Ponencia presentada en las XXIII Jornadas de Pensamiento Filosófico de la Fundación para el Estudio del Pensamiento Argentino e Iberoamericano -FEPAI.
12 de Junio del 2026.
Resumen: en la siguiente ponencia se
intentará demostrar que la opción entre paradigma dominante y paradigma
alternativo, según la historia de la ciencia de Thomas Kuhn, implica un acto de
libertad y creatividad, irreductible a la sola razón algorítmica que es propia
de la inteligencia artificial. Se establecerá también una analogía con las
demostraciones del libre albedrío en Santo Tomás de Aquino. La conclusión es
que si la IA no puede reemplazar la creatividad del científico en las ciencias
naturales, mucho menos en todo lo demás.
1.
Racionalidad
algorítmica según Thomas Kuhn.
Se está debatiendo ad infinitum el
tema de la inteligencia artificial, o mejor dicho las diversas versiones de los
CHAT GPT, y los artículos y ensayos al respecto se multiplican a una velocidad
imposible de seguir, desde perspectivas diversas en un contexto totalmente
interdisciplinario.
Hacer algún aporte digno de
debatir, en ese panorama, parece imposible, pero lo intentaremos porque tenemos
la esperanza de que la filosofía de la ciencia de Thomas Kuhn pueda tener algo
que decirnos.
En 1973 Kuhn dicta una conferencia
que luego deviene uno de sus artículos más clásicos: “Objetividad, juicios de
valor y elección de teoría”. [1] La
“elección de teoría” es algo esencial en el momento de la crisis, en el momento
en el cual los científicos tienen que elegir entre el paradigma dominante y el
paradigma alternativo. Kuhn da a ese momento de la elección una importancia
decisiva, y se extraña de que los filósofos de la ciencia habitualmente no le
hayan prestado suficiente atención: “…Comenzaré preguntando cómo es que los
filósofos de la ciencia han descuidado durante tanto tiempo elementos subjetivos
que intervienen regularmente en las elecciones reales de teoría, las que
hacen los científicos en forma individual. ¿Por qué estos elementos les parecen
tan sólo un índice de debilidad humana y no de la naturaleza misma del
conocimiento científico?” (las itálicas son nuestras)[2].
¿Por qué habla Kuhn de elementos
subjetivos? Porque la filosofía de la ciencia anterior a él ha buscado siempre
una especie de formula algorítmica que nos permita llegar a la teoría
científica correcta, fórmula que resumiría el método científico. Los métodos
experimentales de Mill, las fórmulas de la probabilidad en el inductivismo
moderado de filósofos como Nagel y Hempel[3], y
hasta la insistencia en el modus tollendo tollens del Popper del 34[4],
serían ejemplos de una racionalidad basada en reglas de la lógica y de la
matemática. Por supuesto, se podría decir que muchos de ellos aceptan los
límites de esa racionalidad, pero en una actitud de “espera” hacia el encuentro
de una mejor fórmula: “…Desde luego, -aclara Kuhn- una manera de responder esa
pregunta consiste en decir que pocos filósofos se han atrevido a proclamar que
poseen una lista completa de criterios o bien una lista bien articulada. Por
algún tiempo, entonces, siguen esperando razonablemente que con nuevas
investigaciones se eliminarán las imperfecciones residuales y se producirá un
algoritmo para prescribir la elección racional y unánime”[5].
Prestemos atención a la palabra “algoritmo”. Porque una fórmula
lógico-matemática es, obviamente una deducción. Y en la deducción, como todos
sabemos, la conclusión se sigue necesariamente de las premisas. Pero Kuhn
estaba hablando de las elecciones de teoría, y una elección, una opción, no es
una deducción. En los momentos de crisis, el científico se encuentra con dos
paradigmas, uno dominante, otro alternativo, ninguno de los cuales le da
razones suficientemente conclusivas para evitar, precisamente, la elección.
Copérnico se enfrentaba a dos paradigmas: el ptolemaico y el nuevo que él, sin
darse cuenta, estaba formulando. Los dos tenían los cinco criterios de una
buena teoría afirmados por Kuhn en este mismo ensayo (precisión, coherencia,
amplitud, simplicidad, fecundidad); los dos tenían solidez teórica y capacidad
predictiva, pero ambos tenían sus anomalías y problemas tal que ningún
científico podía decir “es necesariamente por aquí”. Por eso hay que
hacer siempre una “elección” de teoría, porque la opción libre es lo que cubre
el hiato entre una premisa y una conclusión en un razonamiento no necesario, no
deductivo. Lo que está diciendo Kuhn es algo todavía hoy sorprendente: los
grandes cambios de teoría son fruto de decisiones libres de los científicos, no
de fórmulas deductivas necesarias. Popper ya lo había dicho, y Kuhn nunca se
opuso: las teorías son conjeturas, no son la totalidad de lo real, y esa
diferencia entre lo limitado de la teoría y la infinitud de lo desconocido es
lo que convierte a una teoría en algo siempre provisorio cuya aceptación libre
viene dado muy humildemente por una no contradicción hasta el momento, que
Popper llamó corroboración.
2.
La
analogía entre el libre albedrío y la elección de teorías.
Curiosamente, esta estructura de un
razonamiento no necesario fue la clave de la defensa del libro albedrío en
Santo Tomás. Lo defiende, precisamente, como el “libre juicio de la razón”, lo
cual tiene mucho que ver con el razonamiento prudencial según Aristóteles.
Citemos el párrafo completo por una cuestión de contexto: “…En el hombre hay
libre albedrío. De no ser así, inútiles serían los consejos, las exhortaciones,
los preceptos, las prohibiciones, los premios y los castigos. Para demostrarlo,
hay que tener presente que hay seres que obran sin juicio previo alguno.
Ejemplo: una piedra que cae de arriba; todos los seres carentes de razón. Otros
obran con un juicio previo, pero no libre. Ejemplo: Los animales; la oveja que
ve venir al lobo juzga que debe huir de él, pero lo hace con un juicio natural
y no libre, ya que no juzga analíticamente, sino con instinto natural. Así son
los juicios de todos los animales. En cambio, el hombre obra con juicio, puesto
que, por su facultad cognoscitiva, juzga sobre lo que debe evitar o buscar.
Como quiera que este juicio no proviene del instinto natural ante un caso
concreto, sino de un análisis racional, se concluye que obra por un juicio
libre, pudiendo decidirse por distintas cosas. Cuando se trata de algo
contingente, la razón puede tomar direcciones contrarias. Esto es
comprobable en los silogismos dialécticos y en las argumentaciones retóricas.
Ahora bien, las acciones particulares son contingentes, y, por lo tanto,
el juicio de la razón sobre ellas puede seguir diversas direcciones, sin estar
determinado a una sola. Por lo tanto, es necesario que el hombre tenga libre
albedrío, por lo mismo que es racional” (I, Q, 83, c)[6]. El
lector dirá: ¿cuál es la relación con la filosofía de la ciencia? Que en ese
caso, “las teorías con contingentes”; “los paradigmas son contingentes”: la
contingencia refiere a la no necesidad de la teoría, a su limitación intrínseca
por ser creaciones libres y provisorias de la inteligencia humana ante la
infinitud de lo real. Ante esas creaciones libres, no puede haber una deducción
que necesariamente obligue, aunque en los paradigmas dominantes puede haber una
plena coherencia interna dentro de su dominio (como la mecánica mewtoniana).
Precisamente el otro texto de Santo
Tomás sobre el libre albedrío toca también el tema de la contingencia:
“… si se propone a la voluntad un objeto que sea universalmente bueno y
bajo todas las consideraciones, necesariamente la voluntad tenderá a él
si quiere algo, pues no podrá querer otra cosa. Pero si se le propone un objeto
que no sea bueno bajo todas las consideraciones, la voluntad no se verá
arrastrada por necesidad. Y, porque el defecto de cualquier bien tiene razón de
no bien, sólo el bien que es perfecto y no le falta nada, es el bien que la
voluntad no puede no querer, y éste es la bienaventuranza. Todos los demás
bienes particulares, por cuanto les falta algo de bien, pueden ser considerados
como no bienes y, desde esta perspectiva, pueden ser rechazados o aceptados
por la voluntad, que puede dirigirse a una misma cosa según diversas
consideraciones” (I-II, Q. 10 a. 2c, las itálicas son nuestras). La analogía
sería la siguiente: si se propone a la inteligencia una teoría que sea
universalmente verdadera bajo todas las
consideraciones, necesariamente la inteligencia tenderá a ella; pero si se le propone una teoría que no sea verdadera
bajo todas las consideraciones, la inteligencia no se verá arrastrada por
necesidad. Que es precisamente el caso de los paradigmas dominantes y
alternativos.
3.
Conclusiones
para la inteligencia artificial.
Por lo tanto, como hemos visto,
deducción no es elección. En la deducción podríamos tener algoritmos pero en
las elecciones libres no. Y lo que estamos viendo es, nada más ni nada menos,
que la dinámica de la ciencia implica elecciones libres de los científicos. Por
eso la ciencias es provisoria y corregible.
Ahora bien, cuando un paradigma es
dominante, da la ilusión de lo contrario. El paradigma, como de vuelta lo ha
explicado Kuhn, tiene su puzzle solving[7], su
solución habitual de problemas, donde el científico es “enseñado” desde el
principio a copiar y repetir al paradigma, y repetir sus fórmulas. Entonces
parece que todo encaja y los científicos tienen el peligro de robotizarse:
hacen todo según los protocolos del paradigma.
Pero cuando se acumulan las
anomalías y, en términos de Lakatos, el paradigma comienza a ser entre teórica
y empíricamente regresivo[8],
llega la crisis. La crisis es del paradigma, claro, pero también de los
científicos que se habían aferrado al paradigma y habían robotizado su
profesión. Les falta creatividad intelectual, porque la estabilidad del
paradigma dominante anterior no los acostumbró a las alternativas.
Es aquí donde nos damos cuenta,
entonces, que la inteligencia artificial nunca podrá reemplazar al genio
creador en la ciencia, cosa que se podría aplicar a todo lo humano. Si la
inteligencia artificial trabaja con algoritmos, calcula, deduce, no crea. Puede
ser una gran ayuda, pero al margen de creatividad de lo humano, no lo podrá
reemplazar.
Esto puede ser una buena noticia,
pero una mala, también, al advertir que los humanos, mucho antes del 2023, ya
nos habíamos robotizado en muchos aspectos, fruto de una cultura que había
privilegiado una racionalidad solamente algorítmica, meramente instrumental,
como “la” racionalidad[9], sin
advertir que el punto más alto de la inteligencia humana es la creación, a
partir de la interpretación (hermenéutica) de circunstancias complejas cuya
apreciación va siempre más allá de lo que un sistema cerrado en sí mismo pueda
considerar.
Kuhn lo advirtió, en 1973, sólo
para la ciencia. Pero si es así en la ciencia, no es difícil comparar con todo
lo demás y llegar a las conclusiones correspondientes. Que no sé si serán
necesarias o no: dejemos abierta la cuestión.
[1]
“Objetividad, juicios de valor y elección de teoría”, en La tensión esencial;
FCE, 1996. No somos los únicos que consideramos que este artículo es
esencial para una correcta interpretación de la obra de Kuhn. Ver al respecto H. Sankey, “Scientific Method”, en The
Routledge Companion to Philosophy of Science, edited by S. Psillos and
M.Curd, London and New York, Routledge, 2008.
[2] Ob. cit., p. 349.
[3] De
estos autores, ver Hempel, C.: La explicación científica, Paidós,
Barcelona, 2005; y Nagel, E.: La estructura de la ciencia, Paidós,
Barcelona, 2006.
[4] Popper, K.: La
lógica de la investigación cientifica, Tecnos, Madrid, 1985.
[5] Op.cit., p. 350.
[6] Estamos utilizando esta versión bilingüe on line: https://tomasdeaquino.org/suma-teologica/I_q83.htm; ver también la versión de Marietti, 1952.
[7] Kuhn, T.S.: La estructura de las
revoluciones científicas, FCE, 1971.
[8] Lakatos, I.: La metodología de los
programas de investigación científica, Alianza Ed., Madrid, 1989.
[9] Sobre la crítica a la sola racionalidad instrumental, ver
Husserl, E.: The
Crisis of European Sciences; Northwestern University Press, 1970; sobre este
libro de Husserl, veo Leocata, F.: “La
racionalidad moderna y la fenomenología de Husserl”: Sapientia 58
(2003) 245-301.

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