jueves, 11 de junio de 2020

ABAJO SAN FRANCISCO DE ASIS: ERA BLANCO Y CATÓLICO. Sobre la absoluta locura en los EEUU.




Que el mundo se ha vuelto más loco que nunca, no cabe duda. Estatuas dañadas o derribadas por doquier. Películas y libros auto-censurados. Peticiones a Trump para que “re-name” todas las bases militares con nombres confederados. Poco falta para que pidan eliminar la Declaración de Independencia porque fue escrita por Jefferson; poco falta para que pidan reemplazar el Inglés por el idioma Hopi. Poco falta en serio, porque saben perfectamente dónde van.

Pero dejemos a un lado, por ahora, a las masas alienadas, carentes de todo pensamiento crítico, con su pulsión de agresión desatada; dejemos por un lado a los ideólogos cuyas ideas son sólo racionalizaciones de su psicosis, dejemos por ahora el caso de los políticos cínicos e inmorales que aprovechan el río revuelto para acumular más poder. Todo eso forma parte de una lamentable realidad psíquica que no es nueva: fue diagnosticada por Freud, Fromm, Ortega, se renueva en todas las etapas de la Historia y este caso, aunque horrible, es uno más.

Este artículo está dirigido en cambio a la persona de buena voluntad que piense si no es correcto cambiar un nombre o remover (pacíficamente) una estatua como “enseñanza” para un tema grave y delicado.

Para responder esta cuestión debemos distinguir tres aspectos morales e históricos: lo totalmente inmaculado, lo más o menos y el mal cuasi-absoluto.

El ideólogo concibe una sociedad perfecta, inmaculada, ante la cual lo más o menos le resulta lo diabólico e intolerable. Por eso, sin paradojas, detrás de su pasión por la santidad social, está su violencia, porque una sociedad más o menos es una agresión intolerable ante la cual la resistencia armada está justificada. Por eso el ideólogo es siempre revolucionario, ya sea de izquierda o de derecha.

Por eso tampoco tolera la historia. Porque la historia de las civilizaciones no es santa ni diabólica. Es gris. Es una evolución.

EEUU, precisamente, es el caso. No nació en la santidad. Como dijo Maritain, tenía el drama de la esclavitud como una espina clavada en su historia. Pero era una situación gris: la Declaración de Independencia había dado las bases de una igualdad racial que coherentemente reclamará Martin Luther King muchos años después.

Y esa peculiar nación evolucionó. Tuvo una guerra civil por ese tema, tuvo el movimiento de derechos civiles de los 60, tuvo su Martin Luther King, y pudo elegir finalmente como presidente a un afroamericano.

Pero los ideólogos neo-marxistas, ahora en los dirigentes del partido demócrata, en sus irresponsables e indolentes Biden y Pelosi, y en AOC, que sabe perfectamente dónde va, y en ANTIFA, que también sabe perfectamente dónde va…. Esos dirigentes, que en ANTIFA pasan de la idea al crimen, no pueden tolerar la historia. No pueden tolerar la evolución. Quieren que la historia sea una santidad absoluta creada a imagen y semejanza de su idea. Y como la historia nunca es eso, la borran. Exactamente como Stalin, como Mao. Ya estaba pasando. No es ahora que la guionista de Friends (Friends, justamente, como si hubiera sido guionada por Mons. Burke) se siente obligada a pedir perdón (porque cuando suba Biden irá presa): ya pasó casi lo mismo con el lobby LGBT, que son iguales pero hasta ahora no habían salido a incendiar todo EEUU de golpe.

Eso pasa siempre. Podemos remontarnos hasta el Big Bang. ¿Quién es perfecto? Para esta gente, ni siquiera San Francisco de Asís, que era blanco y católico. Borremos todo, comencemos de cero. Esa es la unión de Robespierre con el marxismo leninismo. Revolución cultural, Mao. Pero a falta de Mao buenas son Antifas.

Si no estamos atravesados por el pensamiento ideológico, que es una psicosis racionalizada, entonces el criterio de realidad nos hace ver la historia precisamente como lo que es: un más o menos. Todos los documentos, los héroes, las declaraciones, son siempre más o menos. Santos, casi nadie. Se convierten en santos o demonios si los miramos bajo la perspectiva de la ideología, que no admite la realidad humana, que siempre está en el medio.

Pero lo más importante: ese pasado, ese pasado lleno de personas más o menos, nos constituye. Ese pasado es el hoy. Algunas de esas personas permitieron evolucionar para más, otras para menos, y el diagnóstico implica salir del relativismo cultural. La Declaración de Independencia de los EEUU es moralmente buena. NO es perfecta, dijo “men” y no aclaró, pero es moralmente buena. No hay por qué tirarla a la basura. Y lo mismo con generales confederados que seguramente no lucharon por la esclavitud, sino contra lo que consideraban una indebida intromisión del norte. Pero eso no lo saben las masas ignorantes que saquean y destruyen. Sí lo sabe Joe Biden, sí lo sabe Obama, y por ello, Dios les pedirá más en el inevitable Juicio Final. Yo espero que los perdone, claro. Pero se pegarán un buen susto.

¿Es todo lo mismo? No, claro que no. En Stalin, en Hitler, en Mao, no hay ninguna, sencillamente ninguna, autoridad moral. Por ende si en Alemania no hubo, después del 45, estatuas de Hitler, ok. Pero Jefferson no es lo mismo que Hitler. El que lo diga o es un postmoderno escéptico o un ideólogo fanático. Que no sé si se relacionan.

Mientras tanto, sigan, grandes genios del universo. Comiencen por las estatuas de los confederados, borren la serie Friends, borren toda película que no tenga un afro, eliminen la Constitución, la Declaración de Independencia, sigan para atrás, sigan con el Monumento a Napoleón, borren los libros de Historia, que no se hable más de Marco Aurelio o de Alejandro Magno. Borren todo Occidente. Es lo que quieren. Y lo están logrando, bajo la mirada indiferente, abúlica, pero también cínica e indolente, de casi todos.

ARTÍCULO DE MONS. HÉCTOR AGUER: PANDEMIA, CUARENTENA, FUNCIONARIOS, PASTORES: UNA REFLEXIÓN INCÓMODA




La palabra pandemia, como tantas otras de nuestra lengua, procede del griego. Platón y Aristóteles utilizan pandēmía, con el significado de "el pueblo entero"; el adjetivo pandēmios designa lo que es común a todo el pueblo, lo mismo que pándēmos. El Diccionario de la Real Academia Española define el sustantivo: enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. En este lejano sur estamos sufriendo lo mismo que padecen otros países de diferentes latitudes, pero la limitativa cuarentena, que cercena libertades y derechos, es impuesta diversamente en ellas. Los argentinos tenemos que hacer valer nuestra originalidad, ¡faltaría más!. ¡Somos los mejores...!. En otras oportunidades he dicho y escrito que el Estado Argentino se caracteriza por una genética inclinación al autoritarismo, que con facilidad puede encaminarse al totalitarismo. El partido gobernante puede exhibir antecedentes históricos que apenas se recata en disimular. En los días que corren, según aseguran expertos indiscutibles, estamos viviendo al margen de la Constitución Nacional, que consagra un régimen republicano basado en la división de los poderes del Estado. Somos gobernados autoritativamente por el Ejecutivo mediante "Decretos de necesidad y urgencia" (DNU), ni el Congreso de la Nación ni la Justicia funcionan normalmente; están en cuarentena. Un detalle sintomático de la falta elemental de circunspección y cautela: los documentos y comunicaciones oficiales han reemplazado el título República Argentina, por Argentina Presidencia. ¿Continuará todo así cuando la temible pandemia sea un terror felizmente pasado, o se impondrán los métodos expeditivos de la "justicia revolucionaria", el Terror, con mayúscula?. La distracción democrática de nuestro pueblo puede hacernos caer nuevamente en la trampa. Pisar el palito, se dice en nuestro argot. El académico José Gobello apunta en su Nuevo Diccionario Lunfardo, que la expresión alude a cierta técnica de los ladrones de gallinas que, detenidos a alguna distancia del gallinero, tocan suavemente con un palo al animal dormido, al par que silban de un modo especial: la gallina, al despertar, se posa sobre el palo con que ha sido tocada, y el ladrón se retira. Con la presa, claro está. ¡Técnica de ladrones de gallinas!. En los comentarios que anteceden no he hecho más que recoger la opinión de muchísima gente; yo carezco de autoridad en estos temas, lo expongo en mi condición de simple ciudadano. En cambio, en cuanto sigue, me permito hablar como obispo, aunque emérito (o, más bien, demérito), para lamentar las limitaciones que se han impuesto a la libertad de culto. ¿Con qué autoridad el Estado coarta la vida religiosa del pueblo, y decide si se pueden abrir o no los templos, celebrar o no el culto divino?. Ya me he dedicado a la cuestión en mi artículo Cuarentena eclesial. Debo referirme, también, a algunos disparates que he oído, pronunciados impunemente por pastores de la Iglesia. Son expresiones que le dejan a uno helado; que puedan difundirse ponen de manifiesto el grado de decadencia al que hemos llegado, para confusión y desgracia del pueblo de Dios. Lo afirmo con dolor, con pena. 1. Un obispo argentino ha dicho que no se puede recibir la Sagrada Comunión fuera de la Misa, ya que la hostia consagrada "no es una pastilla de Redoxón, que se toma cuando uno quiere" ("Redoxón" es una marca de vitamina C, tradicional entre nosotros). Detrás de esta aventurada declaración se encuentra el error de que el valor de la celebración eucarística reside más en el hecho de la reunión y congregación de los fieles, que en la representación sacramental, objetiva, del misterio pascual, la muerte y resurrección del Señor. Si no me equivoco en esta interpretación, tampoco podría el sacerdote celebrar en privado el Santo Sacrificio; sin pueblo, el "pueblo populista", no habría Misa. No sería exagerado pensar que el autor de la sentencia que critico no ha entendido la doctrina católica sobre la Eucaristía. Quizá cursó ligeramente el tratado siendo seminarista, y aunque haya aprobado el examen, durante su ministerio como presbítero olvidó lo aprendido. Digo esto con respeto y amor hacia un hermano en el episcopado, pero... magis amica veritas. Otra carencia de conocimiento elemental: el Ritual de los Sacramentos, vigente en la Iglesia universal, incluye un formulario para la celebración de la Comunión fuera de la Misa, y allí se indica que ha de emplearse ese rito para la distribución de la Santísima Eucaristía a los enfermos, todos los días si es posible. 2. Otra afirmación episcopal inaceptable: en estos tiempos de pandemia y cuarentena, la piedad cristiana, la devoción, no es la Misa, sino el servicio social. Plena coherencia con los abusos del Estado autoritario; de hecho, aquí los templos no pueden abrirse para el culto de Dios, para la adoración, pero sí para repartir alimentos y vacunar. Algunas iglesias se abren algún rato del día, para que, si quieren, los fieles recen desde la puerta. Considero que en este caso el error consiste en oponer culto divino y servicio social, cuando en verdad el segundo debe hallar en el primero inspiración y fuerza, la de la caridad, bebida en su fuente. El Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en su libro Le soir approche et déjà le jour baisse (Se acerca la tarde y el día casi ha terminado), realizado en colaboración con Nicolas Diat, formula una hipótesis explicativa de casos como el que señalo: Centrados sobre ellos mismos, y sus actividades, preocupados por los resultados humanos de su ministerio, no es raro que obispos y sacerdotes descuiden la adoración. No encuentran tiempo para Dios porque han perdido el sentido de Dios. Dios ya no tiene mucho lugar en su vida. Unos párrafos más adelante, apunta: Muy a menudo, trabajamos al servicio exclusivo del bienestar humano. En estas palabras se alude a una falla teológica, es el archiconocido y funesto desliz del progresismo cristiano. La crisis de la Iglesia está instalada en su interior; desde hace varias décadas, el "mundo" -en el sentido reprobado por el Evangelio- ha penetrado en ella, y se enseñorea sobre las mentes y los corazones. Cristo ya no es el centro, el antropocentrismo lo ha desplazado, el hombre se siente cómodo usurpando el lugar de Dios. En esto consiste la esencia del "mundo moderno", de una cultura digitada por el Padre de la mentira (cf. Jn 8, 44). Pecados ha habido siempre, pero el que he señalado es el peor. 3. Un tercer error en labios episcopales: la desvalorización del precepto de la Misa dominical, que sería algo secundario. No se advierte que es la forma indicada desde siempre por la Iglesia para cumplir con el culto debido a Dios. El mandamiento de la Torá hebrea: Observa el día sábado para santificarlo (Dt 5, 12) ha pasado a ser en la Nueva Alianza la celebración del Domingo, el día del Señor, el de su Pascua semanal. Sin el Domingo no podemos vivir, reza la fórmula de la antigüedad cristiana. No se puede dispensar arbitrariamente y por principio. En nuestro país se verifica en términos agravados lo que también afecta a otros: es ínfimo el porcentaje de católicos fieles al culto dominical. Yo suelo decir que la Argentina es un país donde los católicos no van a Misa. El problema tiene raíces históricas: diócesis y parroquias de enormes dimensiones geográficas; crónica escasez de sacerdotes, y falta de una tradición religiosa que se transmita en la familia. En la actualidad, los niños que concluyen su catequesis para completar la iniciación cristiana se dan por bien cumplidos con su única Comunión; los colegios católicos son elegidos por la mayoría de las familias no porque desean para sus hijos una educación católica, sino porque nuestras instituciones aseguran una calidad de la que carecen las oficiales; que son un verdadero desastre. Los frutos religiosos son mínimos en los jóvenes alumnos. En el contexto que he descrito brevemente, resulta una desubicación pastoral desvalorizar como algo secundario el precepto dominical. Aunque arrecien todas las pandemias posibles. Como complemento de los casos reseñados sumo otro, también de antología. Hace unos días, recibí el llamado telefónico de un joven que, según me dijo, sigue todos los sábados una breve columna que desde hace 22 años conservo en un canal de televisión abierta; yo no lo conocía. Me contó que en su barrio -vive en una localidad del Gran Buenos Aires-, la iglesia estuvo cerrada el comienzo de la cuarentena; recientemente comenzó a abrir un rato cada día, aunque sin celebración alguna. Consiguió encontrar al sacerdote, y le pidió confesarse, pero el presbítero no quiso atenderlo, porque estamos en cuarentena... El muchacho, azorado, se preguntaba si tal sacerdote tendría fe. Le sugerí que escribiera al obispo diocesano para referirle el penoso hecho, y solicitarle le indicara dónde podría recibir el sacramento. Cosas veredes, Sancho... Todo esto ocurre en un país de cierta mayoría católica (¿qué significará este título?). Algo muy diferente se vive en un país de mayoría protestante. El presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, con ocasión del Día de la oración, que allí se celebra, hizo una exhortación pública muy sentida y teológicamente impecable: hay que rezar, y mucho, pidiéndole a Dios que nos salve del flagelo que estamos sufriendo. Esta circunstancia me hizo recordar el castigo que recibió David por la presunción que lo llevó a decidir el censo del pueblo de Israel: el Ángel exterminaba al pueblo mediante la peste; murieron 70 mil hombres. Pero Dios detuvo el exterminio; dijo al Ángel: ¡Basta ya!. ¡Retira tu mano! (2 Sam 24, 16; cf. 1 Cr 21, 15). Una expresión muy bella de la misericordia divina, independientemente de los hechos históricos. También nosotros debemos rogar que el Ángel detenga su espada. Que la fe y la esperanza inspiren la plegaria.

+ Mons. Héctor Aguer Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Académico Correspondiente de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro. Académico Honorario de la Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino (Roma).

lunes, 8 de junio de 2020

EEUU: NO HAY MOTIVOS PARA EL OPTIMISMO



Las masas, esas masas rebeldes de las que habla Ortega, se han rebelado una vez más. La Declaración de la Independencia (que citó M. Luther King en su famoso discurso) no significa nada para ellas. Tampoco la enmiendas o la Constitución. Tampoco significan nada para los líderes del partido demócrata, los cuales, creo, son peores que los kirchneristas, lo cual es mucho decir. 

Eso nos da una pena profundísima (http://gzanotti.blogspot.com/2019/03/estados-unidos-una-pena-profunda.html); (http://gzanotti.blogspot.com/2020/06/eeuu-una-pena-profundisima.html) pero..... No debe sorprendernos. Es exactamente la pulsión de agresión irracional, alienada, desatada, que explicó Freud, no sin preocupación, en su El Malestar en la Cultura, en cuyo final advierte sobre la posibilidad de supervivencia de la civilización. Era 1930.

Ante ello, es menester recordar una vez que la democracia, a secas, siempre tuvo un peligro intrínseco de masificación, como muy bien recuerda Pío XII en su olvidada Benignitas et humanistas (http://www.vatican.va/content/pius-xii/es/speeches/1944/documents/hf_p-xii_spe_19441224_natale.html)  Y por ello las instituciones de una República Constitucional deben ser sanamente aristocráticas: no sólo la Suprema Corte, sino el Senate y el colegio electoral, que los demócratas quieren muy coherentemente tirar a la basura.

Pero a su vez siempre es necesario el liderazgo no alienante, sino curativo, de un Kennedy, un Martin Luther King, llamando a la paz a las masas confundidas. Pero el asesinato de ambos, planificado seguramente por gente diabólica pero nada confundida, nos muestra la terrible fuerza de la Historia de Caín (https://eseade.wordpress.com/2017/10/27/la-historia-humana-es-casi-la-historia-de-cain/

Frente a esto, un Obama tenía la oportunidad histórica de quedar como el estadista que él pensaba que era, pero ha demostrado la poltiquería infame que lo rige. Qué oportunidad para aclarar, él, a las masas para las cuales significa algo, obviedades tales como que nada justifica la violencia, pero no, con tal de hundirlo a Trump, todo vale. 

EEUU es ya un estado fallido. Aunque Trump gane un segundo período, ignoramos cómo se podrá revertir esa tendencia. El futuro está siempre abierto pero, una vez más, no sobran los motivos para el optimismo.

domingo, 7 de junio de 2020

EEUU: UNA PENA PROFUNDÍSIMA

Era Marzo del año pasado cuando llorábamos, través de la palabra, nuestra pena profunda (http://gzanotti.blogspot.com/2019/03/estados-unidos-una-pena-profunda.html) por los EEUU, al borde del quiebre de su pacto político por la desesperación violenta -violenta en serio- de los dirigentes marxistas del Partido Demócrata norteamericano dispuestos a hacer cualquier cosa -cualquier cosa en serio- para voltear a Trump.

Ayer vi con estupor a un afroamerican frenar a una mujer blanca en la calle y exigirle que se arrodillara a pedir perdón, delante de él, por sus "white privileges". La pobre mujer obedeció, sabiendo seguramente lo que le esperaba si no lo hacía.

¿De dónde han salido estas masas, que roban, saquean y si es necesario asesinan sin parar por todos los EEUU?

¿De Antifa, que de anti-fascita no tiene nada? Sí.

¿De la irresponsabilidad, limítrofe con el homicidio culposo, de los demócratas que los alientan? Sí.

¿De Obana, que ha mostrado totalmente su cinismo? Sí.

¿Del "dejar hacer", no al libre mercado, sino a la libre criminalidad, por parte de alcaldes y gobernadores demócratas que hace apenas unos 15 días no dejaban salir ni a los pájaros con la excusa del coronavirus? Sí.

¿De la rebelión de las masas? Sobre todo.

Sí. Masas y masas de gentes que han nacido en la tierra de la Libertad y no tienen la más mínima idea de la historia, ni de los valores, ni del pacto político originario de los EEUU.

Una situación que acerca a los EEUU a un estado fallido, con la gran alegría de toda el ala dirigente del Partido Demócrata.

¿Sobrevivirá la única nación que emergió de un pacto de libertad?

¿Sobrevivirá en tiempos donde lo único que vive es la ONU, la OMS, China y todos los imbéciles y otros no tan imbéciles que obedecen a todo ello como esclavos?

¿O como fieles oficiales de un nuevo partido invisible, sin esvástica?

¿O ya murió?

martes, 2 de junio de 2020

LA BEATIFICACIÓN DE FRANZ JAGERSTATTER





(Artículo publicado en el Instituto Acton en Diciembre del 2007).


Una vez más, en medio del ruido, el bien, que no hace ruido, ha pasado casi inadvertido. El 26 de Octubre de este año ha sido beatificado Franz Jagerstatter, laico, padre de familia, quien se negó a participar del ejército nazi por sus convicciones católicas y fue consiguientemente asesinado por el régimen en 1943.

La fuerza de la santidad radica en un sí absoluto a Cristo, de lo cual surge un pacífico “no” a todo lo que sea contradictorio con ello. Muchos santos, como Santo Domingo, nunca tuvieron que dar testimonio con el martirio. Pero el martirio, morir por decir “no” a los poderes humanos, es siempre una posibilidad de la santidad. Y, por supuesto, no será la primera vez en la historia de la Iglesia –desde los mártires de los primeros siglos de la Iglesia hasta la actualidad- que un católico dice sencillamente “no” a la prepotencia y soberbia de los autoritarios de todo signo y color. Qué fuerza, qué paradójica potestad, qué “auctoritas” con todo su sentido latino, tiene ese “no” de los santos, frente a la ridícula y trágica fuerza bruta de las armas y los ejércitos humanos. Un “no” que no pueden entender quienes están parados sobre su prepotencia. “Vamos a morir por nuestro pueblo” dijo Edith Stein, tomando la mano de su hermana Rosa, cuando los oficiales nazis la vinieron a buscar. Y no hubo fotos, grabadoras ni conferencias de prensa. Sólo unas monjas carmelitas espantadas y atónitas que grabaron a fuego en su santa memoria esas palabras, que hoy resuenan y hablarán para siempre ante los oídos (sordos a veces) de la conciencia occidental.

Pero este caso, el de Franz Jagerstatter, tiene algo singular. Un laico como cualquier de nosotros, preocupado en sacar adelante su familia, un honesto y sencillo ciudadano alemán, que se había tomado en serio su fe y sabía de las advertencias de Pío XI y Pío XII contra el régimen nazi. Reitero, se las había tomado en serio. Y cuando los jerarcas del ejército totalitario lo vinieron a buscar, dijo, sencillamente, no.

Reparemos un momento en esta cuestión.

¿Cuántas guerras ha habido en la historia humana? ¿Muchas, no es así?

¿Cuántas de ellas fueron “justas”?

Dejo al lector la respuesta.

¿Y cuántos hombres formaron sus ejércitos? Esa pregunta es clave, porque las guerras son decididas por unos pocos, pero los ejércitos, ese disciplinado conjunto de seres humanos que dicen “si” a la orden de matar a otros –porque de eso se trata, ¿o no?- son muchos.

¿Y cuántos de esos muchos dijeron “no”?

Seguramente muchos, pero lo que pregunto es, la historia de las guerras, ¿no sería otra si los que dicen “no” fueran más que los que dicen “si”?

¿Por qué obedecer a la orden de ir al frente de batalla? La respuesta en simple: no se puede pedir tanto a los seres humanos que formamos parte de una historicidad, de un horizonte donde es muy difícil llegar a la distancia crítica del propio territorio existencial. Conjeturo que, en plena batalla, más de uno se habrá preguntado qué hacía allí, matando a otro. Por qué era parte de eso. Pero ya era tarde. Incluso, cuando la más mínima duda implicaba la muerte.

La cuestión es el “antes”. Franz no es sólo un ejemplo para los creyentes: es un ejemplo para todos aquellos que se sientan impotentes ante las ridiculeces de los autoritarios de cualquier signo. Hay algo que sí podemos hacer: decirles, finalmente, no. Los autoritarismos viven del sí no pensado. Morirían ipso facto con millones de no pensados, comenzando con los oficiales de los ejércitos sin los cuales serían sólo el conjunto de su decadencia moral.

Un detalle final. En medio de un momento donde arrecian las críticas “a la Iglesia” Franz Jagerstatter nos muestra lo que es la Iglesia. No la diplomacia del estado del Vaticano. No las decisiones políticas de tal o cual conferencia episcopal. No el pecado de sus miembros. No el clericalismo de jerarquía y laicos. No el fariseísmo de los creyentes que odian a los que ellos dictaminan publicanos. Y, menos aún, esa sola institución humana que muchos creen que es la Iglesia. La Iglesia es Espíritu. Es el Cuerpo Místico de Cristo y vive en cada acto de la gracia de Dios. Los santos y los mártires son los cardenales espirituales de la Iglesia. Ellos son el adelanto de la Parusía, ellos nos muestran la más profunda libertad.