domingo, 2 de septiembre de 2018

REFLEXIÓN PARA CATÓLICOS TRISTES Y PERPLEJOS.





No, no es sobre la carta de Viganó. Lo que voy a decir ahora lo dije el 19 de Agosto para mis hermanos dominicos.

Hace muchas décadas que la Iglesia es un caos en cuanto a sus aspecto humano. Un aspecto humano que sin embargo parece salpicar a lo más fundamental.

Sin embargo no es la primera vez que sucede. Hubo crisis doctrinales donde no se sabía a quién escuchar; hubo papas corruptos, muchos; hubo papas que dudaron y titubearon en temas de Fe; hubo tres papas; hubo uno que hizo des-enterrar al anterior y someterlo a juicio. ¿Internas? Siempre. ¿Clericalismos? Siempre. ¿Nido de víboras? Siempre. ¿Obispos y sacerdotes degenerados e inmorales? Hubo siempre. En una de esas crisis, Dios nos mandó a Santo Domingo y a San Francisco. No fue poco.

Si creen que voy a hacer un diagnóstico y proponer una solución, no. No quiero ser un ruido más en medio de todos los ruidos. Hubo hace poco un santo varón que no hizo ruido pero los suyos tampoco lo recibieron. El desaliento actual es que hagas lo que hagas, digas lo que digas, silencies lo que silencies y no hagas lo que no hagas, todo parece que es para mal.

Tal vez siempre estuvieron en la Iglesia los saduceos, los zelotes, los fariseos y los pobres de Yahvé.

Hoy también están los que están en la Iglesia sin creen en nada, los que quieren la revolución temporal, y los que carecen de misericordia. 

Yo les propongo que seamos los pobres de Yahvé, con una docta ignorancia. Realmente no entendemos lo que está pasando. Ya está, la crisis ha superado todas nuestras categorías de entendimiento. Reconocer que ya no sabemos. Creíamos una cosa, ahora es otra, tratamos de ajustarla, no podemos, todos se dividen, que el Magisterio esto, que el Magisterio aquello, que esto es esencial, que aquello es contingente, y mientras tanto, ya no sabemos quién es honesto y quién no, o si alguien es un profeta o un loco, ya no sabemos nada.

Sólo podemos esperar, no en el Mesías, que ya vino, pero sí confiar en el Espíritu Santo, que siempre está y siempre saca a la Iglesia adelante en tiempos que superan a nuestras cortas existencias.

No nos queda sino ser como María al pie de la Cruz. 

Y mientras tanto, mantengámonos unidos. No nos condenemos. Todavía tenemos el Credo. Recémoslo despacito. Quedan aún los sacramentos, que son ex opere operato: recibámolos frecuentemente. No importa el sacerdote. No importa el obispo. Ya no sabemos qué dicen, ni qué quieren decir, lo único que tenemos es el Credo, ir a Misa, confesarnos, esperar, seguir creyendo, seguir esperando. Si a alguno le gusta la antigua Misa, que vaya; si le gusta la nueva, que vaya, ya no sabemos nada, simplemente cuidemos que la consagración sea válida, que nuestra confesión sea sincera. No podemos hacer nada más. Si hay dudas, sigamos a nuestra conciencia y que Dios se apiade de nosotros. Y esperemos. Y cuando recemos el Credo, recordemos: la Iglesia es una, santa, católica y apostólica no por nosotros, sino porque su cabeza es Cristo.

Reitero: no sabemos nada más.

Nunca mejor dicho, Dios sabrá.

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