domingo, 7 de junio de 2015

Reflexiones de una personalidad DESATADA de la ciencia.



El Lunes 15 de Junio la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires me otorgará el premio de “Personalidad destacada de la ciencia” y eso ha generado en mí ciertos temores sobre cómo puede reaccionar mi vanidad frente a ello (porque nunca he sido vanidoso al punto de pensar que la vanidad no me afecte).

Recuerdo para esto la magnífica ironía –como todas ellas- de Woody Allen en su película “A Roma con amor” sobre la figura de Leopoldo Pisanello, un buen señor ni fu ni fa al cual la fama le cae de golpe y sin sentido. Al principio le cuesta ser una figura pública cuyas declaraciones sobre qué cómo en el desayuno y qué calzoncillos usa son MUY importantes, pero luego se acostumbra, y cuando la fama se va tan repentinamente y tan sin sentido como llegó, lo lamenta, y le cuesta ser él mismo de vuelta, porque, quizás….. ¿Quién era él mismo?

El autodescubrimiento de la propia identidad es una clave filosófica y terapéutica a la cual hace tiempo que le dedico mucho de mi pensamiento. Porque si no se sabe quién uno es, cualquier distracción viene bien, o, mejor dicho, llena ese vacío que es entonces la vida interior. Y, como es el corazón humano, si no sabemos quiénes somos, la fama es un anestésico fuertemente adictivo para esa falta de sentido. Sustituimos la falta del propio yo por la mirada de los otros, que no miran sino que ad-miran, vaya a saber qué que también los llena, y por eso cuando la fama se va el vacío es más intenso, y el síndrome de abstinencia es casi insufrible.

Cuando, al contrario, sabemos en parte –porque nunca se sabe totalmente- quiénes somos, la mirada de los otros no define nuestra existencia (excepto que, por supuesto, se trate de la existencia que es hacia-los-otros). La vida se convierte en una caminata constante por nuestro propio sentido, que puede atravesar días soleados o lluviosos, pero ello no define al caminante. El caminante se define porque desde sí mismo sabe dónde va. Pueden aparecer famas y famitas comprensibles, el afecto de los amigos, pueden aparecer también días de soledad e incomprensión, pero la caminata sigue. La soledad puede dolernos, pero la caminata sigue; el afecto de los amigos puede empalagarnos, pero la caminata sigue.


Ahora que el afecto de los amigos me va a dar cierta famita, que no me confunda, porque ello mismo retroalimentará el odio sordo pero estrepitoso de aquellos para los cuales mi propio ser es el marciano más peligroso que han visto en su vida. Pero ni una cosa ni la otra me moverán de mi yo. El 15 será un día de sol auténtico, del más auténtico, como lo es la riqueza más extraordinaria: el afecto de amigos y familiares. Pero al mismo tiempo está la lluvia de la incomprensión. Ante ambas cosas, yo y mi paraguas. Yo y mi circunstancia. Yo y mi vida. Yo.

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