miércoles, 7 de octubre de 2020

NO BASTA CON SER UN BUEN CIUDADANO. LOS LIBERALES DEBEN ESTAR EN EL CONGRESO.

Si viviéramos en Hayeklandia, donde la política “está bajada de su pedestal” (LLL, III), entonces el espacio de lo público ocuparía un lugar de poca importancia en nuestras vidas y podríamos dejar el poder a quienes tengan una especial vocación por el servicio público. El poder sería tan limitado, sus funciones tan pocas y sus salarios tan bajos, que verdaderamente estarían allí los más estoicos de los ciudadanos. En 1988 me asombró ver a varios ciudadanos del Estado de Pensilvania que no sabían quién era el gobernador, no les importaba y, lo mejor del caso, no necesitaban saberlo. Ahora, como es obvio, las circunstancias cambiaron. De quién sea el gobernador depende que puedan salir de su casa, ir a las iglesias, tomar un café……………….

Por ende todo ha cambiado. La diferencia es que, si los anfi-federalistas NO tienen razón, podríamos decir que los EEUU comenzaron bien. Nosotros, nunca.

La tarea de limitar de vuelta el poder es ciclópea y casi imposible. Porque los poderes políticos se han ido transformando (a medida que la demanda cultural por el estatismo fue en aumento) en diversos aguantaderos de mafiosos y asesinos, y el sobre-dimensionamiento de sus poderes, la ley de partidos políticos y las listas sábanas constituyen un conjunto de incentivos perversos para que los peores lleguen al poder. Por eso se produce la tremenda injusticia de que el destino de nuestras vidas se encuentre en manos de criminales impresentables pero que son “honorables” diputados, senadores, presidentes, vices, ministros y hasta jueces. Sí, hay mucha gente buena en la Argentina, pero esa gente no tiene el menor incentivo para participar en la faz agonal de la política y juntarse con esos bestias.

Pero hay que hacerlo, no queda otra, porque el sistema sólo puede reformarse desde dentro. Lo que queda es la disolución total, la guerra, la revolución, métodos que tienen su propia lógica interna hacia el totalitarismo (la llamada Revolución norteamericana fue un cambio de personas, no de régimen político).

Las fundaciones y los think tanks son muy importantes pero NO suficientes. NO tienen el poder para limitar al poder, punto. La teoría de los círculos que se van expandiendo, de Hayek, tiene sus fallas. Las masas se manejan emocionalmente y no pueden escuchar lo que sus racionales discursos dicen. Los políticos, por ende, nunca olfatean un cambio porque las fundaciones vayan aumentando, sino que olfatean las contradicciones y pasiones de las masas. Excepto que sea un estadista, casualidad de la que no podemos depender.

Las fundaciones, por lo demás, además de tener sus propias internas entre los cuatro gatos locos que las integran, tienen (sin contradicción con lo anterior) problemas graves de fund rising y, en el mejor de los casos (cuando NO hay peleas internas y cuando el fund rising va bien) los que asisten a sus cursos y a sus universities no son héroes que van a minar su prestigio y sus oportunidades laborales hablando todo el día de Mises y Hayek. No, hay muy buenos puestos, por millones de dólares, en corporaciones y organismos internacionales en los cuales hay que portarse bien y no citar a autores que pongan en evidencia sus chanchullos. Muy lindo el curso sobre Mises que hace mucha gente a los 20 años. Pero luego pasó. Qué lindo recuerdo. Pero no entra en la entrevista laboral. Y no estoy criticando a nadie. Las sociedades humanas tienen incentivos, no tiene héroes, y cuando los tienen se encargan bien de destrozarlos.

El único modo de cambiar a corto plazo las cosas es que todos los liberales y conservadores del país se unan en una sola lista para diputados y que entren en la Congreso. Muchos de ellos ya llegan a los medios. Es el momento. Una vez en ella, lo que tiene que hacer es: a) bajarse el sueldo a la mitad; b) NO contratar asesores pagos; c) instalar temas, d) presentar proyectos para derogar legislación, nunca crearla; e) escribir ellos mismos sus propios discursos; f) con todo lo cual recién podrán comenzar a ser el cambio cultural que masas desilusionadas con los políticos habituales puedan comenzar a escuchar.

Fíjense en el ejemplo de Ron Paul: "... un ejemplo de cómo probar otras estrategias nos los ha ofrecido Ron Paul quien, sin dar un paso atrás, manteniendo inmaculados sus principios se subió al ring como miembro del congreso, e inclusive, como precandidato a la presidencia dentro del partido republicano. Desde esa trinchera pudo darle más fuerza a su mensaje y, sobre todo, con su ejemplo enseñarnos que debemos participar en política porque es la forma más potente de provocar cambios, pero siempre manteniendo el supremo objetivo que sean de acuerdo a nuestra filosofía. Y, más importante, la participación en el congreso le proporcionó una tribuna para convertirse en la consciencia de la nación. "

(Ricardo Valenzuela, en https://refugiolibertariol.blogspot.com/2020/10/tiene-futuro-el-liberalismo-en-mexico-i.html?fbclid=IwAR2C1aVdYt2eMr4EdtZf8fNpnFbzrz4pceTQ9rYt7AxtJIm7a1S4QCDd8DU)

Por lo demás, ni se les ocurra presentar candidatos a presidente, desde luego, actualmente es imposible superar el voto cautivo del peronismo y otros partidos (dos más como mucho).

Presentarse como candidato en listas de los partidos dominantes NO es contra la ética SI es que luego se tienen los riñones para resistir las amenazas de muerte de las mafias que intentaron engañar. Es como ser agente encubierto.

Pero, ¿están los liberales y conservadores argentinos a la altura de esta circunstancia histórica?

Lo dudo. Yo no soy como santo Tomás Apóstol, que no creyó hasta que no puso los dedos en las llagas. Pero en política, sí. Hasta que no lo veo, no lo creo.

 

SOBRE EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA EN CUESTIONES SOCIALES

 (Extracto del cap. 7 de https://puntodevistaeconomico.com/2018/02/11/judeocristianismo-civilizacion-occidental-y-libertad-ensayo-sobre-el-origen-esencialmente-judeocristiano-de-la-libertad-en-occidente-biblioteca-ia-no-17-version-kindle/)

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3.      La recuperación de lo opinable

Ha sido evidente que a lo largo de todo este libro hemos tratado de aclarar qué cosas son opinables en relación a la Fe y por eso, cuando algunas intervenciones especiales del Magisterio se inclinaban por un tema opinable que nos favorecía, hemos aplicado la categoría de “acompañamiento” para respetar la libertad de opinión del católico. Ya nos hemos referido a ello y en ese sentido no habría más nada que agregar.

Sin embargo, si estamos hablando de la recuperación del laicado, este es uno de los temas más graves desde fines del s. XIX hasta este mismo año (2018) y lo seguirá siendo, temo, muchos años más, y constituye uno de los problemas más graves de la Iglesia.

 

3.1.     El tema en sí mismo

La cuestión en sí misma no debería presentar ningún problema. Es obvio que “…Lo sobrenatural no debe ser concebido como una entidad o un espacio que comienza donde termina lo natural “, pero ello implica justamente que el ámbito de las realidades temporales debe ser fermentado directamente por los laicos e indirectamente por la jerarquía a través del magisterio que le es propio (me refiero a obispos y al Pontífice). Es obvio también que aunque lo natural sea elevado por la Gracia, ello no borra la distinción entre lo sacro, en tanto el ámbito propio de los sacramentos, y lo no sacro, donde puede haber sacramentales pero según las disposiciones internas de los que los reciban.

En ese sentido, puede haber, a lo largo de los siglos, una enseñanza social de la Iglesia en tanto a:

a)         Los preceptos primarios de la ley natural que tengan que ver con temas sociales (como por ejemplo el aborto)

b)         Los preceptos secundarios de la ley natural en sí mismos, donde se encuentran los grades principios de ética social (dignidad humana, respeto a sus derechos, bien común, función social de la propiedad, subsidiariedad, etc.) con máxima universalidad, sin tener en cuenta las circunstancias históricas concretas.

El magisterio actual ha aclarado bastante sus propios niveles de autoridad sobre todo en la Veritatis splendor[1] y Sobre la vocación eclesial del teólogo[2].

Tanto a como b pueden ser señalados por el magisterio ya sea positivamente (afirmando esos grandes principios) o negativamente, cuando advierte o condena sistemas sociales contradictorios con ellos (como fueron las advertencias contra los estados y legislaciones laicistas del s. XIX, o las condenas contra los totalitarismos en el s. XX).

Ahora bien, hay otras cuestiones sociales que no se desprenden directamente de a y b. ESE es el ámbito “opinable en relación a la Fe”: opinable no porque no pueda haber ciencias o filosofía social sobre ellos, sino porque esas ciencias y-o filosofías sociales corresponden a los laicos y no se desprenden directamente de las Sagradas Escrituras, la Tradición o el Magisterio de la Iglesia.

A partir de lo anterior se desprende deductivamente que esos ámbitos opinables son:

a)         El estado de determinadas ciencias o conocimientos sociales en una determinada etapa de la evolución histórica;

b)         la evaluación de una determinada circunstancia histórica a partir de a,

c)             la aplicación prudencial de los principios universales a una situación histórica específica, a la luz de a y b.

Ejemplo: nuestros conocimientos actuales sobre demo­cracia constitucional (a); el diagnóstico de la falta de instituciones republicanas en América Latina (b); las propuestas de reforma institucional para América Latina (c).

Todo lo cual muestra toda la hermenéutica implícita cada vez que hablamos de estos tres niveles en los temas sociales, y por ende la ingenuidad positivista de recurrir a “facts” para estas cuestiones.

 

3.2.  ¿Señaló el Magisterio este ámbito de opinabilidad?

          Por un lado, si. Los textos son relativamente claros:

a)         León XIII, Cum multa, 1882: “... también hay que huir de la equivocada opinión de los que mezclan y como identifican la religión con un determinado partido político, hasta el punto de tener poco menos que por disidentes del catolicismo a los que pertenecen a otro partido. Porque esto equivale a introducir erróneamente las divisiones políticas en el sagrado campo de la religión, querer romper la concordia fraterna y abrir la puerta a una peligrosa multitud de inconvenientes”.

b)         León XIII, Immortale Dei, 1885: “Pero si se trata de cuestiones meramente políticas, del mejor régimen político, de tal o cual forma de constitución política, está permitida en estos casos una honesta diversidad de opiniones”.

c)         León XIII, Sapientiae christianae, 1890: “La Iglesia, defensora de sus derechos y respetuosa de los derechos ajenos, juzga que no es competencia suya la declaración de la mejor forma de gobierno ni el establecimiento de las instituciones rectoras de la vida política de los pueblos cristianos”…. “...querer complicar a la Iglesia en querellas de política partidista o pretender tenerla como auxiliar para vencer a los adversarios políticos, es una conducta que constituye un abuso muy grave de la religión”.

d)         León XIII, Au milieu des sollicitudes, 1891: “En este orden especulativo de ideas, los católicos, como cualquier otro ciudadano, disfrutan de plena libertad para preferir una u otra forma de gobierno, precisamente porque ninguna de ellas se opone por sí misma a las exigencias de la sana razón o a los dogmas de la doctrina católica”.

e)         Pío XII, Grazie, 1940: “Entre los opuestos sistemas, vinculados a los tiempos y dependientes de éstos, la Iglesia no puede ser llamada a declararse partidaria de una tendencia más que de otra. En el ámbito del valor universal de la ley divina, cuya autoridad tiene fuerza no sólo para los individuos, sino también para los pueblos, hay amplio campo y libertad de movimiento para las más variadas formas de concepción políticas; mientras que la práctica afirmación de un sistema político o de otro depende en amplia medida, y a veces decisiva, de circunstancias y de causas que, en sí mismas consideradas, son extrañas al fin y a la actividad de la Iglesia”.

f)          Vaticano II, Gaudium et spes, 1965: “Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial pro el bien común”.

g)         Juan Pablo II, Centesimus annus, 1991: “Es superfluo subrayar que la consideración atenta del curso de los acontecimientos, para discernir las nuevas exigencias de la evangelización, forma parte del deber de los pastores. Tal examen sin embargo no pretende dar juicios definitivos, ya que de por sí no atañe al ámbito específico del Magisterio”.

Podríamos citar algunos textos más, pero, como vemos, la noción en sí misma de lo opinable es clara.

 

3.3.     Pero por el otro lado...

Pero, sin embargo, habitualmente las cosas no han sido tan claras. Los textos pontificios sobre temas sociales están inexorablemente adheridos a las circunstancias históricas, a su interpretación según criterios de la época y a recomendaciones y aplicaciones en sí mismas prudenciales. Nadie pide que no sea así, el problema es que los pontífices no se han caracterizado por aclararlo bien. Y no porque “se descuenten los principios hermenéuticos de interpretación teológica”. Hemos visto que, comenzando por el tema político, Gregorio XVI y Pío IX unieron indiscerniblemente a la recta condena de los estados laicistas con el intrínsecamente contingente régimen de ciudadanía = bautismo, que tantos problemas trajo para la posterior declaración de libertad religiosa. Hemos visto cómo ello fue aprovechado por los católicos que apoyaron a Mussolini (comenzando por Pío XI) y Franco, que tuvieron el atrevimiento de presentar eso como “doctrina social de la Iglesia”. Hemos visto cómo ese error comenzó a remontarse desde Pío XII en adelante, cómo este último tuvo que “acompañar” al surgimiento de las democracias cristianas de la post-guerra europea precisamente porque desde ese error se pretendía condenar por hereje al que pensara lo contrario. Hemos visto que el mismo, clerical e integrista error siguió en Lefebvre y pasa luego, de peor modo, a la horrorosa mezcolanza que hacen los teólogos de la liberación entre el comunismo de los medios modernos de producción y el “pueblo de Dios”. Hemos visto cómo Benedicto XVI tiene que salir a aclarar qué es lo contingente y qué es lo esencial, y cómo tuvo que “acompañar” nuevamente a los elementos más contingentes de la modernidad católica, para ver si la institucionalidad republicana penetraba en la mente de los integristas católicos de derecha o izquierda, y hemos visto que casi nadie lo escuchó ni lo entendió. Y todo eso por no haber distinguido en su momento lo opinable de lo que no lo era.

En el plano económico, temas que son intrínsecamente opinables en relación a la Fe, han pasado a ser parte de una especie de pensamiento único que todo católico debería aceptar so pena de ser un mal católico entre aquellos que recitan de memoria las encíclicas. La leyenda negra de la Revolución Industrial, desde León XIII en adelante; el capitalismo liberal como el imperialismo internacional del dinero, desde Pío XI en adelante; un programa casi completo de política económica, en la última parte de la Mater et magistra de Juan XXIII; la redistribución de ingresos y la llamada justicia social, desde Pío XI en adelante; la teoría del deterioro de los términos de intercambio, desde Pablo VI en adelante, y así… hasta hoy. Para colmo gran parte de esas encíclicas son redactadas por asesores que así convierten sus personales opiniones (que deberían haber sido debatidas académicamente) en “Doctrina social de la Iglesia”. La situación no se solucionó porque San Juan Pablo II haya hablado de economía de mercado en la Centesimus annus: era obvio que fue un párrafo incrustado por un asesor desde fuera del pensamiento real de Karol Wojtyla, que, por ende, ni él se lo creyó. Y además tampoco la solución pasaba porque entonces la economía de mercado pasara a ser, sin distinciones, otro tema opinable convertido en no opinable…

El problema NO consiste en que un católico considere que todas esas cosas son verdaderas. El problema es que desde los pontífices para abajo, sin casi distinciones y aclaraciones, se consideran parte de la cosmovisión católica de la vida. O sea, el problema NO consiste en que un católico, sea el pontífice o Juan católico de los Palotes, opine así, el problema es que lo piense como cuasi-dogma social. Ese es el problema.

 

3.4.     ¿Por qué? Diagnóstico

¿Pero por qué ha sucedido esto? Fundamentalmente por dos razones.

Primera: en el plano político y económico, los pontífices no han dejado de gobernar. Fueron casi 17 siglos de clericalismo. La desaparición forzada de los estados pontificios los dejó sin territorios pero sí con el arma moral de la conciencia de los católicos. Y abusando de su autoridad pontificia –un problema previsto por Lord Acton– no sólo condenaron rectamente lo que tenían que condenar, sino que además cada uno de ellos propuso su “plan de gobierno” en encíclicas que comenzaron a llamarse “Doctrina social de la Iglesia”. Cuidado, no digo que ello no haya sido históricamente comprensible o que en esos “gobiernos” no haya habido cosas buenas aunque opinables. Lo que digo es que, al excederse de los tres temas señalados como no opinables, “gobernaban” en lo contingente, según visiones también contingentes, y lo peor es que su territorio era el mundo entero.

En un mundo paralelo imaginario, los pontífices deben tener la “denuncia profética” de la injusticia a nivel social, rechazando lo que sea contradictorio con la Fe y la moral católicas, pero las cuestiones afirmativas –qué sistema social seguir, qué hacer in concreto- deben ser dejadas a los laicos, que, por ende, tendrían opiniones diferentes entre ellos, ninguna “oficialmente católica”. Pero no: los pontífices, hasta hoy, hablaron y hablan sencillamente de todo y prácticamente presentan todo ello como obligatorio para el laico. Y no como la filosofía, que habla “de todo” pero desde las causas últimas y los primeros principios. Hablan de todo en cuanto concreto: opciones concretas, interpretaciones concretas, de política y economía, desde los sistemas concretos de redistribución de ingresos, pasando por la política exterior, monetaria, fiscal, agrícola, industrial, cambio climático, medio ambiente, seguridad, etc. Hasta hoy. El famoso “Compendio de Doctrina Social de la Iglesia” (op.cit.) es un buen ejemplo: prácticamente no hay tema que no esté allí contemplado, y entregado al laico como “tome, esto es lo que tiene que pensar y decir”.

La segunda razón es el radical desconocimiento del ámbito propio de la ciencia económica, esto es, las consecuencias no intentadas de las acciones humanas. Casi todos los documentos pontificios están escritos desde el paradigma de que si hubiera gobiernos cristianos, y por ende “buenos”, ellos redistribuirían la riqueza, que se da por supuesta; ellos implantarían la justicia con diversas medidas intervencionistas cuyas consecuencias no intentadas no se advierten. El mal social proviene de personas malas, no católicas, que defienden la maldad de un sistema liberal que sólo puede ser defendido desde el horizonte de la defensa de los intereses del capital.

Con ello, ¿qué lugar queda para la economía como ciencia? Ninguna, excepto la del contador que hace las cuentas para el obispo. Como mucho, un laico sabrá de diversos “tecnicismos”, pero las grandes líneas de gobierno ya están planteadas porque, frente al paradigma anterior, no hay economía como ciencia sino más bien gobiernos buenos, que harán caso a las encíclicas, o gobiernos malos, que no. Y punto.

Pero la realidad de la escasez no es así. Como hemos visto cuando analizamos a los escolásticos, las medidas supuestamente “buenas” de los gobiernos tienen consecuencias no intentadas por el “buen” gobernante. Los precios máximos producen escasez; los mínimos, sobrantes; los salarios mínimos producen desocupación; el control de la tasa de interés, crisis cíclica; el control de alquileres, faltante de vivienda; las tarifas arancelarias, monopolios legales e ineficiencia, la emisión de moneda, inflación, y la socialización de los medios de producción, imposibilidad de cálculo económico. Siempre es así pero siempre se vuelven a hacer las mismas cosas suponiendo que alguna vez un gobernante “más bueno”, “más lector del magisterio”, lo va a hacer “bien”. Y el que piense lo contrario desconoce o desobedece a “la doctrina social de la Iglesia”; por ende es un mal católico y un manto de silencio lo cubre en ambientes eclesiales, como un cadáver al cual se le cubre caritativamente el cuerpo.

Mientras no se tenga conciencia de esto, los pontífices seguirán hablando como si la economía dependiera de las solas y bienintencionadas órdenes de los gobernantes cristianos, escritas por ellas en sus encíclicas sociales.

 

3.5.     ¿Cuáles son las consecuencias de todo esto?

Son desastrosas, por supuesto. Comencemos por la primera: la des-autorización del magisterio pontificio.

De igual modo que, a mayor emisión de oferta monetaria, menor valor de la moneda, a mayor cantidad de temas tratados, menor valor. O sea, se ha producido una inflación de magisterio pontificio en temas sociales[3], en cosas totalmente contingentes, que deberían ser tratadas por los laicos. Con lo cual se ha violado el principio de subsidiariedad en la Iglesia: el pontífice no debe hacer lo que los obispos pueden hacer, y los obispos no deben hacer lo que corresponde a los laicos. La invasión directa de la autoridad del pontífice en temas laicales implica que el pontífice se introduce cada vez más en lo más concreto, donde ha más posibilidad de error[4]. De igual modo que los preceptos secundarios de la ley natural demandan una premisa adicional que no está contenida en los preceptos primarios, mucho más cuando de los primarios y secundarios se pasa a cuestiones políticas y económicas irremisiblemente históricas y prudenciales.

Ante esta inflación de magisterio pontificio, se produce un efecto boomerang. Es imposible una estadística, pero algunos –ya jerarquía o laicos– no tienen idea de lo que ocurre ni les interesa. Otros, guiados por un sano respeto al magisterio, repiten todo, desde la Inmaculada Concepción hasta la última coma de la entrevista del Papa en el avión sobre las marcas dentífricas. Eso produce un caos total, porque los laicos, inconscientemente, van adaptando una multitud cuasi-infinita de párrafos pontificios a su ideología opinable concreta, y van armando una Doctrina Social de la Iglesia a la carta que luego además se echan los unos a los otros con acusaciones mutuas de infidelidad al magisterio. Ante este caos, muchos finalmente optan por decir lo que quieren ante un magisterio que en el fondo se ha metido en lo que no le corresponde. Otros, finalmente, en silencio, obedecen al magisterio en sus ámbitos específicos y mantienen en reserva mental (y en silencio) su posición en temas opinables.

Lo que ha sucedido también es el avance de teologías de avanzada en temas sociales y dogmáticos. Esto ya fue visto por Pío XII, en su famosa Humani generis, con el intento de frenarlo[5]. Pero no pudo. Esas teologías habitualmente desobedecen al Magisterio en todo lo que sea fe y costumbres pero lo siguen cada vez que el Magisterio avanza en temas sociales más para la izquierda. Así, en los 60’ y los 70’, los teólogos de la liberación proclamaban exultantes a la Populorum progressio mientras ocultaban y silenciaban a la Humanae vitae y al Credo del Pueblo de Dios. Y así sucesivamente. Y con ello se ha producido una especie de consenso, un casi pensamiento único en la Iglesia, ante el cual, si eres un teólogo o pensador católico “de avanzada”, dices absolutamente lo que quieres en temas de Fe y costumbres, pero en cambio sigues a pie de juntillas el plan más estatista establecido en la Populorum progressio, en las Conferencias episcopales latinoamericanas y en las primeras dos encíclicas sociales de Juan Pablo II[6]. Eso sí: sobre esto, entonces, ya no hay libertad de opinión. Si no sigues al los nuevos dogmas estatistas, entonces sí que estás excomulgado. O sea, en lo opinable, pensamiento único; en Fe y costumbres, lo que quieras.

Todo esto es un caos, del cual no se ha salido en absoluto. El laicado, ante esto, ha quedado, o totalmente indiferente, con lo cual lo que digan los pontífices en temas de Fe y costumbres ya no importa, o totalmente clerical, integrista y dividido. Cada grupo se ha armado su propia versión de la Doctrina Social de la Iglesia, sin conciencia de lo opinable, cortando y pegando los párrafos que les convienen –porque la cantidad de párrafos en los asuntos contingentes es tan amplia que da para ello– y acusando al otro grupo de infidelidad a la Iglesia.

La corrección de todo esto va a tardar mucho. Pero los laicos no deberían pedir a los pontífices expedirse en temas contingentes, ni estos últimos deberían hablar sobre esos temas. La cuestión ya no pasa por interpretar lo que dijo Pablo VI sobre comercio internacional: la cuestión pasa por reconocer que sencillamente no debería haber dicho nada. La cuestión ya no pasa por interpretar los párrafos de Juan XXIII sobre industria, comercio e impuestos: la cuestión es que no debería haber dicho sencillamente de eso, igual que San Josemaría Escrivá de Balaguer, que nunca invadía los ámbitos propios de los laicos.

La solución del famoso tema de la economía de mercado no pasa, por ende, por tener un Papa que bendiga y eche agua bendita a las teorías del mercado. La cuestión pasa por callar y dejar actuar y pensar a los laicos. Establecidos principios muy generales como propiedad y subsidiariedad, hasta dónde llega la acción del estado es materia de libre discusión entre los laicos. Si un laico basado en Keynes está de acuerdo con una política monetaria activa y yo, basado en Mises, estoy de acuerdo con el Patrón Oro, la solución del problema no pasa porque venga un Papa “aurífero”. Yo no necesito que el Papa se pronuncie en ese tema. En ese tema, y en la mayor parte de los termas, que se calle y que deje actuar a los laicos. Así de simple. Y cuando los laicos opinen, que no tengan párrafos diversos del magisterio para sacralizar, clericalizar su posición y echársela por la cabeza al laico que piensa diferente.

Así, cuando Roma hable, será importante. Así, cuando Roma hable, será porque verdaderamente hay que confirmar en la Fe. Así, cuando haya un concilio ecuménico o una encíclica, será sobre temas de Fe y no sobre cuántos impuestos haya que cobrar o cuántas empresas haya que estatizar o privatizar. Pueden los pontífices “acompañar” a una cuestión temporal legítima, si –como sucedió y sucede– un pontífice anterior y/o los laicos la hubieran convertido en una herejía, para dejar lugar a la libertad de los laicos en ese tema. Exactamente como tuvo que hacer Pío XII con la democracia constitucional. Pero ese “acompañamiento” debería ser la excepción y no la regla.

Para que todo esto pase de la potencia al acto, se necesitan nuevas generaciones, formadas en todo esto, capaces de hacer y vivir estas distinciones. No sabemos cuándo y cómo puedo ello ocurrir. Los tiempos de la Iglesia son de Dios. Humanamente, un cambio así de hábitos intelectuales puede tardar cientos de años.

 



[1] http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_ jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html.

[2]http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19900524_theologian-vocation_sp.html.

[3] Como hemos denunciado en nuestro artículo La devaluación del magisterio pontificio, op. cit.

[4] Santo Tomás explica perfectamente el grado de falibilidad mayor a medida que vamos descendiendo en las circunstancias concretas de una conclusión moral-prudencial: “…Por tanto, es manifiesto que, en lo tocante a los principios comunes de la razón, tanto especulativa como práctica, la verdad o rectitud es la misma en todos, e igualmente conocida por todos. Mas si hablamos de las conclusiones particulares de la razón especulativa, la verdad es la misma para todos los hombres, pero no todos la conocen igualmente. Así, por ejemplo, que los ángulos del triángulo son iguales a dos rectos es verdadero para todos por igual; pero es una verdad que no todos conocen. Si se trata, en cambio, de las conclusiones particulares de la razón práctica, la verdad o rectitud ni es la misma en todos ni en aquellos en que es la misma es igualmente conocida. Así, todos consideran como recto y verdadero el obrar de acuerdo con la razón. Mas de este principio se sigue como conclusión particular que un depósito debe ser devuelto a su dueño. Lo cual es, ciertamente, verdadero en la mayoría de los casos; pero en alguna ocasión puede suceder que sea perjudicial y, por consiguiente, contrario a la razón devolver el depósito; por ejemplo, a quien lo reclama para atacar a la patria. Y esto ocurre tanto más fácilmente cuanto más se desciende a situaciones particulares, como cuando se establece que los depósitos han de ser devueltos con tales cauciones o siguiendo tales formalidades; pues cuantas más condiciones se añaden tanto mayor es el riesgo de que sea inconveniente o el devolver o el retener el depósito” (Suma Teológica, I-II, q. 94 a. 4 c).

[5]Véase: http://w2.vatican.va/content/pius-xii/es/encyclicals/documents/hf _p-xii_enc_12081950_humani-generis.html.

[6] Nos referimos a Laborem exercens y Sollicitudo rei sociales. Cuando salió Centesimus annus, oh casualidad, los ultra pro-Juan Pablo II callaron repentinamente…

domingo, 4 de octubre de 2020

A PROPÓSITO DE WOODY ALLEN (Una reflexión sobre su autobiografía: A propósito de nada, Alianza Editorial, 2020).



Woody Allen acaba de escribir su autobiografía. Creo que es un buen momento. Acaba de cumplir 85, ha hecho unas 50 películas, está afectivamente estable, y su carrera como director parece haber llegado a un impasse por motivos que son de público conocimiento.

El libro, al menos la versión española (lamenté no poder leer su Inglés, o sea, lamento no haber podido leerlo a él) dice ya mucho en su formato. Tapas negras, el título y nada más, sin introducción, sin capítulos, sin índice, en epílogo, sin fotos. Sin nada excepto él.

Por supuesto no vamos a relatar su autobiografía al lector. Allí está el libro. Simplemente vamos a destacar algunos aspectos.

Me llamó la atención que, desde el comienzo, Woody tiene una alta conciencia de la no necesidad de su existencia, conforme a ese existencialismo agnóstico que siempre lo acompañó. Destaca que estuvo a punto de no nacer tres veces, sin que el universo se perdiera nada por ello. La primera vez porque su padre fue uno de los pocos sobrevivientes de un naufragio. La segunda, porque la boda de sus padres estuvo a punto de suspenderse dado que a su padre se le ocurrió robar el diamante de una prima. El tercero fue cuando una niñera lo envolvió en pañales y lo amenazó con asfixiarlo y tirarlo a la basura. Saque el lector las consecuencias psicológicas de esto último.




Otro tema interesante es la opinión que Woody tiene de sí mismo: un analfabeto misántropo al que sólo le gusta el béisbol, el jazz que toca mal, que no leyó nada importante en su vida y un mal aficionado a la magia. Lo único que hace bien es escribir chistes. ¿Intelectual? No, la gente está loca. Nada más lejos. Comenzó a leer algunas cosas para poder salir con chicas; puede intercalar algunas frases sueltas de filosofía, literatura o psicología de modo tal que parezca que él las entiende, y leyó algo de filosofía contemporánea sólo para acompañar los estudios de su primera esposa, Harlene, que obtuvo un Mayor en Filosofía. Filmar películas es una estupidez. Hay que tomar una cámara y tener cuidado de destapar la lente, contratar a buenos actores, dejarles improvisar y hacer lo suyo, y listo. Ah, claro, él escribe el guión, que es lo más importante. Pero nunca ha hecho, según él, una gran película. Genios son Bergman y otros. El no. Jamás ensaya, excepto una vez y le fue mal, nunca ve sus películas, a las 17 se va a ver beisbol o tocar (mal) jazz. Lo único que disfruta es hacer el guión y rodar la película. El éxito no está en sus planes. Lo que diga la gente tampoco. La Rosa Púrpura de El Cairo, Zelig, Broadway Danny Rose, Misterioso asesinato en Manhattan y Sombras y nieblas, son tal vez algunas de las que menos le disgustan. Pero ninguna es una gran película. El Séptimo Sello, esa es una película. Las de él fueron intentos de acercamiento.





La escuela era por supuesto una absoluta estupidez, el Instituto Hebreo también (él quería comer cerdo y las chicas de la sinagoga eran más interesantes que los aburridos rabinos)  y la universidad también.  El sólo escribía chistes. A partir de allí, una cosa fue llevando a la otra, con mucha gente buena en el camino. De los chistes en los diarios a guionista de comediantes, de guionista a comediante monologuista a guionista de una película que él no dirigió y, por supuesto, le arruinaron el guión. Nunca más. Desde entonces jamás filmó nada donde no tuviera total libertad de decidir sobre el guión, aunque nadie fuera a ver el resultado, como le ocurrió varias veces. Sus demás películas siempre tuvieron un público muy limitado, aunque algunas tuvieran gran repercusión, para su total asombro. Cuando terminó de ver Manhattan rogó a los productores que destruyeran el film.




Es impresionante el agradecimiento y la caridad de la que habla de todos: actores, productores, comediantes, escritores y hasta políticos que conoció a lo largo de toda su vida (una vida que, seguramente por el tercer episodio, transcurre en la seguridad de las ciudades y sus restaurantes, bares y clubs). Woody Allen es una persona sensible y empática a pesar de su timidez, que lamenta profundamente los pocos amigos que perdió.




De sus mujeres habla con total amor, respeto y admiración. A sus dos primeras esposas, (Herlene Rosen y Louise Lasser) de las que siguió siempre siendo amigo, las salva totalmente de cualquier responsabilidad en el fracaso de los respectivos matrimonios. Tuvo luego tres relaciones más aunque sin casarse: Diane Keaton, Stacey Nelkin y Mia Farrow. Y finalmente, su tercera esposa, Soon-Yi, con quien afirma tener su verdadero matrimonio, desde 1997, con dos hijas adoptadas.











A Diane Keaton, su amiga eterna, la idolatra, como mujer y como actriz. De Stacey habla con una conmovedora ternura. Pero dedica mucho tiempo a explicar sus problemas con Mia Farrow y la falsedad de sus acusaciones, y se disculpa al final por ello. Es que aunque diga que no le importe, le importa, y creo que sospecha que a algunos también nos importa escuchar su versión.

Nunca vivió con Mia Farrow ni tampoco fue padre adoptivo de la mayor parte de hijos adoptivos de Mia (a quien admira como actriz apenas un poquito por debajo de Diane Keaton). Excepto de Dylan, y además de Moses, que no se sabrá nunca si es hijo de él o de Frank Sinatra.

O sea que nunca fue padre adoptivo de Soon-Yi.

Sobre las desavenencias entre él y Mía, sobre las rarezas de Mía como madre, sabrá el lector en quién confiar. Yo confío en Woody, lo considero una persona honesta, afable, generosa e incapaz de mentir, pero veremos al final por qué la mayor parte de la gente puede admirarlo pero no confiar en él.

Lo que es independiente de la palabra de Woody son los dos informes sobre el supuesto abuso de Dylan Farrow. Creo que Woody merece que el lector los lea. El primero es de la Clínica de Abuso Sexual infantil del Hospital Yale-New Haven: “…Según nuestro dictamen, Dylan no fue sexualmente abusada por el Sr. Allen. Más aún, creemos que las declaraciones videograbadas de Dylan y las que efectuó ante nosotros durante nuestra evaluación no hacen referencia no hacen referencia a sucesos reales que hayan ocurrido el 4 de Agosto de 1992 (…) Para llegar a esa opinión, hemos considerado tres hipótesis como explicación de las declaraciones de Dylan. Primero, que esas declaraciones eran ciertas y que el Sr. Allen había abusado sexualmente de ella; segundo, que las declaraciones de Dylan no eran ciertas sino que habían sido inventadas por una niña emocionalmente vulnerable atrapada en una familia perturbada y que estaba reaccionando a las presiones que tenían lugar en el seno de esa familia; y, tercero, que Dylan fue aleccionada o influida por su madre, la señora Farrow. Si bien podemos concluir que Dylan no sufrió abusos sexuales, no podemos asegurar que el segundo o el tercer supuesto sean ciertos separadamente. Creemos que lo más probable es que una combinación de esos dos supuestos sea lo que mejor explique las acusaciones de abuso sexual efectuadas por Dylan”.

El segundo corresponde al Centro de Bienestar Infantil del Estado de Nueva York:  “No se ha hallado ninguna evidencia creíble de que la niña haya sufrido abusos o malos tratos. Por lo tanto esta denuncia se considera infundada” (7 de Octubre de 1992).

Es debido a estos informes que la acusación nunca llegó a juicio. Sin embargo en el juicio por la tenencia de los niños, a Woody se le prohibió ver a Dylan para siempre, y el dolor que eso significó para él fue terrible.

Mi opinión es que Woody es un genio que, como todos los genios, se ignora. Sabe más de filosofía y de psicoanálisis mucho más de los que tienen 8.000 doctorados en ambas cosas, pero él no se da cuenta. Tampoco se da cuenta de la creatividad que tiene. Para él escribir y filmar una película como las de él es una trivialidad. Y bueno, sí, a Mozart también le era fácil componer y a Unamuno escribir. Al resto de los mortales sólo nos queda admirar y gozar de la belleza regalada por Dios hacia nosotros por medio de estos casi no mortales tocados por la vara del infinito. Justo a Woody, precisamente, que, según sus propias palabras, nunca soportó ser finito.






Por supuesto, a Woody se le acercaba gente muy capaz sin mayores envidias. Pero mi hipótesis es que el público que lo sigue tiene con él una relación amor-odio, y mucho más la gente que no sabe nada de él, escucha algún medio amarillista o ha visto apenas 10 minutos de alguna de sus películas.

Mi falible hipótesis es que así como Toulouse-Lautrec retrataba los cabarets de París, Woody retrata neuróticos. O sea, a todos nosotros, como somos (no como deberíamos ser) con todos nuestros conflictos y debilidades. Por un lado nos divierte, pero por el otro, no nos gusta. Sobre todo, dado que el inconsciente es poderoso, no le perdonamos a Woody que describa, aunque con mucha misericordia, los dramas y a veces ridiculeces de nuestra vida sexo-afectiva. Tampoco esta época contradictoria, de supuesta libertad sexual, le perdona a Woody que haya puesto tanto acento y humor en el tema de nuestras desventuras sexuales. La gente ignora, por lo demás, los profundos valores morales defendidos por Woody en sus películas, sobre todos los temas y también los sexuales, en particular la fidelidad. Lo que ocurre es que los considera muy difíciles en el mundo real. Cualquiera puede opinar lo contrario, por supuesto, especialmente si NO ha visto en profundidad sus casi 50 películas.

Por eso, cuando surgió la acusación de Mía Farrow, muchos dijeron, en su inconsciente, en su discurso latente: “y, claro….. Tenía que ser”.

El último episodio, del de Dylan hablando de su abuso, fue particularmente terrible para Woody. Un Woody que, a pesar de ser un líberal (con tilde en la i) que vota a los demócratas, se dio cuenta del extremo al que había llegado el movimiento me too[1] y el pánico que producía en muchos actores y etc. que le confesaban que creían en él pero no podían hacerlo público. Por supuesto, Woody se encarga de agradecer, uno por uno, a todos los que resistieron ese embate final. Alec Balwin, Blake Lively, Scarlett Johansson, Joy Behar, Waly Shawn, sus dos ex esposas, y por supuesto Diane y Stacey. También Bod Weide, cuyo heroísmo merece una mención a parte por Woody Allen. A la lista se agregan Ray Liotta, Catherine Deneuve, Charlotte Rampling, Jude Law, Isabel Huppert, Pedro Almodovar y Alan Alda.




Pero todo esto lo ha reconcentrado más en sí mismo y ha acentuado esa visión escéptica que siempre tuvo de este mundo cruel. Dice que nada de esto le importa -lo dudo- y vive concentrado en su matrimonio, sus hijas, y sigue escribiendo en su máquina de escribir Olympia que tiene hace desde sus 16 años. No sabemos cómo será el resto de la vida de Woody, pero estamos ahora ante un genio recluido en el refugio de su matrimonio y de su arte. Sus películas son eternas y con eso ha alcanzado su no finitud. Por ahora tenemos a un Woody “triste y melancólico”, que vive con un regalo de Dios, Soon-Yi, y que, según sus propias palabras, más que en los corazones y la mente del público, prefiere seguir viviendo en su casa[2].




 

 

 



[1] Woody afirma, oh herejía, que no necesariamente todo lo que diga una mujer es verdad, y para ello cita el episodio de los chicos de Scotssboro.

[2] Así termina el libro, con otro de sus chistes. Le regalo al lector algunos de los que aparecen en este libro, aunque el humor de Woody es eminentemente contextual y muchos de ellos sólo tienen sentido en el contexto de las anécdotas relatadas:   “…No habrán experimentado lo que es la vida hasta que hayan tenido que esperar en una sala de urgencias con un roedor a las dos de la mañana junto a un hombre que tiene un loro que estornuda” (p. 68; me estoy permitiendo sacar el Español madrileño del traditore/traductor). “…En aquellos tiempos los aviones tenían hélices, lo podían hacer vuelos directos de esa distancia y, lo peor de todo, se desplazaban en el aire” (p. 99). “…¿El universo se está deshaciendo a la velocidad de la luz y a ti te preocupa que un tipo de Sheboygan ponga objeciones al ritmo de tu filme?” (p. 210). Sobre los actores: “Lo cierto es que su no hacen nada desquiciado, como abalanzarse hacia mí con una navaja, tiendo a contratarlos”(p. 214). Sobre su juego de química de la infancia: “…Aún así, logré crear una tintura naranja y teñí de ese color el abrigo marrón de castor de mi madre. Por alguna razón, eso la molestó y trató de matarme con un tenedor para ensaladas…” (p. 311). Sobre la invitación que Bergman le hizo para ir a su isla: “Lo veneraba como artista, ¿pero quién desea subirse a un avión minúsculo para viajar a una isla propiedad de los rusos donde no hay más que ovejas y donde te dan yogur para comer? No soy tan fanático” (p. 340). Sobre cuando practica el clarinete en su casa con Soon-Yi: “Más tarde, ella se pone unas orejas insonorizadas como las que usan los operarios de los aeropuertos supersónicos y yo practico el clarinete” (p. 362). “Es cierto que Soon-Yi tiene una personalidad fuerte y avasalladora y toma todas las decisiones que tienen repercusión en nuestras vida, como dónde vivimos, cuántos niños tendremos, a qué amigos vemos y cómo gastamos nuestro dinero, pero yo sigo siendo el que manda en lo referente a los viajes espaciales” (p. 377). “Desayunamos, almorzamos y cenamos juntos casi todos los días. Cualquiera está tentado a pensar que a estas alturas ya hace tiempo que nos habríamos quedado sin nada que decirnos, pero como el clima cambia constantemente, nunca nos falta un tema de conversación” (p. 379). “Si muriera ahora mismo no podría quejarme…. Como tampoco se quejaría mucha otra gente” (p. 380). “Jamás acepto ningún galardón cuya concesión depende de que yo esté presente en el acto” (p. 392). Sobre Carla Bruni: “Ella miró a su marido en busca de alguna señal sobre qué pensaba de que ella se involucrara con un sucio plebeyo, y como él dijo que no veía nada malo en ella, Bruni aceptó” (p. 399). Sobre Roberto Benigni: “El no hablaba Inglés y yo no hablaba Italiano, de modo que no pude arruinar su intervención con mis instrucciones” (p. 402). “A mí me parece que la única esperanza de la humanidad reside en la magia. Siempre he detestado la realidad, pero es el único lugar donde se consiguen alitas de pollo” (p. 407). “…No puedo negar que encaja con mis fantasías poéticas ser un artista cuya obra no puede verse en su propio país y se ve obligado, debido a circunstancias injustas, a buscar su público en el extranjero. Pienso en el gran Henry Miller. En D.H. Lawrence. En James Joyce. Me veo de pie entre ellos, con actitud desafiante. Es más o menos en ese momento cuando mi mujer me despierta y dice: estás roncando” (p. 431).