domingo, 8 de mayo de 2022

LA INFORMACIÓN COMO ARMA TOTALITARIA





Hemos sido culturalmente formados en el supuesto de que la verdad radica en una información objetiva que debe ser depositada en una inteligencia pasiva que copia y repite.

Eso ha tenido profundas consecuencias culturales. Que la ciencia es el lugar de los hechos objetivos; que la verdad es la adecuación con los hechos; que la verdad radica en los datos, que las ciencias son una cosa y las humanidades son otras; que el alumno debe tomar nota, repetir y sacarse 10, son sólo algunos de los presupuestos culturales que casi nunca nos cuestionamos. Excepto, claro, que nos agarre el ataque de escepticismo postmoderno ante la “amenaza” de cualquier postura filosófica que quisiera afirmar la existencia de Dios, del alma, de la libertad y de la dignidad humana.

En la comunicación social, el tema es largo. Los hechos son sagrados, las opiniones son libres; que tienes derecho a tu propia opinión, pero no a tus propios hechos, son frases repetidas ad infinitum que evidencian claramente ese positivismo cultural. Lo peor sucedió hace décadas cuando emergió el llamado “derecho a la información”. Para varios autores (europeos, de saco y corbata, con varios idiomas y doctorados) la vieja “libertad de expresión”, el perimido “free speech” debían ceder su lugar al “derecho a la información” que protegiera a los pobres ciudadanos de la mera interpretación sesgada de lo que las pérfidas empresas periodísticas decidieran que era noticia. Y claro, desde luego, ¿quién es el llamado a garantizar ese derecho a la información? El gobierno, desde luego.

El problema se acrecentó desde el 2015 cuando la desesperación del partido demócrata intentó convencer a todo el mundo que Trump estaba diseminando “fake news”. Mentiras siempre hubo, prensa amarillista siempre hubo, pero desde entonces se convirtió en una obsesión.

Una manera de enfocar el tema es reconocer que hay hechos objetivos, pero que no es el gobierno el que debe dictaminar al respecto. Sí, puede haber gente que mienta, ¿pero son los gobiernos los que deben dictaminar quién miente y quién no? Si la respuesta es sí, ¿cómo nos defendemos de las mentiras del gobierno?

Pero ese no es el punto. Lo esencial es que desde hace décadas, la filosofía de las ciencias y la filosofía de la interpretación, esto es, la hermenéutica, han dado un giro de 180 grados que no parece llegar nunca a periodistas, educadores, científicos, filósofos, gobernados y gobernantes.

Ese giro no es postmoderno, no niega que hay verdades, errores y mentiras. Simplemente nos advierte que todo texto, verdadero o no, es un mensaje, y que todo mensaje está proferido desde un ser humano, con su horizonte, hacia otro ser humano, con su horizonte, con un modo de hablar (juego de lenguaje) específico que ya implica un determinado contenido cultural.

Hoy desayuné con un café.

El lector dirá: ¿y eso qué tiene que ver?

Esa es la clave. “Hoy desayuné con un café”, es verdadero. Pero es irrelevante para lo que estamos tratando. En este con-texto, su relevancia consiste en ser un ejemplo.

¿Quién determina la relevancia de un mensaje verdadero? ¿Quién determina cuándo y de qué modo debe decirse?

En una sociedad libre, cada uno de nosotros. Eso es el free speech.

“Eres obeso”, le digo a un amigo, de repente, que efectivamente lo es.

¿Es “misinformation”?

No, es más, en cierto sentido, la fake news es que NO sea obeso.

Malvinas 1982. ¿Invasión o recuperación? ¿Cuál es la fake news allí?

¿Interrupción del embarazo o asesinato del no nacido? ¿Cuál es la fake news?

Entonces “depende de…”. Sí, pero eso no es relativismo o escepticismo. Sí, depende de nuestras convicciones, cuya verdad hay que saber defender y cuya defensa y debate es posible sólo en una sociedad libre, NO en una sociedad donde un gobierno garantice un supuesto “derecho a la información” cuando precisamente hemos visto que la “información” sin con-texto es imposible. Y la información con con-texto ya no es información: es conocimiento.

A partir del 2020, esto llegó al éxtasis del autoritarismo. La OMS decide qué es falso y verdadero, y los que no están de acuerdo con la OMS son negacionistas y conspiranoicos, y son literalmente perseguidos por la justicia, silenciados, apartados de sus cargos, etc.

La vacuna es segura, la vacuna no es segura; sí lo es, pero no “suficientemente”, etc……… ¿Por qué no dejamos que se debata libremente? ¿Cuál es el pánico ante la libre discusión?

Y ahora, el perverso pero coherente gobierno de Biden ha nombrado a una funcionaria para que “vigile” la “misinformation”, “ese gran peligro para la democracia”; sí, claro, ese gran peligro para el Partido Demócrata. Así, ahora, pensar y decir que hay sólo dos sexos, que los padres deben decidir sobre los contenidos educativos de sus hijos o que la elección del 2021 es dudosa (y etc.) es “misinformation” y más aún, “domestic terrorist”. Claro, si Goebbles lo hace está mal pero si lo hace Nina Jankowicz está bien.

Pero lo terrible no es Biden y su banda de totalitarios. Lo terrible es que este tema de la mis-information, las fake news y etc se ha hecho carne en las más nobles carreras de comunicación y en los más altos niveles científicos y filosóficos, donde mucha gente de buenas intenciones creen que están haciendo un favor al mundo “vigilando” la “misinformation”, o sea, vigilando el pensamiento de los que no piensan como ellos.

Así estamos. Y en esto, como en tantas cosas, muere Occidente. 

1 comentario:

Jorge Sànchez dijo...

Muchas gracias ! Es fundamental tomar conciencia de las batallas que esperan a la libertad en lo porvenir. No deje de hacernos pensar..