domingo, 5 de mayo de 2019

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE, 100 AÑOS DESPUÉS, POR LUIS J. ZANOTTI.

Publicado en el N° 62, de la Revista del Instituto de Investigaciones Educativas, junio de 1988.

Como el hijo ha estado medio pesimista últimamente, les transcribo este artículo del padre, Luis J. Zanotti, donde intrenta una instancia superadora de la grieta que ha afectado siempre a la Argentina como intento de nación. ¿Era ese intento justificado en 1988? ¿Lo es ahora, en el 2019? Los dejo con el optimismo del padre................................

Se cumple este año el centenario de la muerte de Sarmiento. Su nombre está vinculado, definitivamente, a la educación y, en especial, a la escuela primaria, a la por entonces llamada educación común, a la obligatoriedad de la instrucción y a la creación y difusión de las escuelas normales destinadas a preparar al magisterio encargado de llevar a cabo la tarea de esa instrucción universal.

Es justo que sea así. Abundan las razones y los testimonios que explican esa asociación entre Sarmiento, la educación y la escuela y la figura del maestro. Pero es erróneo reducir la imagen histórica de Sarmiento a la del educador, o transformarlo, forzadamente, en una especie de enternecedor y enternecido maestro de escuela, con la tiza en la mano, acariciando la cabecita de niños que se acercan a pedir el pan del alfabeto.

Puerilidad y reduccionismo histórico

En la Argentina se presenta con mucha frecuencia una actitud que tiende a puerilizar la historia o a reducirla, en punto a los hombres y a los grandes acontecimientos, a mitos que se desgajan de la realidad y casi siempre lijan sus aristas hasta alcanzar versiones tiernas, aptas para niños de corta edad.

Algo de esto es consecuencia de una extendida ignorancia histórica. En la mayoría de la población sólo perduran unos pocos conocimientos de la historia patria adquiridos en los grados iniciales de la escuela primaria. Entonces, San Martín se reduce al abuelo inmortal de dos nietitas encantadoras a las que da consejos conmovedores, pero el guerrero que enseñaba a los granaderos a descabezar godos usando el sable corvo –para lo cual los entrenaba despanzurrando zapallos plantados en una estaca al borde de las cuales debían pasar a todo galope–, el primer estratega de la guerra de la independencia, apenas si es recordado como tal.

A Belgrano se lo conoce como el creador de la bandera, y punto. Del precursor de la política educativa, del difusor de la política económica librecambista e introductor de la fisiocracia en el Río de la Plata, del genial redactor de las Memorias del Consulado, del numen de la Revolución de Mayo, casi nadie sabe algo. Pero todos recuerdan las últimas palabras que le inventaron los libros de historia para niños.

Sarmiento también sufre este mismo proceso de puerilización y de reduccionismo.

Es una de las mejores plumas de la lengua española del siglo XlX. Fue un periodista y un polemista como pocos. Pero fue, sobre todo, un hombre político. Tuvo la visión abarcadora del generalista y la profética del estadista. Y si se ocupó de la educación, del magisterio y de fundar escuelas normales, no fue por vocación de enseñante profesional ni por afanes de entrega mística a tareas de alfabetización o de enseñanza de cualquier tipo a niños y jóvenes –su temperamento nada tenía que ver con el que es propio de los docentes vocacionales y mucho menos con el que distingue a los maestros y a las maestras de los primeros grados, sino porque, como hombre político, entendió que la alfabetización y la educación común eran la llave maestra del progreso de los pueblos y de la riqueza de las naciones.

Con otras palabras, menos fogosas, quizás, que las de Sarmiento, pero no menos claras, ya habían proclamado esa tesis Belgrano en 1796, Rivadavia en 1812, los hombres de la Organización Nacional en conjunto, en particular Avellaneda, el gran ministro de Instrucción Pública de la presidencia del sanjuanino, y Mitre al fundar el Colegio Nacional de Buenos Aires, en 1863, o Estrada, como Rector de esa institución, en sus memorias anuales.

Pero Sarmiento se ganó el puesto de hombre-símbolo de la causa de la educación común porque puso a su servicio toda la energía de un temperamento apasionado, desbordante y labró a fuego, para siempre, páginas inmorales para defenderla y llevarla a la práctica.

"¡Alambren, no sean bárbaros!"

La obra educadora de Sarmiento no puede entenderse en su verdadero significado mientras se siga pensando en su figura como identificada casi exclusivamente con el magisterio. Sarmiento fue un político. Su obra no es de Didáctica ni de Pedagogía y ni siquiera de Administración Escolar, sino de Política Educativa, aunque haya espigado en aquellas otras áreas empujado por la necesidad de los hombres de su tiempo de hacer un poco de todo.

Para entender la obra de Sarmiento –educador, de Sarmiento– fundador de escuelas normales, es necesario integrar esas facetas con la del fundador del Colegio Militar y la Escuela Naval, la del creador del primer Observatorio Astronómico del país, la del luchador por extender las vías férreas, la del hombre que en la campaña del Ejército Grande contra Rosas cabalgaba sobre montura y no sobre recado y la del gran polemista que gritaba a los hombres de campo de su época: "¡Alambren, no sean bárbaros!"

Alambrar los campos era luchar contra la barbarie. También era luchar contra la barbarie extender los servicios de ferrocarriles; reemplazar las milicias desordenadas por cuerpos de línea comandados por hombres de armas profesionalizados e introducir nuevos cultivos en el Delta. Luchar contra la barbarie era fomentar la inmigración europea; introducir las cartillas que enseñarían a los agricultores y ganaderos a mejorar sus procedimientos de trabajo... y abrir escuelas, bibliotecas populares, formar maestros y traer docentes de Estados Unidos para colaborar en esta obra.

Civilización o barbarie

En el Río de la Plata hubo un gran proyecto nacional en 1810: crear una nación libre, en condiciones de conducirse a sí misma y sacudirse las cadenas del monopolio y la burocracia reglamentarista y corruptora del Estado español de los Borbones. Así de simple.

En 1837, con la generación de Echeverría, a ese proyecto se añadió el de la ilustración, cuyo adelantado había sido Rivadavia. Las "luces de la razón" debían cambiar la fisonomía social de un país al que el desierto y la soledad habían condenado a tener una campaña semibárbara, de estructura político-social claramente emparentada con el feudalismo, pues el centralismo del estado-absoluto de los Borbones apenas si se aposentaba en declaraciones de falso acatamiento.

En ese contorno, unos pocos centros urbanos albergaban minorías –en cada caso pocas decenas de familias– que recibían lejanos destellos de aquellas luces del siglo que a Buenos Aires lograban llegar con más fuerza, aunque sin extenderse, tampoco, a sectores muy numerosos. De aquellos proyectos, aventada la época de Rosas –período probablemente necesario para alcanzar, en los hechos, una unidad sobre la base del reino mayor, a la manera de Castilla y de León imponiendo su dominio sobre los restantes reinos de la península– nació, a partir de 1853, el otro gran proyecto, que fue una síntesis de los dos anteriores.

Sus metas capitales fueron, primero, la unidad política, cuyos tres pasos definitivos se dieron con la Constitución del 60 y la presidencia de Mitre, la capitalización de Buenos Aires y el "unicato" de Roca; segundo, la apertura al mundo en materia de comercio y la puesta en práctica de los grandes principios de la economía liberal de la época; tercero, el establecimiento de los principios de igualdad republicana y de los derechos del hombre en todos los órdenes de su vida (lo que culminó con la ley de voto secreto en 1912); cuarto, la población del desierto ("gobernar es poblar" decía Alberdi) mediante la inmigración "europea" y no cualquier otra (también consejo de Alberdi, escrupulosamente acatado por el pensamiento de la época) y, quinto –por fin– la "ilustración" de las masas (nativas e inmigrantes) mediante la obra de la educación común, que debía ser, por eso, gratuita y obligatoria (aunque esta obligatoriedad contradijera alguna ortodoxia político-liberal) y que necesitaba del normalismo para hacerla posible.

Esta meta de la ilustración –en el mundo de entonces sinónimo e "Europeización (para Alberdi) o, quizá, de importación de modelos de Estados Unidos (para Sarmiento)– fue traducida por el autor de "Facundo" en una consigna que sacudió al país de punta a punta. El dilema, en efecto, se daba entre civilización o barbarie.*
Urquiza, uno de los grandes barones de la época de Rosas, había sido ganado al fin por el afán civilizador: llamó a Marcos Sastre, que organizó el sistema de enseñanza en Entre Ríos (de esa época es el famoso "Reglamento General de Escuelas"); alzó, amuebló, decoró y "afrancesó" el Palacio San José y, por supuesto, abatió a Rosas para abrir los ríos del Litoral a la navegación de ultramar y juzgó llegada la hora de contar con una Constitución, instrumento político de la era de la Ilustración, que, como explican los tratadistas, debe ser escrita y debe contar con un pueblo alfabetizado capaz de interpretarla y aplicarla.

Cien años después

Sarmiento, entonces, vuelto de Chile, busca a Urquiza; se incorpora al Ejército Grande; se hace "boletinero" de la campaña bélica; instala una imprenta entre la pólvora y los cañones; usa uniforme con quepis a la Francesa y montura inglesa y comienza su lucha por la civilización contra la barbarie. No ceja hasta 1888, cuando muere en Asunción del Paraguay. Parte de esa lucha es la educación común y la creación de las escuelas normales. Así entendido, y sólo así, Sarmiento alcanza su máxima dimensión.

Y el tiempo pasó. Desde los afanes organizativos de 1860,las oleadas inmigratorias, la capitalización de Buenos Aires, la tarea de la alfabetización –que en menos de 50 años nos colocó a la par de las naciones más adelantadas– la pampa feraz y el desierto de "Facundo" surcados por trenes, la instalación de molinos, los campos alambrados, los palacios y teatros de estilo francés (italianizados) alzados en las ciudades, el refinamiento de los ganados y el tango triunfante en París; desde el nacimiento de Victoria Ocampo o de Lugones, la ilustración parecía avanzar sin enemigos a la vista.

La europeización parecía un hecho. Buenos Aires la proclamaba, con el Colón, los subterráneos y "Sur". La mostraban las ciudades del interior donde por las calles coloniales desplegaban sus luces de saber y de ciencia las escuelas normales y los egresados universitarios de La Plata, de Córdoba o de Tucumán y la exhibían los estancieros y sus hijos en los salones de París de antes y después de la primera guerra mundial. La atestiguaban los hijos de los inmigrantes que, a veces en la primera generación, o a lo sumo en la segunda, se transformaban en profesionales de prestigio, en industriales de fortuna, en políticos de primera línea, en educadores renombrados.

Pero América aguardaba. De pronto, un nuevo estallido europeo trastocó reglas de juego que alguna vez se creyeron eternas.

El imperio británico cedió el paso a otros grandes de la tierra. Europa, aliada de la ciencia y de la técnica, se puso también a producir carne y trigo. Dejamos de ser el granero del mundo.

Y un día, la ilustración, otra vez, fue derrotada en las urnas. ¿Era la barbarie? Nunca el dilema fue absoluto. Nunca hubo civilización absoluta, perfecta, virtuosamente pura, de un lado, y barbarie absolutamente condenable del otro. Los hijos de la tierra y de América latina vivían entre nosotros y el centralismo despótico de los Borbones había penetrado el alma del país hasta los huesos. El feudalismo de los grandes caudillos no se había extinguido: un día, con viento propicio, el rescoldo comenzó a crepitar y volvieron.

Pudo ser una síntesis fecunda, bienhechora. Pero así como en 1916 los dirigentes conservadores perdieron el rumbo y no supieron nunca más, en adelante, entenderse con el pueblo llano, la ilustración perdió el rumbo desde 1946 y sólo quedó el enfrentamiento. Lo que pudo ser síntesis se transformó en trincheras y en buena medida la barbarie se tomó la revancha.

La Argentina no es Europa, como creyó que podía ser, ni Buenos Aires una ciudad europea, como llegó a serlo o como creyó que había llegado a ser. La ilustración pierde terreno día tras día. Se trata de la urbanidad –en un sentido lato, de modales y de civilización– en retroceso. Las formas de vida primitivas que el obispo del Tucumán, Fray José Antonio de San Alberto, –otro adelantado de la ilustración y de la educación en el Río de la Plata– describía horrorizado según las había advertido en los ranchos solitarios de las campañas de fines de siglo XVIII, son muy similares a las que hoy, con televisión y radio a transistores, se practican en las villas de emergencia que están instaladas dentro de la gran urbe, en la megalópolis de diez millones de personas, a mil metros del Teatro Colón y de su cúpula de Soldi.

Las rejas de las pulperías para defenderse de gauchos malos o de indios ladrones se instalan hoy en los comercios de los barrios y en las casas de vecindarios atemorizados, y las luces del progreso no sirven en las noches para defender a las familias honradas de saqueadores y violadores que actúan a la manera de los malones que robaban ganados arreaban cautivas en las grupas de sus potros.

Vocabularios y vestimentas muestran que teníamos soterradas conductas a las cuales la escuela común y el normalismo no pudieron transformar, mientras los colectivos y los camiones circulan en las ciudades con un estilo propio de los pueblos menos evolucionados culturalmente, que cada vez nos acerca más al atraso mental y ético y nos aleja de la civilización que se exhibe, presuntuosa pero impotente, en las fachadas de los viejos edificios.

La televisión revela que la ilustración no prendió en las masas. El corporativismo, como auténtica expresión de la vida política argentina contemporánea, revela que la Constitución liberal de 1853/60 sigue teniendo vigencia como un programa a cumplir –según advirtió hace tres décadas Carlos Sánchez Viamonte– pero no ha encarnado todavía en la mentalidad popular.

Su permanencia como ideal, su valor como testimonio, su invocación por todos, indica que ese programa –según enseña el maestro Mario Justo López– está, todavía, y sin embargo, vivo. Lo cual es mucho.

El centralismo borbónico del virreinato ha renacido. Dio sus pasos iniciales de la mano de Roca; se afianzó con Irigoyen; se hizo absoluto en los hechos con Perón; lo refirmaron todos los interregnos militares. A despecho de palabras, que todos repiten, los argentinos prefieren un gobierno nacional fuerte y modestas administraciones locales. Las pequeñas diferencias –que las clases no empiecen el mismo día en todas las provincias o los maestros no ganen lo mismo en todas ellas– les parecen escandalosas. Las provincias han perdido –con el voto a favor de sus senadores y sus diputados, según recuerda el eminente estudioso Pedro J. Frías– el control de recursos propios y prefieren delegar en manos de un gigantesco estado central la recaudación de casi todos los impuestos, para disputar luego su porción en cabildeos inacabables dentro de una ley de coparticipación federal que jamás dará satisfacción a todas.

Sarmiento, hoy

A cien años de la muerte de Sarmiento, su bandera –civilización o barbarie– está otra vez presente. Otra vez, hay que abrir el país al mundo. Desde 1930, la Argentina volvió a creer, absurdamente, que podía encerrarse y vivir ensimismada. La realidad de estos años es un precio tremendo que estamos pagando por semejante dislate.

Como lo hicieron los criollos ilustrados en el 10, y Urquiza y Mitre en el 53 y en el 60, otra vez hay que abrir ríos y puertos al comercio internacional.

Pero, además, hay que empezar, otra vez, a ilustrar a las masas. Otra vez hay que empezar a educar al soberano. Otra vez hay que vencer al feudalismo supérstite que en muchas provincias identifica, todavía, la fortuna personal con el poder político y ha conducido hasta la última condición que –según enseña el inolvidable José Luis Romero– distingue al feudalismo: la posibilidad de cada señor de emitir su propia moneda.

Pero no se trata de enfrentar a Europa y América como deidades enemigas. El problema no es, simplemente, abandonar el recado y usar silla inglesa. No es un problema de frac versus chiripá, ni de chaqueta contra el poncho, ni de vidalitas o escondidos que se permitan acorralar a Bach y a Mozart. No es un problema de "cabecitas" contra letrados o de tez oscura contra la piel blanca, ni de pretendidos lenguajes indígenas casi inexistentes contra la maravillosa riqueza de la lengua española que es la nuestra y lo será por siempre.
El problema es de síntesis. Civilización o barbarie fue la bandera de una época y Sarmiento su boletinero genial. Se la entendió, luego, equivocadamente, como un combate a muerte, cuando debió ser un abrazo del cual habría de nacer un gran pueblo y una gran nación.

Ahora, a cien años, voceros de la barbarie quieren acabar con la civilización. Tampoco entienden la síntesis. Pero el único proyecto posible de país es esa síntesis. La otra alternativa es un combate –como hoy están dando los medios de comunicación oficiales buena parte del cine, el teatro y la literatura apoyados por el Gobierno– en contra de la ilustración. Es un combate que pretende, absurdamente –basta escuchar los medios de comunicación oficiales– contraponer una América indígena y pura contra una civilización occidental –Europa y los Estados Unidos– a la que se desconoce toda virtud.

Pero ese combate no tendrá triunfadores, sino sólo derrotados por ambos lados. Y el gran pueblo y la gran noción seguirán esperando su hora, si es que alguna vez llega.

La ilustración –ahora deberíamos decir la ciencia, las humanidades, los centros de excelencia del sistema escolar, la investigación pura y también los buenos modales, la altura de la expresión oral, las conductas cotidianas, la "urbanidad", en fin, o, si se quiere, la civilización tiene que dar la batalla. La barbarie siempre busca, en realidad, entregarse a la ilustración. Los hombres, aunque se nieguen a reconocerlo, buscan la luz, no las sombras. Prefieren la limpieza al hedor. Se enamoran de la civilización, aunque se jacten de ser bárbaros. Así lo hicieron los pueblos que amenazaron con destruir a Roma y terminaron siendo sus hijos dilectos en la historia.

Como hace cien años, el mensaje samientino tiene vigencia. Civilización o barbarie, obra de síntesis, no de destrucción mutua, es, otra vez, la obra que debe cumplir la Argentina. El siglo XXl nos aguarda.

*"¿Hemos de abandonar un suelo de los más privilegiados de la América a las devastaciones de la barbarie, mantener cien ríos navegables abandonados a las aves acuáticas que están en quieta posesión de surcarlos ellas solas desde 'ab initio'? ¿Hemos de cerrar voluntariamente la puerta a la inmigración europea, que llama con golpes repetidos para poblar nuestros desiertos, y hacernos, a la sombra de nuestro pabellón, pueblo innumerable como las arenas del mar? ¿Hemos de dejar ilusorios y vanos los sueños de desenvolvimiento, de poder y de gloria, con que nos han mecido desde la infancia los pronósticos que con envidia nos dirigen los que en Europa estudian las necesidades de la humanidad? Después de la Europa, ¿hay otro mundo cristiano civilizable y desierto que la América? ¿Hay en la América muchos pueblos que están como el argentino, llamados por lo pronto a recibir la población europea que desborda como un líquido en un vaso? ¿No queréis, en fin, que vayamos a invocar la ciencia y la industria en nuestro auxilio, a llamarlas con todas nuestras fuerzas, para que vengan a sentarse en medio de nosotros, libre la una de toda traba puesta al pensamiento, segura la otra de toda violencia y de toda coacción?" ("Facundo", introducción a la edición de 1845, Ed. Sopena, Buenos Aires, septiembre de 1938, en el cincuentenario de la muerte del autor. Págs. 8 y 9).

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