domingo, 30 de septiembre de 2012

SOBRE LA EXISTENCIA DE DIOS.


Existe al menos un x tal que x es F. O, muy bueno, lógica de clases: clase no vacía. Se puede aplicar a cosas como “hay una cucaracha”: existe al menos un individuo tal que pertenece a la clase de las cucarachas. Habitualmente no es una buena noticia. Pero, ¿sirve ello para la existencia de Dios? “Existe al menos un individuo tal que pertenece a la clase de los dioses”. Oh!!, ¿la deidad es una clase? Y si es “al menos uno”, ¿puede haber varios que sean Dios? Y Dios, ¿es un individuo?

No me suena.

Intentémoslo de vuelta.

Tengo en mi mente la idea de Dios. O sea, Dios es tal cosa. Luego, por fe, o por un razonamiento, o porque sopló el viento, le asigno existencia. Ok. Pero ello implica que sé lo que Dios es. ¿Pero cómo puedo saber lo que Dios es, si, supuestamente, Dios superaría la finitud de mi inteligencia? Y si le asigno existencia, la existencia que le asigno, ¿es otra cosa? No, dirían muchos, es lo mismo. Pero si es lo mismo, tiene razón los que dicen que la esencia de Dios implica su existencia. Eso, claro en caso de que pueda conocer la esencia de Dios. Pero, ¿puedo conocerla?

No me suena.

Pero, ¿seguro que no sabemos qué es Dios? En un horizonte judeo-cristiano, “tenemos una idea” de qué es Dios, y por ello lo afirmamos, lo negamos o lo dudamos. Ah, pero un horizonte no es un concepto, es una historia. O sea, sí, todos sabemos que dice la Biblia que Dios se presentó a Moisés y lo envió a Israel, y cuando Moisés le preguntó su nombre, Dios dijo algo que no sé si encaja en la idea de lo que es una idea: Yo soy El que soy.

Creer que Moisés habló verdaderamente con alguien que supera todo lo concebible e imaginable, y razonar sobre ello (Santo Tomás), es creer en Dios, pero entonces no le podemos asignar una existencia como a todo lo demás. No es un individuo que pertenezca a una clase de cosas ni una idea cuya naturaleza se define y luego comenzamos a debatir si existe. Es aquello donde el lenguaje humano se estira hasta el dolor; es aquello que supera todo lo finito y a su vez aquello sin lo cual lo finito es nada. Supera lo finito pero tampoco es aquello que se encuentra en “la clase de lo infinito”. Tampoco. Es aquel que me habló desde la zarza ardiente y luego desde la Cruz, con la diferencia de que lo primero es una imagen y lo segundo es una persona real.

Pero todo esto, ¿importa?

Si no importa, ¿para qué seguir?

La clave es: ¿Dios importa? ¿Te importa?

Recién allí vale la pena seguir indagando de qué manera “es”.

domingo, 23 de septiembre de 2012

ELOGIO DE LOS LIBROS


(Este breve artículo fue escrito en Guatemala el 11 de Marzo de 2004).

Rodea a los libros una áurea de misterio y solemnidad que los convierten en casi inaccesibles, sobre todo para quienes no los escriben. Sin embargo, no es tan así, si bien, como explicaremos, es verdad que tienen cierta participación en cierto misterio.

Un libro surge cuando alguien tiene algo que decir. En ese sentido, un libro no es algo tan diferente a una carta. Como dice Jaime Nubiola, para escribir hay que acostumbrarse a escribir cartas. Una carta consiste, sencillamente, en algo que queremos contar a alguien. Un mínimo orden hay que tener para escribirla. Pues bien, no es tan diferente a escribir un libro. Sencillamente, tratamos de incrementar ese orden, esa sistematicidad, todo lo cual es inútil si no tenemos lo básico: algo que decir. Y para tener algo que decir hay que tener algo que…. Vivir. Un libro es un relato de una experiencia vital. Y una de las experiencias vitales más apasionantes es buscar la verdad. ¿No es acaso apasionante querer contar el resultado?

Los libros surgen también, a veces, de clases, de cursos, de conferencias. Pero una clase tampoco es algo inaccesible. Me refiero a dar una clase. Porque dar clase es como conversar. Es lo mismo que estar sentado, charlando. Vamos a suponer que queremos explicar algo a alguien, que requiere cierta claridad. Si tuviéramos un pizarrón al lado, nos podríamos de pie, tomaríamos un trocito de yeso y comenzaríamos a garabatear en el pizarrón. Y estaríamos dando clase. Luego alguien que no estuvo nos preguntaría en torno a qué giró la conversación y…. Estaríamos escribiendo un libro.

Pero, ¿qué significan los libros en nuestra cultura?

Para responder esa pregunta, me voy a permitir hacer cuatro analogías. Cuatro formas que el libro tiene de “participar en” ciertas otras cosas muy caras a nuestros anhelos más profundos.

En primer lugar, el libro es una participación en la palabra. Y la palabra es una de las características más preciadas y apasionantes de nuestra humanidad. Tan es así que los que creemos en un Dios que además se hizo hombre, creemos que “en el principio era la palabra”. Palabra que no es sólo una paloma mensajera de un mundo que puede prescindir de ella, sino que es parte esencial de un mundo humano que le es concomitante. Y por eso la palabra escrita, ese logro tan extraordinario de nuestra humanidad, fue y es un modo de decir: aquí estamos nosotros.

En segundo lugar, dado lo anterior, el libro es una participación en nuestro anhelo de eternidad. Los humanos nos enfrentamos con nuestra finitud, con nuestro absoluto modo de ser mortal, pero hemos encontrado en la palabra escrita, plasmada en el libro, un especial modo de perpetuarnos, de no morir, de seguir hablando a pesar de nuestro agotamiento existencial. El libro queda allí. Tomar un libro muy antiguo, escrito por personas que murieron hace siglos, es una especial experiencia de resurrección. Uno toca sus páginas como acariciando la existencia desaparecida, como diciéndole: mira, yo te estoy escuchando….

Por eso mismo, el libro es una participación en lo sagrado. No estrictamente, pero casi. Perdonen los no creyentes por la analogía, pero estoy seguro que la tomarán como de quien viene, como de alguien que cree. El libro, como el sagrario en una iglesia, allí está. En un santo silencio, discreción y quietud. Esperando. El libro, colocado allí en esos misteriosos anaqueles, espera al lector. No lo persigue. No hace escándalo. No hace ruido. No coacciona. No ataca. No hace ese proselitismo torturante al cual se han acostumbrado ciertos políticos o vendedores de seguros, que es una forma sutil de violencia. No, ellos tienen paciencia. Lo que dicen puede ser muy importante, pero sus páginas no se abren por la fuerza. Cuando el lector llega, llegó. Y el libro habló. Los profesores deberíamos aprender de los libros…

Y por eso, como cuarto tema, el libro es una participación en la contemplación y en la oración. Frente a ciertos usos y costumbres que estimulan un activismo, que desprecia la quietud del “santo-no hacer-nada-del-pensamiento”, el libro estimula la mejor acción, el mejor hacer: el pensar, el reflexionar, sin los cuales ninguna acción -no nos queremos convencer de ello- es fructífera. Los libros no son objeto de entretenimiento para las vacaciones. Los libros no son para el momento de descanso. Los libros deben ser un acompañamiento esencial de nuestra vida, son nuestro trabajo existencial más profundo, por más que tengamos que leerlos en el aeropuerto, en el ómnibus, o en el baño a escondidas de cierto jefe, por más esfuerzo que eso signifique. Cada libro leído es un triunfo arrancado a esa sociedad exitista que nos dice que nos movamos, que hagamos algo. Cada vez que cerramos un libro terminado, le hemos ganado una batalla a la incomprensión. Cada página meditada es un bálsamo de agua para el espíritu sediento en medio del desierto del hacer y hacer sin sentido.

Por último, una vez que escribimos un libro, y logramos publicarlo, calma. No molestemos. Dejemos en paz al amigo, no persigamos a supuestos lectores con nuestra supuesta gran obra que, en el fondo…. No sabemos cuán importante es. No busquemos la fama, tampoco la riqueza, porque no era ese el objetivo de esa carta larga que llamamos libro. Si viene la fama (cierta pequeña fama no es más que el afecto de nuestros amigos) que venga, pero abramos ante ella la humildad existencial, de sabernos humanos en medio de consecuencias desconocidas y guiadas por la Providencia. Como dijo mi padre, Luis Jorge: los libros son como las botellas echadas al mar. Dios velará por ellas.

domingo, 16 de septiembre de 2012

LA INTERPRETACIÓN MARXISTA DE LA MARCHA DEL JUEVES

Era obvio. Para el gobierno la marcha del Jueves es una multitud de tilingos de la clase explotadora defendiendo sus banales intereses: sus viajecitos a Miami, sus dolarcitos, etc., mientras que ellos, los representantes del pueblo explotado, son los encargados de seguir sacando a esa gentuza sus privilegios clasistas.

De vuelta, lo que vengo diciendo hace décadas: Marx 101.

Pero no es sólo el gobierno.

Es el peronismo tradicional el que introdujo esta mentalidad de lucha de clases: los intereses de los trabajadores versus los empresarios ávidos de ganancias. Ese no es pensamiento privativo de la apenas-por-debajo-de-Dios Cristina Kirchner, Abal Medina o Kicillof. Lo piensan casi todos los argentinos; lo piensan mis colegas, los filósofos que siguen leyendo a Marx y jamás a Menger, Bohm Barwek o Mises (y para colmo piensan que saben economía); lo piensan muchos católicos y sobre todo los que me acusan a mí de ser un hereje; lo piensan millones de personas que están en contra de la corrupción kirchnerista pero sueñan con una izquierda profunda y honesta que remueva verdaderamente los privilegios de la clase explotadora.

El marxismo, como horizonte de pre-comprensión cultural, extendido en casi todos los argentinos, no piensa en términos de derechos de las personas. Esto es, en el individuo, en la persona y sus derechos, sean cuales fueren sus ingresos y sus motivos para viajar o quedarse, para comprar o vender, para importar o exportar, para decir una cosa u otra, para enseñar esto o aquello. Pero no, el argentino promedio piensa en términos de ricos versus pobres, de clase alta versus clase baja, de pueblo versus oligarcas, todas categorías colectivistas metodológicas metidas a fondo en su inconsciente ideológico.

Claro que se puede responder a Abal Medina diciendo que los viajes al exterior no son sólo para hacer compritas a Miami, claro que se le puede enrostrar a él y a todos los kirchneristas su hipocresía cuando llega el momento de ver cómo viven, dónde viven, sus ingresos, sus viajes, etc. Claro que además se les puede decir que si hay un grupo privilegiado por el robo, por una verdadera plus-valía, son ellos, que viven a costa de lo que todos nosotros estamos obligados a darles a punta de pistola. Pero esas cosas, importantes, no son el punto. El punto es, 1.: no hay clases, sino personas, con derechos individuales, 2., la vigencia de esos derechos individuales es lo que conduce al bienestar del conjunto, el aumento del nivel de vida y a la erradicación de la pobreza. Lo primero se entiende apenas distinguimos entre la esclavitud y la NO esclavitud, lo segundo se entiende estudiando un poco de Mises y Hayek. Pero, claro, parece que es demasiado esfuerzo. Lo que vemos actualmente no son sino consecuencias lógicas de décadas y décadas de ideas estatistas que los liberales clásicos venimos denunciando hace décadas (y más) en absoluta soledad, indiferencia u hostilidad. No, no es verdad que los derechos del artículo 14 son sólo libertades "formales" versus los "verdaderos" derechos del 14 bis. No, no es verdad que la redistribución del ingreso lleve a solucionar la pobreza. No, no es verdad que el estado tanga que intervenir en comercio exterior, moneda, etc. No, no es verdad que haya un "derecho a la información" versus la "capitalista" libertad de expresión. No, no es verdad que el estado deba fijar los planes de estudio. No, no, no....................Pero si, si y si, y ahora tienen el resultado. Si ven la lista efectuada, vemos que, respectivamente, el olvido de la noción de derechos individuales, la presión impositiva y los obvios controles, las trabas a las exportaciones, importaciones y libre comercio de divisas, el control estatal de los medios de comunicación, los adoctrinamientos estatales en la enseñanza, son todas banderas defendidas por encumbradísimos intelectuales, hoy casi todos ancianos o muertos, que tranquilos en la propiedad y libertad de expresión que su odiado liberalismo les proporcionaba, defendieron el fascismo, el socialismo, las políticas de la Cepal, fundamentaron los "derechos a la información y al derecho a réplica", promovieron la intervención del estado en la educación (siempre con las mejores intenciones, claro), denostaron el sólo artículo 14 como una mera etapa del "liberalismo burgués", y ni qué hablar del intervencionismo, corporativismo, nacionalismo y estatismo que defendieron siempre en economía. La grave responsabilidad intelectual por esa pléyade de disparates está repartida por igual en fascistas, comunistas, y católicos que decían hablar en nombre de la Iglesia, eso sí, todos muy civilizados, que vestían traje, corbata, hablaban varios idiomas y se ufanaban de sus doctorados obtenidos en Europa. Y en ese grupo están, fundamentalmente, los intelectuales que defendieron al peronismo en todas sus épocas.

El kirchnerismo actual no es sino todo eso llevado a su máxima coherencia; no, no digamos máxima, debemos agradecer que aún tengamos espacios de libertad que, sin embargo, ya están en su mira. Pero lo que quiero decir es: asuman todos, por favor, la responsabilidad por su indolencia intelectual, por su negligencia intelectual, llena de prejuicios que les impide leer una línea de Mises mientras se llenan la boca de sus amplias lecturas de Marx. El kirchnerismo no es sino el resultado enbrutecido de décadas y décadas de confusión intelectual, de platos de disparates preparados por exquisitos chefs que no sabían que estaban dando letra a la semidiosa que nos gobierna y a su conjunto de ideólogos y aplaudidores.

No nos asombremos tanto, por ende, de las declaraciones de Abal Medina. Todos pensaron como él, todos piensan como él. Y si no, meditemos en serio sobre lo que esto quiere decir:  "...Todos los habitantes de la Confederación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio, a saber: de trabajar y ejercer toda industria licita; de navegar y comerciar; de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad; de asociarse con fines útiles; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender."


Yo, que nunca he estado en Miami comprando nada, propongo que no nos cansemos de reiterar el artículo 14, que sea la única bandera que blandee en la próxima marcha que "los imbéciles de clase alta" organicemos contra los montoneros (los "sabios de clase baja", claro) que nos roban, nos burlan, nos mienten, nos encarcelan y nos estafan.

domingo, 9 de septiembre de 2012

BLASFEMIA

Vale la pena reiterarlo.

Bueno, tenía que pasar. Se comparó con Dios. Cristina Kirchner, como ya dije una vez, tu inconsciente es poderoso. Al menos te ubicaste en 2do lugar: hay que reconocerte esa humildad.
Pero, para colmo, si hubieras dicho que en bondad, en amor, en perfección, primero está Dios, y luego vos, al menos no te hubieras equivocado en cuanto a Dios. Pero también te equivocaste en cuanto a El. Porque a El no se lo teme: se lo ama, y si se lo teme, no es Dios. Está, sí, el santo temor de Dios, pero ello es algo lejano, muy lejano, al temor que quieres que te tengamos, como peculiar objeto de tu deseo.
¿Sabés?, Dios no se impuso por el temor. Se abajó, se hizo carne, y murió en la Cruz. Su reino no es de este mundo y su único poder fue el poder del amor infinito, del perdón, de la redención. Dialogó con todos: con las mujer adúltera, con Zaqueo, con el joven rico, con todos: a todos penetró con la intensidad de su mirada y el misterio de su palabra. Se enojó sólo con los hipócritas: un Cristo al cual, sí, los autoritarios de todos los tiempos han temido y despreciado.
Hoy has hecho, Cristina, lo peor de lo peor que puedas haber hecho en toda tu vida. Has blasfemado. Has comparado tu pobrecito y lastimoso poder, de esos poderes que verdaderamente se imponen con el temor, de esos poderes que recurren a lo peor de lo humano, con Dios. Espero que algún día puedas reconocer tu falta y re-convertirte en humana, en cuyo caso, claro, dejarás de ser la parapetada en el pedestal de tu soberbia. Que Dios perdone tu ignorancia: el Dios con el que osaste compararte lo dijo. Perdónalos, porque no saben lo que hacen.
Mientras tanto, Cristina, no oses de vuelta compararte con lo in-finito.

jueves, 6 de septiembre de 2012

BLASFEMIA

Bueno, tenía que pasar. Se comparó con Dios. Cristina Kirchner, como ya dije una vez, tu inconsciente es poderoso. Al menos te ubicaste en 2do lugar: hay que reconocerte esa humildad.
Pero, para colmo, si hubieras dicho que en bondad, en amor, en perfección, primero está Dios, y luego vos, al menos no te hubieras equivocado en cuanto a Dios. Pero también te equivocaste en cuanto a El. Porque a El no se lo teme: se lo ama, y si se lo teme, no es Dios. Está, sí, el santo temor de Dios, pero ello es algo lejano, muy lejano, al temor que quieres que te tengamos, como peculiar objeto de tu deseo.
¿Sabés?, Dios no se impuso por el temor. Se abajó, se hizo carne, y murió en la Cruz. Su reino no es de este mundo y su único poder fue el poder del amor infinito, del perdón, de la redención. Dialogó con todos: con las mujer adúltera, con Zaqueo, con el joven rico, con todos: a todos penetró con la intensidad de su mirada y el misterio de su palabra. Se enojó sólo con los hipócritas: un Cristo al cual, sí, los autoritarios de todos los tiempos han temido y despreciado.
Hoy has hecho, Cristina, lo peor de lo peor que puedas haber hecho en toda tu vida. Has blasfemado. Has comparado tu pobrecito y lastimoso poder, de esos poderes que verdaderamente se imponen con el temor, de esos poderes que recurren a lo peor de lo humano, con Dios. Espero que algún día puedas reconocer tu falta y re-convertirte en humana, en cuyo caso, claro, dejarás de ser la parapetada en el pedestal de tu soberbia. Que Dios perdone tu ignorancia: el Dios con el que osaste compararte lo dijo. Perdónalos, porque no saben lo que hacen.
Mientras tanto, Cristina, no oses de vuelta compararte con lo in-finito.