domingo, 26 de junio de 2016

¿LAICISMO CONTRA CATOLICISMO O ESTATISMO CONTRA LIBERTAD?

Entre las muchas formas con las cuales ciertos escritores católicos manifiestan su descontento con el mundo actual, se ha popularizado una, hace ya bastante tiempo, que consiste en identificar dos polos: en uno está el laicismo, en el otro, los católicos. Los laicistas consideran al Catolicismo como una secta perversa que hay que prohibir. Intentan prohibir su libertad de expresión, por la cual manifestarían posiciones que actualmente se consideran delitos discriminatorios, intenten prohibir su educación y su salud libre, porque con ellas los católicos se oponen a la ideología del género, al aborto, al control de la natalidad, etc.

Los católicos, por su lado, se defienden diciendo que ellos no hacen más que ejercer su libertad de expresión, de libre enseñanza y asociación, con las cuales debería estar garantizado el libre ejercicio de su propia visión en esos temas.

O sea que, como vemos, lo que está en juego aquí es, de vuelta, el tema de las libertades individuales.

Los “laicistas” pretenden imponer su propia visión desde la coerción del estado, y por ende el problema de esos fanáticos anticatólicos es algo anterior: se llama estatismo. ¿Les suena?

Los católicos que, en cambio, se oponen en bloque al mundo moderno, los que no distinguen entre iluminismo y modernidad, condenan a las libertades individuales en forma absoluta, y sostienen que la clave de la cuestión es volver de algún modo a una autoridad civil “católica” tipo Estados Pontificios.

Los católicos que, sin embargo, han aceptado la democracia constitucional, y, en teoría, a los “derechos humanos” son en cambio los que protestan contra el laicismo. En cierto modo, al hacerlo, dan en la tecla de una gran verdad: los católicos tienen el derecho a expresarse contra la homosexualidad, a la ideología del género, etc., a no aceptarla en sus escuelas ni en sus institutos de salud. Pero con ello rozan tangencialmente algo que obviamente no ven o no quieren terminar de ver: no es que el católico en tanto católico tiene derecho a su libertad de expresión, de enseñanza, de religión, etc, sino que el católico en tanto ser humano tiene esos derechos. Ellos me van a decir: por supuesto que sí. Sí, PERO una cosa es “declamar” esas libertades y otra cosa es entender qué significan realmente. La libertad de enseñanza consiste en que, aún en el caso de que haya un sector estatal de educación, los planes y programas de estudio de los institutos privados, ya católicos o marcianos, deben estar totalmente libres de cualquier control estatal. La libertad de asociación para instituciones de salud implica que NO debe haber una seguridad social obligatoria desde el estado central, que por ende dictamine cuáles son los contenidos de salud pública que se van a imponer a cualquier organismo “privado” que quiera proveer en materia de salud.

Pero entonces…….. Ah no, eso no. Eso es el pérfido “liberalismo”. No, esos son los extremistas, los “neoliberales”, que además leen a autores malos, no católicos, como Mises y Hayek, mientras ellos son inmaculados lectores de Chesterton (que ahora parece que es el gran economista). Ellos piensan que por supuesto que debe haber control estatal sobre la educación, que debe haber sistemas de seguridad social obligatorios (como vas a ser un liberal MALO y pensar lo contrario, no?) pero esos organismos deben ser presididos y legislados por personas buenas, creyentes, cristianas, que van a respetar la libertad religiosa de todos pero manejando esos organismos conforme a una ley natural laica que, si no se la comprende, es en el fondo porque se es “malo”.

Estos mismos católicos alentaron al estatismo en décadas anteriores. Defendieron el “derecho a la salud” y a toda la intervención estatal consiguiente; defendieron al “derecho a la educación” y toda la intervención estatal consiguiente; defendieron a la “libertad de información”, criticaron a la libertad de expresión “liberal” creando con ello, también, organismos de control. Ellos consintieron y prepararon todos esos organismos, víctimas de un magisterio que tampoco vio muy bien la cuestión, excepto en el caso –gracias a Dios- de la libertad religiosa. Luego esos organismos se llenaron de los “laicistas” y, claro, ya fue tarde. Tenían todo el aparato de coerción estatal desplegado.

Para colmo estos católicos tienen este tema como única agenda. EL problema del mundo es el laicismo. Por lo demás coinciden en general con cuanto estatismo y redistribución de ingresos pueda proponerse, y, además, odian a los liberales clásicos y libertarios que siguen defendiendo esas libertades individuales que son sin embargo, para católicos y demás creyentes, su única protección. Y si alguno de esos libertarios es, además, católico, pobre de él. Allí sí que se acabó la “misericordia”, “el diálogo”, que siempre están prestos a tener, sin embargo, con cuanto marxista “humanista” esté en el Vaticano, con saco y corbata, escuchando canto gregoriano y hablando Latín. No, perdón, qué atrasado estoy: hablando Aymara y vestido como Evo Morales. Perdón mi falta de update.


Vamos bien, gente, vamos bien. Cuando desparezcan los laicistas y luego “los liberales”, el mundo será por fin el reino de este mundo.

domingo, 19 de junio de 2016

EL PROBLEMA DEL KIRCHNERISMO NO ES LA CORRUPCIÓN.





Si, fue digno de la mejor película. A Woody Allen le faltó imaginarse esta escena en Robó, huyo y lo pescaron.  Un altísimo ex funcionario, a la madrugada, tirando bolsas de dólares robados por la ladera de un convento. Impresionante. Grotesco, en realidad, como grotesco fue el final de fiesta del gobierno de Isabelita Perón. Un ADN que, se ve, lo tienen bien incorporado.

Pero el problema consiste en que casi todos piensan que ESO es el kirchnerismo. Y no, lamntablemente no.

A todos habrá asombrado la carta en facebook de Cristina Ferdández de Kirchner. A mí no. Fue coherente. Se aferra a una ideología que siempre la sostuvo.

Lo voy a repetir: el kirchnerismo ES Montoneros. ES el peronismo marxista violento. Que tal vez volvió como comedia, puede ser. Pero el daño que podrían haber hecho es tan terrible que, justamente, lo que nos salvó de ese peronismo fue su propia impericia –más de Cristina que de Néstor- en lo cual se incluyen sus grotescos actos de corrupción. Porque fueron sus psicópatas y mafiosos personajes, finalmente, lo que inclinó a muchos votantes por Mauricio Macri, en ese 54% vesus 46% que algún día también se sabrá.

De lo contrario, con un poco de buena administración y honestidad, el kirchnerismo seguiría en el poder. Porque lo que lo define no es su corrupción. Lo definieron, en cambio, estas cosas:

-          Su política de derechos humanos, juzgando para un solo lado, poniendo presos políticos y apoyando a Hebe de Bonafini.
-          Su desprecio sistemático de la división de poderes. Eso no es corrupción. Es autoritarismo 101, “por el bien del pueblo”.
-          Su consiguiente desprecio por las instituciones republicanas y la concentración del poder.
-          Su persecución de la prensa libre, porque en realidad son “los medios concentrados”.
-          Su tremenda carga impositiva, su gasto publico, su estatismo.
-          Su apoyo incondicional a Castro y Venbezuela.
-          Su política de redistribución del ingreso basada en los “planes trabajar” y etc.

¿Es necesario seguir? No, lo necesario es recalcar que todo ello fue apoyado y seguiría apoyado por la mayoría de la población, o a muchos no les importó en absoluto, mientras pudieran seguir con su asadito del domingo, Tinelli y el fulbo.

Ahora bien, ninguna de esas políticas implica necesariamente corrupción, y menos aún este tipo de corrupción grotesca que hemos vivido.

Pero sí fueron medidas que incentivaron las causas estructurales de la corrupción, cosa que también la mayoría de las argentinos ignora, especialmente aquellos que dicen que “lo que se necesita es gente honesta” cosa en la cual este gobierno ha caído también.

Como siempre, somos los liberales clásicos los que nos matamos todos los días explicando qué es la escuela del Public Choice, que explica lo que es una sociedad en busca de la torta del estado y los problemas de incentivos al gasto que ello produce, con lo cual la tentación de robarse gran parte del presupuesto es enorme. Pero no, no vaya a ser que algún dirigente lo estudie. Porque la responsabilidad principal la tienen por un lado los académicos que desprecian todo esto y, por el otro, los que dicen no tener ideologia, los que dicen que lo importante es la gestión, y miran con desprecio a cualquier encuadre “teórico” que alguien intente explicarles.

Por lo tanto:

-          El autoritarismo y el estatismo de los Kirchner, y su opción pro-Cuba y pro-Venezuela, NO son una cuestión de corrupción sino una profunda cuestión ideológica, heredada del peronismo de los 70 y que siguie siendo apoyada por la mayoría de la población, incluso políticos y académicos que siempre se dijeron NO kirchneristas.
-          Nos salvamos del kirchnerismo NO porque la población haya rechazado eso, sino por las divisiones internas del peronismo (NO la división de poderes), sus asesinatos visibles (Nissman); sus robos, fraudes y corrupciones grotescas, y sus psicopáticos personajes.
-          El estatismo de los Kirchner fomentó aún más, por supuesto, las causas estrucutrales de la corrupción (el Estado central) que NINGUN gobierno, desde el 55, pudo revertir.
-          Los académicos, y los dirigentes políticos ignoran o desprecian las enseñanas del liberalismo clásico y de la Escuela del Public Choice que podrían explicarles cuáles son las causas estructurales de la corrupción.
-          El actual gobierno parace despreciarlas también. Que Dios los ayude.


Sí. Robó, huyó y lo pescaron. Fue pescado López y serán pescados algunos otros. Pero la ideología kirchnerista no robó, no huyó, y NO la pescaron ni la perciben la mayoría de los anti-kirchneristas que hoy festejan.

domingo, 12 de junio de 2016

SOBRE MI OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS DÉBILES



Ha llamado la atención en facebook mi fuerte defensa, en reiteradas ocasiones, de los que no pueden salir adelante, en medio de advocaciones a los fuertes que han perdido cabeza, brazos, manos, piernas y pies y aún así han corrido 200 metros en 1 segundo y han salido ganadores, proclamando luego “si yo puedo, tú puedes”, diciéndonos con ello de todo a los que aún no hemos perdido el dedo meñique.

En primer lugar los más asombrados han sido amigos liberales para los cuales yo tendría que ser un defendor del éxito individual frente a la adversidad. Allí hay una confusión. No sólo soy un defensor de la economía de mercado sino también de un sentido de “empresa” más allá del sistema económico, donde “la empresa de ser persona” consiste en descubrirse a sí mismo para luego a partir de allí desplegar “las alas de yo”, como ya he dicho en mi ensayo “Existencia humana y misterio de Dios”. Por lo demás, he defendido la empresa en el sentido misiano de “empresario promotor” no sólo desde un punto de vista económico sino dándole fundamentos cristianos, como lo hago en mi libro “Antropología cristiana y economía de mercado”, especialmente en el cap. IV.

Por lo tanto mi defensa de los débiles no tiene nada que ver con una especie de socialismo introducido cual caballo de Troya en mi pensamiento. El estado, la coacción, no tiene nada que ver con el tema. La preocupación viene por este lado: dando por obvio que hay personas que, por un lado, no tienen vocación empresarial en el sentido económico del término (como es mi caso), el problema se concentra en una gran mayoría que, por diversos motivos, no pueden emprender ni siquiera su propia existencia. Y allí está el problema de algunos “fuertes”: su no poder entender ese “no pueden”. Lo mío es un llamado a entender ese “no puedo” que surge en muchos como una profunda angustia fruto de motivos psicológicos y espirituales. El motivo psicológico principal es el inconsciente, el gran descubrimiento de Freud, y el motivo espiritual principal es el pecado original. Ahora bien, por supuesto que mi actitud ante ellos (y ante mí mismo) no consiste en negarles la posibilidad de recuperación. Claro que yo animo siempre a todos a que “puedan” pero antes escucho y trato de concentrarme en los motivos inconscientes y espirituales que conducen a esa situación. O sea, de nada vale el viejo y espantoso truco de “tirar de golpe a la parte onda de la pileta” al que dice que no puede nadar, SIN antes intentar mostrarle la necesidad de una terapia, tanto psicológica como espiritual, que ayude a la recepción de gracias actuales y habituales que vienen de Dios y que conducen al descubrimiento del sentido de la existencia. Claro que Dios puede hacer otro tipo de milagros más espectaculares, pero suponer que necesariamente los va a hacer es una temeridad peligrosa. Mejor suponer que su gracia va a descender mientras nosotros humildemente ayudamos a lo que conocemos de la naturaleza humana.

Por lo tanto, mi mirada, ante mí mismo y ante los demás, es esencialmente terapéutica, lo cual de ningún modo conduce a confirmar a los demás en sus debilidades, sino al contrario, a descubrir la salida.

Los entrenamientos no son para mí. Son procesos de selección del más fuerte, pero no de educación. Los comprendo, pero yo no soy entrenador. Comprendo que para un ejército haya que seleccionar a los más fuertes, y así con muchas cosas, pero mi vida no está para colocar reglas y expulsar al débil que no pueda seguirlas. Mi vida está para curar al débil, o sea, a mí mismo y a los demás, y las únicas reglas que verdaderamente  me importan son los 10 mandamientos ante cuyo NO cumplimiento Dios NO dio un curso de “tú puedes cumplirlos” sino que se sacrificó a sí mismo en la Cruz, porque de él viene la resurrección, y no de las propias fuerzas humanas como suponen todos los neopelagianos.

Por eso mi docencia es para todos. Y, precisamente, cuando educo al débil es para que pueda, no para confirmarlo en su “no poder”. Pero que pueda proviene de la misericordia, del diálogo, de la comprensión, y no de las órdenes de un capitán en un regimiento. Una vez un alumno, al advertir mi supuesta “no exigencia” (según el perverso sistema la determina) me dijo con toda sinceridad que le parecía que yo lo estaba subestimando. No supe en el momento qué contestar. Pero creo que, al contrario, no sub-estimo: estimo que sí, que puede, pero mediante una mirada de comprensión, y no mediante la mera facticidad del poder autoritario determinado por la estructura de la “clase”. O sea: suponer que el alumno “podrá” porque le tiramos todos los castigos necesarios, así lo “hacemos fuerte” es sub-estimarlo al máximo, porque suponemos que es como un animal que sólo responde a las campanas de Pavlov, que no puede actuar por sí y desde sí. Yo, al esperar el tiempo de cada uno, confío precisamente en que el otro llegará a su madurez sólo mediante el diálogo y que de allí surgirá precisamente el fuerte ante la adversidad. Y cuando ello no sucede, cuando nada parece dar resultado, aceptemos el misterio de la existencia humana y tengamos esperanzas en la misericordia de Dios.

Por lo demás, no juguemos a Dios, quien es el que verdaderamente sabe qué pruebas poner a los demás. Mejor ser uterino, mejor comprender, acunar, abrazar, pues ya Dios se encarga de poner pruebas en la existencia. Que tal vez por eso permite que nos crucemos con personalidades psicopáticas ante las cuales tengamos que entrenar la fortaleza. Pero los que tenemos un dedo de empatía, please, vayamos a jugar a Dios a otra parte.

Por lo demás, ¿qué es “poder aprender”? ¿Creen algunos que alguien “aprende” porque haya tenido que leer 1000 libros en 3 meses y repetir lastimosamente con una memoria exitosa miles de contenidos de un programa de 40 páginas? No: el profesor sólo abre las puertas del ropero, muestra el camino, de las tierras de Narnia que cada uno tendrá que recorrer.

Lo que la sociedad actual llama “fuerte” o “éxito” no es más que el hiper-adaptado a un sistema que “se” le impuso. Atrás de los supuestamente fracasados hay las más de las veces seres auténticamente pensantes que no compraron cualquier cosa, o humanos dolientes que hubieran merecido mejor atención. Ellos no recibirán ad-miración pero sí requieren que nosotros los miremos con una mirada de comprensión. Y si ad-miramos a alguien, cuidado: detrás de todo triunfo auténticamente humano está esa mano de Dios que habitualmente no queremos ver. Y si el éxito consiste en descubrirse a sí mismo y ser uno mismo, ah, muy bien, pero la existencia in-auténtica no llama a eso “éxito”. El ser humano no necesita “exit” (salir). Necesita ir ad intra, con-traerse, conocerse a sí mismo, estar en su casa interior.


Así que insisto: dejemos de admirar al fuerte. Dejemos de colgar en facebook cartelitos voluntaristas. La voluntad se fortalece en la Gracia, y la Gracia viene de Dios.

domingo, 5 de junio de 2016

LUTERO: UNA PROPUESTA DE UNIÓN.

Les presento una parte de mi comentario a la Contra Gentiles de Santo Tomás donde, al hablar del tema de la gracia, hago una propuesta para los hermanos protestantes. Yo sé que los tiempos del catolicismo no están maduros para esto (los luteranos, no sé), y menos los tiempos actuales, pero apenas maduremos un poco humanamente podremos volver a 1515 e invitar a Lutero a cenar.


El diálogo con nuestros hermanos protestantes
Todos sabemos que en el siglo XVI católicos y luteranos tuvieron como punto teológico de discordia si el ser humano se salvaba por la fe o también por las obras, como si la primera dependiera de la gracia de Dios, pero “no tanto” las segundas. Esa diferencia no tiene razón de ser. Las “obras” del que recibe la Fe ya son las obras de quien recibe la fe, la esperanza y la caridad, y por tanto todas las obras del creyente son meritorias, porque, si están en el orden de la caridad, son fruto de la gracia y por eso son “meritorias”. Puede haber actos moralmente buenos sin la gracia, pero no son meritorios. Que esos actos buenos sean tenidos en cuenta por Dios dependerá de la búsqueda sincera de la verdad por parte de quien carece de la gracia de Dios, búsqueda que ya está dentro de una gracia actual.
Por tanto, a estas alturas, el tema de la gracia iguala a protestantes y católicos no en algo periférico, sino en algo fundamental, sobre todo al lado de ese pelagianismo práctico en el que viven muchos cristianos, ya sea por falta de fe, o por la falta de formación que los hace caer en los diversos neo-gnosticismos de la new age. Cuando decimos “protestantes” nos referimos a los originados en esta tradición luterana. Esto se ve claramente en la “Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación”, que el Vaticano firmó con teólogos luteranos en 1999[1]. En relación con lo visto y con lo que estamos diciendo, reproduciremos algunos párrafos:

“… 15. En la fe, juntos tenemos la convicción de que la justificación es obra del Dios trino. El Padre envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. Fundamento y postulado de la justificación es la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Por lo tanto, la justificación significa que Cristo es justicia nuestra, en la cual compartimos mediante el Espíritu Santo, conformes con la voluntad del Padre. Juntos confesamos: «Solo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras».[11] 16. Todos los seres humanos somos llamados por Dios a la salvación en Cristo. Solo a través de Él somos justificados cuando recibimos esta salvación en fe. La fe es en sí don de Dios mediante el Espíritu Santo que opera en palabra y sacramento en la comunidad de creyentes y que, a la vez, les conduce a la renovación de su vida, que Dios habrá de consumar en la vida eterna. 17. También compartimos la convicción de que el mensaje de la justificación nos orienta sobre todo hacia el corazón del testimonio del Nuevo Testamento sobre la acción redentora de Dios en Cristo: Nos dice que en cuanto pecadores nuestra nueva vida obedece únicamente al perdón y la misericordia renovadora que Dios imparte como un don y nosotros recibimos en la fe, y nunca por mérito propio cualquiera que este sea”.
Como vemos, estos pasajes (ver sobre todo las partes subrayadas) muestran claramente el acuerdo fundamental sobre el carácter gratuito de la salvación del hombre, fruto de la gracia de Dios. Sobre el famoso tema de la fe y las obras, se aclara:

“… 37. Juntos confesamos que las buenas obras una vida cristiana de fe, esperanza y amor surgen después de la justificación y son fruto de ella. Cuando el justificado vive en Cristo y actúa en la gracia que le fue concedida, en términos bíblicos, produce buen fruto. Dado que el cristiano lucha contra el pecado toda su vida, esta consecuencia de la justificación también es para él un deber que debe cumplir. Por consiguiente, tanto Jesús como los escritos apostólicos amonestan al cristiano a producir las obras del amor. 38. Según la interpretación católica, las buenas obras, posibilitadas por obra y gracia del Espíritu Santo, contribuyen a crecer en gracia para que la justicia de Dios sea preservada y se ahonde la comunión en Cristo. Cuando los católicos afirman el carácter «meritorio» de las buenas obras, por ello entienden que, conforme al testimonio bíblico, se les promete una recompensa en el cielo. Su intención no es cuestionar la índole de esas obras en cuanto don, ni mucho menos negar que la justificación siempre es un don inmerecido de la gracia, sino poner el énfasis en la responsabilidad del ser humano por sus actos. 39. Los luteranos también sustentan el concepto de preservar la gracia y de crecer en gracia y fe, haciendo hincapié en que la justicia en cuanto ser aceptado por Dios y compartir la justicia de Cristo es siempre completa. Asimismo, declaran que puede haber crecimiento por su incidencia en la vida cristiana. Cuando consideran que las buenas obras del cristiano son frutos y señales de la justificación y no de los propios ‘méritos’, también entienden por ello que, conforme al Nuevo Testamento, la vida eterna es una ‘recompensa’ inmerecida en el sentido del cumplimiento de la promesa de Dios al creyente. (Véanse fuentes de la sección 4.7).

Finalmente, sobre el misterio de la relación entre libertad y gracia:

“… 20. Cuando los católicos afirman que el ser humano ‘coopera’, aceptando la acción justificadora de Dios, consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana. 21. Según la enseñanza luterana, el ser humano es incapaz de contribuir a su salvación, porque en cuanto pecador se opone activamente a Dios y a su acción redentora. Los luteranos no niegan que una persona pueda rechazar la obra de la gracia, pero aseveran que solo puede recibir la justificación pasivamente, lo que excluye toda posibilidad de contribuir a la propia justificación sin negar que el creyente participa plena y personalmente en su fe, que se realiza por la palabra de Dios”.

Esto es totalmente compatible con todo lo que hemos visto sobre el tema de providencia, libre albedrío y gracia en Santo Tomás. La reflexión adicional es: si esto es así, ¿por qué seguimos separados? Todo el justificado enojo de Lutero contra Roma se hubiera manejado de otro modo con los usos actuales de la Iglesia actual y se habrían impedido las exageraciones doctrinales en las que Lutero habría incurrido. (En principio, negación del libre albedrío, corrupción total de la naturaleza humana después del pecado, negación de la transubstanciación, negación del primado de Pedro y de seis de los siete sacramentos). Quiero decir: todo ello no fue la esencia de lo bueno de Lutero. Lo bueno de Lutero fue su rechazo a la corrupción dentro de Roma y un recordatorio de la primacía de la gracia, como buen monje agustino. Si las cosas se hubieran manejado de otro modo, Lutero habría sido hoy uno de los grandes reformadores católicos, como en su momento lo fueron San Francisco y Santo Domingo. Y en la Iglesia sí se puede volver al pasado: porque, si hay acuerdo en lo fundamental, no hay motivo para estar separados. ¿Cuál es el problema del libre albedrío, en la medida que esta declaración conjunta lo afirma? ¿Cuál es el problema con la transubstanciación? Es totalmente razonable que Cristo haya querido estar realmente con nosotros siempre, mediante la renovación incruenta de su sacrificio. ¿Cuáles son los problemas de los cinco sacramentos restantes? Corresponden precisamente al desarrollo de la vida de la gracia, gracia sin la cual no hay cristianismo. ¿Cuál es el problema con el orden sagrado? Precisamente la participación en la gracia de ser sacerdote, profeta y rey de Jesucristo no lo niega como único mediador entre Dios y los hombres, porque ese único mediador hace participar realmente en la gracia de su mediación y de ese modo muestra la necesidad de su gracia. ¿Cuál es el problema, entonces, con el sacramento de la reconciliación? Por lo demás, la sabiduría psicológica de ese sacramento es única: el creyente es el que se acusa a sí mismo, nadie lo acusa de nada sino él; el sacerdote lo puede salvar de un falso escrúpulo y evita (justamente) que el creyente tenga la tentación de autosalvarse a sí mismo en un diálogo secreto con Dios que, dada la naturaleza humana, da para todos los autoengaños posibles. Por lo demás, la reconciliación muestra más la necesidad de la gracia, no porque rechace las sanas y necesarias terapias psicológicas, sino porque es una muestra de que de ellas no puede surgir la gracia de Dios. Y de la confirmación, la unción y la extraunción, ni qué hablar como vivencias permanentes de la gracia de Dios en toda la vida del cristiano….
Lo que quiero decir es esto: de la necesidad de la gracia para la salvación, tema común a católicos y luteranos, surgen “como el valle de la montaña” los otros seis sacramentos, porque ellos son los medios precisamente para la recepción de la gracia, dejando en las manos de Dios, como es obvio, los medios extraordinarios para su recepción, pero, sea de un modo o de otro, la gracia siempre es necesaria…
Finalmente, ¿cuál es el problema con el primado de Pedro? Es totalmente razonable que Jesucristo dejara una hermenéutica sobrenatural de las Escrituras, porque, de no ser así, habría tantos cristianismos como cristianos. Más allá de esto, si los católicos han exagerado y abusado de la infalibilidad pontificia, es problema nuestro, de los católicos, y no de los protestantes, que cuanto más rápído resolvamos nosotros más rápido podrán ellos verlo claro; pero lamentablemente creo que pasará mucho tiempo antes de que los católicos dejemos de ver en Pedro un monarca temporal absoluto, que tiene que hablar, decir, hacer y deshacer absoluta y directamente sobree toda cuestión humana que pueda surgir. Lo que quiero decir es esto: no hay motivos para estar separados, más allá de un pasado que no se puede negar, pero sí curar. Y los católicos haríamos bien en recordar, como sucede en Hechos, 15, que “… el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no poneros ninguna carga más que estas imprescindibles…”. Haríamos bien, por tanto, en revisar si no deberíamos liberarnos de algunos lastres históricos que no forman parte del depositum fidei y que son un escándalo para la unidad de los cristianos… Cuando algunos católicos dejen de hablar del Sacro Imperio, como un añorado dogma de fe, y otros de estatismo, como un autoritario dogma de fe… Cuando los católicos hayamos madurado todo esto…, entonces tal vez demos un paso adelante en la unión con los demás cristianos.

domingo, 29 de mayo de 2016

LA OBSESIÓN REGLAMENTARISTA



La semana pasada leí una noticia según la cual la asociación o lo que fuere de hoteleros protestaba contra las casas de familia que ofrecen alojamiento “sin las exijencias correpondientes” o algo por el estilo.

La noticia refleja una mentalidad que se ha hecho carne en Argentina (y tal vez en el mundo) como parte de nuestro obsesivo estatismo cultural.

Esto surge nuevamente de no tener conciencia de lo significan los derechos individuales a la propiedad, libertad de cultos, de enseñanza, de tránsito, etc.

Toda persona tiene derecho a ejercer todas las actividades que emanen de esos derechos mientras no atente contra derechos de terceros. Eso significa que es admisible un código penal que a posteriori de una acción determine que la acción es delictiva si atenta contra la vida, propiedad o libertad, pero no antes. Esto es, la clave de la cuestión es la diferencia hayekiana (pero, claro, no vaya a ser que lean a Hayek, no?) entre derecho y legislación. En la Constitución deben estar reconocidos los derechos, pero estos NO deben tener legilaciones a priori, sino en todo caso a posteriori de la acción realizada, para custodiarlos, no para impedirlos.

Por lo tanto, cuando los argentinos, en general, dicen “debería haber una ley” no se dan cuenta de que están cercenando a priori actividades en sí mismas conformes al derecho natural. Si quiero poner una escuela en el living de mi casa, si quiero ejercer la medicina, si quiero alojar gente en habitaciones disponibles, si quiero llevar gente en mi auto y cobrar por ello, si quiero poner un kiosko en la ventana de mi casa, si quiero abrir un taller en el garage de mi casa, etc. etc. etc. etc., NO estoy atentando contra derechos de terceros a menos que se demuestre a posteriori lo contrario, con todo el debido proceso necesario.

Por ende, si afecto a alguien, para eso hay un código penal, a posteriori de la acción, no antes.

Pero no, se supone que el endiosado e idolatrado “estado”, debe estar allí para “protejernos”. No se adverite tampoco en ese caso la diferencia entre aconsejar y coaccionar. Yo puedo aconsejar a alguien ponerse el cinturón de seguridad, pero, ¿por qué coaccionarlo? ¿Porque su vida está en peligro? Bien, yo creo que la vida espiritual de la gente está en peligro si no se toman en serio a Dios, pero no dudo en absoluto de la libertad religiosa, porque no se debe coaccionar la conciencia, sino dialogar con ella. Toda la obsesión reglamentarista surge de la razón instrumental del Iluminismo, denunciada como constructivismo por Hayek, pero, claro, para colmo ello es consiedarado “liberalismo”.

Los argentinos están tan envueltos en esta mentalidad que han desarrollado una doble moral sin darse cuenta. En general no cumplen las reglamentaciones pero las piden. Hacen miles de trampitas para evitar los reglamentos pero los consideran buenos. Hacen contrabando pero creen que está mal. Con lo cual es imposible que desarrollen la genuina resistencia pacífica ante la opresión, porque la opresión la viven como correcta aunque se las arreglan para evitar esa “correcta opresión” por izquierda.  Quedé atónito una vez que le expliqué a un director de un colegio privado la necesidad legal de que el estado no fijara los planes y programas de estudio y me desestimó el tema diciéndome que ellos se las arreglaban perfectamente para violar los reglamentos y que por lo tanto “no había problema”. No advertía el tan argentino sujeto que el problema era precisamente que no tenía conciencia de que lo que él hacía por izquierda era un derecho que él NO reclamaba porque pensaba que la solución era hacer las cosas por izquierda. Por eso los argentinos se rien de cómo los anglosajones se toman la ley: en serio. Claro, por eso el estatismo en ellos es más peligroso, pero la solución no es la viveza criolla sino sencillamente el liberalismo clásico, que es justamente de origen anglosajón.

Pero blanquear NO es que los “no-reglamentados”, que los informales, pasen a cumplir los infinitos reglamentos de los que están en los sistemas formales, ya sea educativos, comerciales, etc. Significa ELIMINAR los reglamentos, legislaciones y organismos que impiden el desarrollo de los derechos individuales.

Los tan argentinos taxistas que protestan contra los uber tienen un punto: ¿es justo que ellos cumplan con todas las reglamentaciones municipales y los uber no? No, claro, no es justo, pero de allí concluyen que los uber deben cumplir con los mismos reglamentos. Ni se les pasa por la cabeza que debería desaparecer TODA reglamentación para llevar y traer gente. Lo conforme al derecho natural es que todos sean libres como los uber y NO esclavos como los taxistas. Y eso, mutatis mutandis, en todo.

El argentino ha desarrollado una palabra para esa confusión mental. Lo que no es reglamentado es “trucho”. La pura verdad es que lo trucho es lo libre mientras que lo reglamentado es la esclavitud.

En economía esto es particularmente cruel para los más indigentes. Estos últimos desarrollan todo tipo de actividades sin pasar por las exigencias formales, y los crueles mecanismos de inspección los toleran, en general, “porque son pobres”. Son pobres precisamente porque esa economía informal tiene un límite del cual no pueden pasar. No tienen los recursos ni los “contactos” para pasar a la formalidad, pero si NO existieran esos reglamentos, comenzarían vendiendo chipas en una estación de tren y terminarían luego con una pyme y luego con una gran empresa (lejos de ser una utopía, ESO FUE la Argentina, no?). Pero no, eso ya es imposible para ellos y en general para muchos. Hernando de Soto mostró qué cantidad de trámites eran necesarios para poner una humilde empresa de costura de ropa, en Perú, “legalmente”. El resultado fueron 600 metros de hojas de impresión de computadora. Mejor no adjetivizo. La cuestión NO es exigir el cumplimiento de esos 600 metros, sino eliminarlos, como se eliminó el Muro de Berlín.

Por supuesto, decir todo esto en otras áreas, como educación, es más lunático aún. Pero hay que instalar el tema. Es incluso una cuestión de misericordia. Se me parte el alma al contemplar diariamente los vendedores ambulantes en los trenes, que seguirán en esa situación casi eternamnte, por el subdesarrollo producido por décadas de estatismo pero sobre todo por el reglamentarismo. “Abrir la econonía” NO es sólo privatizar empresas estatales sino ELIMINAR totalmente todas las reglamentaciones que impiden a cualquier ciudadano, y sobre todo a los más pobres, salir adelante desarrollando su espíritu empresarial.


Bien, estoy un poco cansado y voy a descansar algo. Por suerte aún no hay reglamentos para las siestas de los Sábados.