domingo, 11 de octubre de 2015
domingo, 4 de octubre de 2015
LOS PAPAS Y LA DIPLOMACIA
Gran debate se ha armado por la
visita de Francisco a Cuba, sobre todo, por supuesto, entre los conservadores,
los liberales, los exiliados cubanos, etc.
¿Saben qué? “Casi” tienen razón.
A mí se me revolvería el estómago de estar poniendo caritas de feliz cumpleaños
ante asesinos como los Castros y su banda de criminales llamado gobierno
cubano.
Pero hay que recordar un sencillo detalle.
No es la primera vez que un Papa
va a Cuba. Fueron Benedicto XVI y Juan Pablo II, también poniendo caritas de
todo bien. JPII dijo su famosa frase “que Cuba se abra al mundo y que el mundo
se abra a Cuba”. Qué bárbaro. Como si fuera Jesús contestando a los fariseos.
Pero no, hay cosas inimitables.
Y no es la primera vez que un Papa
hace diplomacia. Es más, se la han pasado haciendo siempre desde el acuerdo de
Constantino, aunque cabe confesar que antes mandaban a bañar un poco más
rápido. Sin embargo el s. XX es el éxtasis de la diplomacia vaticana. ¿Ya se
han olvidado, todos, del encuentro de Juan XXIII con la hija de Kruschev? ¡Esos
sí que eran tiempos!!!!! Los cardenales
conservadores se arrancaron todos los pelos de la cabeza y rezaron para que las
cruces romanas reaparecieran de vuelta en el Vaticano para ponerlo en una de
ellas a Juan XXIII…..
¿Y Pío XII, a quien yo siempre
defiendo absolutamente, haciendo lo imposible para salvar judíos y al mismo
tiempo que Hitler no convierta al Vaticano en un crematorio de judíos y
católicos?
¿Y cómo olvidar a Pío XI, el
hacedor del Estado del Vaticano, intentando que Mussolini se portara bien con
la Iglesia hasta que el final todo fue inútil?
Y ya nadie se acuerda de
Benedicto XV, tratando de evitar la Primera Guerra…………
¿Y Juan Pablo II, viniendo a
Argentina inmediatamente después de visitar Inglaterra? Nunca me voy a olvidar
de la imagen de Galtieri, arrodillado ante JPII mientras este último lo
bendecía……….. Claro, después de eso Galtieri debe haber pensado que era la
reencarnación de Carlos Martel…. No recuerdo, sin embargo, a los conservadores
y liberales argentinos de entonces decir de JPII lo que ahora están diciendo de
Francisco….
Y Francisco, recibiéndola a Kim
Davis en secreto. Y luego de que deja de ser secreto, parece que no la apoya
totalmente…. ¡Más aclaraciones, please!!!
¿Fue todo eso bueno o no? ¿Fue y
es todo eso coherente con la “denuncia profética” del Antiguo Testamento? ¿Y viajó
Cristo a Roma dando un bonito discurso ante el Senado? Mm, me parece que no….
Pero es coherente con una cosa:
el Estado del Vaticano. ¿Quieren que la Iglesia tenga un estado? ¿Quieren que
la Iglesia siga teniendo estados pontificios, aunque sea en una cabina
telefónica? Pues ahí lo tienen. Tendrán entonces la función diplomática de los
papas, sus embajadas, que reciben a este, a otro, que el discurso al embajador
tal, que el discurso al embajador cual……………………..
Todo eso, al lado de las
enseñanzas de Jesucristo, es una tontería. Pero ahí la tienen. Católicos,
abramos los ojos de una vez. Basta con los estados, propios o ajenos. ¿No les
gusta la diplomacia? ¿O se siguen dividiendo por ella? ¿Unos contentos cuando
el Papa visita a Reagan, otros contentos cuando visita a los Castro?
Gente, la cosa es simple. Basta
con el Estado del Vaticano. Basta con la diplomacia. Que vuelva la predicación,
el anuncio, la denuncia profética.
¿Ver a todo el mundo? Si, por supuesto, para anunciarle el Evangelio y explicarle el Credo. ¿Recibir a todo el mundo? Si, por supuesto, en el confesionario.
domingo, 27 de septiembre de 2015
LOS ESTADOS NACIÓN, LOS NACIONALISMOS Y EL ODIO A LOS INMIGRANTES
Cual
marciano recién aterrizado, pero basándome en Ludwig von Mises (¿habrá sido él
uno de ellos? :-)) ) insistí muchas veces en las
ventajas económicas de la libre entrada y salida de capitales y de personas.
Por supuesto que Donald Trump está equivocado en creer que la economía
norteamericana se resentirá por la libre entrada de mexicanos, por supuesto que
la Unión Europea está totalmente equivocada en su política de fronteras
cerradas, porque pierden desarrollo y productividad; por supuesto que con una
economía libre, cada persona es una fuente de producción, no un problema, y por
supuesto que los estados providencia no han hecho más que agudizar el problema,
al establecer una torta fija de redistribución que, por supuesto, es un juego
de suma cero, como mucho: más para uno, menos para otro.
He
señalado muchas veces, también, la contradicción de los que son partidarios de
esas políticas intervencionistas y estatistas y luego reclaman solidaridad para
inmigrantes y refugiados, al no darse cuenta de que producen precisamente las
causas por los cuales todas esas personas quedan excluidas de la sociedad que intentan
habitar.
Por
supuesto que todo esto es difícil de entender y que además hay grupos de
presión que no tienen ningún interés de entender nada, entre los cuales
empresarios y sindicalistas son los peores.
Pero
hay un problema más grave.
Después
de la creación constructivista de los estados-nación del iluminismo, se produce
(pocos los han visto, entre ellos, autores tan dispares como Feyerabend y
Fromm (1)) una vuelta de campana con respecto a lo sagrado y fundamental en las
sociedades. El problema de la cristiandad medieval no fue lo sagrado de la
religión, como el problema del agua no es la humedad: el problema fue la
relación casi solamente instrumental del “príncipe secular” a la autoridad
religiosa. Pero, cuando después de siglos agitados se impone la secularización
de la Revolución Francesa, el problema es peor. Como medios para lograr la
unidad nacional bajo la secularización, se crean los símbolos nacionales: las
banderas, los himnos, y toda la liturgia secularizada que los acompaña. Y a
todo ello se lo “sacraliza”: se lo hace intocable. El pecado mortal, ahora, es
no respetar esos símbolos que cumplen ahora el rol que cumplía antes la unidad
religiosa. Claro, que la religión sea sagrada es, como dijimos, que el agua sea
mojada, pero que esos símbolos NO religiosos sean sociológicamente sagrados no
fue precisamente una evolución.
Muchos
de estos estados-nación intentan superar la diversidad racial, pero no lo
logran, y eso es gravísimo. A los símbolos nacionales, a la lengua nacional, a
la salud y educación públicas y obligatorias, se agrega, más
a-sistemáticamente, una unidad relativamente racial. Los blancos caucásicos son
la mayoría de los estados nación europeos, y a pesar de que algunos
estados-nación latinoamericanos, como la Argentina, tienen un porcentaje
fundamental de inmigración europea, esa es la “sociológicamente aceptada”. Si,
Argentina será una nación de inmigrantes, pero europeos. El típico nieto o
bisnieto de españoles e italianos NO es “el otro”: esos son ya “nosotros”. El
otro es el de los países limítrofes, ese sí es “el extraño” para el cual se
practica un racismo vergonzante y escondido. Pero ese racismo no es fruto de la
malicia, es fruto de que los horizontes culturales antiguos –herederos de las
monarquías nacionales- juntan sus razas originarias con los nuevos
estados-nación en una mezcolanza que escapa a la planificación del mundo feliz
iluminista, produciendo en todo el mundo un racismo incorporado como parte del
horizonte cultural.
Estados
Unidos fue un caso único en la historia. Primero porque es el único caso en la
historia donde la dicotomía laicista y racionalista entre lo estatal-secular y
lo religioso-privado NO sucede: es una “nación” donde lo religioso tiene
(¿tuvo?...) una dimensión pública NO
estatal, cuestión muy difícil de entender para europeos y latinoamericanos.
Segundo, porque es la única “nación” cuyo pacto fundacional NO está en orígenes
nacionales-europeos comunes (por eso es una “nación” entre comillas) sino en la
adhesión al pacto constitucional. Lo que constituye (¿o constituía?) a un
norteamericano como tal es su adhesión a la Constitución, a la Declaración de
Independencia y al Bill of Rights. No era la lengua, la raza, el aspecto, la
religión, la cosmovisión: era el trabajar juntos bajo los mismos derechos. Y Maritain
dijo muy claramente que el racismo contra el negro era una espina
contradictoria clavada en la historia de los EEUU que debían superar o perecer.
Pueden burlarse de Maritain, pero juzguen por ustedes mismos la historia
posterior.
¿Demasiado
bueno para ser verdad? Si, tal vez. El blanco, americano y protestante como
bandera era una deformación mental tal vez inevitable luego del pecado
original, es el Caín presente en medio del Abel Constitucional. Pero más
evitables eran, tal vez, las políticas estatistas que fueron convirtiendo a los
Estados Unidos en todo aquello contra lo cual Estados Unidos fue Estados
Unidos. Ya sé que los rothbard-boys me
van a decir que el problema estaba en la Constitución Federal; respeto esa
opinión pero no me termina de convencer. De la Constitución Federal no
derivaban (ni tenían que necesariamente derivar) el Welfare State, la
Reserva Federal, los impuestos a la renta, la CIA o ser la policía del mundo.
Pero todo ello sí que generó el muro que Donald Trump quiere levantar.
Aún
hay esperanzas, tal vez. El afro-americano es ya un norteamericano. No está
fuera de su casa, no es extranjero, es “afro” americano. Pero el racismo sigue presente, de un modo sutil e
invisible. En los los wasp, por
supuesto, y es visible, PERO fundamentalmente en aquellos que se consideran a
sí mismos “latinos”. Es la línea argumental de la película Spanglish, la más racista de toda la historia del cine, donde la
identidad de la protagonista es “ser hija de” su madre latina. Si yo me hiciera ciudadano de los EEUU, me molestaría
que me llamaran “latino”: no, sería norteamericano, porque lo que me
identificaría como tal es el juramento a la Constitución, en relación al cual
mi raza es TOTALMENTE contingente. Pero los primeros ofendidos por mi postura
serían la mayor parte de los argentinos.
El
problema de la inmigración es, pues, este curioso racismo cultural, que Mises,
cual profeta en un desierto, como siempre, trató de evitar en su gran libro Nation, State and Economy, de 1919. Pero
parece que es imposible luchar contra el Caín que llevamos dentro. Los
argentinos nietos y bisnietos de inmigrantes europeos se resisten por lo bajo a
que cambie su raíz genética. No lo dicen, pero el no-europeo es para ellos
inferior y “no argentino”. ¿Qué sucedería si recibiéramos una inmigración
latinoamericana, negra y asiática en un 80 o 90 % que superara a “nuestros”
genes europeos? Claro que en el dificilísimo caso de que tuviéramos una
economía de mercado, ellos serían la solución económica, no el problema, pero
el racismo biliar que nos constituye saldría por las orejas de modo
vergonzante, precisamente porque creeríamos que “nuestra nación” está en
peligro………….. Y es lo mismo que ahora sienten muchos norteamericanos y
europeos. Claro, los Trump y etc no hacen más que ser re-transmisores,
repetidoras culturales de todo ese odio inconsciente. Si, tal vez se necesiten
más Gandhis, más Mandelas y más Luther Kings pero………… ¿Debemos fundar nuestras
esperanzas en la rara aparición de esos cristos seculares?
El
liberalismo clásico, la economía de mercado, no es una nación, precisamente. Es
tal vez lo único que puede generar otras creencias con respecto al
“extranjero”: en un “país” liberal no hay extranjeros, todos los que pisan el
territorio y adhieren a la Constitución son
ipso facto miembros de la comunidad política.
¿Pero
no será el liberalismo clásico sólo el contrapeso de la historia de Caín? ¿No
será por ello que el liberalismo clásico, el respeto al individuo, donde el
otro es un par constitucional, sólo pudo emerger en una cultura
judeo-cristiana? Pero si es así, ¿no será que su realización práctica será
siempre muy imperfecta e inestable, porque sólo es la resistencia ante los
poderosos muros del odio que nos constituye luego de la expulsión del paraíso?
Puede
ser, pero ese no es motivo de desaliento: al contrario, es el ideal regulativo
que debemos seguir defendiendo para evitar el infierno total, hasta que la
segunda venida de Cristo nos libere para siempre de Caín.
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(1) ".........El nacionalismo es nuestra forma
de incesto, es nuestra idolatría, es nuestra locura. Su culto es el
"patriotismo". No es necesario decir que por patriotismo entiendo la
actitud que pone a la nación propia por encima de la humanidad, por encima de
los principios de la verdad y la justicia, y no el interés amoroso por la
nación de uno, que es interés por el espíritu de la nación tanto como por su
bienestar material, pero no por su poderío sobre otras naciones. Así como el
amor por un individuo que excluye el amor por todos los demás no es amor, el
amor por el país propio que no forma parte del amor por la humanidad no es
amor, sino culto idolátrico.
El carácter idolátrico del
sentimiento nacional puede advertirse en la reacción contra las violaciones de
los símbolos del clan, reacción muy diferente de la que se produce contra la
violación de los símbolos religiosos o morales. Figurémonos que un individuo
pisotea en medio de la calle, en una ciudad del mundo occidental y a la vista
de las gentes, la bandera de su país. Muy afortunado tendría que ser para no
morir linchado. Casi todo el mundo experimentaría un sentimiento de indignación
furiosa, que no permite pensar objetivamente. El individuo que había mancillado
la bandera habría hecho algo indecible, habría cometido un crimen que no es un
crimen como los demás, sino el crimen, el único crimen imperdonable. No tan
enérgica, pero, no obstante, cualitativamente igual, sería la reacción contra
el individuo que dijera: "No amo a mi país", o, en el caso de guerra:
"No me importa nada que gane mi país." Esas palabras serían un
verdadero sacrilegio, y el hombre que las pronunciara se convertiría en un
monstruo, en un forajido, a los ojos de sus compatriotas. Para comprender la
cualidad particular del sentimiento que esas cosas suscitan, podemos comparar
esa reacción con la que tendría efecto si un individuo dijera: "Soy
partidario de matar a todos los negros, o a todos los judíos; soy partidario de
emprender una guerra para conquistar nuevos territorios." Indudablemente,
la mayor parte de la gente pensaría que era aquélla una opinión inmoral,
inhumana; pero lo esencial es que no se produciría el especial sentimiento de
una indignación profunda e indominable. Esa opinión es, desde luego,
"mala", pero no es un sacrilegio, no es un ataque a "lo
sagrado". Aun cuando un individuo hablara despectivamente de Dios, no
despertaría el mismo sentimiento de indignación que se produce contra el
crimen, contra el sacrilegio que es la violación de los símbolos del país. Es
fácil racionalizar la reacción contra la violación de los símbolos nacionales
diciendo que el individuo que no respeta a su país revela falta de solidaridad
humana y de sentimiento social; pero, ¿no es eso igualmente cierto del
individuo que defiende la guerra, o la matanza de gentes inocentes, o que
explota a otros en su propio provecho? Indudablemente, la falta de interés por
el país propio es una expresión de falta de responsabilidad social y de
solidaridad humana, lo mismo que los otros actos que hemos mencionado; pero la
reacción contra la violación de la bandera es fundamentalmente distinta de la
reacción contra la carencia de responsabilidad social en todos los demás
aspectos. Una de las cosas es "sagrada", es un símbolo del culto del
clan, y las otras no lo son. Como las grandes revoluciones europeas de los
siglos XVII y XIX no consiguieron transformar "la libertad de" en
"libertad para", el nacionalismo y el culto del estado se
convirtieron en síntomas de una regresión a la fijación incestuosa. Sólo cuando
el hombre logre desarrollar su razón y su amor más que hasta ahora, sólo cuando
pueda organizar un mundo a base de solidaridad humana y de justicia, sólo
cuando pueda sentirse enraizado en un sentimiento de fraternidad universal,
habrá encontrado una forma nueva y humana de arraigo, habrá transformado su
mundo en una patria verdaderamente humana" (Fromm, E.: Psicoanlàlisis de la sociedad contemporànea, FCE, 1992 2da edición, pp. 55-56).
viernes, 25 de septiembre de 2015
CONFIESO QUE HE PECADO, II: SOY UN CERRADO AL DIÁLOGO Y UN SOBERBIO
Yo pensaba que el
diálogo era, entre otras cosas, escuchar, comprender (aunque no siempre
compartir), dejar seguir a cada uno su camino, mostrar el propio, modificarlo
si la conciencia lo dicta, y si no, no, etc.
Pero he descubierto qué
equivocado que estaba. No, dialogar es decir al otro que sí. Como no lo he
hecho siempre, confieso que he pecado, una vez más. Por no decir que sí a lo
que otro quiere que yo diga sí, soy un cerrado al diálogo. No se puede hablar
con Gabriel. Además, a veces algunas personas se han convencido de alguna parte
del núcleo central de mi pensamiento. No recuerdo que eso sea condición para mi
amistad, no recuerdo haber perseguido a nadie para que lo haga, pero ha
sucedido. Entonces me he convertido en el jefe de una secta que sólo se rodea
de quienes piensan como él. No quiero dialogar con los que verdaderamente han
descubierto cuánta razón tienen ellos y cuán equivocado estoy yo. Así que no
sólo soy un cerrado al diálogo, sino que soy un líder autoritario y alienante.
Y, además, para terminar la confesión, soy un inconsistente total, porque
predico el diálogo pero no lo practico, porque cuando debo decir que sí a lo
que dicen los dioses, no lo hago. Qué horror.
Dioses del Olimpo, que
Dios se apiade de mi alma.
jueves, 24 de septiembre de 2015
CONFIESO QUE HE PECADO
Pésame dios, dioses míos
Y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido
Pésame Hegel, Marx, Nietzsche
Pésame
Por el infierno de no haber pasado toda mi vida
estudiándolos
Como todo filósofo que se precie
Debe hacer.
Pésame por el infierno de vida que merecí
Y por el cielo que perdí
Por no haber acariciado y alabado sus páginas
Pero mucho más me pesa
Porque no leyéndolos ofendí
Porque no leyéndolos perdí
Toda la enoooooooooooorme sabiduría
De dioses
Tan sabios y tan buenos como ustedes.
Y porque no leyéndolos ofendí
a tan sabios colegas y a todos los filósofos
que tan bien hacen en no leer nunca a Mises y Hayek.
Antes querría haber muerto que no haberlos
estudiado,
Prometo firmemente no leer más a Santo Tomás y Mises
Y evitar toda ocasión próxima de estudiar a Husserl
y Popper,
Amén.
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