domingo, 29 de mayo de 2011

¿POR QUÉ LAS CÁRCELES?

Publicar esta entrada, hoy, en Argentina, es ponerse a tiro de todo tipo de malentendidos. Me preocupa el tema de la seguridad, creo que es uno de los problemas más graves no sólo de nuestro país sino de muchas latitudes. Sin embargo ello no me impide tomar distancia crítica de una supuesta solución que sólo empeora las cosas.

Como muchos saben yo creo en el Evangelio. Verdaderamente creo que sólo Dios es juez de los corazones y que corresponde sólo a él juzgar. Todo el sistema penal humano me genera una gran sensación, no de inseguridad, sino de escepticismo, sobre todo cuando un tribunal humano decide si alguien es culpable o inocente.

Sin embargo, siempre le encontré una obvia justificación: la disuasión del delito. De algún modo, en este mundo, cuando alguien, y nunca sabemos bien por qué, no ha logrado adaptarse al “malestar de la cultura” (Freud), es necesario algún tipo de incentivo a NO cometer el delito. Y ha surgido entonces, evolutivamente, la pérdida de la libertad y las cárceles.

Claro que estamos mejor que antes. El derecho penal liberal, el debido proceso, es uno de los grandes logros de la civilización occidental: forma parte del denostado liberalismo sin el cual estaríamos aún en las barbaridades del Antiguo Régimen.

Pero las cárceles lejos están de ser un aporte civilizado. Si, sé que hay varias acciones heroicas y encomiables de re-educación y trabajo dentro de las cárceles, o de mejoras de las condiciones internas de vida, pero, igual que el sistema educativo formal (¿otra cárcel obligatoria?) hay algo intrínseco que no funciona. Y no faltan las voces vengativas que lo que piden es precisamente el sufrimiento del convicto.
La naturaleza humana, huelga decirlo, es muy compleja. La transformación moral de una persona no depende del castigo impuesto, sino de la incorporación intelectual y volitiva de los valores. Nada sencillo, precisamente. Huelga decirlo también. Frente a ello, nada ayudará el encierro entre rejas, por más diferencias de grado que queramos poner. Para colmo, la mayor parte de las veces, dada la naturaleza humana, la crueldad y la corrupción más terribles reinan entre reos y carceleros, convirtiendo a las cárceles en un infierno en vida y en una “escuela” de mayor degradación y consiguiente delito potencial. Son espantosas retroalimentaciones de lo peor de lo humano, para todos los que están involucrados en ello. Y agreguemos a ello los obvios errores del sistema penal, donde muchas veces son condenados inocentes, o los jueces establecen la “prisión preventiva” de personas muchas veces inocentes, o culpables, no importa, el asunto es que sin condena firme las personas igual son encarceladas por el sistema. Agreguemos –la lista de dramas sería larga- que muchas veces los “delitos” en cuestión son sumamente cuestionables desde un punto de vista del respeto a la libertad personal. Desde prostitutas hasta quienes consumen drogas, cosas que no deberían ser delitos civiles en absoluto (para algo está el art. 19 de la Constitución Argentina) son tirados a las cárceles, como deshechos humanos, personas que en todo caso deben ser juzgadas por la misericordia divina pero que en nada han molestado al resto de la sociedad. Y no olvidemos la pobreza como fuente del delito, no necesaria, claro, pero plausible. Niños abandonados por sus padres que a su vez están mendigando por las calles, imposibilitados de incorporar psicológicamente normas, por carecer de figura paterna, que se transforman luego en casi psicópatas, son también tirados como basura a una cárcel inhumana, cuando todos nosotros podríamos haber terminado de igual modo en iguales condiciones.

Frente a semejante espanto, frente a esos basurales hechos de rejas y de muros, indignos de seres humanos, olvidados para siempre excepto a veces por sus familiares más íntimos, damos vuelta la mirada, no nos importa en absoluto o, para colmo, gozamos con ese sufrimiento, que no sólo no conduce a nada sino al contrario, es una retroalimentación del delito y el reforzamiento de lo más terrible de lo humano. No se nos ocurren soluciones porque ni siquiera las pensamos. Pero no, no puede ser. Pensemos, pensemos movidos por la misericordia y la convicción intelectual de que puede haber otros incentivos más inteligentes para no cometer delitos. En primer lugar hemos olvidado que el derecho a la autodefensa no puede ser monopolizado por el gobierno, y que por ende toda persona tiene el derecho natural a auto-defenderse como le parezca. Ya sabemos que los delincuentes no tienen ningún inconveniente en violar las absurdas leyes que “prohíben” la portación de armas. Y lo dice alguien que sólo portó un arma cuando tenía 18 años, en el servicio militar coactivo, con un casco que parecía una cacerola en mi flaco rostro con anteojos y un fusil más pesado que mi propio cuerpo que me convertía en el más peligroso de los peligros.

Pregunto: ¿no hay otros incentivos a no cometer delitos? ¿Por qué tiene que ser sólo un sistema carcelario que, como vimos, no sirve sino para retroalimentar el problema?

Me van a decir: ¿y qué hacer con los asesinos seriales, los violadores seriales, y mafiosos peligrosos que al parecer seguirán cometiendo sus crímenes? ¿Cómo detenerlos?

No sé, pero, ¿se los detiene en las cárceles?
¿Pena de muerte entonces?
Tampoco.
¿Qué propongo entonces?
No sé, excepto TOMAR CONCIENCIA DEL PROBLEMA.
Me van a decir: Gabriel, hoy estás delirando. En estos temas, estás diciendo estupideces. (¿Hoy? ¿Sólo en estos temas? :-)) Volvé a tu Mises y a tu Hayek, a tus clases y a tu Woody Allen. Ok, puede ser. Pero les voy a decir una cosa: en el conocimiento humano, muchas veces estamos delante de una pared, que nos impide el progreso, y ni siquiera nos damos cuenta de la pared. Si nos diéramos cuenta, al menos pensaríamos cómo derribarla o saltarla. Pero no, seguimos caminando como si fuéramos hacia adelante y no nos damos cuenta de que estamos detenidos en el mismo lugar.
Ok, no tengo una solución. No sé cómo saltar esta pared. Pero sé que es una pared. Sé que es un problema. Espero que encontremos una solución.

domingo, 22 de mayo de 2011

MENOS RUIDO Y MÁS ESTUDIO

Los “jóvenes indignados”, ¿han estudiado a Hayek y a Buchanan y a sus respectivas propuestas de reforma sobre el sistema político y económico actual?
Si lo hicieran, hay mucho, además, para pensar: cómo integrarlas al sistema político, cómo implementarlas, etc.
Es fácil gritar y gritar. Pero es otra forma de la existencia inauténtica. Hemos perdido el hábito de la búsqueda de la verdad, del pensamiento profundo, como única vía de transformación de la realidad.

domingo, 15 de mayo de 2011

PARADIGMA Y CREATIVIDAD

Últimamente he visto que el tema de la creatividad intelectual se está debatiendo mucho. O, por lo menos, esa es la impresión que me dio viendo este video que ha circulado mucho: http://www.youtube.com/watch?v=17Ye368aQVk Por supuesto, estoy de acuerdo con casi todo lo que dice y con cómo lo dice. Pero el asunto es: vemos el video, nos reímos un poco, decimos que sí, que ok, ¿y después qué?

Yo he luchado toda la vida por fomentar la creatividad en mis alumnos. Pero me he enfrentado con la perplejidad de ellos mismos, de autoridades, especialmente, y remotamente de algunos padres. Porque el sistema escolar formal, desde la primaria hasta casi incluso el doctorado, parece estar diseñado especialmente para penar la creatividad intelectual. Se premia la repetición del paradigma.

Pero, ¿qué salida hay? ¿Vamos a hacer un sistema donde cada uno “cree” su propia lecto/escritura, su matemática, su física, su teología, su lógica?

En cierta medida, si uno está muy influenciado por autores como Popper o Feyerabend, uno se inclina por propuestas educativas innovadoras, que traten de incentivar el diálogo, la crítica, el debate, la creación de hipótesis. Pero todo lo que se haga al respecto parece siempre como “alrededor” del sistema formal, que parece intocable. Esto es, allí donde se tiene que “fijar” el paradigma, con todos sus espantosos hábitos: el profesor en posición dictatorial, el conocimiento como repetir pasivamente lo “recibido”, el premio a esto último con el 10, el castigo de nuevas ideas, preguntas, todo aquello que se “salga del paradigma”. Se pena la copia pero en realidad lo que el alumno aprende es a copiar el paradigma y repetirlo. Eso sí, de memoria, “sin copiar” del papel. Pero, oh sorpresa, la memoria no incluye el aprendizaje (sí al revés) y finalmente ese pobre niño llega a adulto, tiene que hacer una tesis de doctorado, se le “ordena” que sea creativo y, claro, eso no se “copia”……

De vuelta: ¿qué hacer?

Lo primero, que creo que no se dice demasiado, es comprender, junto con T. Kuhn, la función de los paradigmas. Una de ellas es esa “tensión esencial” que hay en todo filósofo y científico. Corremos el peligro de “aferrarnos al paradigma”, pero el paradigma es precisamente lo que permite compararlo con otro y, en ese caso, optar por otro. El paradigma nos permite, paradójicamente, la creación, nunca en el ser humano es creación desde cero, sino desde el paradigma anterior. Sí, es muy difícil, son muy pocos los que lo hacen, pero si no, te quedas en Leonardo y no en Copérnico. Copérnico era un humilde y tímido Ptolemaico al cual “se le ocurrió” cambiar una cosita de lugar y…. Produjo una de las revoluciones científicas más clásicas de la historia de la ciencia. Leonardo fue un genio absoluto, más que Copérnico, pero no manejaba el paradigma de la época, o al menos no mostró manejarlo, y todo lo que inventó se lo llevó a la tumba. Y no me refiero a los artefactos. Aún no sabemos cómo hacía para calcular la trayectoria de las balas militares que le hacía a los Medici.

Lo que quiero decir es: los paradigmas cumplen un rol necesario. Son “aquello desde dónde” la creatividad es posible. Son condición necesaria, pero no suficiente. Y esa es la clave: el drama de los sistemas educativos formales es que han endiosado a los paradigmas y han olvidado las condiciones adicionales, que el paradigma no da, para que el conocimiento sea conocimiento y además en progreso. La revolución educativa sería un proceso donde el paradigma sea aprendido, sí, pero precisamente porque puede ser libremente pensado y criticado, ¿Es posible? No sólo posible, es condición necesaria del aprendizaje. Pero no es fácil. Hay que formar a profesores en la historicidad de los autores que manejan, en el arte del diálogo, en la disposición a la escucha, y sistemas que incentiven la mutua crítica, donde cambie radicalmente el sistema de evaluación. ¿Es todo ello posible? Sí, pero no en el sistema educativo formal actual, y en todo caso lo único que salva la situación son sanas y santas trampitas al sistema. Pero la verdadera educación está hoy en la re-sistencia. Hoy la educación, el real conocimiento, la formación profunda en valores y en creatividad, y en el manejo concomitante del paradigma, pasa por secretas catacumbas. Mientras tanto seguimos habitando un castillo de ruinas invisibles, la vida se nos pasa y los futuros Newtons y Descartes mueren a los 3 años para convertirse en habitantes de la Matrix.

sábado, 14 de mayo de 2011

HOMENAJE A JUAN ROBERTO BRENES A DOS AÑOS DE SU MUERTE

(Reiteramos lo escrito hace dos años)

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El Jueves 14 de este mes, en un trágico accidente, murió Juan Roberto Brenes, junto con Claudia de Araneda, Rafael Araneda y Helmut Wintzer. Sin olvidar de ninguna manera a Claudia, a su esposo Rafael y a Helmut, quisiera hoy referirme a JuanRo.

Juan Roberto fue un amigo entrañable. Con él compartí inolvidables períodos académicos en la Facultad de Economía de la UFM, y él fue parte importante de quienes hicieron de esos primeros viajes allí una de mis más importantes experiencias educativas.

Hablar de su bondad es decir poco. Decir que era un caballero, un amigo fiel, una sonrisa siempre dispuesta, un entusiasmo por la vida extraordinario, es decir poco. Todo ello ha sido destacado en estos días por todos sus amigos, pero sabe a poco, no por la poca profundidad de las palabras de sus amigos, sino porque revela una vez más la finitud de las palabras, de los textos, al lado de aspectos humanos de la existencia que, como diríamos en epistemología, son relativamente inconmensurables. Sólo cabe agregar que tenía un grado especial de santidad, perceptible desde la Fe. Una Fe, por otro lado, que le había sido dada en abundancia, y articulaba el eje central de su vida, sin altisonancias.

Pero hay un aspecto que yo quisiera particularmente destacar: su visión intelectual. El vio desde un principio, en un instante, la articulación, la no contradicción, entre el liberalismo clásico, como limitación al poder, y la Doctrina Social de la Iglesia. Lo vio con una claridad que le daba al mismo tiempo el conocimiento de la relevancia del tema. Y cuando digo “lo vio”, lo digo expresamente, porque el intelecto es fundamentalmente ese “ver”, ese ver que puede ser falible, si, y por eso todos nosotros corremos los riesgos de defender “lo visto” y exponernos a la crítica.

Fue la voluntad de Dios que él no tuviera tiempo, casi, de escribirlo. Pero yo, como testigo silente de su enorme capacidad intelectual, quiero dar testimonio, en este homenaje, de la profundidad y claridad de su visión, de la que pude ser testigo en conversaciones personales, durante muchos años, en esos extrañados momentos de paz y bondad que era encontrarse con él, sencillamente, a conversar.

La muerte es uno de los temas fundamentales de la filosofía y de mi reflexión filosófica. Una muerte como límite de lo humano y como encuentro con Dios. Pero, precisamente por ello, una muerte que no anestesia su dolor, sino que tiene sentido, que es diferente. Por eso, quiero manifestar públicamente mis lágrimas, mi quedarme mudo, en el silencio de mi llanto, cuando me enteré. Con toda la esperanza, sí, de que lo veré junto a Dios, y con todo el dolor de no encontrarme nunca más con él, en mi querida Guatemala, con en JuanRo de la carne y los huesos de este mundo.