domingo, 6 de septiembre de 2015

SENTADO SOBRE LA NADA

No, no me refiero a Kicillof y a sus tesis heideggerianas sobre el dólar. Me refiero a una nada más real, si cabe decirlo así.

Hace poco pasé por donde estuvo el edificio de la Universidad Austral Sede Capital durante muuuuuuuuuchos años. La famosa “sede Garay”. Era una edificio muy sólido, a pesar del durlock que había logrado disimular la vieja y sólida estructura de la otrora fábrica de cuadernos. De hecho mi oficina daba a una de las paredes originarias, de esas paredes que eran paredes, y la verdad podría haber sido una celda de Alcatraz (en la cual me sentía protegido de la supuesta libertad que me rodeaba).

Hace poco pasé por allí y la sensación –ya que últimamente estamos todos muy en Hume:-) - fue…. Extraña. Habían demolido todo. Todo pero todo. No había “nada” excepto el aire, pobre, tan potente en sí mismo y tan nada para nuestra pobre percepción. Traté de ubicar dónde estaba antes mi oficina, donde escribí, estudié, recibí gente, alumnos, preparé clases, etc…. Y de repente me imaginé allí sentado pero en medio de la nada, sobre la nada. Qué increíble. Qué sensación de fragilidad sentí. Aquello que me parecía tan sólido, ya no era nada. Mi refugio había desaparecido, vaya a saber uno en qué trans-formación de esas físicas que no significan nada para nuestra existencia.

Me imaginé que si intentaba sentarme allí de vuelta, una potente fuerza –de gravedad, que aún nadie sabe qué es- me impulsaría hacia un abajo que en realidad nos parece abajo pero que no es abajo ni arriba ni nada pero que me daría un buen golpe, seguro. Pero entones, claro, la cuestión no es sentarse en el aire sino en el suelo. Pero el suelo se puede mover también. Tal vez haya una excavación posterior, tal vez sea luego la terraza de un edificio subterráneo, que dentro de 2000 años quede como el suelo de una selva misteriosa. Como fuera, el piso podría desaparecer también, y yo caería hacia otro piso que, a su vez, podría no estar y así sucesivamente.

¿Sobre qué estamos parados, entonces? ¿Cuál es el suelo que pisamos? Ninguno que no pueda desaparecer. ¿Entonces? Pues que no queremos saber nada con ello. Nos aferramos a nuestros endebles suelos, porque, ¿qué otra nos queda? Ahora mismo estoy entado en el 1er piso del edificio de la Sede Pilar que, hace dos años, era nada. Pero me siento bien, en varios sentidos de la palabra “siento”. Claro, no tengo más remedio que presuponer que nadie me va a mover el piso…. Hasta que se mueva.

Pero no. Hay que asumir nuestras nadas en serio. Estamos colgados sobre la nada. Ningún piso es firme.

¿Qué nos sostiene, entonces?

La mano de Dios, obviamente.

Si El suelta, au revoir, adeus, addio, good bye, Auf Wiedersehen (ol-vídensen:-) ), sayonara.

Pero cuesta verlo.

Y es natural. Contrariamente a diagnósticos apocalípticos, no es propio de esta época. El hombre siempre se aferró a lo terreno aunque su vida pública fuese enmascarada de fingida sacralidad. En la intimidad de su interior, ese individuo débil, del cual habla Fromm (el que era where are you :-) ), se aferró siempre a su frágil terruño. Pero también a sus afectos más profundos. Y ellos son menos frágiles. Por eso son tan importantes esos ojos que nos aman, ese abrazo profundo, esa palabra que consuela. Porque allí, ya hay otra cosa: una cosa que es él, que es el tú, que es el otro, que siempre está, cuando está, más allá de los edificios, las paredes, los durlocks y las torres. Y ese otro es participación del Otro. A través del otro vemos al Otro y, cuando llegamos a El, pisamos los pisos pasajeros, habitamos los edificios demolidos, estamos bien sentados en el aire, porque el mundo se ha dado vuelta, el Cielo es la tierra, la tierra es nada y la nada somos sin Dios.



1 comentario:

Carlos Burgo dijo...

Estimado Gabriel. Excelente el artículo. Soy argentino residente en el extranjero, y me gustaría intercambiar algunas ideas por correo electrónico. Si es posible, por favor avisarme. Un gran abrazo
Carlos