martes, 31 de mayo de 2022

JAVIER MILEI Y SUS PROPUESTAS

 


Desde que comenzó el fenómeno Milei, me pregunté siempre si los argentinos en general (perdonen la generalización: me refiero a un horizonte cultural que confía mucho en el Estado) estaban preparados para escuchar sin escándalo posiciones que vienen de un liberalismo libertario.

Al principio, sobre todo antes de las elecciones para diputados, Milei parecía haber llegado al corazón de muchos, con su estilo, su estética, su carajeidad, su denuncia a la casta, que no te roben los políticos, que no roben a los que laburan, etc.

Pero últimamente se nota cierto escándalo, difícil de evaluar y clasificar. Lo de eliminar el Banco Central, bueno, parece haber sido pasable. Pero sus últimas declaraciones a favor de la libre portación de armas o su defensa de los manteros han comenzado a llamar la atención de muchos que no entienden de dónde viene todo eso, y otros que sí lo entienden pero aprovechan para ridiculizarlo.

Con el tema de las drogas y de los planes sociales, Milei parecía haber comenzado a distinguir entre corto, mediano y largo plazo.

Pero últimamente no.

La reacción es obvia. La mayoría de los argentinos no sabe, no entiende o no contesta ante posiciones que vienen del movimiento libertario anglosajón. Es un mundo extraño para ellos. Derechos individuales, Bill of Rigths, Segunda Enmienda, eliminar ministerios, regulaciones, esto es, que el Estado NO te cuide, no es algo que los argentinos en general puedan aceptar o entender.

Por eso muchos comunicadores y politicólogos lo ubican en una “extrema derecha”, hombre de paja construido desde una izquierda ilustrada que no logra distinguir entre un libertario y un fascista en el sentido técnico del término. Confundir a un libertario con Mussolini es un grosero error que sin embargo es comprensible desde una socialdemocracia que ha elevado al estado al lugar de un benévolo Leviatan.

Oponerse al acuerdo de París, denunciar la politización del cambio climático, oponerse al totalitarismo de las cuarentenas obligatorias, etc., son obviedades desde una posición libertaria, pero novedades para los oídos argentinos que, como casi todo el mundo, quieren a la ONU como un Estado Mundial.

El libertario no se opone a ESA globalización debido a un nacionalismo, sino porque esa globalización va en contra de las libertades individuales, cosa que no preocupa tanto a movimientos más nacionalistas de derecha, pero tampoco a ciertos liberales que no terminan de ver el inmenso peligro del tema cultural.

Pero, vuelvo a decir, la Argentina no está preparada, culturalmente, para el surgimiento político exitoso de una posición libertaria. Milei es en ese sentido un experimento “empírico” de apasionante resultado final, si fuéramos científicos sociales fuera de este planeta.

¿Hay que elogiar a este último Milei, dispuesto a decir lo que quiera, con el obvio peligro para su campaña presidencial?

Desde cierto punto de vista, claro que sí. No hay en él demagogia ni dobleces.

Pero, me pregunto, hasta qué punto esa posición hubiera sido más efectiva ANTES de presentarse como candidato. Cualquier libertario académico o exitoso en los medios puede darse el lujo de escribir un blog entusiasta a favor de la Segunda Enmienda de los EEUU. Instalar temas está bien.

Desde otro punto de vista, hay una posición superadora entre la honestidad brutal y la demagogia barata, la mentira y ser un político más del montón.

Si Milei fuera cabeza de una alianza, entonces honestidad más prudencia irían de la mano. Una alianza de centro derecha, con todos los sectores liberales moderados y con los sectores nacionalistas moderados, con una declaración de puntos en común y programa de gobierno, implicaría que sus candidatos deberían concentrarse en esos puntos y, si surgen otros, decir sencillamente que eso no están en las prioridades de la alianza en cuestión.

Una alianza que reivindicara en serio las instituciones de la Constitución de 1853, y que tuviera como programa de gobierno bajar el gasto público, eliminar ciertos ministerios, bajar cierta cantidad de impuestos, respetar la autonomía del Banco Central, respetar las libertades educativas y religiosas de las religiones tradicionales, abrir más al merdado en materia de salud y seguridad social, y salirse de la agenda de la ONU en nombre de la soberanía nacional, ya sería un milagro en la Argentina culturalmente estatista-peronistas. Y si formara parte de esa alianza un grupo que se autodenomine peronista, bienvenido sea un poco de nominalismo.

Pero Milei no viene de allí, viene de él mismo. En él está ir hacia la alianza o hacia él. Victoria Villarruel ya fue una alianza. Por qué no continuarla….

domingo, 29 de mayo de 2022

YO DE ECONOMÍA NO SÉ NADA PERO………….

 

 


…………"aquí al lado hay un supermercado lleno de cosas y al mismo tiempo hay gene padeciendo hambre”.

Y listo. Misterio solucionado, problema económico denunciado: la riqueza está mal distribuida; confisquemos el supermercado, repartamos la riqueza entre los pobres.

Esa frase la dijo alguien con muchos estudios.

Pero se las voy a traducir.

“Yo de economía no sé nada”, significa: yo sí se de economía; la economía es esto, repartir, y los que se dicen economistas son unos pérfidos capitalistas explotadores.

“Pero”… Significa: y ahora les voy a decir la verdad.

O sea: el que dice esa frase cree que realmente sabe.

Y que realmente puso el dedo en la llaga.

La verdad me gustaría que alguna vez los que dicen no saber de economía, realmente crean que no saben. 

viernes, 27 de mayo de 2022

UNA MIRADA FILOSÓFICA SOBRE JAVIER MILEI



Javier Milei es ahora un fenómeno político, un futuro candidato, y parece que nada, ni siquiera calmadamente, se puede decir de él sin que entre el tema de si le sumamos o le restamos votos. Puede ser. Pero finalmente he decidido opinar sin que ese tema me condicione.

1.      Rompan la tranquera.

Mi padre, que era pedagogo, tenía una hipótesis general sobre la diferencia entre la palabra escrita y la palabra oral[1]. Como toda hipótesis, es provisoria, falible, apenas un acercamiento a la verdad. Pero como tal, valiosa.

El contexto de su preocupación es el por qué de la falla del racionalismo educativo de la escuela sarmientina. Un pueblo educado no votará nunca a Rosas, dijo el sanjuanino, para escándalo de los rosistas. Pero más allá del ejemplo, la tesis de fondo es la confianza en que la educación formal en las ciencias y en las letras logrará la madurez de los ciudadanos para el ejercicio de sus derechos. Y por eso la acción del Estado en las escuelas primarias.

Esa primera fase de la política educativa, que mi padre llamó la escuela redentora, tenía la fallida, vieja y noble ilusión de suponer que el que conoce el bien, lo practica. Pero no. La naturaleza humana es más compleja. La psicología posterior de las masas (Freud, Fromm) explicó suficientemente lo intrincado de los procesos de alienación y de masificación como para que sigamos con esa noble ilusión, pero como toda noble ilusión, tiene larga vida. Mi padre explicaba luego que en la elección de 1946, la única provincia en la que Perón perdió fue en Corrientes, que ostentaba el índice de analfabetismo más algo. Oh falsación popperiana….

En esa intrincada psicología humana, la palabra oral es frecuentemente más emocional, más pasional, que la letra impresa, que por más calor que tenga el libro, deja siempre un margen mayor para la conciencia crítica. Los grandes discursos, en cambio, dichos con pasión y convencimiento, nos enamoran. No es lo mismo escuchar en vivo a Martin Luther King, haber estado allí, que leerlo luego. No, no es lo mismo.

El ejemplo que daba mi padre fue precisamente Perón. Con mucha ingenuidad, los patrones de estancia de entonces habían amenazado con cerrar la tranquera para que los peones no vayan a votar. Se la dejaron picando al General. “escuchar un mensaje por radiofonía o leerlo impreso en el diario son dos cosas muy distintas. Recordemos el ejemplo de Perón en su último discurso de la campaña electoral del 46: “... salten la tranquera o rompan la tranquera!”. Una cosa era oírlo, otra hubiera sido leerlo, dentro de un amplio texto, en una hoja de papel. Para muchísimos lectores, con seguridad, hubiera sido una frase sin importancia, hubiera pasado quizá inadvertida. Ninguno de sus oyentes, en cambio, la ignoró”[2].

Salten la tranquera. Rompan la tranquera. Tres palabras que muestran que el lenguaje es acción; tres palabras que, escuchadas en su contexto, llegan a la fibra emocional más íntima, menos crítica, del oyente….

Milei es de esos comunicadores intuitivos que se comunicó así con su audiencia. Captó el hartazgo contra los políticos, lo llamó “la casta”, y allí su mensaje se consolidó. Rompan la tranquera, derriben a la casta. La frase, el modo de decirla, la estética, todo encajó. Cuando esos milagrillos suceden los profesionales de la comunicación se quieren matar, pero saben bien que no se necesita ser médico para correr 100 metros en 12 segundos. El que puede, lo hace. Los filósofos lo explicamos después.

2.      La carajeidad.

No sé si Platón estará contento con mi neologismo, pero creo que en su mundo de las ideas habita la idea de un modo de violencia muy especial, una violencia argentina, un horizonte, muy difícil de caracterizar porque es precisamente el aire que respiramos todos.

La violencia a la que me refiero no es la del loco que dispara en una escuela norteamericana, como la que de nuevo hemos sufrido en estos días. No es tampoco la del delincuente, ni tampoco es la violencia más cruelmente racional del psicópata en el poder.

Pulsión de agresión tienen todos, Freud dixit. Pero tal vez los anglosajones, los alemanes y los japoneses la tienen más sublimada en su vida cotidiana. El argentino promedio (me disculparán ese tipo ideal weberiano) tiene menos filtros. Su agresión, su desprecio por el otro en lo cotidiano, la hace pública, sobre todo en su juego de lenguaje, sus juegos de lenguaje, que como sabemos desde Wittgenstein, son los ojos del alma cultural. Che boludo, pelotudo, etc etc etc y demás dulzuras que no estoy acostumbrado a escribir ni a decir, son mini-violencias cotidianas tan habituales que ni las sentimos, pero conforman un tipo cultural de autoritarismo. Son nuestro modo de entendernos. O no. Hace poco funcionario estatal me trató muy mal y yo le respondí “gracias por los consejos y disculpe las molestias”. O sea, fui un b….

Y ese modo de hablar es coherente con nuestro autoritarismo político, sea de izquierda o de derecha. Soñamos con el gran líder, con el gran salvador, soñamos serlo o gozarlo. Somos constructivistas, aunque leamos a Hayek sin entenderlo. El de izquierda piensa: un presidente de izquierda, un ministro de economía de izquierda, y listo. El de derecha, lo mismo: un presidente liberal, un plan económico liberal, y listo. Y ya está. Viva la libertad, carajo.

 

3.      Rápidos y furiosos.

Pero claro, he aquí el gran problema, que, disculpen las molestias, y gracias por los consejos, voy a plantear. Lo planteó Adrián Ravier allá lejos y hace tiempo, lo siguen Roberto Cachanosky, Ricardo Lopez Gottig y, hace poco, Santiago Kovadloff. Nada original de mi parte.

¿Son compatibles la libertad y la carajeidad?

¿Es coherente un liberalismo que llega desde la violencia del lenguaje?

Sí, sé que parece casi necesario ontológicamente que “el único modo de llegar…” sea ese. Pero entonces, ¿tenemos salida?

Si somos todos peronistas culturales, entonces por eso, en el país de los tuertos, Menem fue Rey.

Y si Menem no hubiera cometido los errores que cometió, la pregunta es más difícil aún. ¿Hubiera ganado entonces un tercer mandato? ¿Menem for ever? Todo desregulado, sí, pero, ¿cuál hubiera sido la salida institucional?

 

4.      Milei, Trump, Bolsonaro.

 

Algunos políticólogos lo colocan a Milei en el mismo tipo de líderes populistas de derecha que de liberales no tendrían nada. Son como populistas nacionalistas que se oponen a la globalización en tanto democracia liberal internacional. Pero cuidado, porque, como ya dije una vez, hay dos formas de oponerse a la globalización (https://puntodevistaeconomico.com/2021/01/22/globalizacion-y-globalizacion/) Una es desde cierto nacionalismo local despreocupado, en general, de las libertades individuales. Otra, es recurrir, en estos momentos, a la soberanía nacional como único medio de defenderse contra una globalización que no es más que la globalización del marxismo y del estatismo. En esto último, un liberal clásico podría estar perfectamente.

Trump y Bolsonaro oscilan entre una y otra forma de anti-globalización. Milei, creo, está más formado, es más claro. Ha leído bien a Mises y Rothbard, y su adhesión a la Escuela Austríaca le permite en general diagnosticar bien en materia económica y en materia de libertades. Su problema, como dijimos, es la carajeidad como ideología contradictoria. O sea, un liberalismo violento. Problema, claro, que otros no tienen: los demás son coherentemente violentos.

Pero eso nos lleva al punto que siempre converso con el gran politicólogo Mauricio Vázquez.

¿Por qué los modos de Trump, Bolsonaro y Milei?

¿Por qué no surge un Obama liberal/conservador, un liberal clásico de excelente retórica y buenas formas?

¿Es casualidad o será, como dice Mauricio, que la violencia de izquierda necesita, como legítima defensa, un movimiento que la combata con sus propias armas?

Pero si es así, ¿será capaz la naturaleza humana vestirse de la dictadura de la Antigua Roma y luego dejarla?

 

5.      Sur, Milei y después.

¿Cuáles son entonces los escenarios posibles?

Aquí comienza mi mayor falibilidad.

Uno, que Milei llegue a la presidencia y que comience a “putearse” con todos, incluso con quienes lo votaron cuando descubran lo que realmente votaron. Y que al día siguiente tenga a todos los camiones de Moyano en la Plaza de Mayo.

Dos, que no llegue, que se desinfle, y ya está. Fue una ilusión fugaz.

Esperemos que no.

Tres, que haga alianzas, consensos, que forme equipo, sobre todo con otros liberales y otros anti-kirchneristas no liberales, y que llegue, y que gobierne en un escenario políticamente posible con la tendencia marcada hacia la libertad.

Pero este tercer escenario, ¿es posible en la Argentina?

Como ven he dejado muchas preguntas abiertas. Espero haber llegado un poco a los más tranquilos. Y sobre todo a los tranquilos que rodeen a Milei.



[1] Zanotti, Luis J., Etapas históricas de la políticas educativa, Eudeba, Buenos Aires, 1972, en https://luiszanotti.com.ar/poled.htm

domingo, 22 de mayo de 2022

VALORES, CATOLICISMO Y DESARROLLO ECONÓMICO (Completo).

 UNO

Entre los libros más importantes de Mariano Grondona, se encuentra Las condiciones culturales del desarrollo económico[1]. En ese libro, el autor centra su atención en una pregunta a veces desatendida por planteos demasiado institucionalistas o casi constructivistas[2]: ¿cuáles son los valores morales que favorecen el desarrollo? De ninguna manera se ignora en esa pregunta el valor de instituciones como la Democracia Constitucional y la economía de mercado. La cuestión es hasta qué punto puede sostenerse una reforma liberal a largo plazo sin una profunda transformación cultural. El lamentable caso de Chile parece ser una dura lección en ese sentido.

Sin embargo, el libro parece sugerir, muy indirectamente, la famosa dicotomía de Weber sobre las sociedades protestantes, cuyo sentido del trabajo es favorable al desarrollo, versus las culturas católicas, que serían el caso contrario[3].

Para la relación entre Catolicismo y economía de mercado, el tema es fundamental. Mucho se puede hacer para sostener la no contradicción entre filosofía cristiana y Escuela Austríaca de Economía, o la no contradicción entre la Economía de Mercado y la Doctrina Social de la Iglesia. Pero esa “no contradicción” se queda corta en tanto al tema de los valores culturales. Sí, se puede demostrar, por ejemplo, que el mercado, in abstracto, favorece al bien común, o que la propiedad privada es compatible con la propiedad como precepto secundario se la ley natural, etc. Pero si el Catolicismo como tal favoreciera horizontes culturales hostiles al comercio (“comercio, mercado, si, PERO….”) entonces el problema sería grave.

En estas entregas (esta es la primera) intentaremos conciliar los valores compatibles con el desarrollo con la visión del mundo católica.

Ante todo, ¿cuáles son esos valores que enumera Mariano Grondona?

El primero es la confianza en el individuo. No la ilusión de que la persona ilustrada, como quería Kant[4], es la base del desarrollo, pero sí la confianza en que los hábitos de trabajo de cada persona en particular con básicos para el mercado. Esa confianza es la que implica confiar en sociedades intermedias, fruto de la libre asociación, que puedan dar realidad al principio de subsidiariedad.

El segundo es la moral media. El mercado libre responde a incentivos, entre ellos, la seguridad contractual y la previsibilidad a largo plazo. Para ello, la moral promedio de las personas no tiene por qué ser heroica. Es la moral media de quienes no son ángeles ni demonios, ese individuo empático del cual hablaba Adam Smith[5] pero, a la vez, era también el supuesto de Santo Tomás cuando afirmaba que “la ley humana se promulga para una multitud de hombres, la mayor parte de los cuales no son perfectos en la virtud”[6]. Ello no implica, claro está, negar el llamado universal a la santidad, sino simplemente recordar que la santidad no es condición necesaria para el funcionamiento del libre mercado.

El tercer valor es la conciencia de que la riqueza debe crearse. Sí, el destino universal de los bienes supone que Dios ha creado a la naturaleza física para todos, pero ello no implica que los bienes están dados directamente por la mano de Dios. No, son escasos, y por ende deben ser producidos. El mercado es precisamente el mejor sistema para cumplir con el destino universal de los bienes, porque brinda incentivos suficientes para su producción.

El cuarto es que la competencia es un proceso de cooperación. Mercado y cooperación social son casi lo mismo[7]. Lo contrario de la cooperación entre los seres humanos no es el mercado, sino la guerra. “Guerra comercial”, por ende, es una contradicción en términos. Competir los unos con los otros en cuando a nuestras habilidades es un deber moral. Para cada tarea debe seleccionarse al más idóneo. Ello es necesario para el bien común.

El quinto es el valor de la justicia para la producción. La justicia no es sólo distributiva. Hay también una ética de la producción y una justicia básica en el acto de producir. Por eso la propiedad, el contrato, la libre competencia, son justas. Y muy justas. La distribución implica repartir un presupuesto fijo. Para ello tiene que haber justicia distributiva, sea el presupuesto de una familia, de un club, de una universidad o el que fije el congreso para el gasto público. Pero nada de ello existiría sin la justicia de la producción.

El sexto es el valor moral de la utilidad. La dicotomía entre el deontologismo y el consecuencialismo no favorece al desarrollo, porque se pierde el valor moral de lo que es útil al proceso productivo. En Santo Tomás la propiedad era un precepto secundario precisamente porque era útil. Temas como la libertad de precios o salarios tienen que ver con su utilidad. Si negamos de ello el valor moral, la moral sería monopolio de todo lo que NO es el mercado.

Séptimo, hay usos y costumbres que son esenciales para el desarrollo. La, prolijidad, el amor al trabajo bien hecho, la puntualidad, la cortesía, el respeto a los contratos y a las promesas, el orden, la limpieza, son todos valores que favorecen las relaciones rectas y de confianza mutua entre oferentes y demandantes, donde entre mercado y valores hay por ende un círculo virtuoso.

Octavo, el valor del tiempo futuro. El ahorro, la previsibilidad, como contrarios al derroche y a la ostentación del gasto, son, contrariamente a lo que se piensa habitualmente, valores de mercado. El consumismo no favorece al libre mercado. La frugalidad, el ahorro, en cambio, son valores capitalistas.

Noveno, la felicidad es compatible con la racionalidad. Esta es una herencia de Aristóteles. La felicidad no consiste en el placer irracional ni en el cumplimiento sacrificado y triste del deber. Es cumplir con lo debido porque lo debido surge de nuestro proyecto personal, de la empresa de ser nosotros mismos. Las empresas salen adelante cuando llevan adelante la marca personal, la vocación. Racionalidad y virtud van en ese sentido de la mano.

Décimo, la autoridad no radica en una persona. La autoridad no es le gran líder, ni Pedro, ni Pablo, ni Juan. La autoridad es la ley, en tanto Estado de Derecho. El que está habituado al mercado no obedece a una persona, obedece a la ley, que es lo que garantiza el funcionamiento del mercado.

Once, el mundo es el propio mundo. La virtud no es salvar al mundo mientras no sé ni cómo limpiar mi habitación. La virtud es no creerse Dios y ocuparse, cada uno, de su empresa, de su trabajo, de su profesión, de cada parte del bien común. El mundo sería mejor si cada uno se dedicara a cuidar su jardín, decía Adam Smith, con profunda sabiduría. Los salvadores del mundo son los que lo arruinan.

Pero todo eso, ¿es compatible con las culturas católicas? ¿Es compatible con el valor del trabajo existente en culturas anglosajonas? ¿Cómo entra en todo esto el problema de Max Weber?

Seguiremos con todo ello en la segunda entrega.

 



[1] Ariel-Planeta, Buenos Aires, 1999.

[2] El constructivismo criticado por Hayek es la suposición de que se pueden construir las sociedades como si fueran máquinas, más allá de las tradiciones existentes.

[3] Nos referimos a la famosa tesis de Weber en El espíritu protestante y el origen del capitalismo (1904), FCE, 2003.

[4] Nos referimos a su famoso opúsculo Qué es la Ilustración.

[5] En su famosa obra La teoría de los sentimientos morales.

[6] I-II, Q. 96, a. 2.

[7] Es la tesis central de la filosofía social de Mises, desarrollada especialmente en Liberalismo y en el cap. VII de La Acción Humana

DOS

Todas las virtudes referidas anteriormente se resumen en una: laboriosidad.

Mariano Grondona ejemplifica esto diciendo que las sociedades anglosajonas son matutinas: lo importante es lo que hagas de 9 a 17. Lo demás….

Las culturas latinas, en cambio, serían vespertinas. Para ellas lo importante comienza después del trabajo: la familia, los amigos, el asado. El trabajo, en cambio…. Tiene una connotación trágica: el “laburo” es una pesada carga enviada como castigo de los dioses.

Por supuesto, hay más detalles. Pero como símbolo de un horizonte, me parece apropiado. Es un símbolo, no es una descripción, y menos aún una estadística.

¿Tiene entonces razón Max Weber? ¿Heredan las culturas anglosajonas un mandato calvinista del trabajo, donde el beneficio más la austeridad son signos de la salvación?

Eso es harto discutible, pero creo que es verdad en este sentido: para la cultura judeo-cristiana (sean judíos, protestantes o católicos) el trabajo es un cuasi-sacramental[1]. O sea, tiene algo de sagrado. No es un sacramento, pero, dependiendo de las disposiciones subjetivas de quien lo ejerza, santifica. El Génesis es claro: Dios nos pone en este mundo “para trabajar”.

Que ello haya sido olvidado durante mucho tiempo por una inapropiada separación entre trabajo manual e intelectual, o que se haya infiltrado en algunos católicos ciertas costumbres donde los llamados nobles no trabajan, pero los comerciantes sí; que se haya infiltrado en ciertos cristianos un injusto desprecio por el comercio y la sociedad contractual, no es objeción a que en todo el Antiguo y Nuevo Testamento, el trabajo sea un sacramental. Tal vez haya sido tarde, pero el Vaticano II dijo claramente que todos los laicos están llamados a la santificación por medio de su trabajo y a consagrar al mundo por medio de su trabajo, y Juan Pablo II, en la primera parte de la Sollicitudo rei socialis[2], explica nuevamente el sentido del Génesis como cooperación del hombre con la obra creadora de Dios, como co-creador, de lo cual mucho se podría desarrollar para la economía como conocimiento esencialmente creador de riqueza.

Por lo tanto, no es cuestión de contraponer un protestantismo obsesivo por el trabajo versus un catolicismo fiestero: el llamado a santificarse por el propio trabajo es un llamado esencial para el cristiano, que tiene detrás el llamado a desarrollar la vocación, el ser uno mismo: el trabajo de ser uno mismo, el estar llamado a emprender los talentos de la propia vocación.

Para el cristiano, por ende, sea judío, católico o protestante, la vocación por el trabajo bien hecho es tan esencial que incluso está trabajando siempre, porque está creando siempre, desarrollando su vocación. Las consecuencias económicas de ello son, obviamente, enormes.

Un protestante que trabaja porque es calvinista o un católico que trabaja como algo en sí mismo trágico tienen mal enfocado su cristianismo. El primero, si no es calvinista, ¿dejará de trabajar? Y el segundo, cuando descubra que no hay ninguna tragedia, aunque sí escasez y fortaleza, en trabajar, ¿se sentirá no católico?

La clave de la cuestión es que la santificación por el trabajo y la consagración del mundo en el trabajo se desprenden esencialmente de la fe cristiana.

A partir de aquí, el cristiano es en sí mismo una encarnación de los valores para el desarrollo económico.

Trabaja porque para eso, para ser co-creador, lo ha creado Dios. Después del pecado original, es con el sudor de la frente, pero la cuasi-sacralidad del trabajo se mantiene igual.

Por eso confía en sus fuerzas, en la de su familia y en la de las asociaciones libres.

Por eso se santifica por el trabajo e intercambia y contrata con todas las personas, sean santas o no.

Por eso no espera recibir todo del cielo: lo que recibe del cielo es la Gracia de Dios. Pero la riqueza de este mundo hay que producirla, co-crearla.

Por eso coopera con todos por medio del contrato, no sólo por medio de la caridad.

Por eso es justo en la producción de riqueza: no roba, no hace fraude, no miente, es confiable, llega a tiempo, no hace perder tiempo, es diligente, es bueno en su oficio.

Por eso, también, ahorra, es previsor, hace planes a futuro, porque la co-creación se expande en el tiempo.

Y es feliz así. Su felicidad no es está en no hacer nada ni tampoco en no buscar ni contemplar la vedad. Es Marta y María al mismo tiempo.

Por todo ello no depende ni de premios ni de castigos, ni de ninguna persona en particular. Cumple con la ley y la supera.

Y por ello no es el salvador del mundo, es el custodio de su jardín, no se cree Dios.

Me van a decir: no es eso lo que piensan en general los católicos y menos aún los sacerdotes, obispos y pontífices.

Eso lo dejamos para nuestra tercera entrega.



[1] Desarrollamos más in extenso este punto en el art. “La laboriosidad como virtud esencialmente Judeo-Cristiana”, (2018) Fe y Libertad, Vol. 1 Nro. 1.

TRES

 

Pero todo esto que venimos explicando son, al menos en Latinoamérica, ideas, no creencias, al decir de Ortega. Esto es, son cuestiones académicas, o propuestas novedosas y extrañas, como esta misma entrada, pero no son carne cultural, no son creencias generalizadas que conformen el sentir de una gran cantidad de personas, no son un horizonte, al decir de Gadamer.

Y cómo pasar de las ideas a las creencias es la gran pregunta.

Algunas naciones cambiaron largas tradiciones de autoritarismo luego de una gran guerra. Alemania, Italia, Japón, son ejemplos trágicos del paso del autoritarismo a la democracia y la economía de mercado casi por la fuerza, por una terremoto bélico e institucional que obligó a muchos a aceptar algo que no estaba en su corazón ni en sus expectativas. Cuánta duración puede tener ello es también otra pregunta inquietante.

El Judeo-Cristianismo, en cambio, se hizo cultura, y no por una guerra. Cómo cambió el corazón de millones de habitantes del oriente medio, de Grecia, de Roma, por seguir a Cristo, no por hacer un curso, fue realmente un milagro. Pero sucedió. Occidente nace de Grecia, Roma y el Judeo-Cristianismo porque este último se hace carne, se hace cultura, se convierte en creencias (Ortega), horizonte (Gadamer), tradiciones (Hayek), mundo de la vida (Husserl).

¿Pero cómo puede suceder ello en Latinoamérica?

Desde fines de los 50 y firmemente desde los 60, las diversas expresiones de la teología de la liberación, de origen marxista, capturan la mente del Episcopado Latinoamericano. Sus sucesivas declaraciones (Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida) absorben totalmente la condena en nombre de Cristo al mercado; manejan categorías marxistas de pueblo, explotación, exclusión, etc., y desde allí miran e interpretan Latinoamérica, todo en diversos grados, claro. Esa perspectiva ha ido cambiando a lo largo de los años, pero su núcleo marxista se ha mantenido. Por un lado, condenan al mercado, y por el otro hacen silencio sobre el marco institucional llamado democracia constitucional, marco sobre el cual, paradójicamente desde la misma época, comienzan a hablar y a acompañar Pío XII, Juan XIII y el Vaticano II. Contra ese silencio se levantó, en 1984, la voz premonitoria del P. Rafael Braun[1].

La mayor parte de los obispos latinoamericanos veían como extraña, como “anglosajona”, y muy ligada al capitalismo explotador, a la institucionalidad democrática. La veían como formas extranjeras extrañas al espíritu de un pueblo latinoamericano “católico”, del cual debían surgir, de abajo hacia arriba, las condiciones de una civilización del amor, cristiana, ligada con la vida comunitaria, con las costumbres locales, con el reparto solidario de los bienes; en última instancia, un “pueblo católico” latino versus una democracia constitucional de origen protestante y anglosajón.

Es como si hubieran escrito todo ello para darle la razón a Max Weber.

Sí, es verdad que algunos hablaban y hablan de la “cultura del trabajo”, pero es el trabajo del obrero, no del empresario capitalista, culpable de explotación excepto se demuestre lo contrario, como algún empresario en proceso de canonización, que “a pesar de” ser empresario, “fue bueno, fue cristiano”.

No se concibe la laboriosidad como la del empresario creador, no se concibe a la empresarialidad como un espíritu a ser expandido culturalmente a toda persona, porque la empresarialidad son ideas, no recursos; no se concibe que la riqueza nace de una idea, no se entiende que los recursos NO están dados, y se cree que la escasez se debe a unos pocos infames que han acaparado los recursos y no los han “compartido”.

Esas creencias, repetidas hasta el hartazgo desde púlpitos y declaraciones, no hacen más que sumergir más aún al pueblo latinoamericano en su pobreza; esas creencias, proclamadas como los más altos dogmas, no hacen más que confirmar la miseria y las condiciones indignas de vida de la mayor parte de los latinoamericanos. Justamente lo que creen evitar los abanderados del supuesto pueblo católico versus la explotación capitalista.

Porque no sólo es falso que el libre mercado sea explotador, sino que es contrario a la libertad religiosa hacer de un “pueblo católico” la base de una nación: la base está en la convivencia bajo la diversidad que está garantizada por la libertad religiosa que, se supone, es un emergente del Catolicismo. Impresionante cómo teólogos del pueblo de izquierda y tradicionalistas de derecha coinciden en su odio contra la libertad religiosa y la democracia “liberal” (el pecado), esa democracia liberal que los pecadores Pío XIII, Juan XXIII y Juan Pablo II supieron rescatar y acompañar, con notas a pie de León XIII, y con la corroboración conceptual, hasta ahora insuperable, de Benedicto XVI.

Por lo tanto, el único cambio en paz que Latinoamérica tiene hacia el desarrollo, es que los obispos latinoamericanos vayan asumiendo cada vez más en sus enseñanzas un acompañamiento de la democracia constitucional y la economía de mercado, como comenzó a hacer Pío XIII desde 1939. No porque ambas sean inferencias deductivas del Catolicismo, sino porque a veces el Magisterio puede “acompañar” cierta evolución institucional en tanto señalarla como no contradictoria con la Fe, como hizo León XIII cuando distinguió entre tesis e hipótesis, como hizo Pío XII cuando habló de las condiciones de una sana democracia, como hizo Juan Pablo II cuando comenzó a hablar del mercado en sentido positivo en la Sollicitudo rei socialis y en la Centesimus annus.

La tarea, muy difícil por cierto, es educar en todo esto a una nueva generación de sacerdotes que sean los futuros obispos latinoamericanos que pueden luego hacer lo mismo que Pío XII, Juan XXIII y Juan Pablo II hicieron a nivel de magisterio universal prudencial.

Ese será el único modo en el cual ellos puedan en el futuro convertirse en los educadores informales de los valores para el desarrollo, de tal modo que la mayor parte de los católicos latinoamericanos pueden ir incorporando esas enseñanzas a modo de creencias.

Para terminar, una mala noticia y una buena.

La mala noticia es que puede ser que todo esto sea humanamente imposible.

La buena es que es el único camino que queda, y por ende no queda más que recorrerlo y poner todo en manos de Dios.



[1] https://institutoacton.org/2017/10/18/iglesia-y-democracia-padre-rafael-braun/

VALORES, CATOLICISMO Y DESARROLLO ECONÓMICO (III y última).

Pero todo esto que venimos explicando son, al menos en Latinoamérica, ideas, no creencias, al decir de Ortega. Esto es, son cuestiones académicas, o propuestas novedosas y extrañas, como esta misma entrada, pero no son carne cultural, no son creencias generalizadas que conformen el sentir de una gran cantidad de personas, no son un horizonte, al decir de Gadamer.

Y cómo pasar de las ideas a las creencias es la gran pregunta.

Algunas naciones cambiaron largas tradiciones de autoritarismo luego de una gran guerra. Alemania, Italia, Japón, son ejemplos trágicos del paso del autoritarismo a la democracia y la economía de mercado casi por la fuerza, por una terremoto bélico e institucional que obligó a muchos a aceptar algo que no estaba en su corazón ni en sus expectativas. Cuánta duración puede tener ello es también otra pregunta inquietante.

El Judeo-Cristianismo, en cambio, se hizo cultura, y no por una guerra. Cómo cambió el corazón de millones de habitantes del oriente medio, de Grecia, de Roma, por seguir a Cristo, no por hacer un curso, fue realmente un milagro. Pero sucedió. Occidente nace de Grecia, Roma y el Judeo-Cristianismo porque este último se hace carne, se hace cultura, se convierte en creencias (Ortega), horizonte (Gadamer), tradiciones (Hayek), mundo de la vida (Husserl).

¿Pero cómo puede suceder ello en Latinoamérica?

Desde fines de los 50 y firmemente desde los 60, las diversas expresiones de la teología de la liberación, de origen marxista, capturan la mente del Episcopado Latinoamericano. Sus sucesivas declaraciones (Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida) absorben totalmente la condena en nombre de Cristo al mercado; manejan categorías marxistas de pueblo, explotación, exclusión, etc., y desde allí miran e interpretan Latinoamérica, todo en diversos grados, claro. Esa perspectiva ha ido cambiando a lo largo de los años, pero su núcleo marxista se ha mantenido. Por un lado, condenan al mercado, y por el otro hacen silencio sobre el marco institucional llamado democracia constitucional, marco sobre el cual, paradójicamente desde la misma época, comienzan a hablar y a acompañar Pío XII, Juan XIII y el Vaticano II. Contra ese silencio se levantó, en 1984, la voz premonitoria del P. Rafael Braun[1].

La mayor parte de los obispos latinoamericanos veían como extraña, como “anglosajona”, y muy ligada al capitalismo explotador, a la institucionalidad democrática. La veían como formas extranjeras extrañas al espíritu de un pueblo latinoamericano “católico”, del cual debían surgir, de abajo hacia arriba, las condiciones de una civilización del amor, cristiana, ligada con la vida comunitaria, con las costumbres locales, con el reparto solidario de los bienes; en última instancia, un “pueblo católico” latino versus una democracia constitucional de origen protestante y anglosajón.

Es como si hubieran escrito todo ello para darle la razón a Max Weber.

Sí, es verdad que algunos hablaban y hablan de la “cultura del trabajo”, pero es el trabajo del obrero, no del empresario capitalista, culpable de explotación excepto se demuestre lo contrario, como algún empresario en proceso de canonización, que “a pesar de” ser empresario, “fue bueno, fue cristiano”.

No se concibe la laboriosidad como la del empresario creador, no se concibe a la empresarialidad como un espíritu a ser expandido culturalmente a toda persona, porque la empresarialidad son ideas, no recursos; no se concibe que la riqueza nace de una idea, no se entiende que los recursos NO están dados, y se cree que la escasez se debe a unos pocos infames que han acaparado los recursos y no los han “compartido”.

Esas creencias, repetidas hasta el hartazgo desde púlpitos y declaraciones, no hacen más que sumergir más aún al pueblo latinoamericano en su pobreza; esas creencias, proclamadas como los más altos dogmas, no hacen más que confirmar la miseria y las condiciones indignas de vida de la mayor parte de los latinoamericanos. Justamente lo que creen evitar los abanderados del supuesto pueblo católico versus la explotación capitalista.

Porque no sólo es falso que el libre mercado sea explotador, sino que es contrario a la libertad religiosa hacer de un “pueblo católico” la base de una nación: la base está en la convivencia bajo la diversidad que está garantizada por la libertad religiosa que, se supone, es un emergente del Catolicismo. Impresionante cómo teólogos del pueblo de izquierda y tradicionalistas de derecha coinciden en su odio contra la libertad religiosa y la democracia “liberal” (el pecado), esa democracia liberal que los pecadores Pío XIII, Juan XXIII y Juan Pablo II supieron rescatar y acompañar, con notas a pie de León XIII, y con la corroboración conceptual, hasta ahora insuperable, de Benedicto XVI.

Por lo tanto, el único cambio en paz que Latinoamérica tiene hacia el desarrollo, es que los obispos latinoamericanos vayan asumiendo cada vez más en sus enseñanzas un acompañamiento de la democracia constitucional y la economía de mercado, como comenzó a hacer Pío XIII desde 1939. No porque ambas sean inferencias deductivas del Catolicismo, sino porque a veces el Magisterio puede “acompañar” cierta evolución institucional en tanto señalarla como no contradictoria con la Fe, como hizo León XIII cuando distinguió entre tesis e hipótesis, como hizo Pío XII cuando habló de las condiciones de una sana democracia, como hizo Juan Pablo II cuando comenzó a hablar del mercado en sentido positivo en la Sollicitudo rei socialis y en la Centesimus annus.

La tarea, muy difícil por cierto, es educar en todo esto a una nueva generación de sacerdotes que sean los futuros obispos latinoamericanos que pueden luego hacer lo mismo que Pío XII, Juan XXIII y Juan Pablo II hicieron a nivel de magisterio universal prudencial.

Ese será el único modo en el cual ellos puedan en el futuro convertirse en los educadores informales de los valores para el desarrollo, de tal modo que la mayor parte de los católicos latinoamericanos pueden ir incorporando esas enseñanzas a modo de creencias.

Para terminar, una mala noticia y una buena.

La mala noticia es que puede ser que todo esto sea humanamente imposible.

La buena es que es el único camino que queda, y por ende no queda más que recorrerlo y poner todo en manos de Dios.

viernes, 20 de mayo de 2022

LA MUERTE NO ES EL MOMENTO DE APARECER



Ayer murió el esposo de una íntima amiga de Marcela. Como siempre, aparecieron los hermanos que no habían aparecido en muchos años.

La muerte no es el momento de aparecer. No es el momento de perdonar. No es el momento de comprender, de darnos cuenta lo limitada de nuestra inteligencia para condenar y juzgar. Es antes. Es antes, en vida, que hay que perdonar y abrazar. Después es inútil. El muerto ya sufrió en vida la vara de tu justicia, la misma con la que serás medido después.

miércoles, 18 de mayo de 2022

VALORES, CATOLICISMO Y DESARROLLO ECONÓMICO (II)

Todas las virtudes referidas anteriormente se resumen en una: laboriosidad.

Mariano Grondona ejemplifica esto diciendo que las sociedades anglosajonas son matutinas: lo importante es lo que hagas de 9 a 17. Lo demás….

Las culturas latinas, en cambio, serían vespertinas. Para ellas lo importante comienza después del trabajo: la familia, los amigos, el asado. El trabajo, en cambio…. Tiene una connotación trágica: el “laburo” es una pesada carga enviada como castigo de los dioses.

Por supuesto, hay más detalles. Pero como símbolo de un horizonte, me parece apropiado. Es un símbolo, no es una descripción, y menos aún una estadística.

¿Tiene entonces razón Max Weber? ¿Heredan las culturas anglosajonas un mandato calvinista del trabajo, donde el beneficio más la austeridad son signos de la salvación?

Eso es harto discutible, pero creo que es verdad en este sentido: para la cultura judeo-cristiana (sean judíos, protestantes o católicos) el trabajo es un cuasi-sacramental[1]. O sea, tiene algo de sagrado. No es un sacramento, pero, dependiendo de las disposiciones subjetivas de quien lo ejerza, santifica. El Génesis es claro: Dios nos pone en este mundo “para trabajar”.

Que ello haya sido olvidado durante mucho tiempo por una inapropiada separación entre trabajo manual e intelectual, o que se haya infiltrado en algunos católicos ciertas costumbres donde los llamados nobles no trabajan, pero los comerciantes sí; que se haya infiltrado en ciertos cristianos un injusto desprecio por el comercio y la sociedad contractual, no es objeción a que en todo el Antiguo y Nuevo Testamento, el trabajo sea un sacramental. Tal vez haya sido tarde, pero el Vaticano II dijo claramente que todos los laicos están llamados a la santificación por medio de su trabajo y a consagrar al mundo por medio de su trabajo, y Juan Pablo II, en la primera parte de la Sollicitudo rei socialis[2], explica nuevamente el sentido del Génesis como cooperación del hombre con la obra creadora de Dios, como co-creador, de lo cual mucho se podría desarrollar para la economía como conocimiento esencialmente creador de riqueza.

Por lo tanto, no es cuestión de contraponer un protestantismo obsesivo por el trabajo versus un catolicismo fiestero: el llamado a santificarse por el propio trabajo es un llamado esencial para el cristiano, que tiene detrás el llamado a desarrollar la vocación, el ser uno mismo: el trabajo de ser uno mismo, el estar llamado a emprender los talentos de la propia vocación.

Para el cristiano, por ende, sea judío, católico o protestante, la vocación por el trabajo bien hecho es tan esencial que incluso está trabajando siempre, porque está creando siempre, desarrollando su vocación. Las consecuencias económicas de ello son, obviamente, enormes.

Un protestante que trabaja porque es calvinista o un católico que trabaja como algo en sí mismo trágico tienen mal enfocado su cristianismo. El primero, si no es calvinista, ¿dejará de trabajar? Y el segundo, cuando descubra que no hay ninguna tragedia, aunque sí escasez y fortaleza, en trabajar, ¿se sentirá no católico?

La clave de la cuestión es que la santificación por el trabajo y la consagración del mundo en el trabajo se desprenden esencialmente de la fe cristiana.

A partir de aquí, el cristiano es en sí mismo una encarnación de los valores para el desarrollo económico.

Trabaja porque para eso, para ser co-creador, lo ha creado Dios. Después del pecado original, es con el sudor de la frente, pero la cuasi-sacralidad del trabajo se mantiene igual.

Por eso confía en sus fuerzas, en la de su familia y en la de las asociaciones libres.

Por eso se santifica por el trabajo e intercambia y contrata con todas las personas, sean santas o no.

Por eso no espera recibir todo del cielo: lo que recibe del cielo es la Gracia de Dios. Pero la riqueza de este mundo hay que producirla, co-crearla.

Por eso coopera con todos por medio del contrato, no sólo por medio de la caridad.

Por eso es justo en la producción de riqueza: no roba, no hace fraude, no miente, es confiable, llega a tiempo, no hace perder tiempo, es diligente, es bueno en su oficio.

Por eso, también, ahorra, es previsor, hace planes a futuro, porque la co-creación se expande en el tiempo.

Y es feliz así. Su felicidad no es está en no hacer nada ni tampoco en no buscar ni contemplar la vedad. Es Marta y María al mismo tiempo.

Por todo ello no depende ni de premios ni de castigos, ni de ninguna persona en particular. Cumple con la ley y la supera.

Y por ello no es el salvador del mundo, es el custodio de su jardín, no se cree Dios.

Me van a decir: no es eso lo que piensan en general los católicos y menos aún los sacerdotes, obispos y pontífices.

Eso lo dejamos para nuestra tercera entrega.



[1] Desarrollamos más in extenso este punto en el art. “La laboriosidad como virtud esencialmente Judeo-Cristiana”, (2018) Fe y Libertad, Vol. 1 Nro. 1.