domingo, 18 de abril de 2010

EDITH STEIN, NUESTRA HERMANA EDITH

(Publicado en Bienaventurados (2010), año 6, nro. 59, pp. 6-7.)


Edith Stein nació en 1891 en Breslau, dentro de una familia judía practicante. Ahora algunos la conocen como Santa Teresa Benedicta de la Cruz, canonizada por Juan Pablo II el 11 de Octubre de 1998.

Pero es fascinante conocer algo de su vida. Fue la primera y única mujer en doctorarse en Filosofía, en 1917, con Edmund Husserl, uno de los más eminentes filósofos del s. XX. Desde entonces fue su adjunta de cátedra, situación única para una mujer de habla alemana. Para entonces su espíritu estaba en una crisis de escepticismo, pero su corazón estaba fijo en la búsqueda de la verdad. En el verano de 1921, en la finca de unos amigos, el matrimonio Conrad-Martius, lee, en una noche, la vida de Santa Teresa de Avila. Terminado el libro, la luz de la fe la atravesó como un rayo, y exclamó “esta es la verdad”. Se convierte al catolicismo en 1922. Desde entonces hasta 1933 es profesora de Alemán en un colegio de hermanas dominicas de Espira, y entre 1929 y 1932 dicta importantísimas conferencias sobre la relación entre Husserl y Santo Tomás, ante destacados foros tomistas internacionales. Conmueve imaginar a esta joven mujer, humilde y digna a la vez, sentarse ante el estrado ante muy doctos filósofos y teólogos católicos, mayores que ella, y asombrarlos con su sabiduría.

En 1933 entra al Carmelo de Colonia. Hace sus votos perpetuos como carmelita en 1938, año en el cual, por la persecución nazi, debe irse al Carmelo de Etch, en Holanda, donde finalmente, en 1942, es arrestada por los nazis y asesinada en los campos de concentración de Auchwitz.

La vida de Edith, mi hermana Edith, como la llamo en la oración, tiene aspectos sorprendentes.

Su búsqueda de la verdad. Filósofa hasta la última fibra de su existencia, quedó impresionada por una conferencia de Max Scheler sobre “la esencia de lo santo”. Aunque no creyente, su espíritu pudo captar “la esencia de lo santo”, porque, como filósofa y discípula de Husserl, estaba acostumbrada a reflexionar sobre las esencias de las cosas. Ello quedó allí hasta que la santidad adquirió vida, cuerpo y existencia en Santa Teresa, y la santidad lleva necesariamente a la Gracia de Dios, ésta a la Fe y a la Iglesia. Su conversión fue la expresión viviente de esta armonía entre razón y fe que tanto necesitamos en estos tiempos.

Su entrega total a Cristo. La hace a través de su vocación carmelita. Cuando entra al convento, es una más entre las demás. No pretende seguir escribiendo, pero por consejo de su director espiritual termina, en 1935, uno de los libros más monumentales de la filosofía cristiana del s. XX, “Ser finito y eterno”. Se desconoce habitualmente que este libro, que parece haber sido escrito en la mejor de las universidades del mundo con todos los recursos disponibles, fue escrito y terminado diariamente en la media hora de recreo que todas carmelitas tenían (tienen) de las 14 a las 14,30, en medio del alegre bullicio de sus hermanas. Lo más importante es, sin embargo, que cuando toma su nombre para carmelita, agrega “de la cruz” porque advierte que ella tiene que ser, igual que Cristo, víctima propiciatoria de los pecados que se estaban cometiendo por su pueblo judío, como efectivamente después sucede.

Su ecumenismo vivido. Hasta que entra al Carmelo sigue acompañando a su madre al templo, todos los sábados, y va a la misa católica todos los domingos. Su madrina de bautismo católico fue Eduvigis Conrad-Martius, que era protestante. Dejo a los teólogos, liturgistas y canonistas la reflexión teorética sobre estos episodios. Pero sencillamente, así fue. Los santos abren caminos sin explicarlos antes. Y su identidad como católica estaba fuera de toda duda. Cuando se convierte, se arrodilla ante su madre, y le dice “madre, soy católica”. Su familia nunca pudo comprender su conversión.

Su conmovedor “ser para la muerte”, desde la vida. Cuando en 1938 se le ofrece ir a Holanda (huir a Holanda), Edith dice que va a ir con su hermana Rosa, convertida también y que vivía en el convento. Desde Holanda, las hermanas, muy poco conscientes de lo que sucedía, le dicen que hay “sólo una cama”. Edith se niega a ir sin su hermana. Finalmente va con su hermana. Ya en 1942, un 2 de Agosto, Domingo, Edith estaba escribiendo su último gran libro, “Ciencia de la cruz”. A las 5 de la tarde los SS vienen a buscarla. Ella prepara un pequeño atadito de cosas, toma la mano de su hermana, y le dice “vamos a morir por nuestro pueblo”. Y así fue. Se conjetura que ambas murieron en las cámaras de gas el 8 de Agosto. “…Por nuestro pueblo”. Pueblo judío del cual ella se sentía miembro de sangre y, por ello, más unida a Cristo, judío también. Con esa claridad que siempre la caracterizó, poco antes de su muerte le dijo a un sacerdote: “No puede usted imaginarse lo que para mí significa ser hija del pueblo escogido, pertenecer a Cristo no sólo espiritualmente, sino también según la sangre”. Destaquemos: “….No puede usted imaginarse….”. Y: “….ser hija del pueblo escogido, pertenecer a Cristo….”. O sea: ¡ser hija del pueblo elegido ES pertenecer a Cristo! Y por ello, su canonización implica el debate: ¿por qué murió? ¿Por cristiana o por judía? “Vamos a morir por nuestro pueblo”, dijo a su hermana Rosa. ¿Por qué pueblo? Por el judío, claro. Y fue canonizada por martirio cristiano. ¡Bendito sea el debate! Los santos abren caminos………

Edith Stein se adelantó a nuestra época. Totalmente. Después de su muerte, todo quedó en silencio, todos sus escritos archivados y en silencio….Pero el Espíritu Santo no lo quiso así. Lentamente, la penetrante luz de su vida y el misterio de su muerte fueron rompiendo los muros, y Juan Pablo II, por la Gracia de su estado, pudo ver su santidad con la misma luminosidad que Edith la de Santa Teresa. Edith, santa, filósofa, judía, profesora, carmelita. Que a nosotros los laicos nos llene su ejemplo, para entregar nuestra vida a Cristo, con la misma determinación y firmeza, en el mundo familiar y cultural que nos toca vivir. “Edith, tú que sabes lo que es un corazón en búsqueda, intercede por nosotros”. Amen.


Bibliografía:
- Theresia a Matre Dei: Edith Stein, en busca de Dios, Ed. Verbo Divino, 1994.
- Feldmann, C.: Edith Stein, judía, filósofa y Carmelita, Herder, 1987.
- Ferreria Sobral, R.: Edith Stein, una vida sin fronteras, Ciudad Nueva, 1993.
- Stein, E.: Los caminos del silencio interior, Editorial Espiritualidad, Madrid, 1998.
- Stein, E.: La pasión por la verdad, Bonum, Buenos Aires, 1994.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Gabriel. Soy Gabriela Pauer, una de tus tantas ex alumnas. leo el blog, pero no suelo hacer comentarios... Sólo que Edith stein tiene un significado especial para mi y hela aquí, este domingo. Gracias!

Hugo dijo...

Ahh, que maravilla. Cuando leo (y releo) a Edith, que "lejos" y que "nada" me siento con respecto a esa santidad, a esa claridad para "ver" tan de ella.

Gracias Gabriel por estas palabras.

Saludos, Hugo

María Antonieta Arnal dijo...

Muy bueno. La verdad, los judíos y los cristianos somos lo mismo. Lo único es que los judíos no quisieron creer en Jesús como hijo de Dios y Mesías. Pero tarde o temprano la verdad sale a la luz.

Anónimo dijo...

Hola Gabriel, otra vez muchas gracias. Esta vez por sacar a memoria la increible vida de Edith Stein. Para mi es un ejemplo de cómo se puede ser profundamente cristiano y a la vez, profundamente moderno y abierto.
Un abrazo,

ESTEBAN

Santiago Stegmann dijo...

Aprendido. ¡Gracias Gabriel!

Anónimo dijo...

Exelente artículo Gabriel.

Realmente es conmovedora la vida de esta maravillosa santa, su entrega total a Cristo es admirable.
Llama poderosamente la atención su tan vivido y reflexionado ecumenismo, que demuestra un amplio y gran intelecto. también su conversión, que como bien decís Gabriel, es la expresión viviente de la armonía entre razón y fe.

Saludos,Guillermo

Julio Rougès dijo...

Espléndido y conmovedor artículo. Conocía a grandes rasgos la vida de Edith Stein y su asesinato en Auschwitz, pero en épocas en que los medios de prensa y de radioteledifusión recuerdan interesadamente el deber de memoria histórica del Holocausto, y a la vez critican incesantemente y con mala fe o ignorancia a Israel y a los judíos, alentando a quienes quieren su destrucción, y reeditando, desde la izquierda, el antisemitismo de Marx puesto de manifiesto en "La cuestión judía", reconforta rememorar la vida de una santa que a la vez era una auténtica judía, orgullosa de pertenecer al pueblo de Cristo y tener su sangre. Creo que el Vaticano, las jerarquías eclesiásticas y todos los católicos deberíamos difundir entre la comunidad la vida de Edith Stein.
Y a gran parte de los liberales de blog cuya mayor preocupación parece ser el consumo libre de estupefacientes y el aborto -no las libertades políticas y de opinión, incluida la libertad religiosa- debería recordárseles que el comunismo no cayó en Polonia y en el resto de la Cortina de Hierro por obra de liberales interesados en nimiedades, sino -además de por sus debilidades internas y por el odio suscitado por su totalitarismo- por la labor valiente, lúcida es inspirada por el Espíritu Santo de Juan Pablo II y Lech Walesa.

Anónimo dijo...

Hola, llegue por casualidad a leer tu buen articulo de Edith Stein, te felicito de corazón.
Pedro Donoso Brant
www.caminando-con-jesus.org