domingo, 7 de diciembre de 2008

EL VIZCONDE PARTIDO POR LA MITAD, por Luis J. Zanotti

Circunstancias personales han indicado que era una buena oportunidad para interrumpir por un momento nuestros "sueños" y volver, como ya hemos hecho una vez, a la pluma de mi padre, Luis Jorge, que también soñó, lo intentó, y finalmente re-sistió. De esa última etapa son esos artículos tan filosóficos, publicados bajo el pseudónimo de Jorge Lacanna.

El que reproducimos hoy es especiamente interesante por "la comprensión de lo humano" que revela, lo cual es una sabiduría perenne en todas las épocas, porque no hay épocas más enjuiciadoras que otras, sino que todas son muy duras y crueles; simplemente cambian la escala de valores y por ende aquellas cosas que no se perdonan ni si comprenden ni se quieren comprender. Y mejor no dar ejemplos.

Por supuesto, si alguien considera que al colocar estos artículos hay cierta idealización de la figura del padre ya muerto, pues.... Tiene razón. Ello no impide de ningún modo que vengan comentarios y críticas, pues en mi caso no hay conocimiento de sólo el texto, sino sobre todo del con-texto: cuándo lo escribió, por qué, cuál era su "circunstancia", de la cual, orteguianamente, él se hizo cargo.

Dejo que disfruten su pluma. El escribía de primera mano, en una Olivetti de las de antes, y no corregía.....

GZ

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El vizconde partido por la mitad
Por Jorge Lacanna
Publicado el 10 de diciembre de 1989
ver www.luiszanotti.com.ar


El joven e inexperto vizconde Medardo di Terralba, en su primera batalla contra los turcos, en tierras de Bohemia, enfrentó temerariamente a la artillería enemiga y quedó partido al medio, dividido exactamente en dos mitades iguales, de arriba abajo, todo a lo largo, desde el cráneo. Pero una mitad sobrevivió y el vizconde –el medio vizconde– volvió a su castillo de Terralba, en el norte de Italia, convertido en una figura triste, sostenido con artificios y maderámenes en la silla de su cabalgadura, permanentemente recubierto por un gran manto negro.
Así lo narra, en un relato de estremecedora belleza literaria, en un italiano maravilloso, Italo Calvino, en su obra Il visconte dimezzato. Y no hay por qué dudar del realismo de sus descripciones. ¿Es acaso el hombre uno? Lo que vemos, lo que sabemos de cada prójimo, ¿es todo él o es sólo su mitad? ¿Y no será quizás cada hombre más de dos? ¿No podrá ser cada hombre varios que se confunden, o, más difícil todavía, que pugnan por imponerse sobre los otros que con él conviven?
Medardo di Terralba –la mitad superviviente– comenzó a hacer el mal. Los siervos de sus tierras, los servidores del castillo, los cazadores furtivos, los salteadores de caminos, las buenas gentes comunes –mujeres, niños, ancianos– hasta los leprosos de la leprosería cercana, se aterrorizaban apenas veían o presumían que la figura cubierta con el siniestro manto negro se acercaba. Su justicia era sádica; sus castigos, torturas crudelísimas. Y su pasión, cortar al medio animales, insectos, árboles, flores. Era el Malo.
Hasta que un día comenzó a cundir la confusión. Porque inexplicablemente Medardo di Terralba había sido gentil con un niño. Otra vez ayudó a un viejo. Y de pronto, sin que nadie pudiera entenderlo ni preverlo, hacía, alternativamente, el bien y el mal.
Pero en ambos casos, en forma extremada. Y nadie sabía cuándo Medardo haría el mal, tremendamente, y cuándo el bien, santamente. El Malo flagelaba y el Bueno curaba las llagas. Uno perseguía y el otro amparaba.
Hasta que los dos se enamoraron de una misma campesina, que, astuta, comenzó a entrever la verdad. En el día del matrimonio convocó a ambos y no les quedó sino batirse, gallardamente, a espada. Pero una mitad no se sostiene como para ser buen espadachín. Y tanto quisieron matarse uno al otro que se fueron uno encima del otro y las mitades se unieron otra vez y revivió el Medardo entero.
La metralla turca había dispersado las dos mitades y la que se supuso muerta fue salvada por unos ermitaños con ungüentos extraños. Y volvió también al castillo.
Pero una mitad era mala y otra buena. Una malísima, y otra buenísima. Una perversa inútilmente, la otra santa casi sin sentido de la realidad.
Cuando Medardo di Terralba volvió a ser uno, no fue malo enteramente; sólo un poco malo a veces. Y fue bueno muchas veces, pero no volvió a ser un santo varón.
En su interior, Medardo di Terralba –ya entero– quedó melancólico. Un cierto conflicto latía en él. Buscaba su unidad –ahora que, por fin, era uno– y no la encontraba. ¿Quién soy yo?, se preguntaba a veces. Cuando estaba "dimezzato", el Malo era el Malo y el Bueno era el Bueno. Pero ahora, ¿era malo o era bueno? ¿Cuál de las dos mitades era la más suya?
El hombre se sigue buscando a sí mismo hasta el día de su muerte. Sabe que él es más de uno. Que en su interioridad laten fantasmas de perversiones y de santidades, de miserias y de heroísmos. Cada día, cuando va y viene de su trabajo, sabe que él podría –que él hubiera querido– partir hacia las grandes aventuras. Sabe que es médico pero soñaba con ser poeta; sabe que es padre de familia pero soñaba con ser guerrero; sabe que es cobarde pero que podría ser temerario.
Los hombres y mujeres que vivían en torno de Medardo di Terralba –hasta los leprosos– se tranquilizaron cuando lo vieron uno.
La confusión y la duda habían concluido. No le es permitido al hombre mostrar rostros distintos. Yo sé que hay en mí más de uno. Pero en mi prójimo sólo veo uno y no quiero ver sino uno.
Que el otro siga buscando su propia identidad. Yo le adjudico una, para siempre. Y el otro hace lo mismo conmigo.
Unamuno, el gran Don Miguel, lo explicó más rudo. "¿Qué es lo más íntimo, lo más creativo, lo más real de un hombre?", se pregunta en el prólogo de Tres novelas ejemplares. Y menciona entonces, la "ingeniosísima teoría de Oliver Wendell Holmes sobre los tres Juanes y los tres Tomases". "Y es que nos dice que cuando conversan dos, Juan y Tomás, hay seis en conversación, que son: el Juan real, conocido sólo por su Hacedor; el Juan ideal de Juan y el Juan ideal de Tomás" y lo mismo vale para Tomás. Es decir: está el Juan que es para Dios, el Juan que Juan cree ser y el Juan que los otros creen que es. Pero añade todavía implacable, el rector inmortal de Salamanca: "Y por el que hayamos querido ser, no por el que hayamos sido, nos salvaremos o perderemos. Dios le premiará o castigará a uno a que sea por toda la eternidad lo que quiso ser".
Por su parte, Italo Calvino concluye haciendo hablar a un sobrino adolescente del vizconde: "Cosí mio zio si tornó uomo intero, né cattivo né buono, un miscuglio di cattiveria e bontá, cioé apparentemente non disimile da quello ch'era prima di esser dimezzato". (Así, mi tío volvió a ser un hombre entero, ni malo ni bueno, una cierta mezcla de bondad y de maldad, es decir, no distinto, aparentemente, de lo que era antes de haber sido partido por la mitad).
La vida de cada uno es una historia parecida. En la adolescencia buscamos una identidad, una única identidad. Queremos ser uno y sin embargo clamamos, angustiados, ante el prójimo: ¡no me entienden!, porque el prójimo se niega a admitir que yo soy más de uno.
Luego comprendemos que no debemos escandalizar tomamos la apariencia de una identidad, para tranquilidad de todos los que nos rodean. En el fondo de nuestra conciencia, las mitades de nuestro ser siguen agitándose y a menudo combatiéndose, en ocasiones con ferocidad, hasta que a veces, como en el caso del "visconde dimezzato", se abrazan y confunden sus nervios y su sangre.
En silencio, para no escandalizar al prójimo, dejamos que sigan agitándose hasta el fin de nuestros días los cuatro yo de que hablaba Unamuno –¿y por qué no podrán ser más?– con la secreta esperanza de que Dios me salve no por el yo que he sido, o por el que creí ser, o por el que el prójimo creyó que era, sino por el que quise ser. Así sea.

6 comentarios:

María Antonieta Arnal dijo...

Buen artículo. La lucha entre el bien y el mal es algo que siempre estará presente en nuestras vidas.

Anónimo dijo...

Para que la gente entienda un poco más digamos que Il visconte dimezzato forma parte de una trilogía junto al Il barone rampante y a Il cavaliere inesistente del período fantástico de Calvino . Recuerdo este artículo de tu viejo siempre .
Saluti . M.S

Sebas dijo...

Excelente ! para leerlo a la noche, cuando nos vamos a dormir y a la mañana, cuando empezamos a tratar con personas.
Saludos.

Quique Figueroa dijo...

Nuestra pasión por etiquetar y catalogar abarca objetos y esencialmente personas.
Una cuestión interesante de la tecnología [y de las bitácoras/blogs], es que un objeto [entrada] admite múltiples etiquetas.
Entonces lejos de reducir el campo de acción del mismo, podemos ampliarlo.
Pero, nos cuesta aceptar [¡y cómo!] esta multiplicidad de personas que habitan dentro de un mismo ser.
Nuestras lógicas son binarias: blanco - negro, river - boca, colorados - azules, creyentes - ateos, buenos - malos.
Interesante desafío, el de ir abandonando las catalogaciones únicas y permanentes, que exigen apertura de mente y corazón.

Juan Ravaioli dijo...

Gabriel, sé que soy un novato en estas lides y algunos términos tuyos se me escapan, por ejemplo cuando usás re-sistir, in-sistir, ex-sistir. ¿Qué querés significar? Si me derivas a otro post o artículo, excelente. Así no me quedo en ayunas de algunas cosas que implican entender el sentido que le das a esas palabras. Gracias! JI

Hugo dijo...

De primera! por supuesto.