domingo, 25 de junio de 2017

¿HASTA DÓNDE LLEGA EL PRINCIPIO DE SUBSIDIARIEDAD EN EL MERCADO?


Capítulo XI de 
ECONOMÍA PARA SACERDOTES, de Gabriel Zanotti y Mario Silar
https://www.amazon.com/Econom%C3%ADa-para-sacerdotes-2-%C2%AA-edici%C3%B3n-ebook/dp/B01C8RCW76

Como vimos en el capítulo anterior, habría tres cuestiones donde el mercado necesariamente no podría llegar: bienes públicos, externalidades y redistribución de ingresos.
En este capítulo nos concentraremos en los dos primeros elementos. El problema de la redistribución de ingresos, especialmente delicado, será analizado separadamente en los últimos capítulos. Antes de aclarar de qué tratan estas cuestiones, recordemos a un viejo amigo: el principio de subsidiariedad.
Como se sabe, el principio de subsidiariedad es general, esto es, no se aplica solo a la economía, sino a toda estructura social. Por ejemplo, el episcopado NO debe hacer lo que sí pueden hacer las parroquias (aunque a veces no se cumple del mejor modo... J), y ello demanda saber la naturaleza de cada estructura social en cuestión. En efecto, si yo no sé, por ejemplo, qué es un rectorado, lejos estaré de saber qué es lo que no le corresponde.
Por lo tanto, resulta obvio que el estado no debe hacer lo que los particulares pueden. Pero aquí comienzan los debates: ¿qué es lo que los particulares pueden hacer, qué es lo que el mercado puede hacer?
Nos parece bien que esta sea una cuestión abierta entre los católicos. Esto es, no podemos esperar, obviamente, una proclamación pontificia, cuasi-dogmática, sobre hasta dónde debe llegar el mercado. Para ello necesitamos la legítima autonomía de las ciencias sociales y sus legítimos debates, y está bien que haya católicos que afirmen una cosa y otros, otra, porque su teoría económica es diferente.
Pero esto lleva a una cuestión en la cual sí todos los católicos –y esto es importante para sacerdotes y religiosos– podrían estar de acuerdo: que las diversas teorías económicas no pueden probar necesariamente que el mercado nunca puede llegar o siempre puede llegar a las tres cuestiones arriba referidas.
Intentaré demostrar el punto, al mismo tiempo que trataré de mostrar que el mercado puede estar abierto a todo ello, aunque no necesariamente “siempre”.
Primero, qué es un bien público.
Cuando alguien compra una lata de sardinas, esa lata no puede ser comprada por otro. Ello implica que esa lata es rival en consumo. No puede ser comprada por dos compradores al mismo tiempo.
A su vez si alguien compra una casa, solo el dueño puede entrar en ella. El dueño puede invitar a otros a pasar, pero los otros no pueden reclamar el derecho a entrar. O sea que rige sobre la casa lo que se llama principio de exclusión.
Estas dos características, rival en consumo y principio de exclusión, son típicas de los bienes privados que habitualmente se intercambian en el mercado.
En los bienes públicos, en cambio, no existe “rivalidad en el consumo” (por ejemplo, una puesta de sol, o el aire) ni tampoco rige el principio de exclusión (por ejemplo, el alumbrado de una calle).
Entonces se concluye muchas veces que el gobierno necesariamente los tiene que proveer.
¿Debe ser realmente así?
No necesariamente, y allí está el punto.
Primero recordemos que hay bienes libres –de los cuales quedan pocos ejemplos– como la luz del sol o el aire, que casi no serían escasos en ciertas condiciones. En ese caso el tema del mercado o no mercado ni se plantea. La luz del sol en una mañana soleada no es provista ni por el estado ni por el mercado. Por ende si por bienes públicos se entiende bienes libres, el debate no se plantea.
El caso es que la mayoría de los bienes públicos son escasos (lo que analizábamos en el capítulo sobre “bienes económicos”), y por ende necesitan recursos escasos para su producción, venta y distribución.
Entonces, ¿cuál es el modo más económico de proveerlos?
Pongamos, por ejemplo, el caso de un puente. Puede ser que el estado lo provea, pero en ese caso deben tenerse en cuenta los impuestos cobrados para ello. Que, en ese caso, son pagados por todos, incluso por quienes no van a utilizar el puente (posteriormente analizaremos los tipos de impuestos existentes).
Si, en cambio, pagamos un peaje por el puente, a una empresa privada que lo administre, a primera vista nos va a parecer más caro, pero no es así: de hecho, ese costo es menor que todo el conjunto de impuestos, más las deudas y la inflación en las que a veces recurren los estados para sostener ese tipo de bienes. Y menos injusto, además, porque pagan el peaje solo los que utilizan el puente. O sea, un bien público siempre se paga. Que el bien público sea estatal y aparentemente “gratis” es una ilusión óptica. Siempre se paga, de un modo (impuestos) u otro (peaje), el asunto es cuál es el modo menos costoso para todos. No hemos mencionado además los problemas vinculados al control de gestión, la presencia de incentivos perversos y la tendencia a situaciones de abuso y arbitrariedad que se potencian cuando hay opacidad respecto de la identificación de responsabilidades. Siguiendo a la literatura económica científica y sin ánimos de caer en un discurso ideologizado, se debe admitir que el sector público es más proclive a padecer estos problemas de gestión.
Los bienes públicos “libres”, por lo demás, si se da el caso de que se vuelven escasos entonces surgirá el tema de su precio. Por ejemplo, el aire es un bien semi-libre en la Tierra (porque ya se paga por el aire NO contaminado), pero en una colonia terrestre en Marte, el aire respirable sería muy escaso y por ende muy caro. Ahora bien, en ese caso, ¿qué sería preferible? ¿Que lo proveyera una sola empresa estatal, con tendencia a la ineficiencia y a los problemas señalados en el párrafo anterior, o varias empresas privadas compitiendo por la provisión de aire? Obviamente la segunda solución es la mejor, aunque lamentablemente la influencia de los sesgos cognitivos nos haga mirar con sospecha la libre competencia entre empresas privadas. En efecto, tendemos a quedarnos solo con los problemas potenciales que ello puede implicar, y tendemos a creer que estos problemas pueden ser más graves –incluso a nivel moral– que los problemas inherentes a la gestión en el sector público…
Otros bienes públicos son super-abundantes circunstancialmente, por ejemplo, la tierra en extensiones no habitadas por el hombre. De acuerdo, pero a medida que crece la población, si no se encuentra un modo de establecer las propiedades (por ejemplo así fue el caso del alambrado y vallado en la Argentina del siglo XIX) la situación terminará siendo un caos. Cuanta mayor la escasez, mayor el precio, y más se necesita el mercado para que los precios, como vimos, señalen la escasez relativa de ese bien, y, si no existe monopolio “legal”, el resultado a lo largo del tiempo será socialmente positivo. Por ejemplo, ¿qué sucederá cuando haya suficiente capital y trabajo para explotar la totalidad del lecho marino? Mejor que esas tierras marinas sean privadas o de lo contrario no se podrá establecer cuál es su real escasez..., los problemas de descoordinación, mayor escasez por sobreexplotación que ello generará amenazará con destruir el lecho marino. En un caso así, todos terminaríamos estando en una situación peor.
Por lo tanto, no necesariamente los bienes públicos tienen que ser estatales. Los bienes públicos pueden ser perfectamente privatizables y ello para beneficio de toda la población. Recordemos lo dicho respecto de que la propiedad privada no es simplemente individual, pueden existir acuerdos institucionales “comunales”, que conservando los elementos positivos de la propiedad privada –control de gestión y responsabilidad– articulen voluntariamente la toma de decisiones de un grupo de personas, que sean las que decidan las reglas de juego sobre el uso, gestión y cuidado de ese bien comunal.
Lo mismo sucede con la mayor parte de los problemas medioambientales relacionados con la ecología. La contaminación tiene que ver precisamente con ciertas cosas que, al no ser de nadie excepto de los políticos, nadie cuida como corresponde. En general, por ejemplo, es fácil acusar al mercado de la contaminación de un lago, porque tanto personas como industrias tiran allí sus desechos. Pero claro, ¿quién es el dueño del lago? Nadie, excepto una oficina estatal que raramente se preocupa. El tema de los incentivos aquí es crucial. El tema de la propiedad es básico. Si alguien tira cosas sobre la pila bautismal, inmediatamente el sacerdote o los laicos de la parroquia se encargarán de que ello no ocurra más, porque eso es su propiedad y les preocupa (sin perjuicio de que el sacerdote o religioso interprete que la pila está puesta bajo “su cuidado” y que en ese sentido es “su” propiedad, no en el sentido de que pretendiera llevársela cuando le trasladaran de parroquia o regalársela a familiares cuando dejara de prestar servicios en la parroquia). Pero cuando las cosas no son de nadie, excepto de un estado lejano, la cuestión es al revés. Por lo tanto, en un caso así, que haya propietarios del lago, como por ejemplo algo como una “Sociedad de Amigos del Lago Atitlán”, sería una óptima solución al problema de su contaminación, una solución en la línea de lo que analizamos sobre la noción de propiedad privada comunal.
Con otras cosas el tema puede ser menos visible, pero hay que estar abierto a nuevas soluciones. Las energías sucias tendrían muchos sustitutos potenciales en un mercado abierto. Los empresarios que puedan proveer energía solar y eólica como sustituto de las empresas tradicionales de electricidad, ya estatales, ya privadas, tendrían un proyecto muy rentable en caso de que pudieran competir libremente, como corresponde a un mercado sin monopolios legales o prebendas estatales. Si no prosperan, es porque el estado se protege a sí mismo o protege a los proveedores habituales de electricidad. Igual sucede con todas las energías sustitutas del petróleo. Al mismo tiempo, el problema puede ir en la otra dirección –como de hecho ha ocurrido recientemente en algunos países, como es el caso de España, por ejemplo–: que el sector público subsidie las energías verdes y, como consecuencia no intentada, genere una burbuja que distorsione el mercado de la energía solar o eólica. De nuevo, esto ha terminado por generar graves problemas de sobreinversiones, falsas rentabilidades, burbuja y pinchazo del sector –con las dramáticas consecuencias en términos de desempleo y recursos malgastados. Esto es una muestra de lo complejo que resulta para el sector público “acertar” a ver cuáles serán los proyectos empresarios rentables y sostenibles. Se pueden tener muy buenas intenciones respecto de lo positivo que serían, desde un punto de vista medioambiental, las energías renovables pero simples subsidios y privilegios no constituyen una solución a largo plazo.
Supongamos, por lo demás, que un recurso natural se está agotando. Si sigue habiendo demanda de él –por ejemplo, el referido petróleo– el precio subirá, lo cual incentivará la búsqueda y descubrimiento, como dijimos, de potenciales sustitutos cuya comercialización empezaría a ser elevadamente rentable en este nuevo escenario. Aquí se observa de nuevo la importancia de atender a las consecuencias no intentadas. En efecto, en muchas ocasiones los subsidios a un determinado sector, aunque se implementen con buenas intenciones y con el pretendido objetivo de atender al bien común, terminan impidiendo la transmisión de información fidedigna –no olvidar que el sistema de precios actúa como un sistema de comunicación y señalización–, haciendo que resulten artificialmente rentables industrias que, sin la presencia de subsidios y ayudas, no lo serían; con lo que se terminan desincentivando proyectos de inversión en sectores alternativos.
¿Y el caso del aire? ¿Alguien puede ser el dueño del aire? No, claro, en este planeta, pero si alguien genera humo que invade tu propiedad, legalmente esa persona puede ser demandada. Si el sistema jurídico fuera eficiente, los costos jurídicos de transacción serían muy bajos, y por ende el emisor del humo, ante la amenaza de una sentencia en contra altamente costosa, tendría un incentivo para compensar a la persona damnificada por el humo que él ha emitido. El mismo razonamiento se puede aplicar a otros ámbitos, como la contaminación visual o sonora.
Por supuesto, corresponde al estado proveer un sistema judicial rápido y eficiente, pero también permitir la existencia de mediadores privados que de manera mucho más rápida puedan ayudar a ese tipo de negociaciones, y hallar soluciones a los conflictos.
En economía eso se llama “internalizar una externalidad”. Una externalidad es una consecuencia de una transacción comercial que tiene efectos sobre un tercero independientemente de la voluntad de este último, por eso se llaman efectos “externos”. Por ejemplo, si la parroquia compra una cocina y el humo llega a los departamentos lindantes, los dueños de estos últimos tienen un efecto (en este caso negativo) externo, porque no correspondió a una transacción comercial en la que ellos tuvieran algo que ver.
Ahora bien, llamar a un gobierno para que dicte una legislación sobre las cocinas, el humo, la polución etc., y crear una oficina estatal llena de gente para que se ocupe de su cumplimiento, es muy costoso, y ya hemos visto que el derroche de recursos atenta sobre todo contra los que menos tienen. ¿Por qué no ver, conforme al principio de subsidiariedad, lo que las partes involucradas pueden hacer por sí mismas? Por supuesto, si los vecinos tuvieran todos buena voluntad y espíritu cristiano, evitarían perjudicarse mutuamente. Pero vivimos en reinos que son de este mundo, aunque sean una peregrinación temporal hacia los otros. Supongamos que un vecino se compra una cocina y echa humo sobre los demás. La solución judicial, como dijimos antes, puede ser más rápida y eficiente, y las sentencias acumuladas crearían un incentivo para evitar atentar contra la propiedad de los otros con ese tipo de acciones. Por supuesto, todo esto implica un cambio en la mentalidad existente y en las funciones que presuponemos del gobierno, pero, vuelvo a decir, lo que está en juego es precisamente no derrochar recursos escasos. Además, si bien es cierto que los hombres no son ángeles, tampoco son demonios. Es preciso encarnar el optimismo antropológico y ser capaces de descubrir la potencialidad de creación de orden que anida en la cooperación voluntaria en el seno de la sociedad civil. Además, si bien es cierto que los ciudadanos no son ángeles ni demonios, lo mismo debe predicarse de los agentes gubernamentales. Es obvio que ellos no son demonios, sin embargo a veces impera todavía una visión demasiado angelizada de los agentes públicos. Los agentes gubernamentales, aunque digan con sinceridad preocuparse y velar por el bien común, no son inmunes ante los sesgos, prejuicios, puntos ciegos, problemas cognoscitivos y morales que aquejan a todos los mortales... no hay “expertos” que puedan permanecer a salvo de esto.
Por ello, es preciso advertir y recordar que el cuidado estatal de los problemas ecológicos es altamente costoso, no da resultados y quita los incentivos al cuidado del medio ambiente y a los pactos comerciales que podrían cuidar de nuestro planeta mucho mejor y más rápido que las interminables e inútiles discusiones y disposiciones de la ONU y los diversos organismos gubernamentales a nivel estatal y supraestatal al respecto.
Por supuesto que todo esto podría no suceder y, en una situación extrema, un gobierno podría intervenir si la vida y la propiedad de todos estuvieran en peligro –un terremoto, un incendio forestal de gran magnitud, un Tsunami, etc.,– pero no es esa la situación habitual. El comercio crea incentivos positivos, y hemos visto que esos incentivos, que lo que hacen es minimizar la escasez, tienen TODO que ver con el bien común y el principio de subsidiariedad.
Por lo tanto, cuando se afirma que el estado no debe hacer lo que los privados pueden hacer, hay que tener en cuenta que muchas veces, guiados por un prejuicio negativo, suponemos que los privados pueden hacer muy pocas cosas. La economía nos enseña que las potencialidades del comercio son más positivas de lo que suponemos. Es preciso adoptar una actitud humilde y conservar un genuino asombro ante la multiforme capacidad de creación de órdenes cooperativos que anida en la sociedad civil. Ahora bien, la economía no forma parte de la Revelación, pero por eso mismo, en relación a esta última, es un tema opinable, y si como religiosa, religioso, seminarista, sacerdote u obispo alguien piensa diferente, que tenga en cuenta que un laico puede pensar otra cosa, con toda la legitimidad de su competencia en los ámbitos temporales. El principio de subsidiariedad tiene un sano ámbito de opinabilidad en ese sentido. Creemos que la economía nos enseña que el mercado puede hacer más de lo que se piensa, pero si alguien piensa diferente, que no convierta su pensamiento en un dogma, en un ámbito donde, por definición, no puede haber solución o Palabra Revelada.


Sumario
El problema de los bienes públicos y las externalidades negativas que afectan al medio ambiente, para ser rectamente abordadas, requieren una adecuada comprensión del principio de subsidiariedad. El principio de subsidiariedad, rectamente entendido, debe hacer énfasis en su parte positiva, es decir, que las instancias superiores de poder no hagan aquello que pueden –y deben– hacer las instancias inferiores. El principio de subsidiariedad permite entender en qué medida pueden existir soluciones de mercado para enfrentar los problemas que pueden surgir en el ámbito del cuidado de los bienes públicos y el medio ambiente.

En efecto, no es correcto pensar que los bienes públicos y el medio ambiente solo puedan ser protegidos a través de medidas coercitivas implementadas por la acción gubernamental. La sociedad civil tiene potencialmente una amplia batería de mecanismos creativos y cooperativos para enfrentar problemas que afloran en el caso de bienes públicos y en temas medioambientales. Estos temas ponen nuevamente de manifiesto una idea central: la necesidad de atender a las consecuencias no intentadas a la hora de analizar los escenarios de interacción humana. Al mismo tiempo, el análisis de las externalidades revela que la interacción humana no está exenta de dificultades. Sin embargo, apelar inmediatamente a la acción gubernamental no necesariamente constituye una solución sostenible a los problemas que pueden surgir en la interacción humana. No se debe olvidar, que la acción gubernamental tiende, por la propia lógica de su modo de ser, a generar una progresiva burocratización y formalización de los procesos involucrados en la cooperación social. Como consecuencia de ello, la acción gubernamental también genera problemas y distorsiones que es preciso tener en cuenta cuando se evalúe la necesidad de intervención gubernamental.

domingo, 18 de junio de 2017

Día del padre ¿Solo una celebración comercial? Por Roberto Estévez.



El día del padre[1] es una de varias celebraciones comerciales, para que gastemos dinero en una época del año donde no gastamos tanto como en Navidad (que irónicamente no era una fiesta comercial cuando comenzó a celebrarse[2])

Sin embargo, con la edad uno va descubriendo que no importa tanto quién invitó a la fiesta cuanto poder ir cultivando la idea de que la vida es la fiesta y que quien, a pesar de los inevitables claroscuros de su tiempo, aprende a vivirla, puede llegar a vivirla para siempre[3].

Cada fiesta puede llegar a traernos una buena noticia. Este domingo se vuelve así un recuerdo de la paternidad y una invitación a la celebración de lo masculino.

Después del feminismo y después del machismo[4], es oportuno pensar qué es ser varón y qué es ser mujer.


El problema de lo masculino después del feminismo

El significado originario de Adán no es “varón”, sino “ser humano”. Dios formó al ser humano de la tierra. Adán viene de “Adama” (= suelo, tierra). Él ha sido tomado de la tierra y a la tierra volverá con la muerte. Pero la tierra recibe el hálito de vida que Dios insufló a Adán en su nariz. Así, pues, hay a la vez algo divino en el ser humano[5].

El ser humano se siente solo. Dios crea entonces toda clase de animales y se los presenta. Él pone a cada cual su nombre. Pero en ellos “no encontró una ayuda adecuada”[6]. En el mítico relato (“Palabra de Dios en lenguaje humano”), de la costilla de Adán, Dios crea entonces una mujer. De ella puede decir Adán: “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer (ischah), porque del varón (isch) ha sido tomada. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne”. “Estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro”[7].

En este relato, señala Anselm Grün[8], el hombre aparece como referido hacia la mujer. Ambos forman una unidad profunda. El varón suspira por la mujer. Encuentra su plenitud sólo cuando se sitúa ante la mujer en una buena relación. Varón y mujer se complementan. La historia de Adán y Eva esclarece no sólo la profunda unidad y la mutua pertenencia, sino también las motivaciones de las luchas de sexos que traspasan toda la historia de la humanidad.

Es evidente que el varón puede llegar a ser plenamente hombre sólo si reconoce a la mujer en paridad de rango y de valor y si se deja inspirar por ella. Esto se hace realidad sólo cuando él integra en sí a la mujer, cuando él entra en contacto con su “ánima”, tal como Jung designaba la parte femenina del alma masculina.


El camino y los valores del varón en la antropología bíblica

La siguiente dimensión de lo masculino que nos presenta la Biblia es Abraham, el varón peregrino el que sale de su tierra en una ambigua búsqueda donde deberá discernir su ideal de los múltiples ídolos que quieren captar su vida.

Hace muy poco tuvimos un Encuentro de un fin de semana para varones adultos y recibimos el regalo de que uno de los varones participantes tenía setenta y nueve años y era padre de otro participante de treinta y seis. El gozo de la paternidad, el amor del padre al hijo y del hijo al padre, que pudimos celebrar esos días, dejó una marca profunda en muchos de los participantes sobre su deseo de ser padres que aman y son amados por sus hijos, pero también despertó una inquietud similar a la de Isaac el huérfano de padre.

Es otra dimensión masculina, la necesidad de salir al mundo para iniciar la búsqueda del peregrino, hace necesario tomar distancia del padre, pero es una distancia que parte en línea recta en sentido contrario y que por tanto, algún día, el mismo movimiento de alejarse (valga aquí la imagen de la redondez de la tierra) debe llevarnos a el reencuentro[9].

Es Isaac, el huérfano de padre, el que en Jacob alcanza su plenitud como padre, el patriarca del cual se derivan las doce tribus de Israel. La paternidad que origina un pueblo bendito por todas las generaciones.
Si bien el Patriarca es una de las dimensiones masculinas más fuertes del Antiguo Testamento no es la única. La escritura nos presenta, de la mano de otros varones, otras dimensiones de lo masculino, que son a la vez otros valores de lo masculino: José el soñador, Moisés el guía, Sansón el guerrero, David el rey, Salomón el amante, Elías el profeta, Job el sufriente, Jonás el bufón, Pedro la roca, Pablo el misionero, Juan el amigo y el anciano sabio.

Cada una de ellas va desplegando lo masculino en relación:
El peregrino, el huérfano que se hace padre, es esposo que recibe y protege,
el soñador, el guía, el guerrero y el rey en su acción transformadora,
el soñador, el profeta y el sufriente en sus diferencias,
El bufón, el amigo y el amante de la esposa,
El bufón, el amigo y la roca de su esposa y amigos,
El anciano sabio antes de morir.

Concluyendo, el varón ha sido tomado de la tierra y a la tierra volverá con la muerte. Solo llegó a ser plenamente hombre si reconoció a la mujer en paridad de rango y de valor y si se dejó inspirar por ella[10].

La cultura postfeminista está todavía en una etapa de disolución de las diferencias. En este como en los restantes terrenos, el reconocimiento de las diferencias es parte del camino para reconocer una identidad que es diferencia y hace a las personas únicas en la igualdad.


Roberto Estévez
roberto.estevez@santodomingo.edu.ar



[1] La tradición católica europea lo conmemora el 19 de marzo, día de San José, padre de Jesús.
Sin embargo, Francia, Reino Unido y muchos países iberoamericanos, adoptaron la fecha norteamericana, el tercer domingo de junio.
[2] Donde “Papa Noel” que trae los regalos, sustituye el Niño que es el regalo en el pesebre.
[3] "Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.” Evangelio según San Mateo 5,1-12.
[4] Una hipótesis para investigar psicológica y sociológicamente, es hasta qué punto la desaparición de una identidad masculina favorece la identificación con estereotipos islámicos en Europa y machistas en Iberoamérica. Del modo que el miedo a sí mismo es negado mediante la cosificación del otro.
[5] Gen 2,7.
[6] Gen 2,20.
[7] Gen 2,23-25.
[8] En su libro “Luchar y Amar” que seguimos en estas líneas.
[9] Una pequeña nota no sirve para agotar el tema, pero podría sernos útil en esto la parábola del hijo pródigo, que es inevitablemente la del padre misericordioso. Donde el hijo a quien no le correspondía el campo en herencia sale buscando su ideal y queda enredado en los ídolos, necesitando de volver al padre para estar liberado.
[10] Desafío común a los varones que conviven con mujeres y a los que han elegido ser célibes. Ineludible para la madurez humana de unos y otros.

LA ESENCIA DE MI PROYECTO DE CONCILIACIÓN ENTRE EL PSICOANÁLISIS DE FREUD Y UNA ANTROPOLOGÍA CRISTIANA

        Establecido que el psicoanálisis puede ser una ciencia de conjeturas instrospectivas, abierto al diálogo y a la crítica, ¿qué relación guarda con una antropologia filosófica cuyo nivel de certeza sea mayor, abierta también al diálogo?

No necesariamente el psicoanálisis tiene que tener relación con el comprensible iluminismo de su autor. Creo, al contrario, que es mucho más compatible con Víctor Frankl y con la noción de persona de Santo Tomás dentro, a su vez, de la noción de pecado original del judeo-cristianismo. Aún tengo que desarrollar este programa de investigación pero desde ya afirmo que los inmensos esfuerzos de Frankl para alejarse de Freud no ayudaron en absoluto. Al contrario, se apoyan mutuamente. Freud no es la terapia para la pregunta logoterapéutica y filosófica fundamental, a saber, el sentido de la vida y de “mi” vida, pero es en cambio una casi condición para encararla. El yo queda muy debilitado por la cantidad de energía que tiene que consumir para soportar los conflictos derivados del re-direccionamiento necesario de las pulsiones originarias. Las neurosis fóbicas, de angustia, obsesivo-compulsivas, las identificaciones y fijaciones que llevan a la masificación, las melancolías de los duelos no resueltos, los edipos mal resueltos, toda la carga de negación más las transferencias negativas, todo ello produce un estado de dolor sordo que impide a la persona hacerse las preguntas de la existencia más importantes, y son con-causa de las existencias inauténticas y los escapismos que impiden pasar a la madurez de la vida. Muy pocas personas logran por sí solas una suficiente sublimación de sus pulsiones más inconscientes. Por lo tanto, una mayor comprensión y un mejor manejo –no digo “solución”- de nuestros conflictos, y un mejor manejo de nuestras neurosis, es una especie de condición para pasar a la pregunta por el sentido de la vida y una mayor madurez de la propia existencia. Esto es especialmente importante en las vocaciones religiosas que, si son encaradas como negación de conflictos graves, pueden tener resultados catastróficos.

A su vez, una vez distinguido el yo como función psíquica, y ubicado en las dos tópicas correspondientes (ello, yo, super-yo; inconsciente, preconsciente, consciente) se lo puede ubicar bien en una antropología filosófica donde la persona sea un espíritu racional que conforma un cuerpo, donde hay una esencia individual que es el yo, donde no todo es consciente. Pero entonces el yo cuyo sentido hay que descubrir (vocación) no es el yo que está entre el ello y el súper yo, sino que todo ello está en el mismo yo personal cuyas facetas hay que ir descubriendo, y el psicoanálisis es una de los métodos psicológicos para ir des-cubriendo esos aspectos no conscientes del yo, cuyos conflictos no resueltos nos impiden ir hacia la madurez personal y hacia la plenitud de la persona de la cual hablan todas las antropologías sensibles al tema religioso, donde Dios ya no sea el padre como función indispensable de la primera infancia, sino el sentido total de una vida que se entrega en una auto-donación, que para ello tiene que superar la noción de Dios como objeto.



domingo, 11 de junio de 2017

JAPÓN: LA RESTAURACIÓN MEIJI, EL CONSTRUCTIVISMO OCCIDENTAL, EL SHINTOÍSMO NO NACIONALISTA Y EL CRISTIANISMO.


La historia de Japón es muy poco conocida excepto para sus estudiosos, pero el cine se ha encargado de mostrarnos un momento crucial, difícil de interpretar, a través del film El último Samurai –que repite fielmente el mismo esquema de Danza con Lobos; Avatar sigue el mismo argumento-. Todos seguramente se han conmovido cuando las ametralladoras occidentales arrasan con “los últimos samurai” que con honor y valentía atacan con su destreza, sus espadas y sus caballos a un ejército menos honorable pero, como siempre sucede en la historia humana, dotado con una capacidad técnica imposible de superar.

¿Pero qué había detrás de ello, más allá del soldado occidental que se convierte en samurai? Lo que vemos, lejanamente y entre sombras, es lo que fue la Restauración Meiji, un decidido empeño por parte de cierta aristocracia japonesa para sacar a su nación del auto-encerramiento cultural que duró de 1603 a 1868. O sea, un intento de hacer un Japón “moderno”, con instituciones occidentales, y que aparentemente tuvo éxito: Japón se convirtió en la potencia industrial, técnica y política más poderosa de Oriente desde fines del s. XIX hasta fines de la Primera Guerra, en la cual se sentó, en Versalles, como cuarta potencia después de los delegados de Francia, Inglaterra y EEUU.

Por ende los supuestos malos de la peli eran en realidad los buenos. Si, tal vez el imaginario Omura era un corrupto malo malo malo pero en realidad formaba parte de un gobierno que quería sacar a Japón de su feudalismo y llevarlo hacia una modernización occidental donde los samurai ya no tendrían cabida como servidores de los señores feudales del Japón.

¿Pero qué intenta copiar, de Occidente, la Restauración Meiji?

Aquí entra la clave de la cuestión: no el liberalismo clásico, sino el racionalismo constructivista explicado una y otra vez por F. Hayek.

Esto es, no las libertades individuales con un gobierno limitado a custodiarlas, sino la construcción de un estado centralizado e imperial, dispuesto a barrer con el Antiguo Régimen anterior. O sea, los estados napoleónicos posteriores a la Revolución Francesa.

Por lo tanto, bajo aparentes instituciones liberales tales como las cámaras de representantes, las supuestas divisiones de poderes, las vestimentas occidentales y, por supuesto, la ciencia occidental, estaba la visión constructivista, bajo la cual el imperialismo y el dominio de otras naciones era también su directiva. Pero eso, vuelvo a decir, directamente importado de esa visión occidental de planificación central que quebró la evolución del liberalismo clásico y llevó a Occidente a los nacionalismos e imperialismos europeos que terminaron en la Primera Guerra. La dinastía Meiji no hizo nada más ni nada menos que llevar eso a Japón.

El Japón feudal tenía por supuesto sus bellezas culturales. Entre ellas el Bushido, relativamente similar[1] (pero creo que superior) a la tradición caballeresca medieval occidental. Algunos de sus valores eran muy similares al Cristianismo, pero esa unión no se pudo concretar no sólo porque la Dinastía Edo vio en el cristianismo una pérdida de la identidad nacional japonesa, sino porque, si ya en el Cristianismo occidental la noción de persona y sus implicaciones morales tardaron mucho en florecer, mucho más en Japón.

La religión nacional japonesa, el Shintoísmo, es una conmovedora mitología animista-politeísta, con preciosas consecuencias artísticas y ceremoniales. Es en principio una mitología nacionalista, porque Japón como nación se origina con la pareja de dioses fundacionales, Izanami e Izanagi, cuyo amor y descendencia da origen a las islas y a los habitantes de Japón, sin distinción entre lo viviente y lo no viviente, o entre lo divino y lo no divino[2]. Una de las características más interesantes del Shinto es que lo individual no aparece, sino en red, en conjunto, casi como neuronas que individualmente no tendrían sentido sino sólo en sus millones de conexiones sinápticas. Por eso, para dar sólo un ejemplo, no hay plato principal en la comida japonesa, sino varios relativamente diminutos que en conjunto constituyen el alimento.

En esa tradición de casi 2000 años era muy difícil introducir la noción de libertades individuales, pero fue coherente que la modernización coincidiera entonces con el constructivismo occidental, esencialmente colectivista.

Por eso la dinastía Meiji es primero una restauración, porque tiene que basar la nueva nación japonesa moderna en el seguimiento del linaje de un emperador-dios, que, aunque no cumpliera funciones de gobierno, siempre había simbolizado en Japón la continuidad de su origen divino. Pero además esa restauración convierte al Shinto, más que en una religión, en un conjunto de ceremonias de estado[3]. No había libertad para no seguir ese ceremonial –análogo al culto a los símbolos nacionales que los occidentales, acríticamente, siguen practicando- pero sí había libertad para otras “religiones”. Pero no para el Shinto, que se convirtió más bien en un conjunto de ceremoniales parecidos a la pietas romana del Imperio. Esa pietas formó parte del contenido obligatoria de la educación pública japonesa hasta 1945.

Por ende, para comprender la acción internacional del Imperio Japonés después de la Primera Guerra, hay que entender que ellos no podían ver las alianzas o no alianzas con las potencias occidentales con el ojo crítico de un libertario, sino sencillamente con la mirada de una nación colectiva donde lo individual no contaba sino el éxito o no de un proyecto nacional en los cuales otros proyectos nacionales –sea Inglaterra, Alemania, o quienes fueren- no eran más que aliados o enemigos en el logro de la grandeza del Japón Divino e Imperial.

Por eso tiene razón W. G. Beasley cuando explica el triunfo de políticas nacionalistas, después de 1918, frente a partidos más de izquierda –o sea no nacionalistas- en Japón: “…el fracaso en lograr apoyo popular fue lo que condenó a ambas clases de partido a la guerra. Las razones de ésta no han de buscarse en ningún factor singular y ni siquiera enteramente en las deficiencias de los políticos. Estribaban más bien en aquellas ideas e instituciones que habían desviado al pueblo japonés de la persecución de las libertades individuales para dirigirlo hacia el alcance de metas colectivas: las presiones formativas del sistema educativo; una religión estatal centrada en el emperador; la conscripción con el adoctrinamiento que la acompañaba; y la persistencia de actitudes autoritarias y tradicionales en sectores importantes de la conducta burocrática y familiar”[4].

Desde aquí se entiende también que el fundador del Aikido, Morihei Ueshiba, haya tenido una concepción universalista y no-nacionalista del Shinto japonés: porque basó sus convicciones en la secta Omoto[5], que, con elementos budistas, mantenía las tradiciones shinto pero separadas del culto al Emperador, por lo cual fue severamente perseguida. Ueshiba se salvó por su prestigio personal pero todo esto explica también que se auto-exiliara en el “muy” interior de Japón durante la Segunda Guerra y que su Aikido haya surgido luego como una cuasi-religión sintoísta exo-térica, universalista, que predicaba a todas las naciones la paz y el amor universal. No de casualidad fue el primer arte marcial que los Aliados permitieron luego de la Segunda Guerra.

Dicho todo esto, la pregunta es de qué modo o cómo subsiste hoy en Japón toda esta historicidad. La historicidad no es la Historia estudiada, es más bien el horizonte cultural pasado que vive en el presente.

¿Es plausible que una bomba atómica, por técnicamente poderosa y horrorosa que fuera, y la posterior anexión de Japón, prácticamente, como un protectorado de los EEUU, logren borrar la tradición shinto nacionalista y la nostalgia de la Gran Nación Divina Imperial?

En la historia humana,1945 a 2017 es un casi nada para responder.

Por eso creo que la clave es la gran intuición que Morihei Ueshiba tuvo de un shinto universalista y pacífico. Ello tiene un potencial diálogo con el Cristianismo y su noción de persona, donde el samurai seguirá siendo servidor de su señor, pero el Señor será Cristo[6] y por ende el shinto ya no será un colectivo, “el borg”, sino un orden comunitario donde cada persona tendrá ante todo el mandato de su conciencia.

El futuro de Japón no está en una vuelta a su nacionalismo pero tampoco, desde luego, en su desaparición bajo las peores y más decadentes formas de indiferentismo religioso occidental. Está en una síntesis entre su historicidad sintoísta, el shinto universalista de Ueshiba y la noción de persona del Cristianismo.

En todo esto hay que seguir trabajando.




[1] Ver Nitobe, Inazo: Bushido: The Soul of Japan (1904); Layout and Cover Disign, 2010.
[2] No hay Sagradas Escrituras relativamente oficiales en el Shinto, pero uno de los textos fundacionales de la mitología japonesa es el Kojiki, crónica de antiguos hechos de Japón; (datada aproximadamente en el 712 D.C.); Trotta, Madrid, 2008; Introducción y traducción de Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla.
[3] Ver al respecto State Shinto: A Religion Interrupted, by Eryk, 2016, en https://www.tofugu.com/japan/state-shinto/
[4] Beasly, W.G.: Historia moderna del Japón, Sur, Buenos Aires, 1968, p. 246.
[5] Entre los biógrafos de Morihei Ueshiba, el que más se ocupó de esta crucial cuestión fue Stevens, J.: ver sus libros Invincible Warrior, Shambala, 1999, y Paz abundante, Kayrós, Barcelona, 1998.
[6] Es muy interesante al respecto la historia de Ukon Takayama, llamado el Samurai de Cristo (ver http://www.proyectoemaus.com/takayama-ukon-el-samurai-de-cristo/ ). Fue beatificado el 7 de Febrero de este año: http://es.catholic.net/op/articulos/61280/hoy-es-beatificado-justo-takayama-ukon-el-samurai-de-dios




domingo, 4 de junio de 2017

PROHIBIDOS LOS DESACUERDOS CON EL ACUERDO DE PARÍS



Sobre llovido, mojado. Trump, el malo, ha blasfemado contra los dogmas de la fe del sacro imperio romano científico-estatista. Pero como ahora es un sistema de emperadores autónomos, los demás están tratando de ver cómo le hacen un auto de fe y lo queman verdaderamente en alguna hoguera.

Los titulares y artículos de miles de news media en todo el mundo están en la desesperación. “Una decisión que pone en riesgo el futuro de la humanidad”. “Una decisión que expone con brutalidad la visión trumpista sobre el mundo”.  Y así en casi todo el mundo. Si sumamos a esto los prejuicios negativos anti-norteamericanos y anti "capitalismo", el combo no podría ser peor. 

Por lo demás, como dije tantas veces, tampoco se trata de defender a Trump en tanto Trump, quien no se caracteriza por su liderazgo, sus buenas formas ni su capacidad comunicativa, ni tampoco por sus buenos argumentos. No es cuestión de los trabajos para los norteamericanos. Ese no debe ser el punto. El asunto es el Acuerdo de París. Dos cosas al respecto.

Una, yo creo que sí, que hay un problema ecológico, que hay calentamiento global. Pero inútil tratar de explicar que luego de Popper, Kuhn, Lakatos y Feyerabend la ciencia no consiste en “hechos”, no? ¿Que todo depende de la conjetura corroborada, del paradigma dominante, del núcleo central, etc? ¿Qué por ende en ciencias naturales todo se puede debatir? Ah no, Zanotti, andate con tu filosofía a la miércoles. Sobre todo cuando tus lindos autores colocan un manto de libertad de expresión en lo que yo, el que no piensa como vos, pérfido y liberal Zanotti, he decretado indiscutible. Genial. La libertad de expresión sirve para debatir el fútbol del Domingo. En lo que verdaderamente nos afecta, se acabó y el que piense lo contrario es un imbécil o una mala persona, vaya uno a saber uno pagada por qué oscuros y pérfidos intereses.

Pero, vuelvo a decir, yo creo que sí, que hay un problema de calentamiento global. Pero el Acuerdo de París, el Protocolo de Kyoto, etc., han optado por medidas estatistas para solucionarlo. Y ese es el problema. El mercado libre es el incentivo para generar nuevos derechos de propiedad que puedan solucionar el problema. Los problemas de medio ambiente son problemas de indefinición de derechos de propiedad. La privatización de bienes públicos y la internalización de externalidades negativas sólo se producen cuando hay incentivos suficientes, de mercado, como para generar la creación de nuevas alternativas tecnológicas que puedan producir energías limpias. Las regulaciones estatales no hacen más que impedirlo, llevadas al paroxismo, como España que prohíbe a sus ciudadanos la instalación de paneles solares.

Pero todos estos temas, toda esta bibliografía, es ignorada olímpicamente por todos quienes ahora se rasgan las vestiduras.  Su ignorancia supina de economía, de Law and Economics, de Escuela Austríaca, etc, es más infinita que el universo newtoniano pero, desde luego, en nombre de esa ignorancia echan al ostracismo del descrédito a todo aquel que ose decir lo contrario.

Ese tema también me preocupa. La libertad de expresión sobre esta cuestión parece estar prohibida, so pena de insultos y descréditos gravísimos. Mala persona o imbécil el que piensa diferente. Casi como si defendiéramos la acción de un violador de menores. Igual pasa con la ideología del género y nuevos dogmas similares. Y, vuelvo de decir, no me refiero a Trump. Un universo paralelo interesante sería aquel donde alguien con las formas y charming de Obana hubiera dicho que las medidas del Acuerdo de París son inconducentes. ¿Habría recibido tantos bombazos?

Creo que sí. El consenso actual sobre ciertos temas no tolera disidencias. No es en broma, Feyerabend tiene razón: luego del Sacro Imperio, estamos ahora en otro sacro imperio. Y lo dice en serio. Pero claro, Zanotti, andate con tu Feyerabend a la miércoles, con tu hermenéutica a la miércoles, con tu Mises a la miércoles, sobre todo cuando lo que dicen puede objetar algo de los sacrosantos dogmas del imperio estatista actual.


Si, la verdad, me gustaría volver a Marte, mi lugar de origen. Mientras tanto que Dios me proteja.

domingo, 28 de mayo de 2017

SOBRE LA MUERTE DE LOS HUMILDES




Hace unos diez años que teníamos un plomero que se llamaba Miguel. Alto, pelo blanco, delgado, ya añoso, sus ojos reflejaban sin falta de alegría el dolor de una vida difícil. Llegaba, sonreía, calmaba, solucionaba los problemas, cobraba lo justo y a veces lo injusto para él. Yo fui desarrollando con los años una sutil amistad. Habitualmente lo acompañaba hasta su auto, ya viejito como él, llevándole su caja de herramientas. Hablábamos de la vida y yo lo escuchaba como a un abuelo. Y siempre así. Tenía mucho trabajo, estaba lleno de pedidos, pero si era urgente, venía y ejercía sobre los caños y sobre el agua un efecto parecido al de la Nanny McPhee.

A principios del 2016, en Enero, nos enteramos de que había muerto, en Septiembre del 2015. Un mes antes había estado trabajando en casa.

Y que ya estaba enterrado y olvidado.

Me quedé helado. El recuerdo es un recurso ante nuestros obvios lamentos por nuestra obvia mortalidad. ¿Pero qué pasa cuando no quedan ni recuerdos?

Sabíamos que tenía hijos y nietos pero nada más.

Aún parte de sus materiales están en nuestro balcón. Los había dejado para un próximo arreglo. Allí están. Casi como sus cenizas.

Nada. Pasó por el mundo en silencio, haciendo el bien, casi como si no hubiera existido. Qué curioso que los que hacen el bien en silencio no existan. Los que hacen mal y con mucho ruido, sí existen. Y pensar que Santo Tomás dice que el mal y el ruido no son existencias, sino privaciones…

En Guatemala, desde el 2003, nos hicimos amigos de Manuel. Un portero y guardia de seguridad. Manuel era bajito, delgado, de mediana edad. Con una amabilidad exquisita. Nos decía señorita Marcela y señor Gabriel. Pase, para servirle, qué manda. Con una naturalidad tal, con una esencialidad tan densa, que jamás le pedimos que nos dijera de vos, algo culturalmente inconcebible para él. Pero éramos amigos. Todos los años lo saludábamos con un gran abrazo. A la noche, en sus guardias nocturnas en el hotel, Marcela le preparaba un té con galletitas y yo se lo llevaba. Que gracias señor Gabriel, no se hubiera molestado señor Gabriel, gracias a la señorita Marcela. A la hora más o menos nos devolvía todo lavado y secado.

Y así, siempre. Era nuestro amigo. Uno de los mejores.

Y de repente, se murió.

Nos imaginamos que debe haber entrado en el cielo igual. Hola señor Pedro, gracias señor Pedro, qué manda señor Dios, muy amable señor Dios, para servirle señor Dios.

Pero se murió.

Y todo siguió igual, como si Manuel no hubiera existido.

La gente tan buena y humilde debería morirse con aviso. Pero no, tienen una muerte tan inexistente como su presencia.

Qué tan así es este mundo. Pero en el cielo deben haber entrado como los emperadores triunfantes entraban en Roma. Seguramente algo sorprendidos, pero Dios les debe haber explicado cómo son las cosas allí.

Mientras tanto aquí, se nos murieron. Llegaron a nuestra vida sin avisar. Se fueron sin avisar. De sorpresa. En silencio. En humildad.


Sea este un homenaje a todos los Migueles y Manueles del mundo.



domingo, 21 de mayo de 2017

DONACIÓN MUTUA NO ES IGUAL A COMPRA MUTUA

Hace poco, en una clase, dije a mis alumnos, hablando del matrimonio: hay una diferencia esencial entre “compra mutua” y “donación mutua”. El matrimonio no es poseer al otro, es donarse al otro. Si eso es mutuo, puedo hablar, si, de “mi” cónyuge, pero no porque lo compré, sino porque se me donó.

La donación no es explicable con la relación costo-beneficio que se da en el mercado con bienes materiales. Obsérvese:  “…que se da en el mercado con bienes materiales”.  Subrayo eso porque en ambientes liberales se ha malinterpretado muchas veces el axioma central de la praxeología de Mises. Por supuesto que toda acción humana implica el paso de una situación menos satisfactoria a otra más satisfactoria. Cuando hice mi compatibilización entre dicho axioma y la antropología de Santo Tomás de Aquino, el contexto era mostrar a diversos ambientes católicos que la praxeología de Mises no es utilitarismo ni tampoco el neokantismo de Mises. Pero ingenuamente supuse que bastaba aclarar que la situación más satisfactoria era compatible con acciones altruistas y punto. No me daba cuenta que muchos interpretaban la acción beneficiosa para el otro como una acción focalizada en mí, no en el otro. Como cuando muy agudamente alguien me dijo en un debate: es perfectamente coherente que Gabriel piense que la praxeología es compatible con el Cristianismo, porque él va a obtener su beneficio en el cielo.

Detengámonos en esto. Hace mucho tiempo, en la sala de profesores de la Unsta, le ofrecí un café a un prestigioso y consumado escriturista. El me dijo “gracias” y lo le dije “no Padre, no lo hago por usted, sino por mis tesoros en el cielo”. El sacerdote en cuestión, conocedor de tooooooooooooodas las discusiones al respecto, se rió con ganas. Entendió perfectamente.

¿Qué entendió? Que si el objetivo de mi acción sigo siendo yo, no hay amor al otro en tanto otro, aunque yo “done” todos mis bienes y ofrezca mil cafés. El amor cristiano es un amor de donación, donde la mirada está concentrada en el otro… En tanto otro. Cuando hago algo por alguien, es por ese alguien, no es por mí. Ahora bien, ello redunda en mí, sí, porque la acción buena me perfecciona como persona. Pero no es ese el fin de la acción: el fin de la acción es el otro.

Razonar, por ende, con una lógica de costo-beneficio de mercado para toda acción humana es una mala interpretación de la praxeología de Mises y el error antropológico de todos los economistas que han querido llevar el análisis micro a dimensiones de la acción humana que tienen que ver con la donación.

¿Cuál es mi diferencia con muchos colegas católicos y cristianos, por ende? Que ellos creen que la donación es algo que pasa por el estado. Cómo han podido creer que el estado puede obligar a alguien a donar, es un misterio más grande que la mente de Dios.


Mientras tanto, el hereje soy yo.