Ya no me acuerdo en qué año de la década los 80 decidí subscribirme al L´Osservatore Romano en Español. Era caro, venía directamente de Roma. Pero lo esperaba con ansias. Todos los documentos importantes estaban allí. Los leía, los estudiaba, los vivía, los enseñaba, y en cuestiones opinables los respetaba y los tenía in mente.
Era la época de Juan Pablo II, la época de los documentos de la Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe, escritos por Ratzinger y firmados por Juan Pablo II.
Fue una época gloriosa. Podía pasar cualquier cosa, cualquier católico podía decir cualquier cosa, la Iglesia podía recibir los más variados ataques, pero allí estaba Roma, allí estaba su Magisterio. No se jugaba. Las cosas eran claras y ante las locuras del mundo, la luz de Roma seguía prendida.
Luego vino internet, claro, y me acostumbré a vatican.va, a bajar, a imprimir, a hacer lo mismo.
En Enero del 2013 yo estaba, como casi todos los Eneros, en la Universidad Francisco Marroquín, en Guatemala. A fines de ese mes, cuando estaba a punto de volver, me comencé a sentir mal y terminé internado con neumonía. Tuve que quedarme una semana más, en Febrero. Las autoridades de la UFM, como eran egoístas, cerdos capitalistas, liberales inmundos, anti-solidarios, asumieron todos los gastos, excepto el seguro privado que yo había contratado para una eventualidad así porque, claro, yo no presupuse que un Estado se haría cargo de mi salud.
Tuve suerte, además, porque siete años después me hubieran enterrado en el centro de la Tierra.
El cuadro fue grave y la fiebre fue severa. Un Miércoles o un Jueves, ya no me acuerdo, la fiebre comenzó a bajar y logré darme cuenta de las noticias que estaban pasando en un televisor que muy bien no se veía.
Pero algo se escuchaba, y no podía creer lo que escuchaba.
Benedicto XVI anunciaba su renuncia.
Se me heló la sangre. Aún la estoy descongelando.
Pasaron doce años y… La situación ha cambiado radicalmente.
Pasaron ya las épocas de L´Osservatore Romano impreso, el olor a tinta, las palabras claras y distintas de Veritatis splendor, Evangelium vitae, Dominus iesus.
Ahora es despertarse y temblar de espanto ante cada noticia que se recibe del Vaticano.
Pero ya pasó también.
Ya no me asustan las noticias.
Uso el plural porque estoy seguro de que hay muchos como yo.
Estamos como María el pie de la cruz.
Creo que la analogía es válida.
María tenía en ese momento la fe de los pobres de Yahvé. No estaba aún la plenitud de la revelación, como en la Pentecostés que ella presidió, pero ella y los pobres de Yahvé esperaban contra toda esperanza.
El crucificado es ahora la Iglesia.
Va a resucitar, sí, pero no sabemos cuándo.
Mientras tanto esperamos contra toda esperanza. Ya no leemos los nuevos documentos. Guardamos en nuestra memoria, en nuestros papeles y en nuestras computadoras, los documentos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, seguimos el Catecismo de la Iglesia Católica de 1993 -a riesgo de ir presos en algunos países, y no me refiero a Corea del Norte-; los tratamos de seguir en nuestras vidas; vamos a Misa, nos conformamos con que al menos la Consagración sea válida; nos confesamos regularmente, tratamos de rezar. Y ya está. Nada más.
No nos queda más que eso. No es poco. Pero no es la custodia paternal anterior.
Tal vez el mensaje de Dios es que, ante esta noche oscura de la Fe, sigamos teniendo Fe. Se acabaron los santos varones, se acabó el “confirma en la Fe a tus hermanos”; ahora mantendrás la Fe, aunque te hayan traicionado quienes debían custodiarla.
Bueno. Dura prueba pero lo haremos.
Mientras tanto, que digan lo que quieran y hagan lo que quieran. Secretamente, sin hacer ruido, sin organizar nada, sin fundar nada, en silencio, en el silencio de nuestras conciencias, no los escuchamos más.
Y somos muchos. No necesitamos organización. Somos de aquí, de allá, etc., no importa.
Somos muchos, incluso los que se sentirán identificados con estas pobres palabras, pero nunca se atreverán a subscribirlas.
Aquí seguiremos, esperando contra toda esperanza.