la religión, de la teología y de la
autoridad eclesiástica. Es lo que Kant había indicado en parte con la expresión
“mayoría de edad”” (p. 77).
Y sigue:
“…Para no adelantarnos en todos los terrenos, señalemos sólo tres: la
filosofía, la ciencia y la vida política. Cada una de estas dimensiones había
tenido, durante siglos, una dimensión más estrecha, y en buena parte también
subordinada, respecto a la religión, a la teología, a las instituciones de la
Iglesia. El mismo desarrollo de la vigorosa cultura cristiana medieval había
llevado por distintos caminos a un estado de madurez de los tiempos,
mediante el cual el saber humano “natural” -expresado en la filosofía y en las
ciencias nuevas- pedía un estatuto más autónomo con respecto a la Fe y las
Sagradas Escrituras. Además, la historia de las instituciones políticas, con
las ideas filosófico-teológicas que la iban acompañando, y con los importantes
cambios sociales, económicos y culturales, preparaba el terreno para una
secularización del poder temporal. Y no todo ese proceso era negativo.
Baste recordar, por ejemplo, que el mismo Cristianismo -tal como había
sido configurado en la era de los Padres de la Iglesia- a diferencia con
lo que pasó en otras religiones, había puesto el germen de una cierta
secularización, pues reconocía un valor intrínseco a la sabiduría
natural humana, apreciaba lo mejor que nos había legado la antigüedad
grecorromana en la filosofía, la literatura y el arte, el derecho, aunque
veía todos esos elementos como orientados a una verdad superior revelada y a un
orden “sobrenatural”” (p. 79, las itálicas y los subrayados son nuestros).
El
párrafo no tiene desperdicio. Distingue el laicismo de la laicidad (términos
de Pío XII y Benedicto XVI[14]) y se
refiere a esta última como un fruto de la madurez del pensamiento medieval.
Esto es, la continuidad entre lo medieval y lo moderno, a modo de evolución. E
igual que Benedicto XVI, señala cómo el Cristianismo, a diferencia de otras
religiones, recoge y asume lo mejor de la sabiduría humana No revelada: “…Contrariamente
a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a
la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una
revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como
verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón
objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas
estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se
sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado desde el
siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo
un encuentro entre el derecho natural social, desarrollado por los filósofos
estoicos y notorios maestros del derecho romano. De este contacto, nació la cultura
jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante
para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de esta vinculación
precristiana entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través
de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico de la Ilustración, hasta
la Declaración de los derechos humanos y hasta nuestra Ley Fundamental Alemana,
con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 “los inviolables e inalienables
derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la
justicia en el mundo”. (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Alemán del 2011[15], las
itálicas son nuestras). El final del párrafo de Leocata es de una esencial
importancia teológica: “…aunque veía todos esos elementos como orientados a una
verdad superior revelada y a un orden “sobrenatural””. Esto es: la
advertencia de Henri De Lubac[16], de no suponer
que haya una naturaleza pura que no haya sido elevada, caída y redimida,
no implica negar, sino todo lo contrario, una naturaleza humana que, aunque
caída, sea capaz de llegar por sí sola a importantes verdades sobre sí misma,
el derecho, la ciencia y la política, aunque como dijera Santo Tomás,
después de mucho tiempo, por parte de pocos hombres y con mezcla de error. Pero
esos pocos hombres, con mucho tiempo y con mezcla de error, fueron -por citar
sólo algunos ejemplos- los atomistas, los pitagóricos, Platón, Aristóteles y
los estoicos. El Cristianismo no los niega, sino que entra en diálogo con
ellos; el Cristianismo no niega lo natural, sino que lo eleva; pero esa
elevación mantiene lo rectamente justo a lo cual lo natural ha llegado, y permite,
en la madurez del Renacimiento, renovar la noción de dignidad humana (Pico
Della Mirándola); renovar la ciencia (el neopitagorismo cristiano
medieval y el aristotelismo cristiano medieval[17]) y
la filosofía del derecho y la vida social (Segunda Escolástica)[18], y eso permite, a su
vez, el despliegue de un mundo moderno que sobre la base del Catolicismo pueda
reconocer la libertad religiosa y la legítima autonomía de la vida política y
social.
Ya que
hemos citado a Henri De Lubac, a Pico Della Mirándola y al Renacimiento, veamos
el siguiente párrafo de Leocata: “…El drama del mundo moderno consiste en que lo
que podría haberse producido como un proceso no conflictivo, como el inicio
de una nueva puesta en continuidad con las etapas anteriores, tal como la
pensaron y vislumbraron algunos pensadores del Humanismo y el Renacimiento
(aquí Leocata cita a pie de página a la tesis de Henri De Lubac sobre Pico
Della Mirándola[19])
terminó de hecho realzándose como una rebelión, como un secularismo
(para seguir empleando la mencionada expresión de Gogarten) radicalizado,
como una ruptura con la tradición cristiana anterior” (p. 78, las itálicas son
nuestras). Observemos aquí la distinción entre modernidad e iluminismo:
modernidad, como una continuidad con lo medieval, cortado por esas mismas ideas
enfrentadas in-coherentemente con la tradición cristiana anterior (iluminismo).
Por eso Leocata no quiere hablar de “modernidad católica”[20] como un proceso
histórico realizado, sino que, como ya vimos, afirma que “…Puede decirse
así que el humanismo moderno es un ideal que nuestra cultura no ha todavía
alcanzado debido a la pseudo-asimilación iluminista” (Del Iluminismo a
nuestros días, op.cit., p. 434). Pero, como vimos, ese ideal humanista
cristiano ha tenido sin embargo puntos importantes de realización en el rescate
renacentista de la dignidad humana y en el mismo Vaticano II citado por
Leocata.
¿Por qué
decimos “…esas mismas ideas enfrentadas in-coherentemente con la tradición
cristiana anterior”? Porque la ciencia es en sí misma un resultado coherente
del Cristianismo, lo mismo que la dignidad humana y los derechos naturales de
la persona, lo mismo que la laicidad de las instituciones políticas. Lo que
hace el iluminismo es suponer que la ciencia, la libertad política y la
distinción entre la Iglesia y el poder temporal son resultados de la ruptura
con el cristianismo, con lo cual esas ideas y realizaciones se quedan sin su
verdadero sustento, se quedan cortadas de su raíz, se secan, se marchitan y se
vuelven locas precisamente en el Iluminismo como radical voluntad de
inmanencia, proceso histórico que aún no hemos terminado de sufrir y que tal vez
atraviesa ahora sus peores momentos.
[1] La vertiente bifurcada, op.cit.,
p. 34.
[2] “…De la crisis de la escolástica
decadente (Sciacca se refiere a los aristotelismos averroístas y
alejandrinistas contra los cuales se enfrentaría Galileo) nace el Humanismo con
el fin de resolverla. Por lo tanto, el Humanismo se presenta como la tentativa
de reacción frente a la escolástica decadente para renovar sobre un nuevo plano
la mejor Escolástica y precisamente para reunir fe y ciencia, religión y razón.
Pero para el Humanismo el punto de encuentro de estos dos términos
inconmensurables no es ni la naturaleza, ni Dios: es el hombre, hecho a imagen
y semejanza de Dios, el hombre en el que el Verbo se encarnó. En él se da el
encuentro de Dios y de la naturaleza. La filosofía humanista es la filosofía
del hombre, que no sólo no reniega -como veremos mejor dentro de poco- del
Cristianismo, pero ni siquiera de lo mejor de la Escolástica, de la que se
puede considerar, en cierto sentido y hasta cierto punto, como el desarrollo y
la conclusión” (Sciacca, M.F.: Historia de la Filosofía, Luis Miracle,
Barcelona, 1954, cap. XV, p. 262).
[3] “Sciacca,
pensador de un tiempo indigente”, op.cit.
[4] Algo
similar sostiene García Morente (que no es citado por Leocata) en su Prólogo
a Descartes, R.: Discurso del método y Meditaciones metafísicas,
Espasa-Calpe, Madrid, 1979.
[5] Citados especialmente en
“Escepticismo y fideísmo en el s. XVII”, en La vertiente bifurcada,
op.cit.
[6] “Pasión e instinto
en B. Pascal”; y ““Pascal y la crisis de la razón”, op.cit.
[7] Estas distinciones las encontramos
en los artículos citados de La vertiente bifurcada, op.cit.
[8] Hemos sistematizado cómo quedaría
un nuevo esquema de la filosofía moderna a partir de Leocata, en “Una
reorganización de la filosofía moderna a partir de Francisco Leocatra”, en
nuestro blog del 13-8-23, en https://gzanotti.blogspot.com/2023/08/una-re-organizacion-de-la-historia-de.html
[9] Kant es un
caso especial, al cual Leocata le dedica un profundo estudio, como ya dijimos,
en “Kant y la fundación de una nueva Ilustración”, en La vertiente bifurcada,
op.cit. Por razones de espacio hemos decidido no incluir un capítulo específico
sobre las tesis de Leocata sobre Kant, Habermas y la Escuela de Frankfurt,
aunque sobre estos últimos el lector podrá advertir las interpretaciones de
Leocata en sus artículos sobre Husserl y en el resto de sus obras analizadas,
especialmente en el artículo dedicado a La crisis de las ciencias europeas.
Sobre Kant, Leocata difiere de la interpretación habitual como crítico de la
metafísica, y sugiere una interpretación más moderada de ese tema sobre la base
de una relectura de Los prolegómenos a toda metafísica futura. Pero,
además, Leocata presta especial atención a la reconstrucción kantiana de los
temas metafísicos en su ética, NO como incorporando en su razón práctica lo que
había negado en su razón pura, sino como re-construyendo la metafísica desde
la ética. Esa es la propia posición de Leocata sobre la metafísica,
posición que se advierte progresivamente a lo largo de toda su obra,
especialmente, como veremos, en Estudios sobre fenomenología de la praxis
y en su última obra sobre filosofía moral.
[10] Ver al respecto “San Agustín y la
modernidad”, op.cit.
[11] Ver al respecto “Libertad y ley”,
op.cit, y “Conexión entre lo moral y la política de Suárez”, op.cit.
[12] El iluminismo
de Locke podría tener una interpretación más moderna, pero Leocata no está de
acuerdo con ella. Sobre una lectura moderna más escolástica de Locke, véase
Migliore, J.: “John Locke y el problema de la ley natural”, en Libertas
(32), 2000.
[13] Leocata
cita aquí ciertos párrafos de Gaudium et spes que podríian haber sido
perfectamente redactados por él mismo: “… En
nuestros días, el género humano, admirado de sus propios descubrimientos y de
su propio poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la
evolución presente del mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el
universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el
destino último de las cosas y de la humanidad. El Concilio, testigo y expositor
de la fe de todo el Pueblo de Dios congregado por Cristo, no puede dar prueba
mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de
dialogar con ella acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del
Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la
Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es la
persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que
renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y
alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, quien será el objeto
central de las explicaciones que van a seguir”…. “… Para cumplir esta
misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la
época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a
cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la
humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la
mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en
que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con
frecuencia le caracteriza. He aquí algunos rasgos fundamentales del mundo
moderno” (puntos 3 y 4).
[14] Pío XII lo dice en Discorsi e
Radiomessaggi di Sua Santità Pio XII, XX, Ventesimo anno di
Pontificato, 2 marzo - 9 ottobre 1958, https://w2.vatican.va/content/pius-xii/it/speeches/1958/documents/hf_p-xii_spe_19580323_marchigiani.html ; Benedicto XVI en el Discurso del 12-9-2008 al Palacio de
Elíseo, en https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2008/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20080912_parigi-elysee.html
[15] https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2011/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20110922_reichstag-berlin.html
[16] De Lubac, H.: El misterio de lo
sobrenatural, Ediciones Encuentro, Madrid, 1991.
[17]
Ver al respecto Koyré, A.: Del mundo cerrado al universo infinito.
Buenos Aires: Siglo XXI, 1979; Estudios galileanos, Buenos Aires: Siglo
XXI, 1980; Estudios de historia del pensamiento científico; Buenos
Aires: Siglo XXI Editores, 1988; Pensar la ciencia, Barcelona: Paidós, 1984.
[18] La segunda escolástica como un
renacimiento político y económico del Catolicismo dentro de la Modernidad ha
sido tocado por muchos autores (Schumpeter,
Grice-Hutchison, Hayek, De Roover, Kauder, Rothbard, Novak, Liggio, Chafuen,
Termes) pero no es ese el enfoque de Leocata para la modernidad.
[19] L´alba incompiuta del
Rinascimento, Pico Della Mirándola, Milán, Jaca Book, 1977, citado por
Leocata en “Dimensión temporal y dimensión trascendente del hombre”, op.cit, p.
79.
[20] “El debate sobre ilustración y
modernidad”, en La vertiente bifurcada, op.cit. p. 27.
